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Domingo, 20 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

Ciudad de México: la ciudad que no cabe en un mapa

Guía breve para perderse con criterio en una de las grandes capitales del mundo

 

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Hay ciudades que se visitan y ciudades que te pasan por encima. La Ciudad de México es de las segundas. Se asienta a 2.240 metros de altura sobre el lecho de un lago que los mexicas llamaron Texcoco, y el lago todavía se nota: las catedrales se inclinan, las aceras se ondulan y el suelo se hunde unos centímetros cada año. Aquí casi nada está quieto, empezando por sus más de veinte millones de habitantes.

 

Ya nadie la llama "el DF". Desde 2016 es oficialmente CDMX, aunque en la calle las dos siglas conviven sin pelearse, como tantas otras cosas en esta ciudad. Lo primero que se aprende al llegar es que no hay forma de abarcarla. Lo segundo, que tampoco hace falta intentarlo.

 

El Centro Histórico: donde empieza todo

 

El Zócalo es una de las plazas más grandes del mundo, y se nota: cabe una manifestación, un concierto y un ritual de limpia con copal en la misma tarde. En un costado está la Catedral Metropolitana, que tardó casi tres siglos en construirse y se nota que va hundiéndose con cierta dignidad barroca. En el otro lado, el Palacio Nacional, con los murales de Diego Rivera, que cuentan la historia de México como una batalla que todavía no ha terminado.

 

A unos pasos, casi escondido bajo la ciudad colonial, está el Templo Mayor. Los españoles construyeron encima de Tenochtitlan, y en 1978 unos trabajadores de la compañía eléctrica tropezaron con una piedra monumental de la diosa lunar Coyolxauhqui. Desde entonces la capital azteca sigue asomando bajo el asfalto. Su museo es imprescindible para entender que esta ciudad es un palimpsesto: aquí no se superponen épocas, chocan.

 

Merece la pena caminar por la calle Madero, peatonal y bulliciosa, hasta el Palacio de Bellas Artes, con su fachada de mármol art nouveau y su interior art déco, como si le hubieran cambiado de siglo a mitad de obra. Si puede, suba a la terraza del edificio de enfrente, la Torre Latinoamericana o el café del Sears, y mírelo desde arriba al atardecer.

 

Chapultepec y el museo que justifica un viaje

 

El Museo Nacional de Antropología es uno de esos lugares que reordenan la cabeza. La Piedra del Sol, la sala mexica, las cabezas olmecas, las reproducciones de tumbas mayas... Calcule medio día como mínimo y no se lo tome como un deber: se lo agradecerá el resto del viaje, porque todo lo que vea después tendrá contexto.

 

Alrededor, el Bosque de Chapultepec, pulmón de la ciudad, y en lo alto, el Castillo, la única residencia real de América, donde vivieron Maximiliano y Carlota su breve y trágico imperio.

 

Si el Centro es la historia, Roma y Condesa son el presente. Avenidas arboladas, edificios art déco, camellones donde la gente pasea perros de raza con aires de Brooklyn, cafés de especialidad, librerías, galerías. Es el barrio de Roma, la película de Alfonso Cuarón, y también el de los nómadas digitales que han cambiado su fisonomía (y sus alquileres), un debate muy vivo entre los chilangos. Aquí se viene a caminar sin rumbo, a sentarse en el Parque México y a cenar bien.

 

Coyoacán conserva su plaza, su iglesia y su calma de domingo. Aquí está la Casa Azul, donde nació y murió Frida Kahlo. Compre la entrada con antelación por internet porque las colas son legendarias. A pocas cuadras, la casa-museo de León Trotski tiene todavía los agujeros de bala del primer atentado. En el mercado de Coyoacán se comen tostadas de pata, de tinga o de ceviche en mostradores donde no cabe un alfiler.

 

Muy cerca, San Ángel tiene el Bazar del Sábado y las casas-estudio de Diego y Frida, dos cubos unidos por un puente, como su matrimonio. Y la Casa Luis Barragán, en Tacubaya, patrimonio de la Humanidad, es una lección sobre cómo la luz y el color pueden ser arquitectura. Solo se visita con reserva.

 

Xochimilco: el lago que sobrevive

 

Lo que queda del sistema lacustre original es hoy una red de canales con trajineras pintadas de colores que atraviesan chinampas, los antiguos huertos flotantes. El fin de semana es una fiesta flotante con mariachis, cerveza, tequila y marimbas que se cruzan de barca en barca. Entre semana, es otra cosa: más silencio, garzas, y la posibilidad de ver un ajolote, el anfibio sonriente que se ha convertido en símbolo de la ciudad.

 

Teotihuacán: la excursión obligatoria

 

A una hora al noreste, la Ciudad de los Dioses. Las pirámides del Sol y de la Luna, la Calzada de los Muertos y una sensación difícil de describir: nadie sabe con certeza quién construyó esto ni por qué fue abandonado. Los mexicas, cuando la encontraron, ya la creían obra de gigantes. Vaya temprano, con sombrero y agua: el sol a esta altura no perdona.

 

Qué comer (que es casi decir qué hacer)

 

En la Ciudad de México se come en la calle, de pie, a cualquier hora, y a menudo mejor que en muchos restaurantes con mantel.

 

  • Tacos al pastor: carne de cerdo adobada en un trompo vertical, herencia de los inmigrantes libaneses, coronada con piña. El Huequito, en el Centro, presume de haberlos popularizado. El Vilsito, taller mecánico de día y taquería de noche, es ya un clásico.

 

  • Tacos de suadero y de tripa: en Los Cocuyos, en el Centro, abierto hasta muy tarde, para los valientes.

 

  • Chilaquiles, tamales y atole: el desayuno de la ciudad. Y la guajolota, un tamal dentro de un bolillo, la bomba calórica más honesta del mundo.

 

  • Churros con chocolate en El Moro, que los sirve desde 1935.

 

  • Mercados: el de San Juan para lo exótico (quesos, carnes de caza, insectos) y el de Jamaica para las flores.

 

  • Chapulines, escamoles y gusanos de maguey: la cocina prehispánica no es un truco para turistas, es patrimonio. Pruébelos.

 

Para comer a mesa puesta: Contramar, en la Roma, y su tostada de atún y su pescado a la talla, rojo y verde como la bandera; El Cardenal, para el desayuno tradicional con nata y conchas; y si busca la alta cocina mexicana, Pujol, de Enrique Olvera, con su célebre mole madre envejecido durante años. En temporada (entre agosto y septiembre), no se vaya sin probar los chiles en nogada, el plato más patriótico del país.

 

Para beber: mezcal despacio, con naranja y sal de gusano; pulque en una pulquería de verdad; y una michelada para la resaca, que la tendrá.

 

Para cerrar la noche

 

  • Lucha libre en la Arena México: máscaras, villanos, acrobacias y un público que grita como si le fuera la vida en ello. Es teatro popular en estado puro.

 

  • Plaza Garibaldi: mariachis a demanda. A partir de ciertas horas conviene ir acompañado y con el móvil guardado.

 

  • Cantinas del Centro, como La Ópera, donde dicen que Pancho Villa dejó un balazo en el techo.

 

Apuntes prácticos

 

  • Cuándo ir: de noviembre a abril, época seca. Entre mayo y octubre llueve casi cada tarde, a menudo con fuerza, aunque las mañanas suelen ser espléndidas. A finales de octubre y principios de noviembre, el Día de Muertos transforma la ciudad en un altar gigantesco.

 

  • La altura: los primeros días cansa más de la cuenta. Beba agua (embotellada, nunca del grifo) y modere el alcohol.

 

  • Moverse: el metro es barato y eficaz, aunque en hora punta es una experiencia antropológica. Para el resto, apps de transporte como Uber o DiDi. Evite los taxis parados en la calle.

 

  • Seguridad: con sentido común, las zonas turísticas son tranquilas. No saque el móvil de más, no pasee de noche por calles vacías y deje el reloj de valor en casa.

 

  • Terremotos: si suena la alerta sísmica, siga a los locales. Saben lo que hacen. 

 

Dicen los chilangos que a la Ciudad de México no se viene: se regresa. Uno llega con una lista y se va con la certeza de que le ha faltado casi todo. Es probable que tengan razón.

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