Capital de Bangladés
Daca, la ciudad que no entra en sí misma
![[Img #31178]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/5798_screenshot-2026-09-20-at-11-45-26-daca-bangladesh-buscar-con-google.png)
Daca no se visita. Daca se atraviesa, se respira, se sufre un poco y se acaba queriendo. Quien llega por primera vez a la capital de Bangladés suele pasar la primera hora en silencio, con la cara pegada a la ventanilla del taxi. No es por falta de palabras. Es que la ciudad lo ocupa todo: el aire, los oídos y cualquier hueco de la calzada donde quepa un rickshaw. Viven aquí más de veinte millones de personas, en una de las densidades de población más altas del planeta. Según Naciones Unidas, que ya la sitúa como la segunda aglomeración urbana del mundo, a mediados de siglo será la primera. Cada día llegan cientos de personas más, muchas desde un litoral que el mar se va comiendo. Daca no es solo una ciudad. Es un anticipo del futuro, y conviene mirarlo de frente.
Lo primero que se aprende es el sonido. No es exactamente ruido, es una partitura. Se oyen los timbres de cientos de miles de rickshaws, los bocinazos de autobuses abollados hasta lo imposible y la llamada a la oración que baja de mil minaretes. Daca presume, con razón, de ser la capital mundial del rickshaw. Los hay a centenares de miles y cada uno es una pequeña obra de arte ambulante. Llevan flecos, espejitos y paneles pintados a mano con estrellas de cine, mezquitas, tigres de Bengala o paisajes suizos que sus conductores jamás verán. La UNESCO los reconoció como patrimonio inmaterial en 2023. Subirse a uno es la mejor manera de entender la ciudad: despacio, a ras de suelo, con el corazón en un puño en cada cruce.
El alma de Daca está en su parte vieja, Puran Dhaka, a orillas del río Buriganga. Es un laberinto de callejones tan estrechos que el cielo se vuelve una rendija entre cables eléctricos. Cada calle tiene un oficio. En una se forjan cazos de latón, en otra se venden especias a granel y en otra se cortan piezas de camión a soplete. En Shankhari Bazar, la calle de los artesanos hindúes, se tallan desde hace siglos los brazaletes de concha que llevan las mujeres casadas. Muy cerca se esconden dos sorpresas. Una es la Mezquita de las Estrellas, cubierta por completo de mosaicos hechos con fragmentos de porcelana china y japonesa. La otra es una iglesia armenia de 1781, testigo de una comunidad de comerciantes que ya casi ha desaparecido. Su cementerio está cuidado con una devoción conmovedora.
El Buriganga merece una mañana entera. En la terminal de Sadarghat atracan los grandes ferris de varios pisos que conectan la capital con el sur del país. Alrededor, cientos de barcas de madera cruzan el río a remo, cargadas de pasajeros, sacos de arroz y bicicletas. El agua está enferma, eso no se puede ocultar. Pero el espectáculo humano es de una fuerza difícil de olvidar. Por unas pocas takas, un barquero le llevará a la otra orilla. Desde allí se ve la ciudad como la vieron los mogoles, los comerciantes portugueses y los administradores británicos: una orilla ocupada hasta el último palmo.
Precisamente en esa orilla se levanta el Ahsan Manzil, el palacio rosa de los nababs de Daca. Es un caserón indo-sarracénico con una cúpula que durante décadas fue lo más alto de la ciudad, y hoy es museo. Un poco más al oeste está el Fuerte de Lalbagh. Lo empezó un hijo del emperador Aurangzeb en 1678 y lo dejó a medias cuando murió allí su hija, Pari Bibi, cuyo mausoleo preside los jardines. Es uno de los pocos lugares de Daca donde se puede oír el propio pensamiento. Al atardecer, las familias pasean entre sus muros de ladrillo rojo con una calma que parece importada de otra ciudad.
La Daca moderna tiene su monumento, y es uno de los grandes edificios del siglo XX: la Asamblea Nacional, obra del arquitecto estadounidense Louis Kahn. Kahn la diseñó cuando esto todavía era Pakistán Oriental. Las obras siguieron durante la guerra de independencia de 1971 y él murió en 1974, antes de verla terminada. Es una fortaleza de hormigón rodeada de agua, con grandes huecos geométricos (círculos, triángulos, cuadrados) por los que la luz entra como en un templo. Su hijo Nathaniel le dedicó un documental, My Architect, que es la mejor preparación posible para la visita. Si puede entrar, entre. Si no, rodéela al caer la tarde, cuando el hormigón se vuelve dorado sobre el lago.
Para entender a los bangladesíes hay que conocer su relación con el idioma. El 21 de febrero de 1952, varios estudiantes murieron en Daca a tiros de la policía por defender el bengalí frente a la imposición del urdu. De aquella sangre nació un país y también una fecha universal, porque la UNESCO la declaró Día Internacional de la Lengua Materna. El Shaheed Minar, un monumento sencillo de columnas blancas junto a la Universidad de Daca, recuerda a aquellos jóvenes. Cada 21 de febrero, a medianoche, miles de personas caminan descalzas hasta él para dejar flores. El Museo de la Guerra de Liberación completa el relato de 1971, una historia terrible y todavía poco contada en Occidente. Y los muros del barrio universitario siguen hablando. Tras la revuelta estudiantil del verano de 2024, que derribó al gobierno de Sheikh Hasina, se llenaron de grafitis y murales. En esta ciudad, los estudiantes tienen la costumbre de cambiar la historia.
En Daca se come con las manos, con la derecha, y se come muy bien. La reina de la ciudad es la kacchi biryani: carne de cordero marinada que se cuece junto al arroz aromático en grandes ollas selladas con masa, y que se sirve con una patata que muchos consideran lo mejor del plato. Los templos de la biryani están en la ciudad vieja. Haji Biryani la sirve desde 1939 en hojas de loto y se agota a media mañana. Después está el ilish, el sábalo del delta, pez nacional y casi objeto de culto, que se prepara en salsa de mostaza y se come con paciencia infinita porque está lleno de espinas. Están los bhortas, purés especiados de berenjena, lentejas, pescado seco o lo que haya. Y en la calle, el fuchka, bolitas crujientes rellenas de garbanzo y agua de tamarindo que explotan en la boca, y el jhalmuri, arroz inflado con chile, cebolla y aceite de mostaza servido en un cucurucho de papel de periódico.
Bengala es también la patria del dulce. En las mishti se venden roshogollas, bolitas de queso fresco en almíbar, y mishti doi, un yogur caramelizado que se sirve en cuencos de barro. Y a cualquier hora, en cualquier esquina, hay un puesto de cha, té con leche y cardamomo servido en vasitos. Es el gran ritual social de la ciudad, y el mejor momento para dejarse interrogar por los curiosos. Le preguntarán de dónde viene, si está casado y qué opina del críquet. Conteste a todo con una sonrisa.
La ciudad fue célebre en el mundo por su muselina, un tejido tan fino que los cronistas decían que un sari entero cabía en un anillo. Aquella tradición se perdió con el colonialismo británico, pero pervive el jamdani, otro tejido de algodón con motivos tejidos a mano, también patrimonio de la UNESCO. Hoy la industria textil es otra cosa: Bangladés es uno de los mayores exportadores de ropa del mundo. Es probable que lo que lleva puesto mientras lee esto se cosiera a pocos kilómetros de aquí. En 2013 se derrumbó el edificio Rana Plaza, en las afueras de la ciudad, y murieron más de mil cien trabajadores. Es imposible viajar a Daca sin pensar en ello.
Unos consejos antes de hacer la maleta. La mejor época va de noviembre a febrero, cuando el aire es templado y seco. El monzón, entre junio y octubre, trae una belleza torrencial y calles convertidas en ríos. El tráfico es un personaje más del viaje, y no precisamente amable: una distancia de cinco kilómetros puede costar una hora. El metro elevado, inaugurado en 2022, alivia algunos trayectos del norte, y los rickshaws y las mototaxis solicitadas por aplicación resuelven el resto. Conviene vestir con recato, sobre todo las mujeres, y beber siempre agua embotellada. Hay que armarse de una paciencia que no se tiene. Y hay que estar preparado para ser mirado: por aquí pasan pocos turistas y el extranjero sigue siendo una novedad, casi siempre bienvenida.
Daca no tiene la belleza evidente de otras capitales asiáticas. No hay postales fáciles, ni barrios pensados para el visitante, ni una estética preparada para Instagram. Lo que ofrece es más raro y más valioso: la sensación de estar en el centro exacto de algo que está pasando, de ver cómo una humanidad entera se las arregla, con ingenio y con una alegría que desconcierta, para vivir donde parecía que ya no cabía nadie más. Uno se va de Daca agotado, con el ruido todavía en los oídos. Semanas después, en el silencio de casa, descubre que lo echa de menos.
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Daca no se visita. Daca se atraviesa, se respira, se sufre un poco y se acaba queriendo. Quien llega por primera vez a la capital de Bangladés suele pasar la primera hora en silencio, con la cara pegada a la ventanilla del taxi. No es por falta de palabras. Es que la ciudad lo ocupa todo: el aire, los oídos y cualquier hueco de la calzada donde quepa un rickshaw. Viven aquí más de veinte millones de personas, en una de las densidades de población más altas del planeta. Según Naciones Unidas, que ya la sitúa como la segunda aglomeración urbana del mundo, a mediados de siglo será la primera. Cada día llegan cientos de personas más, muchas desde un litoral que el mar se va comiendo. Daca no es solo una ciudad. Es un anticipo del futuro, y conviene mirarlo de frente.
Lo primero que se aprende es el sonido. No es exactamente ruido, es una partitura. Se oyen los timbres de cientos de miles de rickshaws, los bocinazos de autobuses abollados hasta lo imposible y la llamada a la oración que baja de mil minaretes. Daca presume, con razón, de ser la capital mundial del rickshaw. Los hay a centenares de miles y cada uno es una pequeña obra de arte ambulante. Llevan flecos, espejitos y paneles pintados a mano con estrellas de cine, mezquitas, tigres de Bengala o paisajes suizos que sus conductores jamás verán. La UNESCO los reconoció como patrimonio inmaterial en 2023. Subirse a uno es la mejor manera de entender la ciudad: despacio, a ras de suelo, con el corazón en un puño en cada cruce.
El alma de Daca está en su parte vieja, Puran Dhaka, a orillas del río Buriganga. Es un laberinto de callejones tan estrechos que el cielo se vuelve una rendija entre cables eléctricos. Cada calle tiene un oficio. En una se forjan cazos de latón, en otra se venden especias a granel y en otra se cortan piezas de camión a soplete. En Shankhari Bazar, la calle de los artesanos hindúes, se tallan desde hace siglos los brazaletes de concha que llevan las mujeres casadas. Muy cerca se esconden dos sorpresas. Una es la Mezquita de las Estrellas, cubierta por completo de mosaicos hechos con fragmentos de porcelana china y japonesa. La otra es una iglesia armenia de 1781, testigo de una comunidad de comerciantes que ya casi ha desaparecido. Su cementerio está cuidado con una devoción conmovedora.
El Buriganga merece una mañana entera. En la terminal de Sadarghat atracan los grandes ferris de varios pisos que conectan la capital con el sur del país. Alrededor, cientos de barcas de madera cruzan el río a remo, cargadas de pasajeros, sacos de arroz y bicicletas. El agua está enferma, eso no se puede ocultar. Pero el espectáculo humano es de una fuerza difícil de olvidar. Por unas pocas takas, un barquero le llevará a la otra orilla. Desde allí se ve la ciudad como la vieron los mogoles, los comerciantes portugueses y los administradores británicos: una orilla ocupada hasta el último palmo.
Precisamente en esa orilla se levanta el Ahsan Manzil, el palacio rosa de los nababs de Daca. Es un caserón indo-sarracénico con una cúpula que durante décadas fue lo más alto de la ciudad, y hoy es museo. Un poco más al oeste está el Fuerte de Lalbagh. Lo empezó un hijo del emperador Aurangzeb en 1678 y lo dejó a medias cuando murió allí su hija, Pari Bibi, cuyo mausoleo preside los jardines. Es uno de los pocos lugares de Daca donde se puede oír el propio pensamiento. Al atardecer, las familias pasean entre sus muros de ladrillo rojo con una calma que parece importada de otra ciudad.
La Daca moderna tiene su monumento, y es uno de los grandes edificios del siglo XX: la Asamblea Nacional, obra del arquitecto estadounidense Louis Kahn. Kahn la diseñó cuando esto todavía era Pakistán Oriental. Las obras siguieron durante la guerra de independencia de 1971 y él murió en 1974, antes de verla terminada. Es una fortaleza de hormigón rodeada de agua, con grandes huecos geométricos (círculos, triángulos, cuadrados) por los que la luz entra como en un templo. Su hijo Nathaniel le dedicó un documental, My Architect, que es la mejor preparación posible para la visita. Si puede entrar, entre. Si no, rodéela al caer la tarde, cuando el hormigón se vuelve dorado sobre el lago.
Para entender a los bangladesíes hay que conocer su relación con el idioma. El 21 de febrero de 1952, varios estudiantes murieron en Daca a tiros de la policía por defender el bengalí frente a la imposición del urdu. De aquella sangre nació un país y también una fecha universal, porque la UNESCO la declaró Día Internacional de la Lengua Materna. El Shaheed Minar, un monumento sencillo de columnas blancas junto a la Universidad de Daca, recuerda a aquellos jóvenes. Cada 21 de febrero, a medianoche, miles de personas caminan descalzas hasta él para dejar flores. El Museo de la Guerra de Liberación completa el relato de 1971, una historia terrible y todavía poco contada en Occidente. Y los muros del barrio universitario siguen hablando. Tras la revuelta estudiantil del verano de 2024, que derribó al gobierno de Sheikh Hasina, se llenaron de grafitis y murales. En esta ciudad, los estudiantes tienen la costumbre de cambiar la historia.
En Daca se come con las manos, con la derecha, y se come muy bien. La reina de la ciudad es la kacchi biryani: carne de cordero marinada que se cuece junto al arroz aromático en grandes ollas selladas con masa, y que se sirve con una patata que muchos consideran lo mejor del plato. Los templos de la biryani están en la ciudad vieja. Haji Biryani la sirve desde 1939 en hojas de loto y se agota a media mañana. Después está el ilish, el sábalo del delta, pez nacional y casi objeto de culto, que se prepara en salsa de mostaza y se come con paciencia infinita porque está lleno de espinas. Están los bhortas, purés especiados de berenjena, lentejas, pescado seco o lo que haya. Y en la calle, el fuchka, bolitas crujientes rellenas de garbanzo y agua de tamarindo que explotan en la boca, y el jhalmuri, arroz inflado con chile, cebolla y aceite de mostaza servido en un cucurucho de papel de periódico.
Bengala es también la patria del dulce. En las mishti se venden roshogollas, bolitas de queso fresco en almíbar, y mishti doi, un yogur caramelizado que se sirve en cuencos de barro. Y a cualquier hora, en cualquier esquina, hay un puesto de cha, té con leche y cardamomo servido en vasitos. Es el gran ritual social de la ciudad, y el mejor momento para dejarse interrogar por los curiosos. Le preguntarán de dónde viene, si está casado y qué opina del críquet. Conteste a todo con una sonrisa.
La ciudad fue célebre en el mundo por su muselina, un tejido tan fino que los cronistas decían que un sari entero cabía en un anillo. Aquella tradición se perdió con el colonialismo británico, pero pervive el jamdani, otro tejido de algodón con motivos tejidos a mano, también patrimonio de la UNESCO. Hoy la industria textil es otra cosa: Bangladés es uno de los mayores exportadores de ropa del mundo. Es probable que lo que lleva puesto mientras lee esto se cosiera a pocos kilómetros de aquí. En 2013 se derrumbó el edificio Rana Plaza, en las afueras de la ciudad, y murieron más de mil cien trabajadores. Es imposible viajar a Daca sin pensar en ello.
Unos consejos antes de hacer la maleta. La mejor época va de noviembre a febrero, cuando el aire es templado y seco. El monzón, entre junio y octubre, trae una belleza torrencial y calles convertidas en ríos. El tráfico es un personaje más del viaje, y no precisamente amable: una distancia de cinco kilómetros puede costar una hora. El metro elevado, inaugurado en 2022, alivia algunos trayectos del norte, y los rickshaws y las mototaxis solicitadas por aplicación resuelven el resto. Conviene vestir con recato, sobre todo las mujeres, y beber siempre agua embotellada. Hay que armarse de una paciencia que no se tiene. Y hay que estar preparado para ser mirado: por aquí pasan pocos turistas y el extranjero sigue siendo una novedad, casi siempre bienvenida.
Daca no tiene la belleza evidente de otras capitales asiáticas. No hay postales fáciles, ni barrios pensados para el visitante, ni una estética preparada para Instagram. Lo que ofrece es más raro y más valioso: la sensación de estar en el centro exacto de algo que está pasando, de ver cómo una humanidad entera se las arregla, con ingenio y con una alegría que desconcierta, para vivir donde parecía que ya no cabía nadie más. Uno se va de Daca agotado, con el ruido todavía en los oídos. Semanas después, en el silencio de casa, descubre que lo echa de menos.



