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Domingo, 20 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:
Un registro nacional finlandés sigue a 2.083 jóvenes durante un cuarto de siglo

Seis de cada diez adolescentes derivados a las unidades de identidad de género necesitaron psiquiatría especializada tras la consulta

Casi la mitad de los 2.083 adolescentes y jóvenes que pasaron por las dos unidades finlandesas de identidad de género entre 1996 y 2019 ya había necesitado tratamiento psiquiátrico especializado antes de su primera cita, frente al 15% de sus coetáneos. Dos años después de aquella primera cita, la cifra no había bajado: había subido al 61,7%. La investigación, publicada en Acta Paediatrica, es la mayor con grupo de control hasta la fecha y lanza un mensaje incómodo para todas las posiciones del debate: la atención psiquiátrica que estos jóvenes necesitan no llega, o no basta

 

En Finlandia todo el mundo tiene un número de once dígitos. Ese número acompaña a la persona desde el nacimiento y enhebra los registros sanitarios del país, de modo que nadie se pierde en el seguimiento. Cuatro psiquiatras han tirado de ese hilo para reconstruir la vida clínica de todos los menores de 23 años que pasaron por las dos unidades hospitalarias de identidad de género del país —Tampere y Helsinki— entre 1996 y 2019: 2.083 personas. Y las han comparado con 16.643 jóvenes de su misma edad y municipio de nacimiento.

 

El retrato que sale es el de una población trans con una carga de sufrimiento psíquico muy por encima de la media. El 45,7% ya había necesitado tratamiento psiquiátrico especializado —el que exige derivación y se reserva a trastornos graves— antes de pisar la unidad de género. Entre sus coetáneos, el 15%. Dos años o más después de aquella primera cita, la proporción había subido al 61,7%, mientras en el grupo de control se mantenía prácticamente plana, en el 14,6%.

 

No es solo cuántos, sino cuánto. Casi tres de cada diez jóvenes derivados a las unidades de identidad de género (27,6%) acumulaban más de cien contactos con la psiquiatría especializada a lo largo de su vida; entre los controles, el 4,3%. Y solo el 23,4% no había pisado nunca ese nivel asistencial, frente al 74% de la población comparable. «Un tratamiento más intensivo indica morbilidad de larga duración, síntomas especialmente graves, o ambas cosas», escriben los autores.

 

El dato que más relevante es otro: el perfil ha cambiado. Entre los derivados antes de 2010, el 23,7% tenía antecedentes psiquiátricos graves. Entre los derivados a partir de 2011 —cuando las derivaciones se multiplicaron por diez— esa cifra se dobló hasta el 47,9%. En el grupo de control no ocurrió nada parecido, lo que descarta, según los autores, que se trate simplemente de una mejor detección de los trastornos mentales en la juventud. «Cada vez más, se deriva a estas unidades a adolescentes con morbilidad psiquiátrica grave», concluyen.

 

De los 2.083 jóvenes, 796 (el 38,2%) recibieron tratamiento hormonal o quirúrgico de reasignación. En ese subgrupo la trayectoria es llamativa: partían de una carga psiquiátrica baja —la morbilidad grave es en Finlandia una contraindicación para iniciar el tratamiento— y terminaron con cifras semejantes a las del resto. Entre quienes recibieron tratamiento feminizante se pasó del 9,8% al 60,7%; entre quienes recibieron el masculinizante, del 21,6% al 54,5%.

 

El diseño del estudio —registros administrativos, sin asignación aleatoria— no permite decir que el tratamiento empeore la salud mental. Los propios autores barajan varias explicaciones, desde el efecto depresivo documentado de los estrógenos hasta la frustración de expectativas puestas en la intervención. Y hay una obvia: quien inicia un tratamiento hormonal entra en un circuito de seguimiento clínico intenso, lo que por sí solo multiplica las oportunidades de que un problema psiquiátrico quede registrado. El indicador del estudio mide uso de servicios, no bienestar.

 

Lo que sí sostiene el trabajo, y es su aportación principal, es un dato negativo: al ajustar por los antecedentes psiquiátricos previos, todos los grupos —hayan recibido o no tratamiento médico, en cualquier dirección— acaban con riesgos parecidos, entre tres y seis veces superiores a los de la población de control. La mejoría esperada no aparece en los registros.

 

De ahí la conclusión clínica, que es también la de manuales y revisiones recientes como la Cass Review británica (2024): los trastornos mentales de estos adolescentes exigen su propio diagnóstico y su propio tratamiento, antes y después de cualquier intervención irreversible, y no deben darse por resueltos con ella. En palabras de los autores: «Las necesidades psiquiátricas deben atenderse adecuadamente».

 

 

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