Lunes, 21 de Septiembre de 2026

Actualizada Lunes, 21 de Septiembre de 2026 a las 16:32:44 horas

Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Continuar...

Enraizados
Lunes, 21 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

Economía libre, moralidad y riqueza

José Carlos Sacristán. Ante la constante agresión, por parte de la izquierda más desnortada, a la economía de mercado, no queda más remedio que aclarar varios aspectos y luego que cada uno decida lo que considere. Tanto nuestro gobierno como otros de la Unión Europea, muestran gala de un intervencionismo demagógico que lo único que hace es lastrar las economías nacionales y comunitarias hasta quedar en un muy segundo plano frente a las que emergen con fuerza en Asia.

 

Nuestros gobiernos no se dan cuenta de que las intervenciones con excesivas regulaciones casi nos convierten en economías planificadas, porque el sistema mixto público-privado ha degenerado en gran medida por la preponderancia de lo primero frente a lo segundo.

 

Lo primero que necesita una economía para estar sana y ser productiva es ser generada en un entorno moral que estabilice y garantice el libre mercado. La defensa acérrima de un Estado de bienestar no tiene sentido cuando se consigue con la entrega de subsidios arbitrarios, que se obtienen con una presión fiscal desmesurada y con unas cotizaciones sociales que exprimen a los más jóvenes para sostener pensiones infladas de una, cada vez mayor, masa de jubilados.

 

Tenemos que desasnar a los medios de comunicación y políticos que arremeten contra el libre mercado, ¡ese capitalismo agresivo que odian!, pero del que se benefician. El mercado permite la generación de riqueza cuando se nutre de la cooperación de la sociedad. La riqueza no preexiste, se crea por la capacidad del ser humano de inventar y emprender.

 

En los tiempos en los que estamos, después de haber conocido todas las convulsiones económicas y sociales del siglo XX, no es apropiado seguir escuchando como alguien ataca al mercado como si fuera un juego de suma cero: el beneficio que tienen unos, provoca la pérdida de otros. Eso no es así, es una falacia facilona y lacrimógena, pero irreal y absurda. Es justamente lo contrario, el liberalismo económico permite que, si una persona genera riqueza otros puedan participar de ella y crecer de forma conjunta.

 

La economía libre es la que ha sacado de la extrema pobreza a gran parte de la humanidad, y no lo digo yo, sino los datos que da la propia ONU en los que se demuestra cómo las personas catalogadas dentro del grupo de extrema pobreza eran el 35% de la población mundial en 1990, y se ha reducido al 8% en 2025. Mucho tuvo que ver en este desarrollo tan espectacular el hundimiento del comunismo en la década de los 90, unido a la liberalización de la economía de los países que habían sufrido esa lacra.

 

Además, hay que tener en cuenta que la economía libre, es libre para cualquiera no solo para unos elegidos. Los empresarios son los grandes directivos de las multinacionales tanto como el pequeño emprendedor que tiene un negocio de menos de cinco trabajadores. Todos juntos mueven la economía de mercado y en todos los casos arriesgan su dinero y entran en competencia con otras empresas del sector. Este es el secreto del éxito capitalista. El empresario ha de ser capaz de ofrecer un producto que ofrezca una calidad y un precio que satisfaga las necesidades del cliente. Esta intención por ganar el favor del consumidor, sirve de incentivo para afinar el ingenio y mejorar la productividad de las empresas.

 

Para conseguir todo lo expuesto hasta ahora es necesario que el mercado se autorregule, es decir, es necesario permitir un sistema de precios libres. Cuanta más interferencia estatal exista en el control de precio, mayor será el deterioro de los mecanismos económicos. Cosa que está más que demostrada cuando los gobiernos, por ejemplo, han intentado controlar el precio de alquiler de la vivienda. El mercado se contrae por la disminución de oferta, al obligar a muchos propietarios a quitar del mercado su propiedad, y el efecto que se genera es el contrario.

 

De igual forma sucede con los aranceles económicos. Lo único que consiguen es distorsionar la relación entre productores y consumidores. La protección de los mercados, autarquismo, repercute directamente en el consumidor final, el ciudadano de a pie, que es el que pagará más por el mismo producto que ya compraba.

 

Un ejemplo práctico lo expuso el economista francés Frèdèric Bastiat en 1845 cuando escribió su famosa sátira de las velas. Supuso una dura crítica hacía la imposición de aranceles y la intervención gubernamental. En su relato argumentaba que los fabricantes de velas sufrían una competencia desleal de un rival extranjero: el sol. Por este motivo, los fabricantes intentaron obligar a que la gente cerrase todas las ventanas, contraventanas, cortinas y cualquier fisura por donde pudiese entrar el sol en las casas, y de esta manera potenciar su negocio de velas.

 

El intervencionismo desmesurado, como el que España está sufriendo en la actualidad, no hace más que potenciar el estraperlo, comercio ilegal de productos que dejan de estar controlados y que circulan fuera de la imposición fiscal. Esto ha sucedido en muchos países tras sufrir guerras que, con la intención de los gobiernos de superar las graves crisis de la posguerra, toman medidas intervencionistas drásticas, que en muchas ocasiones son necesarias, pero que si no se plasman de forma eficiente, generan un mercado clandestino peligroso potenciado por las mafias que aparecen de forma súbita.

Portada

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.