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Nuevas pistas

Covid-19: todas las pistas que apuntan a un laboratorio de Wuhan (China) como origen de la pandemia

Una base de datos retirada del acceso público, virus recogidos a miles de kilómetros, experimentos con coronavirus y un proyecto que proponía modificar una característica presente en el SARS-CoV-2. El escritor Matt Ridley y el inmunólogo Anton van der Merwe reúnen estos indicios para sostener que la pandemia de Covid-19 comenzó con un accidente de investigación en un laboratorio de Wuhan

 

[Img #31200]El 1 de enero de 2020, las autoridades cerraron el mercado de Huanan, en Wuhan (China). Allí se habían detectado varios casos de la nueva neumonía conocida como el virus del Covid-19 y allí debía comenzar la búsqueda de su origen. Los investigadores tomaron muestras de animales y de las superficies del mercado. Encontraron material genético del virus en el entorno, pero ninguno de los animales examinados dio positivo. Para el escritor Matt Ridley y el inmunólogo Anton van der Merwe, aquella diferencia abrió la pregunta que recorre toda su investigación: si el mercado estaba contaminado, ¿había nacido allí el brote o había llegado el virus de otra parte?

 

Ridley, escritor británico y coautor con la bióloga molecular Alina Chan del libro Viral, cuenta que al principio consideraba improbable una fuga de laboratorio. Cambió de opinión al examinar las pruebas que fueron apareciendo desde 2020 y, junto con Van der Merwe, inmunólogo de la Universidad de Oxford, preparó un trabajo que ordena los indicios favorables a esa hipótesis. El texto, difundido por Ridley a través de The Telegraph después de ser rechazado por una revista científica, sostiene que la explicación más probable es un accidente ocurrido durante la investigación con coronavirus en Wuhan.

 

Su reconstrucción comienza por seguir el rastro del virus fuera del mercado. Ridley y Van der Merwe señalan que, pese a los muestreos efectuados, no se identificó en Huanan un animal infectado que pudiera haber transmitido el SARS-CoV-2 (Covid-19) a los primeros pacientes. Tampoco apareció, según su examen de los datos, una cadena de contagios que condujera desde las granjas y los comerciantes de fauna hasta la ciudad. Los autores cuestionan además que la concentración de casos iniciales en torno al mercado demuestre dónde comenzó todo: recuerdan que las primeras búsquedas de enfermos se centraron precisamente en personas relacionadas con Huanan.

 

La pista que proponen seguir conduce hacia las cuevas de murciélagos del sur de China y del sudeste asiático. Allí se habían encontrado coronavirus emparentados con el SARS-CoV-2. Durante años, equipos científicos recogieron muestras de esos animales y trasladaron parte de ellas a Wuhan para estudiarlas. El Instituto de Virología de la ciudad participaba en esa investigación, concebida para conocer mejor los virus capaces de infectar a humanos y prepararse ante futuras epidemias. En el relato de Ridley, ese trabajo creó una ruta concreta entre los lugares donde circulaban los coronavirus de murciélago y la ciudad en la que estalló la pandemia.

 

El instituto no se limitaba a catalogar muestras. Ridley y Van der Merwe describen investigaciones en las que se combinaron componentes de distintos coronavirus y se probó el comportamiento de los virus resultantes en células humanas y en ratones modificados para expresar receptores humanos. En uno de los experimentos citados en su trabajo, determinadas combinaciones produjeron cargas virales mucho más elevadas en los pulmones de los animales; una de ellas también causó una mayor pérdida de peso y mortalidad. Para los autores, conocer exactamente qué virus se habían recogido, conservado y utilizado antes de 2020 resulta esencial para reconstruir lo ocurrido.

 

Ahí aparece una de las zonas más oscuras de su investigación. La base de datos del Instituto de Virología de Wuhan sobre patógenos de murciélagos y roedores dejó de estar disponible para el acceso externo el 12 de septiembre de 2019. Ridley y Van der Merwe subrayan la fecha y la importancia de su contenido: aquella base reunía información sobre muestras virales, incluidas secuencias que no habían sido publicadas. Sin poder consultar ese registro completo, sostienen, resulta imposible saber con precisión qué había llegado a los laboratorios de Wuhan durante los años anteriores a la pandemia.

 

Los autores se detienen en la historia de un virus recogido en una mina de Mojiang, en la provincia china de Yunnan. Una muestra identificada en una tesis como Ra4991 apareció después publicada bajo el nombre de RaTG13, con una secuencia que mostraba un parentesco notable con el SARS-CoV-2. Ridley y Van der Merwe reconstruyen también la existencia de otros virus relacionados procedentes de aquella zona y las expediciones realizadas para obtener muestras. Para ellos, la historia de Mojiang ilustra cuánto tardó en conocerse públicamente información decisiva sobre las colecciones del instituto.

 

La siguiente pieza del rompecabezas lleva una fecha anterior a la pandemia: marzo de 2018. EcoHealth Alliance, el Instituto de Virología de Wuhan y otras entidades presentaron a la agencia estadounidense DARPA una propuesta de investigación denominada DEFUSE. El proyecto contemplaba continuar la búsqueda de coronavirus de murciélago, crear combinaciones virales para estudiar su potencial de infección e introducir determinados sitios de corte en algunos de esos virus. La solicitud fue rechazada. Su contenido, sin embargo, ocupa un lugar central en la tesis de Ridley y Van der Merwe.

 

El motivo está en una característica del SARS-CoV-2: su sitio de corte por furina, una región de la proteína que recubre el virus y que interviene en el proceso por el que entra en las células. Los autores destacan que DEFUSE proponía estudiar la inserción de sitios de corte en coronavirus emparentados con el SARS y que el virus pandémico posee precisamente uno. También examinan los intercambios entre investigadores sobre el nivel de bioseguridad previsto para algunos experimentos en Wuhan. En la secuencia que construyen, la propuesta de 2018 conecta una línea de investigación conocida con una de las particularidades más discutidas del virus surgido al año siguiente.

 

Ridley y Van der Merwe añaden otra consideración: desde sus primeros meses de circulación conocida, el SARS-CoV-2 mostró una gran capacidad para transmitirse entre personas. Su trabajo plantea que esa eficacia inicial es compatible con la posibilidad de que un antecesor del virus hubiera sido cultivado previamente en células o estudiado mediante experimentos con animales modificados. Es una de las razones por las que sitúan el foco en los trabajos desarrollados en Wuhan y en los registros que permitirían conocerlos al detalle.

 

Al reunir todos esos elementos, los autores proponen una secuencia: coronavirus recogidos lejos de Wuhan fueron trasladados a la ciudad; allí se realizaron experimentos con virus relacionados; existió un proyecto para estudiar una modificación semejante a una característica del SARS-CoV-2; una base de datos esencial dejó de poder consultarse poco antes del brote; y la investigación del mercado no identificó al animal que habría iniciado la pandemia. Ridley y Van der Merwe concluyen que el conjunto apunta con fuerza a un accidente de investigación.

 

Su trabajo termina, en realidad, donde comienza la exigencia que lo atraviesa: acceder a los datos completos. Qué muestras llegaron a Wuhan, qué secuencias se conservaron, qué experimentos se efectuaron y qué ocurrió en los meses anteriores a los primeros casos son las preguntas que Ridley considera todavía pendientes. En su investigación, el mercado de Huanan fue el lugar donde el mundo empezó a mirar. La respuesta, sostiene, puede encontrarse en los archivos y laboratorios que aún no han podido examinarse por completo.

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