La jarra, el vaso y el fin del mundo
Patxi contempla el vídeo del antiguo dirigente haitiano Edgard Leblanc Fils derramándose agua encima en la tribuna de Naciones Unidas. Primero sonríe, después se ríe y finalmente comprende que quizá la escena no tenga ninguna gracia
«Un hombre puede equivocarse de recipiente. Lo preocupante es que el mundo entero se equivoque de noticia».
Patxi Iribarri
Esta mañana he visto en YouTube un vídeo antiguo que circula de nuevo por las redes sociales como si acabara de suceder. Aparece Edgard Leblanc Fils, entonces presidente del Consejo Presidencial de Transición de Haití, pronunciando un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. En un momento determinado siente sed, toma la gran jarra de cristal situada junto a él y, en lugar de utilizarla para servirse agua, se la lleva directamente a la boca. La operación termina como cualquiera podía prever: una parte del agua entra en el dirigente haitiano y otra parte, bastante más visible, le cae por la cara, el cuello y la camisa.
Al principio me hizo gracia.
Después solté una carcajada.
Luego salí a recoger las ovejas con Kemen y, mientras caminábamos hacia la campa, empecé a sentir una profunda tristeza.
Kemen me miraba como suele hacerlo cuando intuye que voy a explicarle algo sobre política internacional. Es una mirada resignada, pero inteligente. Mi perro sabe que estas cosas comienzan siempre con una jarra, un micrófono o una declaración ministerial y terminan con su dueño preguntándose qué demonios hemos hecho con el mundo.
En el caserío disponemos de recipientes diferentes porque cada uno sirve para una cosa. El cubo sirve para llevar agua. El abrevadero, para que beban los animales. La botella, para guardar el txakoli. La taza, para tomar el café. Y la jarra sirve para echar el agua en el vaso.
No es una convención de la burguesía occidental ni una imposición colonial. Es un procedimiento práctico que evita que una persona termine empapada delante de ciento noventa países.
Incluso las ovejas conocen estas diferencias. Nunca he visto a ninguna intentar beber levantando el abrevadero con las patas delanteras. Puede que no hayan estudiado Ciencias Políticas, pero poseen una comprensión bastante aproximada de la relación entre el recipiente, el líquido y la fuerza de la gravedad. También saben que la hierba se come por arriba y que, cuando llueve, conviene resguardarse. Son conocimientos elementales que quizá algún día sean incluidos en los programas de formación para dirigentes internacionales.
—Tú también lo habrías hecho mejor —le he dicho a Kemen.
Kemen ha movido el rabo. No sé si estaba de acuerdo o si había visto alejarse una oveja, pero en cualquier caso su reacción ha sido más prudente que muchas intervenciones pronunciadas en Naciones Unidas.
Lo verdaderamente doloroso llegó después de la risa. El hombre que aparecía en el vídeo no representaba a Suiza, Dinamarca o Luxemburgo. Representaba a Haití, el país más pobre del hemisferio occidental, una nación destruida durante décadas por la violencia, la corrupción, las catástrofes naturales, la inestabilidad política y el abandono. Un territorio donde las bandas armadas controlan barrios enteros, el Estado apenas existe y millones de personas viven atrapadas entre el miedo y la miseria.
Aquel hombre había acudido a la ONU para hablar de todo eso. Había pronunciado un discurso de más de media hora reclamando ayuda internacional, denunciando la violencia que devora su país y pidiendo solidaridad para un pueblo que lleva demasiado tiempo asomado al abismo. Pero nadie recuerda sus palabras.
El mundo recuerda la jarra.
Ahí comencé a sospechar que el problema no era solamente que Leblanc Fils desconociera —o pareciera desconocer durante unos segundos— la utilidad del vaso. El problema era que nosotros tampoco sabíamos ya distinguir entre lo importante y lo accesorio. Haití se desmorona, pero la noticia fue que uno de sus dirigentes se había mojado la camisa. Las bandas asesinan, secuestran y gobiernan las calles, pero el algoritmo ha decidido que resulta más interesante contemplar cómo un político pierde la batalla contra un recipiente de cristal.
El agua derramada obtuvo más atención que la sangre derramada.
Tampoco es casualidad que la escena ocurriera en Naciones Unidas. No conozco otro lugar del planeta donde se reúnan tantas personas importantes para pronunciar tantos discursos que nadie escucha. Allí se habla de paz mientras continúan las guerras, de hambre durante almuerzos oficiales, de austeridad desde hoteles de cinco estrellas y de cambio climático después de cruzar el Atlántico en decenas de aviones.
La ONU es una especie de caserío gigantesco en el que todos se reúnen para discutir cómo deben cuidarse las ovejas, aunque ninguno haya pisado nunca un establo. Elaboran resoluciones, crean comisiones, aprueban declaraciones y organizan cumbres. Después regresan a sus países y las ovejas siguen escapándose por el mismo agujero de la cerca. La diferencia es que aquí, cuando una oveja se marcha, Kemen corre detrás de ella. En la ONU redactarían un informe sobre las causas estructurales de su desplazamiento.
Seguramente designarían también a un relator especial para averiguar si el animal abandonó voluntariamente la campa o fue víctima de una expulsión forzosa. Después crearían un observatorio, una comisión de seguimiento y un programa internacional financiado con varios millones de euros. Para cuando terminaran, la oveja estaría ya en Tolosa.
No quiero fingir superioridad. Yo también me reí. La escena está hecha para la risa: la solemnidad de la tribuna, la enorme jarra, el gesto confiado del dirigente y el agua cayendo de repente sobre su rostro. Hay algo profundamente cómico en la derrota de la dignidad humana ante los objetos cotidianos.
Pero una vez que pasa la carcajada queda la pregunta. ¿Cómo puede el representante de un país devastado comparecer ante el mundo y terminar convertido en un chiste universal por no utilizar correctamente una jarra? ¿Cómo puede una intervención sobre la tragedia de millones de personas desaparecer bajo unos segundos de torpeza? ¿Y qué clase de civilización somos nosotros, capaces de ignorar el naufragio de Haití y detenernos únicamente a contemplar las gotas de agua sobre una camisa?
Antes los imperios enviaban ejércitos. Después enviaron misioneros, comerciantes, funcionarios y cooperantes. Ahora enviamos memes.
Son más baratos y tampoco solucionan nada.
Mientras recogíamos las ovejas, he seguido pensando en Leblanc Fils. Quizá estaba nervioso. Tal vez no había visto ningún vaso. Puede que tuviera la garganta seca después de hablar durante tanto tiempo o que, sencillamente, cometiera una de esas torpezas que cualquiera puede protagonizar delante de una cámara. Todos nos hemos manchado alguna vez, hemos tropezado al entrar en una habitación o hemos intentado empujar una puerta que se abría hacia nosotros.
La diferencia es que nuestras equivocaciones no son transmitidas a todo el planeta ni convertidas en metáforas nacionales.
Por eso he dejado de reírme.
Kemen ha reunido finalmente a las ovejas y las ha conducido hacia el establo sin discursos, asesores, resoluciones ni programas de cooperación. Ninguna cámara lo ha grabado. Ningún vídeo se ha hecho viral. El mundo tampoco ha mejorado, pero al menos todas las ovejas han regresado al caserío.
Antes de entrar en casa he pensado de nuevo en el dirigente haitiano, en la jarra, en el agua y en aquella sala llena de representantes de naciones incapaces de salvar a Haití. Al final, quizá Leblanc Fils no fuera el único que no sabía utilizar el instrumento que tenía delante. Él no supo qué hacer con una jarra durante unos segundos.
La ONU lleva ochenta años sin saber qué hacer con ella misma.
Patxi contempla el vídeo del antiguo dirigente haitiano Edgard Leblanc Fils derramándose agua encima en la tribuna de Naciones Unidas. Primero sonríe, después se ríe y finalmente comprende que quizá la escena no tenga ninguna gracia
«Un hombre puede equivocarse de recipiente. Lo preocupante es que el mundo entero se equivoque de noticia».
Patxi Iribarri
Esta mañana he visto en YouTube un vídeo antiguo que circula de nuevo por las redes sociales como si acabara de suceder. Aparece Edgard Leblanc Fils, entonces presidente del Consejo Presidencial de Transición de Haití, pronunciando un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. En un momento determinado siente sed, toma la gran jarra de cristal situada junto a él y, en lugar de utilizarla para servirse agua, se la lleva directamente a la boca. La operación termina como cualquiera podía prever: una parte del agua entra en el dirigente haitiano y otra parte, bastante más visible, le cae por la cara, el cuello y la camisa.
Al principio me hizo gracia.
Después solté una carcajada.
Luego salí a recoger las ovejas con Kemen y, mientras caminábamos hacia la campa, empecé a sentir una profunda tristeza.
Kemen me miraba como suele hacerlo cuando intuye que voy a explicarle algo sobre política internacional. Es una mirada resignada, pero inteligente. Mi perro sabe que estas cosas comienzan siempre con una jarra, un micrófono o una declaración ministerial y terminan con su dueño preguntándose qué demonios hemos hecho con el mundo.
En el caserío disponemos de recipientes diferentes porque cada uno sirve para una cosa. El cubo sirve para llevar agua. El abrevadero, para que beban los animales. La botella, para guardar el txakoli. La taza, para tomar el café. Y la jarra sirve para echar el agua en el vaso.
No es una convención de la burguesía occidental ni una imposición colonial. Es un procedimiento práctico que evita que una persona termine empapada delante de ciento noventa países.
Incluso las ovejas conocen estas diferencias. Nunca he visto a ninguna intentar beber levantando el abrevadero con las patas delanteras. Puede que no hayan estudiado Ciencias Políticas, pero poseen una comprensión bastante aproximada de la relación entre el recipiente, el líquido y la fuerza de la gravedad. También saben que la hierba se come por arriba y que, cuando llueve, conviene resguardarse. Son conocimientos elementales que quizá algún día sean incluidos en los programas de formación para dirigentes internacionales.
—Tú también lo habrías hecho mejor —le he dicho a Kemen.
Kemen ha movido el rabo. No sé si estaba de acuerdo o si había visto alejarse una oveja, pero en cualquier caso su reacción ha sido más prudente que muchas intervenciones pronunciadas en Naciones Unidas.
Lo verdaderamente doloroso llegó después de la risa. El hombre que aparecía en el vídeo no representaba a Suiza, Dinamarca o Luxemburgo. Representaba a Haití, el país más pobre del hemisferio occidental, una nación destruida durante décadas por la violencia, la corrupción, las catástrofes naturales, la inestabilidad política y el abandono. Un territorio donde las bandas armadas controlan barrios enteros, el Estado apenas existe y millones de personas viven atrapadas entre el miedo y la miseria.
Aquel hombre había acudido a la ONU para hablar de todo eso. Había pronunciado un discurso de más de media hora reclamando ayuda internacional, denunciando la violencia que devora su país y pidiendo solidaridad para un pueblo que lleva demasiado tiempo asomado al abismo. Pero nadie recuerda sus palabras.
El mundo recuerda la jarra.
Ahí comencé a sospechar que el problema no era solamente que Leblanc Fils desconociera —o pareciera desconocer durante unos segundos— la utilidad del vaso. El problema era que nosotros tampoco sabíamos ya distinguir entre lo importante y lo accesorio. Haití se desmorona, pero la noticia fue que uno de sus dirigentes se había mojado la camisa. Las bandas asesinan, secuestran y gobiernan las calles, pero el algoritmo ha decidido que resulta más interesante contemplar cómo un político pierde la batalla contra un recipiente de cristal.
El agua derramada obtuvo más atención que la sangre derramada.
Tampoco es casualidad que la escena ocurriera en Naciones Unidas. No conozco otro lugar del planeta donde se reúnan tantas personas importantes para pronunciar tantos discursos que nadie escucha. Allí se habla de paz mientras continúan las guerras, de hambre durante almuerzos oficiales, de austeridad desde hoteles de cinco estrellas y de cambio climático después de cruzar el Atlántico en decenas de aviones.
La ONU es una especie de caserío gigantesco en el que todos se reúnen para discutir cómo deben cuidarse las ovejas, aunque ninguno haya pisado nunca un establo. Elaboran resoluciones, crean comisiones, aprueban declaraciones y organizan cumbres. Después regresan a sus países y las ovejas siguen escapándose por el mismo agujero de la cerca. La diferencia es que aquí, cuando una oveja se marcha, Kemen corre detrás de ella. En la ONU redactarían un informe sobre las causas estructurales de su desplazamiento.
Seguramente designarían también a un relator especial para averiguar si el animal abandonó voluntariamente la campa o fue víctima de una expulsión forzosa. Después crearían un observatorio, una comisión de seguimiento y un programa internacional financiado con varios millones de euros. Para cuando terminaran, la oveja estaría ya en Tolosa.
No quiero fingir superioridad. Yo también me reí. La escena está hecha para la risa: la solemnidad de la tribuna, la enorme jarra, el gesto confiado del dirigente y el agua cayendo de repente sobre su rostro. Hay algo profundamente cómico en la derrota de la dignidad humana ante los objetos cotidianos.
Pero una vez que pasa la carcajada queda la pregunta. ¿Cómo puede el representante de un país devastado comparecer ante el mundo y terminar convertido en un chiste universal por no utilizar correctamente una jarra? ¿Cómo puede una intervención sobre la tragedia de millones de personas desaparecer bajo unos segundos de torpeza? ¿Y qué clase de civilización somos nosotros, capaces de ignorar el naufragio de Haití y detenernos únicamente a contemplar las gotas de agua sobre una camisa?
Antes los imperios enviaban ejércitos. Después enviaron misioneros, comerciantes, funcionarios y cooperantes. Ahora enviamos memes.
Son más baratos y tampoco solucionan nada.
Mientras recogíamos las ovejas, he seguido pensando en Leblanc Fils. Quizá estaba nervioso. Tal vez no había visto ningún vaso. Puede que tuviera la garganta seca después de hablar durante tanto tiempo o que, sencillamente, cometiera una de esas torpezas que cualquiera puede protagonizar delante de una cámara. Todos nos hemos manchado alguna vez, hemos tropezado al entrar en una habitación o hemos intentado empujar una puerta que se abría hacia nosotros.
La diferencia es que nuestras equivocaciones no son transmitidas a todo el planeta ni convertidas en metáforas nacionales.
Por eso he dejado de reírme.
Kemen ha reunido finalmente a las ovejas y las ha conducido hacia el establo sin discursos, asesores, resoluciones ni programas de cooperación. Ninguna cámara lo ha grabado. Ningún vídeo se ha hecho viral. El mundo tampoco ha mejorado, pero al menos todas las ovejas han regresado al caserío.
Antes de entrar en casa he pensado de nuevo en el dirigente haitiano, en la jarra, en el agua y en aquella sala llena de representantes de naciones incapaces de salvar a Haití. Al final, quizá Leblanc Fils no fuera el único que no sabía utilizar el instrumento que tenía delante. Él no supo qué hacer con una jarra durante unos segundos.
La ONU lleva ochenta años sin saber qué hacer con ella misma.



















