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Jueves, 24 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:
Autor de "Western Self-Contempt: Oikophobia in the Decline of Civilizations"

Benedict Beckeld: "El wokismo es la forma más extrema y moderna de oikofobia"

Resumen de la entrevista al escritor Benedict Beckeld publicada en el substack Tras la identidad el 23 de septiembre de 2026 

 

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Pocas palabras tienen un pedigrí tan culto como la que el clasicista sueco-estadounidense Benedict Beckeld (Uppsala, 1980) quiere poner en circulación: oikofobia, el rechazo al propio hogar. El término, en su sentido político-cultural, se le atribuye a Roger Scruton, que así condensó lo que Orwell llamaba «nacionalismo negativo» o «transferido». Beckeld lo convirtió en tesis en Western Self-Contempt: Oikophobia in the Decline of Civilizations (Northern Illinois University Press, 2022), un libro que el propio Scruton recomendó antes de morir. En esta conversación con Tras la identidad, Beckeld sostiene que lo woke no es una anomalía de nuestro tiempo. Es la última entrega de una enfermedad antigua y recurrente, la que aparece cuando a una civilización le va demasiado bien.

 

Lo woke, un síntoma viejo con ropa nueva

 

Para Beckeld, las etiquetas que circulan hoy («justicia social crítica», «wokismo», «síntesis identitaria», «socialismo cultural») nombran «la forma más extrema y más moderna de oikofobia». No son idénticas a sus precedentes, pero comparten ingredientes con ellos. Da dos ejemplos. El primero es la difuminación de la frontera entre los sexos, que según él acompaña desde antiguo a los periodos oikofóbicos, aunque nunca con la amplitud actual. El segundo es un «racismo inverso» que idealiza a los demás y degrada lo propio, y que ya estaba en los philosophes franceses de mediados del XVIII: elogiaban tribus lejanas que apenas conocían mientras despreciaban su propia Europa.

 

Grecia, la primera en caer

 

La oikofobia occidental más temprana, dice, es griega. Los griegos sabían poco de los pueblos lejanos, así que su versión no fue la exaltación del exótico. Fue la burla de sus propios dioses, el rechazo de su religión y el elogio de vecinos más o menos próximos, como lidios y persas. Empezó en el siglo VI a. C. en Jonia, en la actual costa occidental de Turquía, donde el mundo griego rozaba esas culturas. Al continente llegó más tarde, a finales del V y principios del IV a. C. Sócrates cuestionó las costumbres morales griegas, y en la generación siguiente, la de sus herederos, la tendencia floreció: Alcidamante, Antifonte, Diógenes el cínico.

 

La receta del declive: seguridad, riqueza y libertad para quejarse

 

¿Por qué ahora? Porque, según Beckeld, hemos cumplido las condiciones como nadie las había cumplido antes. Son tres: seguridad frente a los enemigos externos, un nivel suficiente de riqueza y un cierto igualitarismo. Esto último no exige una democracia plena. La Francia de Luis XV era una monarquía absoluta, pero tenía salones abiertos al debate y una censura blanda comparada con la de Stalin o Hitler. Cuando se dan esas tres condiciones, la mirada se vuelve hacia dentro: el enemigo ya ha sido derrotado y uno empieza a obsesionarse con sus propios defectos. En Estados Unidos ve indicios desde los años cincuenta. Como fenómeno de masas, sitúa el comienzo a finales de los sesenta y en los setenta.

 

¿Dónde acaba la autocrítica y empieza el autoodio?

 

Beckeld admite, casi disculpándose, que no hay una línea exacta y que trazarla es en parte subjetivo. Lo que sí ve con claridad es la trayectoria. Roma aprendía de los pueblos que conquistaba, y sus generales copiaban la estrategia cartaginesa para vencer a Cartago: humildad intelectual al servicio del propio engrandecimiento. Tres siglos después, Tácito escribía con asco sobre los baños y los pórticos romanos y ensalzaba la nobleza auténtica de los germanos. Eso, para Beckeld, ya es oikofobia. La diferencia está en el propósito: mientras hay un rival, aprender de él es autocrítica; sin rivales, se convierte en «autoataque». Pone también un ejemplo contemporáneo. La desnazificación alemana tras la Segunda Guerra Mundial fue una autocrítica ejemplar. El extremo opuesto, dice, es la Alemania de hoy, donde proponer una restricción mínima de la inmigración procedente de países islámicos basta para que te llamen racista.

 

Contra Said: la hipocresía del orientalismo al revés

 

El pasaje más afilado es su crítica al poscolonialismo, y en particular al Orientalismo de Edward Said. Le reprocha dos cosas. La primera es la trivialidad: Said dice cosas ciertas, pero tan obviamente ciertas que carecen de interés. Que Occidente construyera una imagen del «otro» oriental es verdad, pero todos los pueblos lo hacen, y Oriente también fabricó la suya de Occidente. Según Beckeld, decir obviedades críticas con Occidente es un buen camino hacia la cátedra. La segunda es la hipocresía inconsciente: Said comete el mismo pecado que denuncia. Pone como ejemplo Egipto. Said sostiene que los funcionarios británicos veían al egipcio como un oriental más, sin necesidad de entenderlo. Ignora, según Beckeld, que para una élite formada en griego y latín Egipto ocupaba un lugar singular: el Egipto del que Platón dice haber aprendido, el de Alejandría y el mundo helenístico. Al meter bajo la etiqueta «Oriente» a Egipto y Siria, por no hablar de la India o China, Said aplana los matices igual que acusa de hacer a los occidentales.

 

De Marx al poscolonialismo: el obrero sustituido

 

Beckeld traza una genealogía: Marx y la idea de explotación, después la Escuela de Fráncfort, después los posmodernos franceses y, por último, el poscolonialismo. Foucault negaba la influencia marxista, pero para Beckeld es marxista «en varios sentidos». Hegel es una influencia menos directa. Señala una ironía: Marx veía con buenos ojos la explotación colonial porque aceleraría la revolución, así que no habría sido amigo de Said, al menos a corto plazo. La clave está en otro sitio. Cuando la clase obrera occidental dejó de vivir como el trabajador inglés de 1830, estos pensadores buscaron nuevos oprimidos fuera, y los pueblos de Oriente pasaron a ocupar el lugar que antes tenía el proletariado.

 

Las instituciones: aulas, votos y geopolítica

 

Para Beckeld, la oikofobia no es un malestar cultural difuso: tiene consecuencias políticas concretas. En la universidad, dice, casi todo el profesorado es de izquierdas y en buena medida oikófobo. Cuenta que a él mismo le costó publicar su libro porque los comités podían leerlo como una acusación contra ellos, aunque finalmente salió. En la escuela, según él, los alumnos salen convencidos de que Occidente ha sido brutal, y con una preocupación exagerada por otras culturas que apenas conocen, inculcada por docentes «medianamente formados». En la política, vincula la oikofobia con una inmigración que califica de irrestricta y con la reacción que ha provocado en Suecia, Alemania (menciona Sajonia-Anhalt) y el Reino Unido, con el auge de Reform. También sostiene que el peso electoral de los votantes procedentes de países islámicos condiciona la política exterior. Su ejemplo es un supuesto boicot de Ed Miliband a empresas de Judea y Samaria, que él mismo presenta como un gesto para contentar a un sector del electorado. Añade que vivió cinco años en Alemania y vio de primera mano la transformación de muchas comunidades.

 

China, la URSS y Meiji: oikofobia con fines patrióticos

 

¿Fueron oikofóbicas la Revolución Cultural china o la Unión Soviética? «Sí y no», responde. Arrasaron la tradición propia, pero para fortalecer su país frente al extranjero. El modelo que propone para entenderlas es la Restauración Meiji, que desmontó la cultura samurái para hacer a Japón más poderoso, o Pedro el Grande, que occidentalizó Rusia para derrotar a Suecia y rivalizar con Francia. Es lo que llama una oikofobia «oriental» y mixta: medios oikofóbicos al servicio de un fin que no lo es, fruto a menudo de un complejo de inferioridad frente a Occidente.

 

¿Es demasiado tarde? El final más sombrío

 

Beckeld rechaza la etiqueta de pesimista: dice tener «una visión oscura», pero no cree que sea tarde. Todo depende del país. Le interesa el Reino Unido, donde la situación es tan mala que la reacción es más intensa que en Francia, y le interesa también Alemania. Es más optimista con Estados Unidos, que a su juicio no ha llegado tan lejos como Europa. Y entonces deja la frase más inquietante de la entrevista. En algunas sociedades, sostiene, «la violencia formará parte de la solución». Aclara que no la desea ni la defiende, pero cree que en un país como Francia, con un componente islámico tan fuerte, ya no es posible invertir la tendencia sin ella. Advierte además de un posible contagio de «contrarrevoluciones» entre países europeos.

 

Una derecha oikofóbica y un precio que él acepta pagar

 

Preguntado por la «derecha woke» o posliberal, Beckeld reconoce elementos de la contrarreacción nacionalista que no le gustan, como el antisemitismo creciente e incluso el racismo abierto. Describe una dinámica casi hegeliana: la reacción se pasa de frenada y exige otra corrección. Insiste en que se puede decir que el islam es incompatible con Europa sin considerar inferiores a otras razas. Pero cierra con una conclusión que merece subrayarse: la contrarreacción le parece tan necesaria que, aun al precio de más racismo y antisemitismo, «merece la pena» tenerla. Confía en que esos excesos se suavicen con el tiempo, aunque admite que «no sin algunos daños por el camino».

 

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