Cabezón de la Sal es el pueblo de "From"
«En los pueblos de antes, uno preguntaba por la plaza y llegaba a la plaza. Ahora preguntas por el centro y te mandan a una rotonda».
Patxi Iribarri
He viajado a Cabezón de la Sal, en Cantabria, para negociar unos asuntos de vacas. No entraré en detalles porque las vacas, a diferencia de los políticos, valoran mucho la discreción. Diré únicamente que había que hablar de precios, alimentación y transporte, tres cuestiones que cualquier ganadero comprende mejor que un ministro de Agricultura y que, además, suelen resolverse con bastante más rapidez.
Kemen vino conmigo. Cuando se trata de negociar sobre ganado, conviene llevar a alguien que sepa distinguir una vaca de una estrategia nacional de sostenibilidad. Mi perro no sabe leer, pero reconoce inmediatamente cuándo un animal está sano, cuándo un camino no conduce a ninguna parte y cuándo el ser humano está a punto de cometer una estupidez. Son tres conocimientos que deberían exigirse para entrar en el Parlamento.
Llegamos a Cabezón de la Sal sin problemas. El problema comenzó cuando intentamos llegar a algún lugar concreto dentro de Cabezón de la Sal.
La localidad está construida a trompicones, como si cada calle hubiera sido diseñada por un arquitecto diferente que desconocía por completo la existencia de las demás. Hay vías que comienzan con aspecto de avenida, continúan como calle, se transforman en callejón y terminan desembocando en un aparcamiento, una nave industrial o la puerta trasera de una casa. Las curvas aparecen sin previo aviso, las intersecciones se reproducen y los edificios parecen colocados allí donde al constructor se le acabaron los ladrillos. Por si todo esto fuera poco, también hay algunos pasos a nivel de esos que ya no se ven en ningún lugar del mundo... salvo en las series norteamericanas. Y hay un parque de secuoyas... árboles terroríficos como los que tanto aparecen en ... From.
Después de veinte minutos dando vueltas comprendí la verdad.
Cabezón de la Sal es el pueblo de From.
Para quienes no hayan visto From, explicaré brevemente su argumento. Un grupo de personas llega por diferentes carreteras a una localidad misteriosa de Estados Unidos. Una vez dentro, nadie consigue abandonarla. Los viajeros intentan salir, conducen durante kilómetros y terminan regresando al mismo pueblo. Por la noche aparecen unas criaturas con aspecto humano que sonríen amablemente antes de devorar a los vecinos.
En Cabezón de la Sal todavía no hay monstruos caníbales. Pero tiempo al tiempo.
La primera señal fue el GPS. Nada más entrar en el pueblo, la voz del aparato me indicó que girase a la derecha. A la derecha había una pared. Pensé que quizá el satélite conociera alguna entrada secreta, pero decidí no comprobarlo. Continuamos rectos y, unos metros después, el GPS ordenó realizar un cambio de sentido. Lo hice. Entonces volvió a pedirme que girase a la derecha, exactamente hacia la misma pared.
—Este cacharro quiere matarnos —le dije a Kemen.
Kemen observó el GPS con las orejas levantadas. No ladró. Cuando Kemen no ladra es porque considera que la situación ha superado ya las posibilidades del lenguaje.
Apagué el aparato y recurrí al sistema tradicional: buscar una señal. Fue entonces cuando descubrí que muchas calles parecían no tener nombre o, al menos, que sus nombres habían sido ocultados con extraordinaria eficacia. Quizá existan placas, pero deben de encontrarse detrás de árboles, contenedores, balcones o vehículos estacionados. El urbanismo local parece concebido para que nadie pueda saber con certeza dónde está, de dónde viene ni hacia dónde se dirige. Como un programa electoral.
Decidí buscar el centro del pueblo. Todos los pueblos tienen un centro. Puede ser una plaza, una iglesia, un ayuntamiento, una fuente o un bar con cuatro jubilados observando a quien llega. El centro es ese lugar al que se dirige uno cuando todavía no sabe exactamente adónde va.
En Cabezón de la Sal, sin embargo, el centro es un concepto filosófico.
Pregunté dónde estaba y recibí indicaciones que incluían una rotonda, un puente, un supermercado, una calle situada detrás de otra calle y un giro que debía efectuar «donde estaba antes la tienda de muebles». Agradecí la explicación, aunque olvidé preguntar en qué año había cerrado la tienda.
Continué paseando y llegué a una plaza. Pensé que había encontrado el centro, pero la carretera siguió descendiendo y apareció otra zona que parecía todavía más céntrica. Después cruzamos las vías del tren y surgió un nuevo conjunto de edificios que también reclamaba para sí la condición de centro. Todo era centro y, por tanto, nada lo era.
En los pueblos normales, las calles conducen a la plaza. En Cabezón de la Sal, las calles conducen a otras calles que probablemente conducen de nuevo a la primera.
Después de media hora pasamos por delante de un edificio que yo estaba seguro de haber visto ya. Cinco minutos más tarde volvimos a cruzarnos con una furgoneta blanca de transporte de huevos de gallina estacionada junto a una esquina. Al tercer encuentro con la misma rotonda, Kemen me miró con una expresión que no admitía dudas.
Estábamos atrapados entre un bar que se llamaba "Caracas" y otro que se autodefinía como "El paraíso".
Conseguimos encontrar al hombre con quien debía hablar de las vacas. No explicaré cómo. Hay experiencias que deben permanecer enterradas por el bien de las generaciones futuras. Diré solamente que fue necesario preguntar tres veces, atravesar una calle que parecía peatonal pero no lo era y recorrer otra que parecía abierta al tráfico hasta que dejó de estarlo.
La negociación fue bien. Las vacas tenían buen aspecto, el hombre sabía de qué hablaba y Kemen aprobó la operación después de oler cuidadosamente una rueda del tractor. Todo parecía resuelto.
Entonces intentamos regresar a casa, a Cestona.
El GPS aseguró que tardaríamos pocos minutos en alcanzar la carretera principal. Quince minutos después nos encontrábamos de nuevo junto al lugar donde habíamos negociado las vacas. El animal más cercano nos observaba desde el prado con una tranquilidad inquietante. Parecía saber que volveríamos.
Probé una segunda ruta. Cruzamos una zona residencial, giramos junto a un establecimiento, pasamos por encima de unas vías ferroviarias y desembocamos en otra calle que terminó conduciéndonos hasta el mismo punto. Allí seguía la vaca, mirándonos con la paciencia de quien ha presenciado aquella escena muchas veces.
En From, los habitantes clavan talismanes junto a las puertas para impedir que entren los monstruos. En Cabezón de la Sal, sospecho que colocan vacas en las salidas para comprobar si los visitantes han conseguido escapar.
La nuestra no apartaba la mirada.
No vimos criaturas nocturnas, debo reconocerlo. Tampoco escuchamos gritos ni encontramos árboles caídos bloqueando la carretera. Pero estas cosas empiezan siempre poco a poco. Primero desaparecen los nombres de las calles. Después el GPS pierde la razón. Más tarde nadie sabe señalar dónde está el centro. Finalmente, uno intenta abandonar el pueblo y vuelve a encontrarse con la misma vaca.
Cuando aparecen los monstruos, el trabajo principal ya está hecho.
Además, no estoy seguro de que Cabezón de la Sal necesite criaturas sobrenaturales. Para sembrar el terror basta con colocar a un conductor de fuera en una intersección, apagarle el GPS y decirle que busque el centro. A los veinte minutos confesará cualquier cosa. A los cuarenta estará dispuesto a instalarse allí para siempre. Al cabo de una hora será concejal.
Quizá ese sea el verdadero origen de sus habitantes. Nadie nació en Cabezón de la Sal. Todos llegaron un día para hacer una gestión y no consiguieron encontrar la salida. Esto explicaría también la extraordinaria naturalidad con la que dan indicaciones. El vecino no dice «gire usted a la derecha y después continúe recto». Te explica que debes avanzar hasta una casa amarilla que antes era verde, seguir por una calle cuyo nombre desconoce, dejar a un lado una tienda que ya no existe y torcer antes de llegar al lugar donde se celebraba una feria hace veinte años.
El habitante de Cabezón no utiliza mapas. Se orienta mediante recuerdos. Mientras andaba perdido, se me ocurrieron algunos comentarios: "Un pueblo sin salida no necesita murallas. Le basta con un urbanista"; "Cuando el GPS dice «recalculando», en realidad está pidiendo ayuda"; "Las calles sin nombre son muy tranquilas: nunca reciben cartas de Hacienda"; "Si nadie sabe dónde está el centro, cualquier bar puede proclamarse capital"; "En From, los monstruos salen de noche. En España, algunos salen elegidos presidentes"; "Antes los pueblos crecían alrededor de una iglesia. Ahora crecen alrededor de siete rotondas y una gasolinera". Y así todo.
Finalmente conseguimos abandonar Cabezón de la Sal. No sé exactamente cómo ocurrió. En un momento determinado apareció una señal que indicaba la autovía y decidí seguirla sin hacer preguntas. Conducíamos en silencio. Kemen miraba hacia atrás, seguramente para comprobar que la vaca no seguía nuestra estela.
Durante varios kilómetros temí que la carretera describiera un círculo y nos devolviera nuevamente a Cabezón de la Sal. Solo cuando vi una indicación hacia Bilbao comprendí que estábamos a salvo.
Al regresar al caserío conté lo sucedido. Me dijeron que exageraba, que Cabezón de la Sal dispone de calles perfectamente señalizadas, que el GPS funciona y que miles de personas entran y salen todos los días sin dificultad.
Así empezó también la caída de Roma: buscando explicaciones razonables.
Yo solo sé lo que vi. Fui a Cantabria para negociar unos asuntos de vacas, encontré el pueblo de From y logré escapar antes de que anocheciera. Quizá mañana las autoridades locales publiquen un plano y desmientan todo lo que he contado aquí. Tal vez incluso demuestren que existe un centro claramente reconocible y que todas las calles tienen su correspondiente nombre.
Pero esta noche cerraré bien la puerta del caserío.
Kemen ya está vigilando el camino.
Y en algún lugar de Cabezón de la Sal, junto a una carretera que conduce nuevamente a Cabezón de la Sal, una vaca continúa esperando nuestro regreso.
«Los monstruos todavía no han llegado. Probablemente se han perdido buscando el centro».
Patxi Iribarri
«En los pueblos de antes, uno preguntaba por la plaza y llegaba a la plaza. Ahora preguntas por el centro y te mandan a una rotonda».
Patxi Iribarri
He viajado a Cabezón de la Sal, en Cantabria, para negociar unos asuntos de vacas. No entraré en detalles porque las vacas, a diferencia de los políticos, valoran mucho la discreción. Diré únicamente que había que hablar de precios, alimentación y transporte, tres cuestiones que cualquier ganadero comprende mejor que un ministro de Agricultura y que, además, suelen resolverse con bastante más rapidez.
Kemen vino conmigo. Cuando se trata de negociar sobre ganado, conviene llevar a alguien que sepa distinguir una vaca de una estrategia nacional de sostenibilidad. Mi perro no sabe leer, pero reconoce inmediatamente cuándo un animal está sano, cuándo un camino no conduce a ninguna parte y cuándo el ser humano está a punto de cometer una estupidez. Son tres conocimientos que deberían exigirse para entrar en el Parlamento.
Llegamos a Cabezón de la Sal sin problemas. El problema comenzó cuando intentamos llegar a algún lugar concreto dentro de Cabezón de la Sal.
La localidad está construida a trompicones, como si cada calle hubiera sido diseñada por un arquitecto diferente que desconocía por completo la existencia de las demás. Hay vías que comienzan con aspecto de avenida, continúan como calle, se transforman en callejón y terminan desembocando en un aparcamiento, una nave industrial o la puerta trasera de una casa. Las curvas aparecen sin previo aviso, las intersecciones se reproducen y los edificios parecen colocados allí donde al constructor se le acabaron los ladrillos. Por si todo esto fuera poco, también hay algunos pasos a nivel de esos que ya no se ven en ningún lugar del mundo... salvo en las series norteamericanas. Y hay un parque de secuoyas... árboles terroríficos como los que tanto aparecen en ... From.
Después de veinte minutos dando vueltas comprendí la verdad.
Cabezón de la Sal es el pueblo de From.
Para quienes no hayan visto From, explicaré brevemente su argumento. Un grupo de personas llega por diferentes carreteras a una localidad misteriosa de Estados Unidos. Una vez dentro, nadie consigue abandonarla. Los viajeros intentan salir, conducen durante kilómetros y terminan regresando al mismo pueblo. Por la noche aparecen unas criaturas con aspecto humano que sonríen amablemente antes de devorar a los vecinos.
En Cabezón de la Sal todavía no hay monstruos caníbales. Pero tiempo al tiempo.
La primera señal fue el GPS. Nada más entrar en el pueblo, la voz del aparato me indicó que girase a la derecha. A la derecha había una pared. Pensé que quizá el satélite conociera alguna entrada secreta, pero decidí no comprobarlo. Continuamos rectos y, unos metros después, el GPS ordenó realizar un cambio de sentido. Lo hice. Entonces volvió a pedirme que girase a la derecha, exactamente hacia la misma pared.
—Este cacharro quiere matarnos —le dije a Kemen.
Kemen observó el GPS con las orejas levantadas. No ladró. Cuando Kemen no ladra es porque considera que la situación ha superado ya las posibilidades del lenguaje.
Apagué el aparato y recurrí al sistema tradicional: buscar una señal. Fue entonces cuando descubrí que muchas calles parecían no tener nombre o, al menos, que sus nombres habían sido ocultados con extraordinaria eficacia. Quizá existan placas, pero deben de encontrarse detrás de árboles, contenedores, balcones o vehículos estacionados. El urbanismo local parece concebido para que nadie pueda saber con certeza dónde está, de dónde viene ni hacia dónde se dirige. Como un programa electoral.
Decidí buscar el centro del pueblo. Todos los pueblos tienen un centro. Puede ser una plaza, una iglesia, un ayuntamiento, una fuente o un bar con cuatro jubilados observando a quien llega. El centro es ese lugar al que se dirige uno cuando todavía no sabe exactamente adónde va.
En Cabezón de la Sal, sin embargo, el centro es un concepto filosófico.
Pregunté dónde estaba y recibí indicaciones que incluían una rotonda, un puente, un supermercado, una calle situada detrás de otra calle y un giro que debía efectuar «donde estaba antes la tienda de muebles». Agradecí la explicación, aunque olvidé preguntar en qué año había cerrado la tienda.
Continué paseando y llegué a una plaza. Pensé que había encontrado el centro, pero la carretera siguió descendiendo y apareció otra zona que parecía todavía más céntrica. Después cruzamos las vías del tren y surgió un nuevo conjunto de edificios que también reclamaba para sí la condición de centro. Todo era centro y, por tanto, nada lo era.
En los pueblos normales, las calles conducen a la plaza. En Cabezón de la Sal, las calles conducen a otras calles que probablemente conducen de nuevo a la primera.
Después de media hora pasamos por delante de un edificio que yo estaba seguro de haber visto ya. Cinco minutos más tarde volvimos a cruzarnos con una furgoneta blanca de transporte de huevos de gallina estacionada junto a una esquina. Al tercer encuentro con la misma rotonda, Kemen me miró con una expresión que no admitía dudas.
Estábamos atrapados entre un bar que se llamaba "Caracas" y otro que se autodefinía como "El paraíso".
Conseguimos encontrar al hombre con quien debía hablar de las vacas. No explicaré cómo. Hay experiencias que deben permanecer enterradas por el bien de las generaciones futuras. Diré solamente que fue necesario preguntar tres veces, atravesar una calle que parecía peatonal pero no lo era y recorrer otra que parecía abierta al tráfico hasta que dejó de estarlo.
La negociación fue bien. Las vacas tenían buen aspecto, el hombre sabía de qué hablaba y Kemen aprobó la operación después de oler cuidadosamente una rueda del tractor. Todo parecía resuelto.
Entonces intentamos regresar a casa, a Cestona.
El GPS aseguró que tardaríamos pocos minutos en alcanzar la carretera principal. Quince minutos después nos encontrábamos de nuevo junto al lugar donde habíamos negociado las vacas. El animal más cercano nos observaba desde el prado con una tranquilidad inquietante. Parecía saber que volveríamos.
Probé una segunda ruta. Cruzamos una zona residencial, giramos junto a un establecimiento, pasamos por encima de unas vías ferroviarias y desembocamos en otra calle que terminó conduciéndonos hasta el mismo punto. Allí seguía la vaca, mirándonos con la paciencia de quien ha presenciado aquella escena muchas veces.
En From, los habitantes clavan talismanes junto a las puertas para impedir que entren los monstruos. En Cabezón de la Sal, sospecho que colocan vacas en las salidas para comprobar si los visitantes han conseguido escapar.
La nuestra no apartaba la mirada.
No vimos criaturas nocturnas, debo reconocerlo. Tampoco escuchamos gritos ni encontramos árboles caídos bloqueando la carretera. Pero estas cosas empiezan siempre poco a poco. Primero desaparecen los nombres de las calles. Después el GPS pierde la razón. Más tarde nadie sabe señalar dónde está el centro. Finalmente, uno intenta abandonar el pueblo y vuelve a encontrarse con la misma vaca.
Cuando aparecen los monstruos, el trabajo principal ya está hecho.
Además, no estoy seguro de que Cabezón de la Sal necesite criaturas sobrenaturales. Para sembrar el terror basta con colocar a un conductor de fuera en una intersección, apagarle el GPS y decirle que busque el centro. A los veinte minutos confesará cualquier cosa. A los cuarenta estará dispuesto a instalarse allí para siempre. Al cabo de una hora será concejal.
Quizá ese sea el verdadero origen de sus habitantes. Nadie nació en Cabezón de la Sal. Todos llegaron un día para hacer una gestión y no consiguieron encontrar la salida. Esto explicaría también la extraordinaria naturalidad con la que dan indicaciones. El vecino no dice «gire usted a la derecha y después continúe recto». Te explica que debes avanzar hasta una casa amarilla que antes era verde, seguir por una calle cuyo nombre desconoce, dejar a un lado una tienda que ya no existe y torcer antes de llegar al lugar donde se celebraba una feria hace veinte años.
El habitante de Cabezón no utiliza mapas. Se orienta mediante recuerdos. Mientras andaba perdido, se me ocurrieron algunos comentarios: "Un pueblo sin salida no necesita murallas. Le basta con un urbanista"; "Cuando el GPS dice «recalculando», en realidad está pidiendo ayuda"; "Las calles sin nombre son muy tranquilas: nunca reciben cartas de Hacienda"; "Si nadie sabe dónde está el centro, cualquier bar puede proclamarse capital"; "En From, los monstruos salen de noche. En España, algunos salen elegidos presidentes"; "Antes los pueblos crecían alrededor de una iglesia. Ahora crecen alrededor de siete rotondas y una gasolinera". Y así todo.
Finalmente conseguimos abandonar Cabezón de la Sal. No sé exactamente cómo ocurrió. En un momento determinado apareció una señal que indicaba la autovía y decidí seguirla sin hacer preguntas. Conducíamos en silencio. Kemen miraba hacia atrás, seguramente para comprobar que la vaca no seguía nuestra estela.
Durante varios kilómetros temí que la carretera describiera un círculo y nos devolviera nuevamente a Cabezón de la Sal. Solo cuando vi una indicación hacia Bilbao comprendí que estábamos a salvo.
Al regresar al caserío conté lo sucedido. Me dijeron que exageraba, que Cabezón de la Sal dispone de calles perfectamente señalizadas, que el GPS funciona y que miles de personas entran y salen todos los días sin dificultad.
Así empezó también la caída de Roma: buscando explicaciones razonables.
Yo solo sé lo que vi. Fui a Cantabria para negociar unos asuntos de vacas, encontré el pueblo de From y logré escapar antes de que anocheciera. Quizá mañana las autoridades locales publiquen un plano y desmientan todo lo que he contado aquí. Tal vez incluso demuestren que existe un centro claramente reconocible y que todas las calles tienen su correspondiente nombre.
Pero esta noche cerraré bien la puerta del caserío.
Kemen ya está vigilando el camino.
Y en algún lugar de Cabezón de la Sal, junto a una carretera que conduce nuevamente a Cabezón de la Sal, una vaca continúa esperando nuestro regreso.
«Los monstruos todavía no han llegado. Probablemente se han perdido buscando el centro».
Patxi Iribarri



















