Vamos a contar mentiras (3): Sobre la "cultura"
![[Img #31231]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/9180_screenshot-2026-09-29-at-17-14-13-ceuta-delfin-capturado-buscar-con-google.png)
Suele atribuirse a la cultura parabienes sin reservas, y así, a primera vista, pareciera lógico, pues atesora esta las costumbres y creencias arraigadas en una comunidad política dada, cuales son la alimentación, los tabúes o la espiritualidad, entre muchas otras. Pero hete aquí que decir «cultura» es decir mucho y al mismo tiempo nada por cuanto a su deseabilidad y virtud. El niño educado en un ambiente «cultural» lee, escucha música, aprende idiomas; se enriquece, en definitiva, para labrarse un futuro prometedor, o simplemente atesora sabiduría por la mera satisfacción de experimentar el placer del conocimiento. Decir de alguien que es «culto» le aporta prestigio, y con toda seguridad es envidiado ―de forma insana u honesta― por su entorno. Mas cultura es también el rito sacrificial de no pocas sociedades tan humanas como la nuestra, donde por cierto se cometieron con la mayor naturalidad del mundo como quien dice hasta anteayer actos que hoy nos abochornan como descendientes directos de sus perpetradores. Evitaré casos concretos para no contribuir a dicha vergüenza.
Una marabunta de desarrapados recoge a un pobre delfín de la orilla, pero no para trasladarlo de urgencia al centro de recuperación de especies marinas más próximo, sino para juguetear con el pobre animalito: lo elevan sobre sus cabezas y lo llevan en volandas no se sabe para qué. Todo queda grabado por el muchacho de los bráquets relucientes con su móvil de última generación, cuyo coste en el mercado viene a suponer el sueldo medio anual en su país de origen, tras la valla. Pero me da que dicho caballero nunca tuvo nómina, digamos, formal, lo que al parecer no es óbice para haberse agenciado el aparatito de marras y mantenerlo siempre presto para un uso imprevisto.
El vecino ahuyenta a voz en grito al tipo de la bolsa, la abandona en su huida, dejando al descubierto su botín: una bella oca blanca, atada por las patas. Tengo para mí que nada bueno le esperaba al ánade.
Cuentan las malas lenguas que la comunidad gatuna de la ciudad sufrió un drástico descenso desde que se produjera la invasión, e ignora uno si esto es verdad o apenas un bulo de esos que circulan por las redes. Pero vamos, que los residentes locales de toda la vida aseguran sin atisbo de duda que faltan mininos por las calles.
Se supone que los invasores vienen huyendo de la guerra, pero, que se sepa, no hay conflicto civil alguno en su tierra. Dicen que huyen del hambre, pero exhiben cuerpos fornidos y dentadura nívea ante las cámaras. Cuentan que vienen buscando una vida mejor, lo cual no significa nada, pues todo es cuestión de comparar, y apuesto a que en origen el muchacho de los bráquets tenía una calidad de vida más que aceptable, y a los hechos me remito. Se supone, dicen, cuentan embustes que salen gratis a su comunicador, que ni siquiera se pregunta quién cojones adquiere los alimentos regalados por la oenegé de turno, colocados en improvisados puestecillos callejeros, si de la pobreza huyen. Ni tampoco se explica convenientemente cómo es que las noches playeras atufan a güisqui y a canuto, cuando deberían caracterizarse más bien por los lamentos íntimos y el sueño profundo de sus moradores. Porque aquí todo se sabe pero nada se explica. Entre eso y que la peña tampoco hacemos especial esfuerzo por discernir el grano de la paja, pues la playa sin barrer.
Supongo que en buena medida por razones de eso que se ha dado en denominar "corrección política", seguimos con los ojos cerrados ante lo nefasto de ciertas culturas en su generalidad, o bien por determinados aspectos de otras en apariencia más virtuosas. Parece claro que no hay una cultura óptima, pues siempre existe algo mejorable aun en las mejores. Pero es que las hay también prístinas en lo infame, esas en las que el tiempo parece haberse detenido en algún momento del pasado lejano, al punto que parecen más un cuadro estático que un escenario cambiante.
He traído a colación aquí tres ejemplos con animales de protagonistas no tanto por puro azar, sino recogiendo oportunamente la conocida reflexión ghandiana: "La calidad ética de una sociedad bien puede medirse por el trato que da a sus animales". Porque siendo que los animales ocupan el último escalafón en materia de consideración moral, fácil es deducir que si una comunidad ha llegado a tratarlos con respeto es porque antes superó etapas con otros protagonistas más cercanos precisamente en lo cultural: mujeres, niños, homosexuales...
Es la cultura inherente a toda sociedad política (ética, en consecuencia), mas no debe serle adherida por defecto especial virtuosismo, por cuanto en ella conviven de hecho las más excelsas virtudes con los más abyectos defectos, en extraña simbiosis que los humanos (seres éticos por naturaleza) deberíamos saber separar para superar oscuras etapas precedentes. Y es así que la prudencial criba de tan pastosa amalgama es lo que guía a toda sociedad progresista y bienintencionada. Poco de bueno tiene una cultura más preocupada por perseguir al infiel que por extender el bien entre todos sus componentes, incluidas mujeres, niños, homosexuales... ¡y animales!
Una cultura que secuestra ocas, que desprecia el sufrimiento de una cría de delfín varado en la orilla, que persigue a los gatos callejeros, no es una buena cultura. Es más, casi con toda seguridad mantendrá convenientemente relegados a mujeres, niños y homosexuales a la categoría de parias.
Con tamaño panorama por bandera, el día que algún ministro reciba su merecido a mano abierta, habrá que recordarle a su señoría que ninguna queja merece, pues se trata simplemente de una «agresión subjetiva».
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Suele atribuirse a la cultura parabienes sin reservas, y así, a primera vista, pareciera lógico, pues atesora esta las costumbres y creencias arraigadas en una comunidad política dada, cuales son la alimentación, los tabúes o la espiritualidad, entre muchas otras. Pero hete aquí que decir «cultura» es decir mucho y al mismo tiempo nada por cuanto a su deseabilidad y virtud. El niño educado en un ambiente «cultural» lee, escucha música, aprende idiomas; se enriquece, en definitiva, para labrarse un futuro prometedor, o simplemente atesora sabiduría por la mera satisfacción de experimentar el placer del conocimiento. Decir de alguien que es «culto» le aporta prestigio, y con toda seguridad es envidiado ―de forma insana u honesta― por su entorno. Mas cultura es también el rito sacrificial de no pocas sociedades tan humanas como la nuestra, donde por cierto se cometieron con la mayor naturalidad del mundo como quien dice hasta anteayer actos que hoy nos abochornan como descendientes directos de sus perpetradores. Evitaré casos concretos para no contribuir a dicha vergüenza.
Una marabunta de desarrapados recoge a un pobre delfín de la orilla, pero no para trasladarlo de urgencia al centro de recuperación de especies marinas más próximo, sino para juguetear con el pobre animalito: lo elevan sobre sus cabezas y lo llevan en volandas no se sabe para qué. Todo queda grabado por el muchacho de los bráquets relucientes con su móvil de última generación, cuyo coste en el mercado viene a suponer el sueldo medio anual en su país de origen, tras la valla. Pero me da que dicho caballero nunca tuvo nómina, digamos, formal, lo que al parecer no es óbice para haberse agenciado el aparatito de marras y mantenerlo siempre presto para un uso imprevisto.
El vecino ahuyenta a voz en grito al tipo de la bolsa, la abandona en su huida, dejando al descubierto su botín: una bella oca blanca, atada por las patas. Tengo para mí que nada bueno le esperaba al ánade.
Cuentan las malas lenguas que la comunidad gatuna de la ciudad sufrió un drástico descenso desde que se produjera la invasión, e ignora uno si esto es verdad o apenas un bulo de esos que circulan por las redes. Pero vamos, que los residentes locales de toda la vida aseguran sin atisbo de duda que faltan mininos por las calles.
Se supone que los invasores vienen huyendo de la guerra, pero, que se sepa, no hay conflicto civil alguno en su tierra. Dicen que huyen del hambre, pero exhiben cuerpos fornidos y dentadura nívea ante las cámaras. Cuentan que vienen buscando una vida mejor, lo cual no significa nada, pues todo es cuestión de comparar, y apuesto a que en origen el muchacho de los bráquets tenía una calidad de vida más que aceptable, y a los hechos me remito. Se supone, dicen, cuentan embustes que salen gratis a su comunicador, que ni siquiera se pregunta quién cojones adquiere los alimentos regalados por la oenegé de turno, colocados en improvisados puestecillos callejeros, si de la pobreza huyen. Ni tampoco se explica convenientemente cómo es que las noches playeras atufan a güisqui y a canuto, cuando deberían caracterizarse más bien por los lamentos íntimos y el sueño profundo de sus moradores. Porque aquí todo se sabe pero nada se explica. Entre eso y que la peña tampoco hacemos especial esfuerzo por discernir el grano de la paja, pues la playa sin barrer.
Supongo que en buena medida por razones de eso que se ha dado en denominar "corrección política", seguimos con los ojos cerrados ante lo nefasto de ciertas culturas en su generalidad, o bien por determinados aspectos de otras en apariencia más virtuosas. Parece claro que no hay una cultura óptima, pues siempre existe algo mejorable aun en las mejores. Pero es que las hay también prístinas en lo infame, esas en las que el tiempo parece haberse detenido en algún momento del pasado lejano, al punto que parecen más un cuadro estático que un escenario cambiante.
He traído a colación aquí tres ejemplos con animales de protagonistas no tanto por puro azar, sino recogiendo oportunamente la conocida reflexión ghandiana: "La calidad ética de una sociedad bien puede medirse por el trato que da a sus animales". Porque siendo que los animales ocupan el último escalafón en materia de consideración moral, fácil es deducir que si una comunidad ha llegado a tratarlos con respeto es porque antes superó etapas con otros protagonistas más cercanos precisamente en lo cultural: mujeres, niños, homosexuales...
Es la cultura inherente a toda sociedad política (ética, en consecuencia), mas no debe serle adherida por defecto especial virtuosismo, por cuanto en ella conviven de hecho las más excelsas virtudes con los más abyectos defectos, en extraña simbiosis que los humanos (seres éticos por naturaleza) deberíamos saber separar para superar oscuras etapas precedentes. Y es así que la prudencial criba de tan pastosa amalgama es lo que guía a toda sociedad progresista y bienintencionada. Poco de bueno tiene una cultura más preocupada por perseguir al infiel que por extender el bien entre todos sus componentes, incluidas mujeres, niños, homosexuales... ¡y animales!
Una cultura que secuestra ocas, que desprecia el sufrimiento de una cría de delfín varado en la orilla, que persigue a los gatos callejeros, no es una buena cultura. Es más, casi con toda seguridad mantendrá convenientemente relegados a mujeres, niños y homosexuales a la categoría de parias.
Con tamaño panorama por bandera, el día que algún ministro reciba su merecido a mano abierta, habrá que recordarle a su señoría que ninguna queja merece, pues se trata simplemente de una «agresión subjetiva».


















