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Patxi Iribarri
Jueves, 01 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

Angie Dickinson ha cumplido 95 años y yo exijo una investigación

La mujer que enseñó a Patxi que la policía podía provocar pensamientos incompatibles con el Código Penal alcanza una edad inadmisible. Desde el caserío, nuestro ganadero preferido comienza a sospechar que el tiempo no solo pasa demasiado deprisa, sino que además lo hace con mala intención

 

«Una cosa es envejecer uno y otra muy distinta que envejezcan las mujeres de las que uno estuvo enamorado».
Patxi Iribarri

 

[Img #31240]

 

Angie Dickinson ha cumplido 95 años. Leí ayer la noticia y tuve que sentarme. No porque me marease, sino porque a determinadas edades conviene recibir sentado las pruebas de que el tiempo no solo pasa, sino que lleva décadas trabajando contra nosotros.

 

Al principio pensé que se trataba de una errata. Noventa y cinco años no puede tenerlos Angie Dickinson. Los puede tener una catedral, una locomotora de vapor, un tratado internacional o alguno de esos dirigentes que aparecen en televisión desde que uno tiene memoria. Pero Angie Dickinson, no.

 

Comprobé el dato varias veces. Había nacido el 30 de septiembre de 1931 en Dakota del Norte y, en efecto, acababa de alcanzar los 95. La aritmética era impecable. La conclusión, intolerable.

 

Llamé a Kemen y le enseñé una fotografía.

 

—Esta mujer ha cumplido 95 años —le dije.

 

Kemen miró la imagen, después me miró a mí y finalmente se tumbó junto a la cocina económica. No necesitó comprobar nada más. Los perros comprenden que hay noticias ante las cuales solo cabe guardar silencio y esperar a que el dueño acepte la realidad.

 

Yo todavía no la he aceptado.

 

Angie Dickinson fue uno de los grandes fetiches sentimentales y sexuales de mi adolescencia. Entonces no utilizábamos la palabra fetiche. Decíamos que una mujer nos volvía locos, que era una barbaridad o, si había adultos delante, que nos parecía muy buena actriz.

 

Y Angie Dickinson era una actriz extraordinaria.

 

Especialmente cuando aparecía en pantalla.

 

La recuerdo en Río Bravo, junto a John Wayne y Dean Martin, aunque debo reconocer que durante buena parte de la película presté menos atención al argumento que a ella. También apareció en Ocean’s Eleven (1960), A quemarropa, La jauría humana y Vestida para matar. Pero para quienes alcanzamos la adolescencia durante determinados años, Angie Dickinson fue, sobre todo, la sargento Suzanne «Pepper» Anderson de La mujer policía, aquella serie emitida entre 1974 y 1978 que demostró dos cosas: que una mujer podía protagonizar un drama policial de máxima audiencia y que muchos adolescentes podían empezar a interesarse repentinamente por la seguridad ciudadana.

 

Yo seguía cada investigación con enorme atención. Había crímenes, persecuciones, interrogatorios y delincuentes peligrosos, pero nunca conseguí comprender del todo la trama. En cuanto Angie aparecía en pantalla, la capacidad analítica se me reducía considerablemente. Aquello podía tener relación con las hormonas, aunque entonces todavía no habían sido convertidas en una materia de debate parlamentario.

 

Angie era rubia, elegante, inteligente y peligrosamente hermosa. Llevaba una pistola y una placa, pero ninguno de nosotros habría intentado huir. Al contrario: medio pueblo estaba dispuesto a confesar delitos que no había cometido con tal de ser interrogado por la sargento Anderson.

 

Aquella mujer policía no necesitaba esposas.

 

El problema no es que Angie Dickinson haya cumplido 95 años. El problema es todo lo que ese número dice sobre los demás.

 

Si ella tiene 95, entonces Río Bravo se estrenó hace más de seis décadas, La mujer policía pertenece a un mundo desaparecido y mi adolescencia no ocurrió anteayer, como uno tiende a imaginar cuando recuerda ciertas canciones, sino en una época que los jóvenes actuales estudian probablemente en la asignatura de Historia Contemporánea.

 

Ahí está la verdadera crueldad del calendario. No se limita a añadirnos años; envejece también nuestros recuerdos. Un día uno descubre que la película que considera relativamente reciente se estrenó hace cuarenta años, que el futbolista al que admiraba es abuelo y que la cantante que protagonizaba sus fantasías juveniles anuncia una gira de despedida patrocinada por una empresa de audífonos.

 

Cuando yo era joven, los años ochenta representaban el futuro. Ahora existen bares ambientados en los años ochenta, como si aquella década fuese el Imperio romano. Colocan un casete, una máquina recreativa y un póster de Samantha Fox, y los muchachos entran para hacerse fotografías arqueológicas.

 

Dentro de poco abrirán museos donde se explicará qué era un teléfono fijo. Un guía mostrará el aparato y dirá:

 

—Nuestros antepasados hablaban por aquí, pero no podían alejarse más de dos metros.

 

Los niños observarán horrorizados el cable.

 

La belleza tiene una condición profundamente injusta: aparece sin que nadie la merezca y desaparece sin que nadie tenga la culpa. Los jóvenes creen que les pertenece, cuando en realidad solo la tienen alquilada. Después llega el tiempo, presenta las facturas atrasadas y se la lleva sin admitir reclamaciones.

 

Uno puede conservar el talento, la inteligencia, la elegancia, la voz o la mirada. Puede incluso ganar carácter a medida que pierde juventud. Pero esa belleza física que detiene el tráfico, que calla conversaciones, trastorna adolescentes y consigue que un hombre vea durante cuatro temporadas una serie policiaca sin entender quién ha cometido ningún asesinato lleva incorporada una fecha de caducidad.

 

Eso es lo verdaderamente ofensivo.

 

Nos han explicado que la belleza está en el interior. Puede ser. También el chorizo está en el interior del bocadillo y nadie sostiene por eso que el pan carezca de importancia.

 

Ahora se repite que todas las edades son hermosas, afirmación inventada sin duda por alguien que no se ha observado bajo la luz del cuarto de baño. Todas las edades pueden tener dignidad, serenidad e incluso atractivo, pero no todas son iguales. A los veinte años uno puede dormir vestido sobre un sofá, levantarse al mediodía y presentarse en público con aspecto razonable. A partir de cierta edad, dormir mal una noche deja en el rostro señales que podrían ser analizadas mediante carbono 14.

 

La belleza juvenil es arrogante porque todavía desconoce que está condenada. Camina por la calle convencida de que el mundo siempre se abrirá a su paso. La vejez, en cambio, conoce ya todos los trucos del camino y sabe que, al final, el mundo no se abre: simplemente espera.

 

Al enterarme del cumpleaños de mi adorada Angie, empecé a recordar aquellos tiempos. La televisión con dos canales. Los programas que veíamos todos porque no había otros. Las películas de los sábados. Los discos de vinilo. Las salas de cine llenas. Las fotografías en papel. Las cartas escritas a mano. Los veranos que parecían durar tres años y las muchachas que nunca sabían que uno estaba enamorado de ellas.

 

Durante unos minutos, todo aquel mundo me pareció mejor.

 

Después recordé que los televisores perdían la señal, que las llamadas telefónicas costaban dinero, que los coches se averiaban constantemente, que se fumaba en los hospitales y que para ver una película había que esperar varios años hasta que alguien decidiera emitirla un martes a las diez y media. También recordé que entonces dolían las muelas, había ministros, no había luz en las calles y los adolescentes sufríamos exactamente igual que ahora, aunque sin poder escribir nuestra desgracia en una red social.

 

La nostalgia posee una magnífica sala de montaje y se vende muy bien. Suprime las humillaciones, acorta los inviernos, ilumina los veranos y coloca música en los momentos adecuados. Conserva el primer beso, pero elimina las tres semanas anteriores durante las que uno no sabía qué decir. Recuerda la belleza de las actrices, pero olvida el televisor en blanco y negro que tardaba cinco minutos en calentarse.

 

No añoramos verdaderamente el mundo pasado. Añoramos a la persona que éramos cuando aquel mundo todavía existía.

 

Y eso no tiene arreglo.

 

He vuelto a mirar algunas imágenes de Angie Dickinson. Las de ahora y las de entonces. No he sentido lástima. Tampoco decepción. He sentido algo más extraño: gratitud.

 

Porque la Angie Dickinson de Río Bravo no ha envejecido. Sigue allí, entrando en una habitación de 1959 con la misma mirada, el mismo cabello rubio y aquella seguridad que hacía parecer torpes a todos los hombres que la rodeaban. Tampoco ha envejecido Pepper Anderson. Cada vez que comienza un episodio vuelve a correr, a investigar y a detener delincuentes con la energía intacta.

 

Las personas envejecen. Las imágenes, no.

 

Ese es el pacto secreto del cine. Los actores entregan su juventud a una cámara y la cámara la conserva cuando ya ha desaparecido de sus cuerpos. Nosotros hacemos algo parecido con la memoria, aunque de manera menos precisa. Guardamos un gesto, una voz, una tarde o un rostro y seguimos regresando a ellos cuando el presente se pone demasiado serio.

 

Quizá por eso me ha irritado tanto saber que Angie ha cumplido 95 años. No porque su edad me parezca triste, sino porque demuestra que aquella adolescencia que conservo perfectamente iluminada en la cabeza ocurrió hace muchísimo tiempo.

 

Cuando uno de nuestros antiguos símbolos sexuales llega a los 95, deja de ser una noticia sobre su edad.

 

Es una notificación sobre la nuestra.

 

Kemen seguía junto a la cocina cuando terminé de leer la noticia. Me levanté, fui al baño y me miré en el espejo. El espejo confirmó que Angie Dickinson no era la única que había cambiado. Estos objetos carecen de toda sensibilidad. Reflejan lo que tienen delante sin considerar la trayectoria, las circunstancias ni los méritos acumulados.

 

Regresé a la cocina de mal humor.

 

—Tú tampoco eres ya un cachorro —le dije a Kemen.

 

Movió el rabo y apoyó la cabeza sobre las patas. Los perros llevan mejor el paso del tiempo porque no conservan fotografías de su juventud ni celebran aniversarios. No cuentan los años. Cuentan los paseos, las comidas y las veces que regresa la persona a la que quieren.

 

Quizá hayan entendido algo que nosotros todavía ignoramos.

 

Esta noche volveré a ver un episodio de La mujer policía. Angie Dickinson tendrá poco más de cuarenta años; yo volveré a tener bastantes menos de los que tengo ahora, y durante cincuenta minutos el calendario quedará detenido. Después aparecerán los títulos de crédito, apagaré el televisor y regresaré al caserío, donde me esperan Kemen, las ovejas y un espejo que no respeta a las estrellas de Hollywood ni a los ganaderos de Cestona.

 

Angie ha cumplido 95 años.

 

Felicidades, sargento.

 

Puede estar tranquila: el tiempo ha cometido muchos delitos, pero todavía no ha conseguido detenerla.

 

«La juventud pasa, la belleza caduca y la nostalgia miente. Pero hay mujeres que siguen entrando en una habitación cincuenta años después».
Patxi Iribarri

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