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Lunes, 12 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:
Autor de "The Case for Mars"

Robert Zubrin: "No vamos a Marte por desesperación. Vamos por esperanza"

[Img #31294]Robert Zubrin tenía cinco años cuando el Sputnik cruzó el cielo y, mientras los adultos temblaban, él lo celebró: aquello significaba que las novelas de ciencia ficción iban a cumplirse. Siete décadas después, Robert Zubrin —ingeniero nuclear, padre del plan Mars Direct, fundador de la Mars Society y autor de The Case for Mars, el libro que encendió a Elon Musk— sigue empeñado en lo mismo: poner gente en Marte. Lo que ha cambiado es el tono. El hombre que inspiró a Musk se ha convertido en su crítico más incómodo. Hemos reunido sus conversaciones con la AFP, NPR, el pódcast This Week in Space y la agencia italiana Teleborsa, entre 2007 y 2025, en una sola entrevista.


¿Cuándo empezó todo esto?

 

De niño. El Sputnik fue el primer gran acontecimiento mundial que recuerdo haber vivido. Para los mayores era una amenaza, porque significaba que los soviéticos podían alcanzarnos. Para mí, que ya leía ciencia ficción, fue pura euforia: las historias de viajes espaciales iban a ser verdad, y yo quería estar ahí. 

 

¿Y por qué Marte, entre todos los planetas?

 

Mis padres me animaron. Mi padre me compró un telescopio y yo dibujaba la Luna a través del ocular. Pero pronto vi que, de todo lo que estaba a nuestro alcance, Marte era con mucho lo más interesante: el lugar donde podríamos descubrir vida y el lugar donde podríamos establecernos.

 

Usted no es un soñador al uso. ¿Cómo se define? 

 

Marte es mi idea de una nueva frontera. No será el paraíso, pero sí un sitio donde las reglas aún no están escritas y donde la gente tendrá libertad para inventar formas nuevas de civilización. 

 

En 1989, Bush padre prometió volver a la Luna e ir a Marte. ¿Qué falló?

 

La NASA respondió con el llamado Informe de los 90 días, que volvía al viejo esquema de Von Braun: una estación espacial gigante para ensamblar naves enormes en órbita. Treinta años y 400.000 millones de dólares. El Congreso se espantó con la factura y el programa murió. En Martin Marietta, donde yo trabajaba, varios ingenieros fuimos a la dirección a decir que aquello no tenía sentido: habían diseñado la misión más compleja posible para que cada uno tuviera su trozo. 


Y ustedes propusieron otra cosa


La empresa formó un equipo de doce personas. No logramos ponernos de acuerdo y salieron tres planes; la dirección tuvo la sensatez de no fusionarlos y lanzar los tres a ver cuál prendía. Prendió el de David Baker y mío: Mars Direct. Nada de estación espacial ni de ensamblaje en órbita. Dos lanzamientos de un cohete pesado del tipo Saturno V. El primero manda, sin tripulación, un vehículo de regreso que fabrica su propio combustible —metano y oxígeno— con el CO2 y el agua de Marte. Cuando está listo, sale la tripulación en un módulo habitable que aterriza al lado. Viven en él año y medio y vuelven a casa. Cada misión deja un hábitat más: así nace un asentamiento. 


¿Cómo lo recibió la NASA?
 

Mejor de lo que esperábamos, incluso en Marshall, el centro más conservador, precisamente porque era radicalmente conservador: era Apolo multiplicado por dos, y allí aún quedaba gente que había hecho Apolo. Luego llegó la guerra de trincheras con los partidarios de la estación espacial. Años después, Mike Griffin me mandó a Johnson a presentarlo otra vez, con orden de que me escucharan. La NASA hizo su propia versión y el mismo equipo que había presupuestado 400.000 millones la calculó en unos 55.000.

 

Usted quería bajarlo aún más...
 

Sí, a 30.000. Y Carl Sagan me paró: lo importante, me dijo, no era si costaba cincuenta o treinta, sino que fueran decenas de miles de millones y no cientos. Tenía razón. 


Hay quien dice que el viaje es tan peligroso que solo tendría sentido un billete de ida. La idea tiene algo de válido si no se plantea como misión suicida sino como un Plymouth Rock: no abandonas a nadie, mandas más gente y más equipo en cada ventana y levantas un asentamiento. «La vida es un viaje solo de ida», y una manera de gastarla es fundar una nueva rama de la civilización humana en Marte. Dicho esto, mi plan es de ida y vuelta, porque si lo hace un gobierno, volverán. 
 

¿A quién mandaría?
 

A cuatro personas. Dos mecánicos de primera, porque la vida de todos depende de que las máquinas funcionen. Y dos científicos de campo, porque vamos a explorar. Con formación cruzada, claro. Nada de un médico a tiempo completo ni de un comandante sentado en un puf dando órdenes: esas funciones solo cuentan en momentos puntuales.


¿Y la radiación? Hay quien la considera casi letal.
 

Es falso. Las tormentas solares se esquivan con un refugio a bordo, hecho con el agua, la comida y los residuos. Los rayos cósmicos no se pueden blindar, pero un año en el espacio interplanetario supone en torno a un 1% de riesgo de cáncer. Ya hay cosmonautas y astronautas que han acumulado en órbita dosis comparables a un viaje de ida y vuelta, sin efectos.


Seis meses de ingravidez destrozan huesos y músculos.
 

Por eso no hay que ir ingrávidos. Se ata el módulo habitable a la última etapa del cohete con un cable de kilómetro y medio y se hace girar el conjunto: a una vuelta por minuto tienes gravedad marciana; a algo menos de dos, terrestre. La obsesión de la NASA por investigar la ingravidez en humanos es como estudiar la falta de oxígeno en pilotos en vez de darles una mascarilla. 


Una vez allí, ¿de qué se vive?
 

De Marte. Primero de la atmósfera, para fabricar combustible y oxígeno. Luego del agua del suelo: en mi empresa hemos construido una máquina que la extrae horneando tierra simulada. Después, cultivos. En el ecuador marciano hay una luz comparable a la de Noruega o Alaska, y allí crecen bosques. 



¿Por qué Marte y no la Luna?

 

Porque es el destino más cercano que tiene todo lo necesario para la vida y, por tanto, para una civilización: agua en abundancia, que en la Luna casi no hay, y carbono y nitrógeno. Los elementos de la vida y los de la industria. Además, en sentido estricto, los humanos no somos nativos de la Tierra sino de África: somos animales tropicales que se hicieron especie global inventando técnicas para vivir donde la naturaleza no nos preparó. Podemos volver a hacerlo. 


¿Qué exportaría una colonia marciana?

 

Ideas, más que cosas. Una sociedad libre de muchas trabas terrestres a la innovación, pero obligada a innovar: variedades de cultivo superproductivas para invernaderos de superficie limitada, robótica… Eso tendrá un valor enorme aquí.

 

Con tantos problemas en la Tierra, ¿por qué gastar en esto?

 

Porque la riqueza de una nación es su capital intelectual. Apolo duplicó el número de titulados en ciencias en todos los niveles. Los tecnólogos de cuarenta años que levantaron Silicon Valley en los noventa eran los niños que fabricaban combustible de cohete en el sótano en los sesenta. Un programa marciano sería una invitación a la aventura para cada joven, y ahora también para las niñas, a las que la ciencia está abierta como no lo estaba entonces.

 

¿No es demasiado arriesgado?

 

Claro que hay riesgos. Los tuvieron Lewis y Clark, y Colón se enfrentó a peligros desconocidos. Decir que hoy no podemos aceptarlos es admitir que somos mucho menos que quienes fuimos.

 

¿Es Marte un reto o una oportunidad?

 

Las dos cosas. Edison decía que las oportunidades llaman a la puerta disfrazadas de dificultades. Marte es la ocasión de empezar un mundo desde cero, llevando lo mejor de la Tierra y dejando atrás lo peor. Y de cooperar: «no competimos por un espacio limitado», sino que abrimos espacios infinitos.

 

En 2019, de gira por Italia, usted creía que Musk tendría una nave volando hacia 2024 y que habría humanos en Marte antes de acabar la década.

 

Pensaba que Musk tenía el objetivo correcto y avanzaba deprisa, mientras la NASA hacía buena exploración robótica, pero no tenía un plan humano. Lo nuevo respecto a Apolo era una carrera empresarial hacia el espacio que iba a abaratar drásticamente los costes.

 

Hoy es mucho más crítico ¿Qué ha cambiado?

 

Musk ha sido decisivo para abrir esta oportunidad, con Starship y con la inspiración que ha generado. Es un hombre de enorme talento y empuje. Pero el éxito le ha traído soberbia y arrogancia.

 

¿Y por qué le preocupa su alianza con Trump?

 

Porque esa pareja no va a durar para siempre, y si el programa se percibe como cosa suya, lo aplastarán en cuanto el poder cambie de manos. Tiene que ser, como mínimo, el programa de Estados Unidos; mejor aún, el del mundo libre.

 

¿No sería más fácil dárselo directamente a SpaceX, visto cómo ha ido Artemis?

 

Eso lo mataría: el conflicto de intereses sería escandaloso. Apolo no fue el capricho de Kennedy, ni de Von Braun, ni de Walt Disney: fue el programa de la nación. Y aquí hay algo más: hace falta un reactor nuclear en la superficie, con materiales controlados. Eso no lo hará SpaceX sola. Tiene que ser una alianza público-privada y bipartidista.

 

Musk habla de Marte como refugio por si la Tierra se destruye.

 

Esa idea no convence a casi nadie y deja un olor a mofeta sobre el programa: recuerda a la huida de los blancos de las ciudades, o a la máscara de la muerte roja, gente escondida en un castillo mientras los demás mueren de peste. Musk sacó la idea de la Fundación de Asimov; hasta llama Terminus a su colonia.

 

¿Cuál es entonces su calendario?

 

Duplicaría los plazos de Musk. Si lo hacemos bien, con ambición y algo de suerte, una Starship sin tripulación en Marte en 2028 y una expedición humana en 2033. Ocho años, lo mismo que pasó entre el discurso de Kennedy y el Apolo 11. Y hoy estamos más cerca de Marte que ellos de la Luna.

 

¿Qué debería llevar la primera Starship que aterrice en Marte?

 

No un maniquí de Tesla. Mandar un coche a una órbita interplanetaria fue divertido para demostrar el Falcon Heavy, pero lo que aterrice tiene que ser una expedición científica de verdad. Si Starship pone en Marte 30 toneladas —Musk promete 100; démosle 30—, caben quince rovers y quince helicópteros grandes, cada uno con cinco o siete instrumentos, más un laboratorio en la propia nave. Sería cien veces más capaz que todo lo que ha hecho el JPL. Y eso atrae a la comunidad científica universitaria, que tira a la izquierda: así se gana el apoyo demócrata.

 

¿Qué le falla a la arquitectura de SpaceX?

 

Que es talla única. Starship es un gran lanzador reutilizable y un buen cisterna, pero es demasiado pesada para despegar desde la superficie de Marte o de la Luna. Para que regrese a la Tierra desde Marte haría falta producir combustible con 600 kilovatios.

 

Y propone el Starboat. Algo parecido a Starship, pero entre cinco y diez veces más pequeño.

 

Para volver a la Tierra necesitaría 100 kilovatios; para subir a la órbita marciana y encontrarse con una Starship, 50. Usa el mismo metano y oxígeno, así que Starship le hace de cisterna. En la Luna permitiría cinco veces más misiones con el mismo número de lanzamientos: dos o tres en lugar de catorce. Starship más Starboat te da Marte y te da la Luna; sobran Gateway, SLS y Orion.

 

¿Y Artemis?

 

Artemis es un programa guiado por los proveedores, no por un propósito. Apolo se diseñó como una pieza: ¿cuál es la manera más simple de llegar en 1969? Artemis tiene cinco elementos financiados cada uno por sus propias razones y una misión retorcida para dar papel a todos. Es como reescribir Macbeth para que salgan la bailarina y la estrella de fútbol de la función escolar.

 

Hay quien sostiene que no deberíamos repetir en Marte los errores cometidos en la Tierra.

 

Esa gente no discute de ética sino de estética, y de una estética antihumana: qué bonito sería el planeta sin estas formas de vida feas. Es como el aristócrata que lamenta las chabolas que le estropean el paisaje. Los valores humanos tienen que girar en torno al florecimiento humano.

 

Pero la colonización de América destruyó mucho.

 

Lo admito: culturas nativas, bisontes, secuoyas. También se creó algo: una nación comprometida con la libertad que inventó el barco de vapor, el telégrafo, la bombilla, el avión e internet. Ahora imagine que Colón hubiera encontrado un desierto estéril, sin nadie, con unas bacterias en el agua subterránea. ¿Habría piquetes contra el Día de Colón? Si convertir la Tierra en algo parecido a Marte sería un crimen, convertir Marte en algo parecido a la Tierra tiene que ser un acto profundamente constructivo.

 

¿Y el riesgo de contaminar Marte y no saber si la vida que encontremos es nuestra?

 

Ese argumento al menos es racional, pero se equivoca. Si los microbios son distintos de los terrestres, no los llevaste tú. Si son idénticos y nativos, habrán dejado fósiles y biomarcadores, igual que sabemos que hubo vida en la Tierra antes que nosotros. Y con gente allí se hace muchísima más ciencia: el planeta que mejor conocemos es este, porque vivimos en él. 

 

Una última pregunta. ¿Para qué vamos, al final?

 

No vamos a Marte por desesperación. Vamos por esperanza. Vamos para fundar nuevas ramas de la civilización humana que sumen su creatividad a la de toda la humanidad. Si hacemos el programa que defiendo, volveremos a asombrar al mundo, como con Apolo, con lo que la gente libre es capaz de hacer. Y dejaremos claro que el futuro de la especie es la libertad, no el autoritarismo. 

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