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Pablo Mosquera
Miércoles, 14 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

El Rey, Jefe del Estado

Se puede ser cristiano, por ideología que nos lleva a la convicción objetiva, y ser muy crítico llegando al exilio voluntario de la iglesia católica y sus ministros.

 

Algo similar podemos libremente ejercer ante la Monarquía constitucional. Así hoy me siento ciudadano español que como los de Ceuta separo el desprestigio de la clase política y el papel de la Monarquía en cuestiones fundamentales como la unidad territorial de España como nación histórica y nación amparada por la Constitución de 1978. Estos Reyes me representan. Estoy Reyes están muy por encima de la partitocracia. S.M. El Rey es, y más que nunca lo percibo, el Jefe del Estado, aun cuando sus funciones hayan quedado tan limitadas ante el poder ejecutivo, hoy en clara decadencia y alejada de la suciedad creciente con la que se está desenvolviendo la campaña para las elecciones del 29-N.

 

Me puedo imaginar la cara que puso el todavía presidente del Gobierno cuando le comunicaron y vio por fotos la reunión entre la cúpula militar con la Ministra del Ramo al frente, tras los sucesos de Ceuta, si bien los españoles aun no sabíamos que la marina de guerra de Marruecos había apoyado la invasión del Territorio Nacional en Ceuta. Pues por mucho que le quisieran imponer dicterios, discursos, despistes temporales o causales, los hechos eran evidentes. El Jefe del Estado actuaba con arreglo a su condición ética y estética. Y además requería atender la demanda del pueblo español ante una agresión de un país vecino que además vulneró la frontera sur de la Unión Europea.

 

Por tanto la presencia de la Corona en Ceuta y Melilla ha sido justa y necesaria. Su proximidad a las gentes un baño de sinergia y consonancia entre la Institución Jefatura del Estado español con el pueblo sujeto de soberanía y demandante para con la actitud de los poderes públicos un tanto deslavazados y cuanto más sabemos más señalados como plegados a extraños contubernios.

 

Aquel famoso aforismo "Dios, que buen vasallo, si oviesse buen señore". del Cantar del Mío Cid, siempre estuvo y estará presente en quienes tenemos orgullo histórico por ser españoles. Pero esta vez el SEÑOR ha estado cercano, conectado, implicado, liderando, el sentimiento de los españoles ante la agresión de una parte de nuestra nación -1492- Lo pudimos deducir por las imágenes de los monarcas entre su pueblo que es el mío. en su discurso, en sus ojos y expresión corporal. Un acierto. Y es que el pueblo llano está sufriendo las miserias de la política partidaria. Y necesitamos un dirigente por encima de esa fórmula pervertida de nuestra democracia que solo busca esconder o proteger sus infames vergüenzas.     

 

Me gustaría acudir como antaño a las salas de oficiales. Me gustaría acudir a la comandancia de la Guardia Civil de Álava, como tantas veces lo hice, me gustaría reunirme con aquellos con los que compartí la defensa de la dignidad de ser españoles en el país de los vascos, durante la etapa denominada del plomo, cuando me jugaba la vida por mi creencias, que sospecho son las mismas que salieron a las calles de Ceuta y Melilla ante la invasión de Marruecos. Y es que me puede la sangre. Mi abuelo materno fue militar, oficial de Regulares, en Ceuta y su hermano oficial de la Legión. Ambos asesinados en Paracuellos del Jarama. Y es que este "régimen sanchista" ha logrado que todos acudamos al baúl de los recuerdos que estaban entre el polvo del tiempo casi olvidados en nuestros desvanes.

 

Se puede ser de derechas o de izquierdas, conservador o progresista, aunque sean términos anticuados para el siglo XXI, pero ser español y defender la unidad territorial es santo y seña del orgullo identitario. Por esto y muchas cosas más que hoy todavía me callo, en medio de la tormenta política que ha debilitado al Estado y aprovechado los vecinos de Marruecos, vuelve a salir el sol por tierras de España allá por Ceuta y Melilla, dónde pueblo y Monarquía se han dado la mano en señal de esperanza, y firmeza ante las amenazas de otra invasión como en aquel triste 711 en que la desunión de los reinos visigodos facilitaron la conquista de los musulmanes.

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