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Miércoles, 14 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:
Autor de "Le retour du Roi"

David Engels: Salvar Europa volviendo a ser una civilización

[Img #31312]Comparar la Europa actual con la Roma de finales de la República: ese es el hilo conductor de la obra de David Engels. Este historiador belga especializado en la Antigüedad, afincado en Polonia, se dio a conocer con Le Déclin (2013), antes de publicar, entre otras obras, Renovatio Europae (2020), Défendre l’Europe civilisationnelle (2023) y Que faire?, reeditado en 2024. En España, su obra más conocida es El último occidental, publicada por La Tribuna del País Vasco.

 

Ahora, David Engels acaba de publicar El regreso del rey, que, además de ser su primera obra de ficción, se presenta como la gran novela de la derecha europea del siglo XXI. En una Europa futura en plena descomposición, un hombre —¿acusado injustamente?— se convierte en el blanco de las autoridades. Obligado a huir, emprende una carrera desenfrenada por todo el continente: de Polonia a Alemania, de Italia a Inglaterra, hasta su Bélgica natal y una Francia en plena guerra civil. En su camino, se cruza sucesivamente con jóvenes idealistas, activistas desilusionados, influencers tradicionalistas, políticos cínicos, figuras místicas y amigos carcomidos por la duda. Cada encuentro le obliga a enfrentarse a sus incertidumbres, a sus miedos… y al papel que la historia parece querer imponerle. 

 

[Img #31313]Engels desarrolla un pensamiento singular, que rechaza tanto el europeísmo de Bruselas como el repliegue soberanista. Para este autor, la historia no se repite, pero las civilizaciones atraviesan etapas comparables. Los males del Occidente contemporáneo ya habían azotado a Roma en el siglo I a. C.: inmigración masiva, colapso de la natalidad, crisis de la familia y de la religión tradicional, polarización social, guerras lejanas, globalización, pérdida de identidad, inseguridad, deriva oligárquica de las instituciones y auge de los populismos. En Roma, esta crisis desembocó en décadas de disturbios y guerras civiles, y posteriormente en el régimen autoritario y conservador de Augusto, el único capaz de arbitrar entre grupos que se habían vuelto irreconciliables. Al historiador le cuesta imaginar cómo Europa podría escapar a una evolución similar...

 

Su marco de interpretación va más allá de la mera comparación con Roma. Heredero de Oswald Spengler, distingue en cada gran civilización tres grandes fases. En primer lugar, una era de tradición y trascendencia. A continuación, una era de racionalismo y humanismo. Por último, una síntesis, breve, marcada por un retorno reflexivo a la tradición, antes de una lenta petrificación.

 

Lo que define a Europa, según él, es un temperamento «faustiano», surgido en la Edad Media: una sed de infinito y de superación, dirigida primero hacia Dios y luego hacia la materia. Las catedrales góticas y los rascacielos estadounidenses serían las dos caras de un mismo impulso.

 

David Engels ve en el «wokismo» la culminación —y pronto el callejón sin salida— de la era racionalista y universalista iniciada hace cinco siglos. Llevado al absurdo, el racionalismo llevaría a los europeos a redescubrir que solo la tradición puede sentar las bases duraderas de una civilización. Ve indicios de ello por todas partes: el resurgimiento del interés por el cristianismo tradicional entre los jóvenes, el neopaganismo, las llamadas «democracias iliberales», el retorno del clasicismo en el arte o incluso el fenómeno de las «trad wives».

 

Este retorno no será el de la Edad Media: mientras que la tradición medieval se daba por sentada, la que se avecina será elegida, consciente y, en parte, construida. Sería, en un primer momento, como en tiempos de Augusto, cosa de una élite, antes de llegar, eventualmente, a las masas. En el corazón de este movimiento, un renacimiento cristiano, vía natural de los europeos hacia la trascendencia.

 

En el plano político, David Engels defiende lo que él denomina el «hesperialismo», un patriotismo europeo basado en la identidad de civilización. Rechaza la Unión Europea tal y como es, cuyo universalismo negaría tanto a las naciones como a la civilización europea, y cuyo «wokismo» sería el producto lógico. Pero también considera peligroso el soberanismo: una Europa fragmentada en una treintena de Estados sin peso sería una presa fácil para Estados Unidos, China, Rusia o las monarquías del Golfo.

 

Su solución: una estrecha cooperación en lo esencial (defensa, fronteras exteriores, política exterior, recursos estratégicos, investigación) y la devolución de todo lo demás a las naciones. Critica a la UE por ser débil ante el mundo y autoritaria con sus miembros; debería ser al revés. Su modelo no es un Estado centralizado, sino el Sacro Imperio Romano Germánico, que supo durante siglos defender sus fronteras al tiempo que preservaba la diversidad de sus reinos, principados y ciudades libres. Sin embargo, aclara que ninguna reforma institucional tendría sentido sin una revolución cultural previa: no confiaría un ejército europeo a Ursula von der Leyen.

 

En sus estudios, el historiador aborda también la cuestión migratoria. Incluso expulsando a los inmigrantes ilegales, Europa cuenta con decenas de millones de ciudadanos de origen extranjero, a veces desde hace generaciones, de los cuales una parte sigue siendo hostil a su civilización. Propone inspirarse en Augusto, quien convirtió la identidad romana no ya en una pertenencia étnica, sino en una pertenencia a una civilización, accesible a quienes demostraran su lealtad: servicio militar, lengua latina, adopción de las costumbres y del culto cívico.

 

El reto también se aplica a los europeos de origen, muchos de los cuales, según él, «han abandonado la historia». Ser europeo debe volver a ser un motivo de orgullo y no una fuente de culpa. De lo contrario, advierte David Engels, Europa acabará convirtiéndose en un museo al aire libre para turistas chinos y estadounidenses, y en un tablero de ajedrez para las guerras ajenas.

 

Fuente del artículo

 

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