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Cartas al Director

El freno burocrático

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La crisis de Ceuta es el último eslabón de la cadena de fallos estructurales de la administración española, desde los lejanos días del volcán de La Palma. Lo mismo que el descarrilamiento de Adamuz o la riada mortal de Paiporta, los presumiblemente 15.000 inmigrantes ilegales que se hacinan en Ceuta -que el Gobierno no sabe ni cuantos son- y desbordan los servicios de seguridad y extranjería hacen que la palabra "servicio" esté más cerca de un W.C. que de una institución de asistencia pública. Muy especialmente si el gobierno, desbordado una vez más por una crisis, anuncia que los bancos informarán a Hacienda de los ingresos o retiradas de fondos de cualquier cuenta de España, ya en oficina o en cajero automático. Es decir, no hay recursos tecnológicos y humanos para tramitar 15.000 expedientes de extranjería en un mes, pero el concubinato de la hacienda y la banca permite vigilar y castigar a 25 millones de españoles en edad laboral y 10 millones de pensionistas con un puñado de funcionarios tributarios y sociales.
 
La conclusión es evidente, no es que no se puedan gestionar las crisis, es que no se quieren gestionar; adoptando esos valores que han conducido a buena parte de Europa a tener una visión tradicional, casi medieval, del Estado a través de la "lente del corporativismo". Además de desvelar el secreto inconfesable del parlamentarismo -que el mayor peligro para el parlamento es la democracia- con esta mayor atención "asimétrica" a favor de los valores comunitarios, sólo cuando implican no solo recaudar impuestos, sino incluso la consideración patrimonial del dinero de los españoles mediante el invento de un derecho a expropiar los saldos bancarios sin movimientos en varios años.
 
Con esta perspectiva, parece existir poca conciencia de lo valiosa que fue la vida moderna para la prosperidad de naciones como Inglaterra, EEUU, Francia o Alemania. Además de saquear lo poco que ganan los españoles, el contubernio paralegal de hacienda y la banca considera los procesos de innovación de España como una molestia de aquellas advenedizas naciones que nosotros -en opinión de tiranos y opresores digitales- no estaríamos ya dispuestos a soportar.
 
Por la vía de negarnos la autonomía financiera y patrimonial, como si el pueblo fuera un niño borracho con una pistola en la mano, el Gobierno y la banca están poniendo un freno burocrático al motor de la prosperidad de las economías modernas: las ideas originales nacidas de la creatividad y basadas en la singularidad de los conocimientos , la información y la imaginación privados de cada persona.
 

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