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Patxi Iribarri
Viernes, 16 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

Prohibido oler la fruta

Patxi visita el mercado de San Martín de San Sebastián y descubre que una frutería ha tenido que recordar a sus clientes que las manzanas no son probadores, los melocotones no son ambientadores y la mercancía que todavía no se ha pagado pertenece a otra persona

 

«Cuando una sociedad necesita colocar un cartel para explicar que no se debe manosear la comida ajena, el problema ya no está en la fruta».
Patxi Iribarri

 

[Img #31321]

 

Kemen se quedó descansando en el caserío y yo aproveché para acercarme a San Sebastián. Tenía que resolver varios asuntos y decidí entrar en el mercado de San Martín, uno de esos lugares donde todavía quedan alimentos reconocibles, comerciantes que saben lo que venden y clientes capaces de distinguir una merluza de un producto alimentario elaborado a partir de proteínas alternativas.

 

Caminaba yo entre puestos de verduras, pescados, carnes y quesos cuando un cartel colocado en una frutería me obligó a detenerme. Estaba impreso en grandes letras rojas y negras y decía exactamente:

 

«PROHIBIDO TOCAR Y OLER LA FRUTA».

 

Debajo aparecían dos dibujos destinados a quienes pudieran tener dificultades para comprender el mensaje escrito: una mano sobre una manzana y una nariz aspirando el aroma de otra pieza. Ambas conductas estaban tachadas por una línea roja. No se podía tocar. Tampoco oler.

 

Me quedé varios minutos contemplando el aviso. Al principio pensé que se trataba de una broma o de una nueva normativa sanitaria aprobada en Bruselas. La Unión Europea ha regulado tantas cosas que no habría resultado extraño que, después de establecer el tamaño de los envases y la curvatura de determinados productos agrícolas, hubiera decidido fijar la distancia mínima entre la nariz del consumidor y un melocotón.

 

Pero no. El cartel no prohibía respirar cerca de la fruta por exigencias burocráticas. Había sido colocado porque algunos clientes cogían las piezas, las apretaban, las palpaban y se las llevaban hasta la nariz para examinarlas como si estuvieran realizando una autopsia.

 

La frutería había tenido que explicar a personas adultas que no debían manosear ni olfatear aquello que todavía no habían comprado.

 

Ahí comprendí que los tomates no eran el problema.

 

Siempre ha existido un tipo de cliente que, al entrar en una frutería, se transforma en inspector general de melones. Los levanta, los golpea con los nudillos, se los acerca al oído y analiza el sonido con la concentración de un especialista en explosivos. Después de varios minutos de investigación, deja el melón en su sitio y se marcha sin comprarlo.

 

También está quien aprieta los aguacates uno detrás de otro. No busca uno que esté maduro; quiere comprobar personalmente el grado de resistencia de todos los aguacates del establecimiento. Cuando termina, los que estaban duros continúan duros y los que estaban en su punto ya pueden utilizarse para hacer puré.

 

El olfateador representa una categoría superior. Coge un melocotón, lo acerca a la nariz, inspira profundamente y adopta una expresión de experto catador. Si el aroma no satisface sus elevadas exigencias, devuelve la pieza al montón y repite la operación con la siguiente. Al cabo de unos minutos, media frutería ha pasado junto a sus fosas nasales.

 

Tal vez espere que la manzana le revele su denominación de origen, su árbol genealógico y la orientación exacta del manzano en el que nació.

 

A mí me parece muy bien que una persona quiera saber qué compra. Lo que no comprendo es por qué debe hacerlo apoyando la nariz en alimentos que quizá vaya a llevarse otro. Si quiere establecer una relación íntima con una nectarina, que primero la pague. Después puede llevársela a casa, olerla durante toda la tarde e incluso presentársela a la familia.

 

Pero mientras está en la tienda, la nectarina no es suya.

 

Hasta Kemen conoce los límites

 

Mientras observaba aquel cartel pensé en Kemen, que seguía descansando en el caserío. Los perros conocen el mundo a través del olfato. Huelen la tierra, los árboles, las piedras, otros animales y cualquier objeto que contenga información relevante. La nariz de Kemen dispone de más capacidad analítica que algunos ministerios y entrega sus conclusiones con mayor rapidez.

 

Sin embargo, hasta él conoce ciertos límites.

 

Kemen huele sus cosas. Huele su cuenco, su manta, los rincones del caserío y las botas que yo dejo junto a la puerta. No se marcha a San Sebastián para meter el hocico en una pescadería ni entra en los restaurantes a inspeccionar los platos antes de que sean servidos. Tampoco se pasea por el mercado sometiendo cada pieza de fruta a un reconocimiento olfativo.

 

Es un perro, pero tiene educación.

 

Resulta preocupante que haya establecimientos obligados a colocar para los seres humanos instrucciones que Kemen comprende sin necesidad de carteles, campañas institucionales, talleres de convivencia ni asignaturas de educación para la ciudadanía.

 

A él nadie tuvo que explicarle mediante un pictograma que no podía llevarse el chuletón del vecino. Le bastó con observar el tono de mi voz una sola vez. Tampoco necesitó una comisión de expertos para entender que la comida ajena no se toca.

 

Kemen no posee derechos del consumidor. Posee sentido del límite, que resulta bastante más útil.

 

Cuando yo era pequeño, a nadie se le habría ocurrido coger una fruta de una tienda, acercársela a la nariz, apretarla por distintos lados y volver a colocarla en el montón. No porque los niños de entonces fuéramos moralmente superiores. Éramos igual de brutos, inquietos y curiosos que los de ahora. La diferencia es que nuestros padres estaban cerca.

 

Y vigilaban.

 

Si mi padre me hubiera visto manoseando una manzana que no pensaba comprar, me habría obligado a dejarla inmediatamente en su sitio, habría pedido disculpas al comerciante y, dependiendo de la gravedad de la inspección, quizá me habría arreado con el bastón. No sé si aquello habría superado los actuales protocolos pedagógicos, pero puedo asegurar que yo no habría vuelto a oler una manzana ajena hasta alcanzar la mayoría de edad.

 

La corrección era inmediata. No se convocaba una reunión familiar para analizar qué emoción me había impulsado a tocar el melocotón. Nadie preguntaba si la manzana había invadido previamente mi espacio personal. Tampoco se responsabilizaba al frutero por colocar los productos a una altura susceptible de generar frustración.

 

Se me decía: «Eso no se toca porque no es tuyo».

 

Ocho palabras. Una teoría moral completa.

 

Ahora necesitamos carteles, símbolos de prohibición, normas de uso y advertencias plastificadas para explicar lo que antes se aprendía en casa. Y, aun así, siempre aparece alguien dispuesto a discutir con el comerciante porque considera que, antes de comprar una pera, tiene derecho a sobarla hasta conocer sus convicciones políticas.

 

El problema no es el olfato. El problema es esa idea, cada vez más extendida, de que todo cuanto está al alcance de una persona puede ser utilizado, manipulado o alterado para satisfacer sus necesidades inmediatas. Si algo está expuesto, se toca. Si hay una puerta, se abre. Si existe un banco público, se ponen los pies encima. Si una pared está limpia, alguien escribe en ella. Si aparece una fruta, se aprieta.

 

Después, cuando el propietario protesta, el infractor se indigna.

 

Hemos construido una sociedad llena de derechos y casi vacía de responsabilidades. El cliente tiene derecho a elegir, a reclamar, a comparar, a devolver, a exigir explicaciones y a sentirse ofendido. El comerciante, por su parte, parece obligado a sonreír mientras le estrujan los aguacates, le olfatean los melocotones y le convierten los plátanos en material de exploración sensorial.

 

Nadie se detiene a pensar que cada pieza pertenece a alguien hasta que es pagada. Que detrás de esa manzana hay un agricultor, un transportista y un comerciante. Que los alimentos se estropean. Que lo que uno toca, aprieta y respira quizá termine en la mesa de otra familia.

 

Antes se llamaba respeto.

 

Ahora parece una restricción abusiva de la libertad individual.

 

La fruta no es un perfume

 

También me pregunto qué información esperan obtener quienes huelen las piezas. Una naranja puede oler a naranja. Un limón, a limón. Y un plátano, si todo ha ido correctamente durante su desarrollo, debería oler a plátano.

 

No estamos ante un perfume francés con notas de salida, corazón de madera y recuerdos de una tarde lluviosa en Normandía. Es fruta.

 

Si el melocotón no desprende suficiente aroma a medio metro de distancia, uno puede preguntar al frutero si está maduro. Esa persona trabaja allí, conoce el género y probablemente responderá sin necesidad de que nadie introduzca el producto en su cavidad nasal.

 

Pero hemos dejado de confiar en quienes saben. El cliente contemporáneo no pregunta: investiga. Desconfía del médico, del profesor, del agricultor, del mecánico y del comerciante, pero concede credibilidad absoluta a un desconocido que ha grabado un vídeo de treinta segundos en Internet.

 

Por eso toca, aprieta y olfatea. Está realizando su propia investigación.

 

El resultado es una sociedad llena de investigadores con la fruta marcada por los dedos.

 

Salí del mercado pensando que aquel aviso era mucho más triste de lo que parecía. Podía provocar una sonrisa, desde luego. Resulta cómico imaginar al frutero redactándolo después de sorprender por enésima vez a un cliente con una manzana pegada a la nariz. Pero detrás del humor había una derrota.

 

El cartel demostraba que la confianza había desaparecido. El comerciante ya no podía exponer tranquilamente sus productos y suponer que las personas se comportarían con corrección. Tenía que advertirlas. Y, probablemente, después tendría que vigilar que cumplieran la advertencia.

 

Cada norma nueva señala la desaparición de una vieja costumbre. Cuando hace falta escribir «no tirar basura», es porque alguien la tira. Cuando se coloca «respete el descanso», es porque alguien no lo respeta. Cuando una frutería anuncia «prohibido tocar y oler», es porque demasiadas personas han olvidado que la comida se compra antes de tratarla como una propiedad privada.

 

No hemos perdido únicamente los buenos modales. Hemos perdido la vergüenza que impedía ciertas conductas incluso cuando nadie estaba mirando.

 

Al volver a casa encontré a Kemen dormido junto a la puerta. Levantó la cabeza, se acercó y olfateó mis pantalones. Seguramente reconoció el mercado, las calles de San Sebastián y quizá hasta la proximidad de las naranjas. Después regresó tranquilamente a su sitio.

 

—Hoy he visto un cartel que prohíbe a las personas hacer lo que tú haces —le dije.

 

Kemen me miró durante unos segundos. No parecía preocupado. Él sabe que su conducta responde a una necesidad natural y que, además, jamás confundiría una frutería con un parque canino.

 

Le enseñé la fotografía del aviso. Volvió a tumbarse.

 

Pensé entonces que quizá nos hemos equivocado al repetir que debemos humanizar a los animales. A juzgar por lo visto en el mercado, sería más urgente animalizar un poco a determinados seres humanos: enseñarles a reconocer los límites, respetar lo que no les pertenece y obedecer alguna norma sin exigir antes una explicación de cincuenta páginas.

 

Esta mañana he comprendido que la decadencia de una civilización no siempre empieza con una guerra, una revolución o una quiebra económica. A veces comienza en una frutería, cuando alguien coge una manzana que no es suya, la aprieta, la acerca a la nariz y la devuelve al montón.

 

Y cuando el comerciante protesta, todavía se ofende.

 

«Mis padres no necesitaron explicarme todos mis derechos. Les bastó con enseñarme que las cosas de los demás no se tocan».
Patxi Iribarri

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