Del análisis abundante al juicio escaso, el desplazamiento del valor que observa Robert Monturiol en la empresa
![[Img #31323]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/10_2026/5846_phpbjjdln6ad1e8129bdd5.png)
La inteligencia artificial está cambiando qué capacidades escasean en una organización y cuáles dejan de hacerlo. Robert Monturiol propone analizarlo en clave económica, apoyado en precedentes de otras industrias y en una trayectoria construida dentro de sistemas regulados, para explicar dónde ganarán peso las personas en las decisiones de negocio.
Obtener un informe de mercado, una proyección financiera o una batería de escenarios estratégicos cuesta hoy una pequeña parte del tiempo y del dinero que se necesitaba hace muy poco. Con las herramientas de inteligencia artificial, el análisis se ha vuelto un recurso abundante, al alcance de casi cualquier empresa sin importar su tamaño ni su sector. Robert Monturiol se interesa por lo que pasa a continuación, cuando producir deja de ser el problema.
Su atención se dirige al efecto económico del fenómeno más que a las capacidades que la tecnología pueda tener en el futuro. “Mientras todo el mundo mira lo que la IA podrá hacer, me interesa mirar qué hará la IA más valioso”, resume Robert Monturiol, que no se presenta como experto en inteligencia artificial y sitúa su terreno en lo que sucede con el valor cuando la producción intelectual se abarata.
Robert Monturiol explica el peso del criterio con la teoría de los bienes complementarios
Todo arranca de un principio clásico de la economía aplicada. Cuando una disrupción tecnológica abarata de forma radical un factor de producción, el valor de sus bienes complementarios, en lugar de caer, se dispara.
El descenso del coste del cálculo computacional multiplicó en su momento la importancia del diseño de software, y la caída del precio del almacenamiento hizo lo propio con las arquitecturas de datos. La misma dinámica alcanza hoy a un insumo cognitivo central, ya que los modelos actuales han convertido la predicción en mercancía corriente.
El razonamiento desmonta una conclusión extendida en la gestión empresarial, la de que la abundancia de proyecciones reduciría la necesidad de juicio humano. Según Robert Monturiol, ocurre lo contrario. Predecir un escenario a partir de patrones pasados es una operación técnica, y elegir qué riesgo merece asumirse frente a lo anticipado sigue siendo un acto de criterio que corresponde a las personas.
“Cuanto más barata se vuelve la predicción, más caro y determinante resulta el juicio”, sostiene. Es el mismo desplazamiento sobre el que gira el debate de productividad e inteligencia artificial recogido periódicamente en los informes de la OCDE.
La fotografía profesional muestra cómo la automatización mueve el valor dentro de un oficio
Hay precedentes visibles. Al volverse universal y gratuito el software de edición fotográfica, el precio de la fotografía profesional se partió en dos. La ejecución técnica se hundió, y la dirección, saber qué imagen hay que hacer, ganó peso dentro del oficio.
Monturiol recurre con frecuencia al ejemplo para ilustrar que la automatización rara vez elimina un mercado por completo, porque lo habitual es que traslade su parte más rentable de una destreza a otra.
Un proceso equivalente, según explica, avanza al mismo tiempo en varias industrias en las que la ejecución se automatiza. La pregunta decisiva para cualquier compañía que compita por talento o por clientes es qué deja de justificar un premium y qué empieza a justificarlo. Lo que hoy parece un activo secundario puede convertirse en el cuello de botella de mañana.
Una carrera de más de treinta años entre gobernanza e infraestructuras complejas
El enfoque procede de una carrera que comenzó en 1995 y supera ya los treinta años. Gran parte de ella ha transcurrido levantando infraestructuras y modelos operativos en entornos altamente regulados, y de ahí viene su atención a los procesos de largo plazo, a la arquitectura fiduciaria y a la influencia del arraigo institucional y la procedencia en lo que una propuesta llega a valer.
De la tesis se desprende una indicación concreta para la alta dirección. Cuanto más sencillo resulta producir alternativas, más pesa la capacidad de distinguir cuál de ellas merece llevarse a cabo. El criterio humano, defiende Robert Monturiol, funciona como complemento natural de una tecnología barata y ubicua, y por eso apunta a convertirse en el activo que más se revaloriza dentro de la empresa.
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La inteligencia artificial está cambiando qué capacidades escasean en una organización y cuáles dejan de hacerlo. Robert Monturiol propone analizarlo en clave económica, apoyado en precedentes de otras industrias y en una trayectoria construida dentro de sistemas regulados, para explicar dónde ganarán peso las personas en las decisiones de negocio.
Obtener un informe de mercado, una proyección financiera o una batería de escenarios estratégicos cuesta hoy una pequeña parte del tiempo y del dinero que se necesitaba hace muy poco. Con las herramientas de inteligencia artificial, el análisis se ha vuelto un recurso abundante, al alcance de casi cualquier empresa sin importar su tamaño ni su sector. Robert Monturiol se interesa por lo que pasa a continuación, cuando producir deja de ser el problema.
Su atención se dirige al efecto económico del fenómeno más que a las capacidades que la tecnología pueda tener en el futuro. “Mientras todo el mundo mira lo que la IA podrá hacer, me interesa mirar qué hará la IA más valioso”, resume Robert Monturiol, que no se presenta como experto en inteligencia artificial y sitúa su terreno en lo que sucede con el valor cuando la producción intelectual se abarata.
Robert Monturiol explica el peso del criterio con la teoría de los bienes complementarios
Todo arranca de un principio clásico de la economía aplicada. Cuando una disrupción tecnológica abarata de forma radical un factor de producción, el valor de sus bienes complementarios, en lugar de caer, se dispara.
El descenso del coste del cálculo computacional multiplicó en su momento la importancia del diseño de software, y la caída del precio del almacenamiento hizo lo propio con las arquitecturas de datos. La misma dinámica alcanza hoy a un insumo cognitivo central, ya que los modelos actuales han convertido la predicción en mercancía corriente.
El razonamiento desmonta una conclusión extendida en la gestión empresarial, la de que la abundancia de proyecciones reduciría la necesidad de juicio humano. Según Robert Monturiol, ocurre lo contrario. Predecir un escenario a partir de patrones pasados es una operación técnica, y elegir qué riesgo merece asumirse frente a lo anticipado sigue siendo un acto de criterio que corresponde a las personas.
“Cuanto más barata se vuelve la predicción, más caro y determinante resulta el juicio”, sostiene. Es el mismo desplazamiento sobre el que gira el debate de productividad e inteligencia artificial recogido periódicamente en los informes de la OCDE.
La fotografía profesional muestra cómo la automatización mueve el valor dentro de un oficio
Hay precedentes visibles. Al volverse universal y gratuito el software de edición fotográfica, el precio de la fotografía profesional se partió en dos. La ejecución técnica se hundió, y la dirección, saber qué imagen hay que hacer, ganó peso dentro del oficio.
Monturiol recurre con frecuencia al ejemplo para ilustrar que la automatización rara vez elimina un mercado por completo, porque lo habitual es que traslade su parte más rentable de una destreza a otra.
Un proceso equivalente, según explica, avanza al mismo tiempo en varias industrias en las que la ejecución se automatiza. La pregunta decisiva para cualquier compañía que compita por talento o por clientes es qué deja de justificar un premium y qué empieza a justificarlo. Lo que hoy parece un activo secundario puede convertirse en el cuello de botella de mañana.
Una carrera de más de treinta años entre gobernanza e infraestructuras complejas
El enfoque procede de una carrera que comenzó en 1995 y supera ya los treinta años. Gran parte de ella ha transcurrido levantando infraestructuras y modelos operativos en entornos altamente regulados, y de ahí viene su atención a los procesos de largo plazo, a la arquitectura fiduciaria y a la influencia del arraigo institucional y la procedencia en lo que una propuesta llega a valer.
De la tesis se desprende una indicación concreta para la alta dirección. Cuanto más sencillo resulta producir alternativas, más pesa la capacidad de distinguir cuál de ellas merece llevarse a cabo. El criterio humano, defiende Robert Monturiol, funciona como complemento natural de una tecnología barata y ubicua, y por eso apunta a convertirse en el activo que más se revaloriza dentro de la empresa.




















