XXV Ciclo de Cine para la Tolerancia en Pamplona
El deber de no olvidar que ETA existió
Testimonios de familiares de víctimas, periodistas y cineastas centraron en Pamplona la XXV edición del Ciclo de Cine para la Tolerancia y contra el Terrorismo
![[Img #31330]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/10_2026/7222_img-20261019-wa0009.jpg)
“Hay que contar esta parte de la historia de España”. La idea se repitió durante el encuentro posterior a las proyecciones del Ciclo de Cine para la Tolerancia y contra el Terrorismo, celebrado el pasado sábado en Pamplona. Los documentales habían puesto ante el público historias de asesinatos, silencios y vidas marcadas por la banda terrorista ETA. Después, quienes participaron en la charla explicaron por qué consideran imprescindible que lo sucedido en ese pasado llegue a las nuevas generaciones.
Aitana Quindimil, guionista de Los nietos del silencio, narró que en su etapa escolar apenas le hablaron del terrorismo. “Ni en el colegio ni en la universidad nos habían hablado de esta parte de la historia. Es algo que llama la atención siendo de Navarra. La justificación es que había que dejar la historia actual para el final del temario para que diera tiempo a cumplir el programa de la Evau. Pero, aunque no nos hubieran contado qué había pasado, a nosotros, estudiantes de Comunicación, nos interesaba saber y por eso hicimos este Trabajo de Fin de Grado (TFG). Y queríamos hacerlo desde la perspectiva de los nietos, porque es la generación más cercana a la nuestra. Queríamos contar qué significa la ausencia del abuelo”. El equipo de la Universidad de Navarra, dirigido por Leyre Sanz, convirtió esa búsqueda en un documental donde el silencio tiene un lugar propio: deja espacio para asimilar el dolor de los testimonios.
Quindimil participó en el coloquio tras la proyección. Allí insistió en que son pocos los colegios que abordan el terrorismo y en que esa ausencia no debería justificarse por falta de tiempo o por el currículum educativo. “Y es algo imprescindible, aunque no haya tiempo en la programación. Hablo también por mí, porque me hubiera gustado saber y lo he echado en falta”, afirmó ante un público que acababa de escuchar relatos conocidos por algunos, pero que no por ello resultaban menos conmovedores.
El cartel de la jornada, organizada por la siempre activa Asociación por la Toilerancia, mostraba un monumento levantado en Chequia en memoria de 82 niños asesinados por los nazis en 1942. Eduardo López-Dóriga, presidente de Sociedad Civil Navarra y moderador del coloquio, tomó esa imagen como referencia para hablar de las víctimas infantiles de ETA. “Algo parecido tenemos en España. Son 21 niños los que ETA asesinó y más de 170 los que dejó heridos. ETA ha sido como el nazismo. Sería bueno que los gobernantes hicieran un monumento de este tipo para recordar a las víctimas infantiles”.
El deber de conservar la memoria apareció también en las palabras de Beatriz Iruretagoyena Toca, una de las protagonistas del documental: “Mi abuelo no murió. A mi abuelo lo mataron. Es diferente”. Jesús Ulayar, nieto del alcalde de Etxarri Aranatz, expresó esa misma voluntad de transmitir la historia familiar: “A mi abuelo no lo han silenciado. Mi padre me contó qué pasó y yo lo contaré a mis hijos”. Ulayar narró, además, cómo sufrió la terrible experiencia de encontrarse con el asesino de su abuelo, ya en libertad, en una cafetería de Pamplona. "Le dije que era un asesino y que había matado a mi abuelo. No se inmutó, pero se permitió amenazarme a mí también, simulando que me iba a ametrallar".
El testimonio de Teresa Díaz Bada, hija de Carlos Díaz Arcocha, recorrió otro de los capítulos de aquella historia. Su padre, natural de Bilbao, vivió con su familia en San Sebastián tras haber residido en el Sáhara. Era teniente coronel del Ejército y fue el primer jefe de la Ertzaintza. ETA lo asesinó el 7 de marzo de 1985. “Mi padre había pedido destino en San Sebastián, para horror de mi madre”, recordó.
Díaz Bada relató el aislamiento que vivió la familia tras el atentado. En la capilla ardiente quisieron colocar sobre el féretro la ikurriña y la bandera española, pero no les permitieron poner esta última. “Esto hizo que los vecinos, que eran militares, no fueran al funeral ni a la capilla ardiente, solo Muñoz Grandes. “Yo tenía 24 años. Acababan de matar a mi padre. Pedíamos poner la bandera española y no hubo forma”, dice.
Psicóloga clínica de profesión, Díaz Bada defendió que el llamado ‘síndrome del norte’ existe y que quienes lo padecieron deberían ser reconocidos como víctimas del terrorismo. “Porque a las personas que han trabajado en el norte en Seguridad cuando ETA mataba les ha quedado un estrés postraumático. Y habría que reconocerlas como víctimas del terrorismo. No ha querido hacerlo ningún gobierno. Es de justicia. Además, ¿cuántos pueden ser? Muy pocos”.
Para explicar el alcance de esas secuelas, contó el caso de un policía nacional que vivía con su familia en un ‘territorio Bildu’ de San Sebastián. Según su relato, después del asesinato de un compañero y de la hija de este, el agente se quitó la vida de un disparo en la cocina, delante de su hija de diez años. “Su mujer e hijos quedaron en un desamparo total porque no se les consideró víctimas del terrorismo”, afirmó. El relato conmovió a los presentes.
Raúl González Zorrilla, director de La Tribuna del País Vasco y autor de varios libros sobre el nacionalterrorismo vasco, explicó el sentido que da a la expresión “territorio Bildu”. “Un «territorio Bildu» no es simplemente un municipio, una provincia o una institución gobernada por los proetarras de EH Bildu. Es algo más profundo y más difícil de medir y de explicar: es un espacio geográfico renuente a las leyes democráticas y absolutamente contrario a cualquier principio ético natural... Es un espacio político y moral en el que una determinada y perversa visión del pasado, de la identidad y de la comunidad logra convertirse en el único paisaje posible. En él, las calles continúan llenas de paseantes, los comercios abren, los niños van al colegio y las instituciones cumplen aparentemente sus rutinas. Todo parece normal. Sin embargo, bajo esa normalidad se impone una distribución desigual de la legitimidad y se impone, de hecho, una realidad falsaria en la que las víctimas son los verdugos, en la que los liberticidas se convierten en libertadores y en la que asesinos que en cualquier lugar del mundo estarían encerrados con 50 candados se pasean orgullosos por las calles”.
González Zorrilla recordó también lo que suponía ejercer el periodismo en el País Vasco durante los años noventa del pasado siglo. La vida diaria, explicó, transcurría entre tareas ordinarias y una amenaza que se había instalado en ellas. “La vida cotidiana de un periodista vasco no nacionalista a mediados de los años noventa no consistía en contemplar atentados desde la ventana de una redacción. La mayor parte de los días sucedían cosas normales. Trabajábamos, escribíamos, llamábamos a nuestras fuentes, discutíamos titulares, hacíamos entrevistas, tomábamos café y luego regresábamos a casa. Lo que visto desde hoy resulta más difícil de explicar es cómo el terror y el miedo no anulaban la normalidad, sino que se agazapaban dentro de ella”.
A su juicio, ETA no actuaba aislada del entorno social y político que la rodeaba. “Lo que mucha gente nunca entendió, incluso lo que el Estado democrático tardo años en comprender, era que ETA no era únicamente una organización terrorista que colocaba bombas o disparaba en la nuca a personas siempre inocentes. A su alrededor existía un entramado perverso que convertía su presencia en un hecho cotidiano: pintadas evidentes, amenazas patentes, intimidaciones latentes, homenajes a presos, violencia callejera y una presión que alcanzaba los pueblos, las universidades, los centros de trabajo, los bares, las cuadrillas, los vecinos y a las propias familias”.
Esa presión, añadió, terminaba condicionando las conversaciones, las relaciones y el trabajo de quienes se oponían al nacionalismo violento. “Con el tiempo se desarrollaba una geografía mental. Aprendías dónde se podía hablar y qué opinión publicada podía costarte después de una mirada de ira, una amenaza a tus padres, una llamada de advertencia o un tiro en la nuca. Prácticamente todos los periodistas constitucionalistas recibíamos insultos, amenazas directas o ataques, e incluso algunos, como muchos sabéis, tuvieron que vivir años con escolta, fueron atacados o terminaron asesinados. Todos los periodistas de alguna manera críticos con el sistema nacionalterrorista debíamos hacer, prácticamente todos los días, un cálculo que no era en absolute sencillo: firmar o no firmar, acudir o no a una concentración, contar o no en casa el contenido de un artículo. La libertad de expresión estaba reconocida por la ley; la cuestión era cuánto costaba ejercerla mientras mirabas todas las mañanas en los bajos del coche”.
La jornada formó parte de la XXV edición del Ciclo de Cine para la Tolerancia y contra el Terrorismo, una iniciativa de la Asociación por la Tolerancia de Barcelona. López-Dóriga presidió la asociación y, tras trasladarse a Pamplona, pasó a dirigir Sociedad Civil Navarra, entidad que también colabora en la organización del ciclo. La iniciativa suma ya 25 ediciones y celebra actividades en Navarra desde 2015. Gregorio Rello es su coordinador y cuenta con el apoyo de la Fundación Víctimas del Terrorismo.
En Pamplona se proyectaron tres documentales estrenados en 2026. El primero, Fernando Múgica. Recuerdo de un hombre libre, dirigido por Abel García Rour y Luis Vecino, recuerda al abogado y político vasco asesinado en 1996. Después se exhibió Casa y cuartel. ETA contra la Benemérita, con guion y dirección de Felipe Hernández Cava, sobre los atentados contra casas cuartel y guardias civiles. Cerró la sesión Los nietos del silencio, dirigido por Leyre Sanz, que reúne los testimonios de tres nietos cuyos abuelos fueron asesinados por ETA.
El ciclo de cine tendrá nuevas ediciones el próximo 7 de noviembre en Barcelona y el día 21 en Bilbao.
Testimonios de familiares de víctimas, periodistas y cineastas centraron en Pamplona la XXV edición del Ciclo de Cine para la Tolerancia y contra el Terrorismo
![[Img #31330]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/10_2026/7222_img-20261019-wa0009.jpg)
“Hay que contar esta parte de la historia de España”. La idea se repitió durante el encuentro posterior a las proyecciones del Ciclo de Cine para la Tolerancia y contra el Terrorismo, celebrado el pasado sábado en Pamplona. Los documentales habían puesto ante el público historias de asesinatos, silencios y vidas marcadas por la banda terrorista ETA. Después, quienes participaron en la charla explicaron por qué consideran imprescindible que lo sucedido en ese pasado llegue a las nuevas generaciones.
Aitana Quindimil, guionista de Los nietos del silencio, narró que en su etapa escolar apenas le hablaron del terrorismo. “Ni en el colegio ni en la universidad nos habían hablado de esta parte de la historia. Es algo que llama la atención siendo de Navarra. La justificación es que había que dejar la historia actual para el final del temario para que diera tiempo a cumplir el programa de la Evau. Pero, aunque no nos hubieran contado qué había pasado, a nosotros, estudiantes de Comunicación, nos interesaba saber y por eso hicimos este Trabajo de Fin de Grado (TFG). Y queríamos hacerlo desde la perspectiva de los nietos, porque es la generación más cercana a la nuestra. Queríamos contar qué significa la ausencia del abuelo”. El equipo de la Universidad de Navarra, dirigido por Leyre Sanz, convirtió esa búsqueda en un documental donde el silencio tiene un lugar propio: deja espacio para asimilar el dolor de los testimonios.
Quindimil participó en el coloquio tras la proyección. Allí insistió en que son pocos los colegios que abordan el terrorismo y en que esa ausencia no debería justificarse por falta de tiempo o por el currículum educativo. “Y es algo imprescindible, aunque no haya tiempo en la programación. Hablo también por mí, porque me hubiera gustado saber y lo he echado en falta”, afirmó ante un público que acababa de escuchar relatos conocidos por algunos, pero que no por ello resultaban menos conmovedores.
El cartel de la jornada, organizada por la siempre activa Asociación por la Toilerancia, mostraba un monumento levantado en Chequia en memoria de 82 niños asesinados por los nazis en 1942. Eduardo López-Dóriga, presidente de Sociedad Civil Navarra y moderador del coloquio, tomó esa imagen como referencia para hablar de las víctimas infantiles de ETA. “Algo parecido tenemos en España. Son 21 niños los que ETA asesinó y más de 170 los que dejó heridos. ETA ha sido como el nazismo. Sería bueno que los gobernantes hicieran un monumento de este tipo para recordar a las víctimas infantiles”.
El deber de conservar la memoria apareció también en las palabras de Beatriz Iruretagoyena Toca, una de las protagonistas del documental: “Mi abuelo no murió. A mi abuelo lo mataron. Es diferente”. Jesús Ulayar, nieto del alcalde de Etxarri Aranatz, expresó esa misma voluntad de transmitir la historia familiar: “A mi abuelo no lo han silenciado. Mi padre me contó qué pasó y yo lo contaré a mis hijos”. Ulayar narró, además, cómo sufrió la terrible experiencia de encontrarse con el asesino de su abuelo, ya en libertad, en una cafetería de Pamplona. "Le dije que era un asesino y que había matado a mi abuelo. No se inmutó, pero se permitió amenazarme a mí también, simulando que me iba a ametrallar".
El testimonio de Teresa Díaz Bada, hija de Carlos Díaz Arcocha, recorrió otro de los capítulos de aquella historia. Su padre, natural de Bilbao, vivió con su familia en San Sebastián tras haber residido en el Sáhara. Era teniente coronel del Ejército y fue el primer jefe de la Ertzaintza. ETA lo asesinó el 7 de marzo de 1985. “Mi padre había pedido destino en San Sebastián, para horror de mi madre”, recordó.
Díaz Bada relató el aislamiento que vivió la familia tras el atentado. En la capilla ardiente quisieron colocar sobre el féretro la ikurriña y la bandera española, pero no les permitieron poner esta última. “Esto hizo que los vecinos, que eran militares, no fueran al funeral ni a la capilla ardiente, solo Muñoz Grandes. “Yo tenía 24 años. Acababan de matar a mi padre. Pedíamos poner la bandera española y no hubo forma”, dice.
Psicóloga clínica de profesión, Díaz Bada defendió que el llamado ‘síndrome del norte’ existe y que quienes lo padecieron deberían ser reconocidos como víctimas del terrorismo. “Porque a las personas que han trabajado en el norte en Seguridad cuando ETA mataba les ha quedado un estrés postraumático. Y habría que reconocerlas como víctimas del terrorismo. No ha querido hacerlo ningún gobierno. Es de justicia. Además, ¿cuántos pueden ser? Muy pocos”.
Para explicar el alcance de esas secuelas, contó el caso de un policía nacional que vivía con su familia en un ‘territorio Bildu’ de San Sebastián. Según su relato, después del asesinato de un compañero y de la hija de este, el agente se quitó la vida de un disparo en la cocina, delante de su hija de diez años. “Su mujer e hijos quedaron en un desamparo total porque no se les consideró víctimas del terrorismo”, afirmó. El relato conmovió a los presentes.
Raúl González Zorrilla, director de La Tribuna del País Vasco y autor de varios libros sobre el nacionalterrorismo vasco, explicó el sentido que da a la expresión “territorio Bildu”. “Un «territorio Bildu» no es simplemente un municipio, una provincia o una institución gobernada por los proetarras de EH Bildu. Es algo más profundo y más difícil de medir y de explicar: es un espacio geográfico renuente a las leyes democráticas y absolutamente contrario a cualquier principio ético natural... Es un espacio político y moral en el que una determinada y perversa visión del pasado, de la identidad y de la comunidad logra convertirse en el único paisaje posible. En él, las calles continúan llenas de paseantes, los comercios abren, los niños van al colegio y las instituciones cumplen aparentemente sus rutinas. Todo parece normal. Sin embargo, bajo esa normalidad se impone una distribución desigual de la legitimidad y se impone, de hecho, una realidad falsaria en la que las víctimas son los verdugos, en la que los liberticidas se convierten en libertadores y en la que asesinos que en cualquier lugar del mundo estarían encerrados con 50 candados se pasean orgullosos por las calles”.
González Zorrilla recordó también lo que suponía ejercer el periodismo en el País Vasco durante los años noventa del pasado siglo. La vida diaria, explicó, transcurría entre tareas ordinarias y una amenaza que se había instalado en ellas. “La vida cotidiana de un periodista vasco no nacionalista a mediados de los años noventa no consistía en contemplar atentados desde la ventana de una redacción. La mayor parte de los días sucedían cosas normales. Trabajábamos, escribíamos, llamábamos a nuestras fuentes, discutíamos titulares, hacíamos entrevistas, tomábamos café y luego regresábamos a casa. Lo que visto desde hoy resulta más difícil de explicar es cómo el terror y el miedo no anulaban la normalidad, sino que se agazapaban dentro de ella”.
A su juicio, ETA no actuaba aislada del entorno social y político que la rodeaba. “Lo que mucha gente nunca entendió, incluso lo que el Estado democrático tardo años en comprender, era que ETA no era únicamente una organización terrorista que colocaba bombas o disparaba en la nuca a personas siempre inocentes. A su alrededor existía un entramado perverso que convertía su presencia en un hecho cotidiano: pintadas evidentes, amenazas patentes, intimidaciones latentes, homenajes a presos, violencia callejera y una presión que alcanzaba los pueblos, las universidades, los centros de trabajo, los bares, las cuadrillas, los vecinos y a las propias familias”.
Esa presión, añadió, terminaba condicionando las conversaciones, las relaciones y el trabajo de quienes se oponían al nacionalismo violento. “Con el tiempo se desarrollaba una geografía mental. Aprendías dónde se podía hablar y qué opinión publicada podía costarte después de una mirada de ira, una amenaza a tus padres, una llamada de advertencia o un tiro en la nuca. Prácticamente todos los periodistas constitucionalistas recibíamos insultos, amenazas directas o ataques, e incluso algunos, como muchos sabéis, tuvieron que vivir años con escolta, fueron atacados o terminaron asesinados. Todos los periodistas de alguna manera críticos con el sistema nacionalterrorista debíamos hacer, prácticamente todos los días, un cálculo que no era en absolute sencillo: firmar o no firmar, acudir o no a una concentración, contar o no en casa el contenido de un artículo. La libertad de expresión estaba reconocida por la ley; la cuestión era cuánto costaba ejercerla mientras mirabas todas las mañanas en los bajos del coche”.
La jornada formó parte de la XXV edición del Ciclo de Cine para la Tolerancia y contra el Terrorismo, una iniciativa de la Asociación por la Tolerancia de Barcelona. López-Dóriga presidió la asociación y, tras trasladarse a Pamplona, pasó a dirigir Sociedad Civil Navarra, entidad que también colabora en la organización del ciclo. La iniciativa suma ya 25 ediciones y celebra actividades en Navarra desde 2015. Gregorio Rello es su coordinador y cuenta con el apoyo de la Fundación Víctimas del Terrorismo.
En Pamplona se proyectaron tres documentales estrenados en 2026. El primero, Fernando Múgica. Recuerdo de un hombre libre, dirigido por Abel García Rour y Luis Vecino, recuerda al abogado y político vasco asesinado en 1996. Después se exhibió Casa y cuartel. ETA contra la Benemérita, con guion y dirección de Felipe Hernández Cava, sobre los atentados contra casas cuartel y guardias civiles. Cerró la sesión Los nietos del silencio, dirigido por Leyre Sanz, que reúne los testimonios de tres nietos cuyos abuelos fueron asesinados por ETA.
El ciclo de cine tendrá nuevas ediciones el próximo 7 de noviembre en Barcelona y el día 21 en Bilbao.




















