Francia, al límite: saqueos, edificios en llamas y toque de queda tras la revuelta islamoizquierdista
Las movilizaciones presuntamente nacidas en los institutos confluyeron el 17 de octubre con las reivindicaciones por el coste de la vida y los servicios públicos. Los saqueos, los incendios y los ataques a edificios oficiales han desembocado en toques de queda parciales, miles de detenciones y una disputa política que mezcla hechos acreditados, acusaciones y diagnósticos variados sobre la identidad francesa
La primera imagen de la respuesta oficial no fue la de un acuerdo político ni la de una negociación sindical, sino la de calles vacías por decreto. Tras el fin de semana de disturbios islamoizquierdistas, las autoridades francesas impusieron restricciones nocturnas en varios puntos de París y otras ciudades. En la capital, la Prefectura de Policía prohibió las manifestaciones desde las ocho de la tarde y limitó la presencia en la vía pública entre las once de la noche y las seis de la mañana del martes en la plaza de la República y en el sector de Les Halles. La medida, explicó, buscaba restablecer una paz pública que «una minoría de delincuentes ha dañado gravemente».
La decisión se extendió, con condiciones diferentes, a otras localidades. En Niza, el alcalde Éric Ciotti ordenó un toque de queda para menores en el centro, el casco antiguo y el área comprendida entre la rue Trachel y la Gare du Sud. En Lyon, la prefectura restringió durante la noche la circulación en parte de la Presqu’île, entre el ayuntamiento y la plaza Carnot. Allí se contemplaron excepciones por motivos de salud, familiares o para regresar al domicilio, además de las aplicables a cargos electos y periodistas en ejercicio. Las autoridades prohibieron también las concentraciones en esa zona durante varias horas.
La dimensión de las medidas revela la gravedad del fin de semana, pero no explica por sí sola cómo se llegó a él. La jornada del sábado 17 de octubre reunió protestas que habían empezado semanas antes en los institutos y que acabaron confluyendo con el malestar por el poder adquisitivo, los precios y el deterioro de los servicios públicos. Las reclamaciones estudiantiles apuntaban a la falta de profesores, las aulas saturadas, el estado de los centros y las dificultades para acceder a la universidad. En octubre, sindicatos, partidos y otros colectivos izquierdistas e islamistas se sumaron a una movilización que desbordó el marco escolar.
Las estimaciones sobre la participación variaron. Para la jornada nacional del 17, el Gobierno cifró la asistencia en unos 550.000 manifestantes y los organizadores, en 800.000; cientos de miles de personas participaron en marchas que fueron pacíficas en algunos lugares. En otras ciudades, sin embargo, grupos violentos saquearon comercios, atacaron a la policía y dañaron edificios públicos. El Ayuntamiento de Limoges sufrió un incendio que devastó el edificio histórico; en Lyon ardió la oficina de turismo, mientras que en Marsella se registraron daños en dependencias municipales. Reuters describió la jornada como una de las más turbulentas de los últimos años y cifró en más de 3.000 los comercios dañados o saqueados, según el Gobierno.
El lunes, el ministro de Justicia, Gérald Darmanin, elevó a 2.513 el número de detenidos desde el fin de semana y dijo que 67 personas habían sido encarceladas. También anunció que había pedido a los fiscales que recurrieran a la calificación de crimen organizado cuando los hechos lo permitieran. Según explicó, esa calificación puede ampliar el tiempo de detención preventiva y facilitar ciertas medidas de investigación, como la geolocalización y las escuchas telefónicas. La Fiscalía Nacional Antiterrorista estudiaba asumir la investigación del incendio del Ayuntamiento de Limoges, aunque esa posible intervención no equivalía a que se hubiese establecido una motivación terrorista.
La respuesta judicial comenzó a revelar perfiles distintos, sin que las primeras comparecencias permitan trazar un retrato único de quienes participaron en los saqueos y ataques. Un relato de las audiencias en París recogía el caso de un joven de 21 años detenido con nueve pequeños frascos vacíos, alcohol de 90 grados, estopa y tres mecheros. El acusado sostuvo que llevaba el material para hacer una barbacoa en casa de una amiga y que no había tenido tiempo de cambiar de mochila. En un vídeo mostrado ante el tribunal se le veía probar la combustión de una botella la noche anterior. El fiscal describió el conjunto como «Un cocktail Molotov en pequeñas piezas y reclamó diez meses de prisión firme, con posibilidad de adaptación inmediata de la pena.
El caso no era necesariamente representativo. Según el primer ministro, la mayoría de los detenidos eran hombres, alrededor del 80%, y tenían entre 18 y 30 años. Un alto magistrado citado en la información francesa señaló que entre los arrestados había jóvenes conocidos por hurtos, robos con violencia o tráfico de drogas, especialmente en la región parisina. En Niza, el fiscal informó de que, entre siete personas presentadas en comparecencia inmediata, tres no tenían antecedentes y dos eran conocidas por infracciones relacionadas con estupefacientes y robos violentos. En Lyon, el fiscal dijo que todavía era pronto para establecer un perfil común.
Las propias fiscalías advertían de que los primeros casos judicializados correspondían a hechos relativamente menos graves. Las investigaciones sobre incendios, destrucciones y ataques a edificios públicos exigían revisar grabaciones, imágenes de redes sociales y pruebas forenses. En Limoges, la fiscalía abrió una investigación por destrucción de bienes mediante un medio peligroso y en banda organizada. En otras ciudades, los investigadores trataban de identificar a quienes habían participado en los ataques. Esa tarea se desarrollaba, según los fiscales citados, con plantillas desbordadas y mientras los servicios de inteligencia advertían de la posibilidad de nuevas alteraciones durante la semana.
En Lyon, el fiscal describió tres fenómenos superpuestos el 17 de octubre: la manifestación, los saqueos y una secuencia de violencia que atribuyó a la ultraizquierda. El Gobierno responsabilizó a grupos radicales y a delincuentes, pero esa descripción política no sustituye a las conclusiones judiciales sobre cada incidente. La investigación tendrá que determinar quién organizó, quién participó y qué motivación tuvo cada ataque. De momento, las autoridades han reconocido que no todos los responsables están identificados.
En medio de esa búsqueda de responsables, Fox News Digital publicó el 19 de octubre una investigación que identifica a 54 organizaciones comunistas e islamistas relacionadas, con grados diversos de implicación, con las protestas francesas y su difusión. El recuento incluye 16 entidades estudiantiles o juveniles y otras 38, entre sindicatos, partidos, organizaciones socialistas, colectivos medioambientales, asociaciones de derechos humanos y medios de comunicación. Entre los nombres citados figuran, entre otros muchos, la CGT, el Partido Comunista Francés, La Francia Insumisa, la Unión Nacional de Estudiantes de Francia, la Federación Sindical Estudiantil y el movimiento de los chalecos amarillos.
Fox destaca también conexiones internacionales y una convocatoria juvenil europea prevista para el 20 de noviembre bajo el lema «Lucha por nuestro futuro, no por sus guerras». Según el medio, 28 organizaciones preparan acciones en doce países; el manifiesto de los promotores llama a organizar manifestaciones, huelgas, asambleas y bloqueos y combina la oposición al rearme y a la austeridad con demandas sociales y climáticas. Entre las entidades mencionadas por Fox están Tricontinental, CodePink y BreakThrough News, que difundieron imágenes y mensajes sobre las protestas islamocomunistas francesas.
La investigación periodística presta atención a los vínculos de esas organizaciones con el empresario tecnológico Neville Roy Singham. Esos vínculos y los mensajes publicados pueden documentarse.
Neville Roy Singham, nacido el 13 de mayo de 1954, es un empresario y "activista social" estadounidense. Fundó y dirigió la firma de consultoría de TI Thoughtworks, que vendió por $ 785 millones en 2017. También se desempeñó como asesor técnico estratégico en Huawei durante la década de los 2000s. Residente en Shanghai, China, Singham es un destacado benefactor de las causas de extrema izquierda a nivel mundial. Ha sido descrito como un socialista y admirador del maoísmo.
Según The New York Times, Singham coordina estrechamente con el gobierno chino y los medios estatales, y financia grupos, organizaciones de noticias y políticos de todo el mundo que difunden propaganda del gobierno chino. Ha financiado esfuerzos para negar o minimizar las acusaciones de persecución china y abusos de los derechos humanos contra los musulmanes uigures.
En los Estados Unidos, Singham financia y dirige una serie de organizaciones de defensa de extrema izquierda, partidos políticos, think tanks y medios de comunicación. Este grupo de organizaciones, una vez descrito por el comentarista de izquierda Hasan Piker como la "operación" de Singham, incluyen: Code Pink, The People's Forum, ANSWER Coalition, BreakThrough News, Tricontinental y la Asamblea Internacional de los Pueblos. También dirige organizaciones en Brasil, India y Sudáfrica.
Las actividades de Singham han provocado investigaciones por parte del Departamento de Justicia de los Estados Unidos bajo las administraciones de Biden y la segunda de Trump, y por el Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos.
Voviendo a Francia, el presidente Emmanuel Macron ha condenado, pero, nuevamente, pidió de una forma inane "no confundir a quienes participaron pacíficamente en las protestas con quienes atacaron comercios y edificios". Desde el Gobierno, la portavoz atribuyó al extrenmaizquierdista La Francia Insumisa una responsabilidad política y moral. El alcalde socialista de París, Emmanuel Grégoire, criticó también la gestión gubernamental de la movilización. La disputa no versa únicamente sobre quién estuvo en la calle, sino sobre qué significan los disturbios y hasta dónde alcanzan las responsabilidades de las organizaciones políticas.
La violencia ha provocado además una avalancha de declaraciones internacionales. Donald Trump vinculó los disturbios a la inmigración y afirmó que «París será muy pronto una ciudad musulmana». Ante la prensa en los jardines de la Casa Blanca declaró: “Han arruinado a Francia. Va a ser difícil recuperarla. Espero que se recupere”, y añadió que Francia está «en una situación muy mala». «Es por la inmigración, no por las escuelas ni nada. Es la inmigración. Le dije a (el presidente francés, Emmanuel) Macron que cerrara las fronteras», argumentó.
El vicepresidente estadounidense, JD Vance, escribió: “Rezo para que Francia, un hermoso país de personas increíbles, detenga esta locura antes de que más de sus lugares emblemáticos ardan." El exsecretario de Estado Mike Pompeo sostuvo: “Las aterradoras escenas que se están desarrollando en Francia eran completamente predecibles: la consecuencia de años de políticas izquierdistas que confundieron las fronteras abiertas y un estado de bienestar en constante expansión con compasión y justicia social. Nuestros líderes deben prestar atención a esta advertencia antes de que sea demasiado tarde.”
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, relacionó los sucesos con sus advertencias sobre Hamás. Recordó una conversación con Macron el 7 de octubre: “el 7 de octubre, el presidente francés Macron se puso en contacto conmigo. Me dijo: «Sabes que debemos trabajar juntos para establecer un alto el fuego inmediato y resolver este asunto mediante la diplomacia». Y le respondí: «No, no, Emmanuel. Este asunto no se resolverá mediante la diplomacia. Son monstruos. Son neonazis». Le dije: «Sabes que Hamás es como el ISIS. De hecho, en cierto modo, Hamás es incluso peor que el ISIS». Y déjame decirte: si no detenemos a Hamás aquí, los verás en las calles de París. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora mismo”.
El presidente salvadoreño, Nayib Bukele, difundió un mensaje en X: “he oído decir que Francia está acabada, que es demasiado tarde para salvarla. Pero Francia sigue siendo igual de hermosa, incluso envidiable. Su grandeza no ha desaparecido, solo pide renacer. (Nosotros) hemos superado en un año un problema cien veces más grave, sin tener los medios de los que dispone Francia. Francia podría lograrlo en una semana”.
En Francia, el exministro Philippe de Villiers definió el momento como una “secuencia de pre-guerra civil” entre la «nueva Francia» y la «antigua Francia» y afirmó: “El país ha entrado en salvajismo. Lo que vemos en las calles son manifestaciones inéditas de tribalismo y de conquista territorial”. La eurodiputada Marion Maréchal formuló su propio diagnóstico sobre la seguridad y el papel del Estado: “La seguridad no es una opción. No es un servicio público. Es el fundamento mismo del Estado. Nosotros, los ciudadanos, renunciamos a hacernos justicia por nuestra cuenta y pagamos muchos impuestos a condición de que el Estado garantice nuestra seguridad. Si el Estado falla, será la autodefensa generalizada”.
Otras voces llevaron la interpretación hacia la inmigración, la religión y la identidad nacional. El escritor Agustín Laje escribió: “hay que dejar de creer en la ficción de que un musulmán que vive como musulmán, que habla como musulmán, que se comporta como musulmán, por tener un papelito que dice “francés” es realmente un francés. Esa fue la más destructiva estafa ideológica contra la identidad nacional”.
La parlamentaria belga Darya Safai afirmó: “La bandera palestina no es solo una bandera. Se ha convertido en un símbolo de la «resistencia» del mundo musulmán frente a Occidente. Durante 47 años, la causa palestina ha estado presente en la agenda de los ayatolás, quienes la han aprovechado como fuerza unificadora en todo el mundo árabe y musulmán, no solo contra Israel, sino también contra Occidente. «Palestina es la causa de todos los musulmanes». El mundo ingenuo se ha creído esta narrativa. Ahora, bajo la misma bandera e impulsada por la misma ideología, Francia está en llamas. Al igual que Jomeini incendió Irán en nombre del islam y de Palestina. A todos los ministros y estadistas europeos, incluido Macron, que fue de los primeros en reconocer a Palestina y pensó que así se ganaría puntos políticos: nunca se ganarán el favor de quienes desprecian su civilización y incendiarían Francia si tuvieran el poder para hacerlo. Si logran imponer su voluntad, todos los países europeos se verán expuestos a un conflicto cuyas consecuencias ya están llegando a nuestras propias sociedades”.
La antropóloga Susanne Schröter centró sus críticas en el sistema educativo y la política migratoria: “el problema no son las escuelas, sino la política de inmigración, que ha fracasado por completo. En un informe, el inspector escolar Jean-Jacques Obin ya había advertido en 2004 sobre la situación catastrófica en las escuelas de las banlieues. Los alumnos islámicos rechazaban temas de las clases que percibían como contrarios a una sharía medieval, entre ellos las ciencias naturales y la historia; exigían una estricta separación de géneros y mostraban una actitud antisemita fundamental. Estos problemas no se pueden resolver tampoco con una mejor financiación de las escuelas”.
El economista Jean Messiha vinculó el saqueo con la historia del islam y responsabilizó al sistema político francés: “¿Cómo pueden los franceses hacerle esto a Francia? », exclamó Emmanuel Macron ayer a las 20h. Señor presidente, los que han hecho esto, en Limoges y en otros lugares, son franceses falsificados que el sistema que usted encarna produce a millones desde hace 50 años. Los que han hecho esto son y siguen siendo mayoritariamente originarios de ciertas inmigraciones árabo-afro-musulmanas. Eso tiene un nombre: las ghazawat. En la tradición islámica, el botín tomado durante las expediciones militares del Profeta Mahoma se consideraba lícito. En cuanto la intifada fue decretada en Europa, la razzia se convierte en una práctica necesaria e incluso legítima. Macron no ha entendido nada de lo que se juega en el país que se supone que dirige”.
Jordan Bardella, presidente de Agrupación Nacional, ofreció una lectura política de los ataques a edificios y fuerzas de seguridad: “para los saqueadores de los suburbios, atacar a las fuerzas del orden, a los profesores, a los directores, degradar los edificios públicos, es arremeter contra todos los símbolos de un país del que no respetan ni la historia ni la cultura”.
La analista Sofía Afonso Ferreira atribuyó los disturbios a una fractura entre comunidades y sostuvo que determinados símbolos e instituciones habrían sido respetados mientras otros sufrían ataques. En su texto afirmó: “un país que no existe está destruyendo a los demás. Francia fue de los primeros en reconocer formalmente un Estado palestino, apostando a que una misericordia temprana compraría tranquilidad. En cambio, obtuvo la secuencia familiar —importar a la comunidad, reconocer la causa, ver cómo el país anfitrión se vuelve irreconocible. Las mismas calles llenas de banderas palestinas —el negro, blanco, verde y rojo de las tradiciones abasí, omeya, fatimí y hashemita— mientras el tricolor francés desaparecía. Puede que hayas notado que durante estos disturbios no se reportó ningún daño a una mezquita. CNews transmitió la afirmación, vía el periodista Paul Amar, de que los alborotadores llegaron con direcciones de dueños de tiendas judías y que en una calle de Marsella todos los negocios de propiedad judía fueron incendiados mientras los colindantes de propiedad musulmana quedaron intactos. El patrón que se ve es más simple —los símbolos franceses, los edificios públicos y los sitios vinculados a judíos absorben la violencia, las instituciones paralelas de las comunidades importadas no. Esto no es nuevo. El liderazgo palestino y las redes que ondean sus colores tienen un hábito documentado de volverse contra sus anfitriones una vez que el anfitrión ya no es útil —Jordania en el Septiembre Negro, Líbano en la guerra civil, y varios otros estados árabes que después expulsaron o contuvieron a las mismas facciones. Europa ahora está ejecutando el mismo experimento a mayor escala. Francia lo está aprendiendo en tiempo real. Lo mismo Italia, Países Bajos, Bélgica, España, Portugal y el resto. Las banderas no son metáforas de un estado. Son los colores de califatos sucesivos y, casualmente, los cuatro jinetes del apocalipsis”.
La periodista española Irene González, autora de Salvar Europa, definió la violencia como una insurrección étnica y responsabilizó a la izquierda y a las élites europeas: “No es la II Revolución Francesa si el grito de guerra de los salvajes que destruyen Francia es “Uh! Uh!”. No son franceses, ni se rebelan contra el poder, ni son disturbios sociales, ni reclaman nada fuera de poder saquear y quemarlo todo. Tampoco es problema de orden público. Es barbarie y salvajismo devorando lo que queda de nuestra civilización. Es una insurrección étnica de afrodescendientes que han salido a saquear y quemarlo todo, instigados por la izquierda endófoba, sierva de la élite globalista que odia Europa y sus pueblos. La barbarie está en guerra contra nosotros y nuestro mundo. Una guerra (no) civil étnica iniciada sin retorno. No es civil al no ser entre hermanos o dentro de una misma comunidad. No son inmigrantes, sino elementos foráneos anti civilizatorios que han ocupado territorio europeo porque los dirigentes que nos odian y saquean los trajeron y nos obligaron a financiarlos porque el PIB subía y los salarios bajaban. Sólo espero que esos elitistas republicanos que los metieron en Europa, que obligaron a las clases populares francesas a coexistir con miedo con estos salvajes en los barrios y suburbios de parís, Lyon, Marsella, sean devorados por la barbarie que han alimentado”.
Mientras la disputa política se desplaza hacia la inmigración, el islam, la izquierda y la identidad nacional, el Gobierno ha anunciado medidas para responder al origen estudiantil de las protestas. El Ministerio de Educación prometió más de 3.000 profesores sustitutos para los centros con mayores necesidades y abrió líneas de trabajo sobre las ausencias del profesorado, las condiciones materiales de los institutos, la jornada escolar, la orientación académica y la participación de los alumnos. El Ejecutivo anunció también ayudas y medidas de desempleo parcial para los negocios afectados, después de que al menos 3.000 establecimientos sufrieran daños o saqueos, según sus propios cálculos.
La tensión que afronta Francia nace, por tanto, de varios conflictos que se han superpuesto: las carencias denunciadas por estudiantes, el malestar económico, la violencia de grupos que aprovecharon las manifestaciones, la actuación de las fuerzas de seguridad y la fragilidad política de un Gobierno obligado a restablecer el orden y responder a las reclamaciones sociales. El recuento de organizaciones de Fox añade una dimensión transnacional al debate, pero no despeja la pregunta central: qué actores impulsaron cada episodio de violencia y con qué propósito.
Por ahora, el Estado ha respondido con presencia policial, restricciones nocturnas, detenciones y promesas de apoyo a centros educativos y comercios. Las investigaciones deberán establecer las responsabilidades individuales y aclarar los ataques más graves. Y la política tendrá que decidir si las protestas se abordan como un estallido social, como una amenaza de seguridad o como ambas cosas a la vez. La respuesta no puede deducirse de una lista de organizaciones ni de las declaraciones más rotundas pronunciadas desde el extranjero. Se decidirá en las calles que vuelvan a abrir, en los institutos que recuperen sus clases y en los tribunales que aún tienen que identificar a quienes incendiaron, saquearon y atacaron.
Las movilizaciones presuntamente nacidas en los institutos confluyeron el 17 de octubre con las reivindicaciones por el coste de la vida y los servicios públicos. Los saqueos, los incendios y los ataques a edificios oficiales han desembocado en toques de queda parciales, miles de detenciones y una disputa política que mezcla hechos acreditados, acusaciones y diagnósticos variados sobre la identidad francesa
La primera imagen de la respuesta oficial no fue la de un acuerdo político ni la de una negociación sindical, sino la de calles vacías por decreto. Tras el fin de semana de disturbios islamoizquierdistas, las autoridades francesas impusieron restricciones nocturnas en varios puntos de París y otras ciudades. En la capital, la Prefectura de Policía prohibió las manifestaciones desde las ocho de la tarde y limitó la presencia en la vía pública entre las once de la noche y las seis de la mañana del martes en la plaza de la República y en el sector de Les Halles. La medida, explicó, buscaba restablecer una paz pública que «una minoría de delincuentes ha dañado gravemente».
La decisión se extendió, con condiciones diferentes, a otras localidades. En Niza, el alcalde Éric Ciotti ordenó un toque de queda para menores en el centro, el casco antiguo y el área comprendida entre la rue Trachel y la Gare du Sud. En Lyon, la prefectura restringió durante la noche la circulación en parte de la Presqu’île, entre el ayuntamiento y la plaza Carnot. Allí se contemplaron excepciones por motivos de salud, familiares o para regresar al domicilio, además de las aplicables a cargos electos y periodistas en ejercicio. Las autoridades prohibieron también las concentraciones en esa zona durante varias horas.
La dimensión de las medidas revela la gravedad del fin de semana, pero no explica por sí sola cómo se llegó a él. La jornada del sábado 17 de octubre reunió protestas que habían empezado semanas antes en los institutos y que acabaron confluyendo con el malestar por el poder adquisitivo, los precios y el deterioro de los servicios públicos. Las reclamaciones estudiantiles apuntaban a la falta de profesores, las aulas saturadas, el estado de los centros y las dificultades para acceder a la universidad. En octubre, sindicatos, partidos y otros colectivos izquierdistas e islamistas se sumaron a una movilización que desbordó el marco escolar.
Las estimaciones sobre la participación variaron. Para la jornada nacional del 17, el Gobierno cifró la asistencia en unos 550.000 manifestantes y los organizadores, en 800.000; cientos de miles de personas participaron en marchas que fueron pacíficas en algunos lugares. En otras ciudades, sin embargo, grupos violentos saquearon comercios, atacaron a la policía y dañaron edificios públicos. El Ayuntamiento de Limoges sufrió un incendio que devastó el edificio histórico; en Lyon ardió la oficina de turismo, mientras que en Marsella se registraron daños en dependencias municipales. Reuters describió la jornada como una de las más turbulentas de los últimos años y cifró en más de 3.000 los comercios dañados o saqueados, según el Gobierno.
El lunes, el ministro de Justicia, Gérald Darmanin, elevó a 2.513 el número de detenidos desde el fin de semana y dijo que 67 personas habían sido encarceladas. También anunció que había pedido a los fiscales que recurrieran a la calificación de crimen organizado cuando los hechos lo permitieran. Según explicó, esa calificación puede ampliar el tiempo de detención preventiva y facilitar ciertas medidas de investigación, como la geolocalización y las escuchas telefónicas. La Fiscalía Nacional Antiterrorista estudiaba asumir la investigación del incendio del Ayuntamiento de Limoges, aunque esa posible intervención no equivalía a que se hubiese establecido una motivación terrorista.
La respuesta judicial comenzó a revelar perfiles distintos, sin que las primeras comparecencias permitan trazar un retrato único de quienes participaron en los saqueos y ataques. Un relato de las audiencias en París recogía el caso de un joven de 21 años detenido con nueve pequeños frascos vacíos, alcohol de 90 grados, estopa y tres mecheros. El acusado sostuvo que llevaba el material para hacer una barbacoa en casa de una amiga y que no había tenido tiempo de cambiar de mochila. En un vídeo mostrado ante el tribunal se le veía probar la combustión de una botella la noche anterior. El fiscal describió el conjunto como «Un cocktail Molotov en pequeñas piezas y reclamó diez meses de prisión firme, con posibilidad de adaptación inmediata de la pena.
El caso no era necesariamente representativo. Según el primer ministro, la mayoría de los detenidos eran hombres, alrededor del 80%, y tenían entre 18 y 30 años. Un alto magistrado citado en la información francesa señaló que entre los arrestados había jóvenes conocidos por hurtos, robos con violencia o tráfico de drogas, especialmente en la región parisina. En Niza, el fiscal informó de que, entre siete personas presentadas en comparecencia inmediata, tres no tenían antecedentes y dos eran conocidas por infracciones relacionadas con estupefacientes y robos violentos. En Lyon, el fiscal dijo que todavía era pronto para establecer un perfil común.
Las propias fiscalías advertían de que los primeros casos judicializados correspondían a hechos relativamente menos graves. Las investigaciones sobre incendios, destrucciones y ataques a edificios públicos exigían revisar grabaciones, imágenes de redes sociales y pruebas forenses. En Limoges, la fiscalía abrió una investigación por destrucción de bienes mediante un medio peligroso y en banda organizada. En otras ciudades, los investigadores trataban de identificar a quienes habían participado en los ataques. Esa tarea se desarrollaba, según los fiscales citados, con plantillas desbordadas y mientras los servicios de inteligencia advertían de la posibilidad de nuevas alteraciones durante la semana.
En Lyon, el fiscal describió tres fenómenos superpuestos el 17 de octubre: la manifestación, los saqueos y una secuencia de violencia que atribuyó a la ultraizquierda. El Gobierno responsabilizó a grupos radicales y a delincuentes, pero esa descripción política no sustituye a las conclusiones judiciales sobre cada incidente. La investigación tendrá que determinar quién organizó, quién participó y qué motivación tuvo cada ataque. De momento, las autoridades han reconocido que no todos los responsables están identificados.
En medio de esa búsqueda de responsables, Fox News Digital publicó el 19 de octubre una investigación que identifica a 54 organizaciones comunistas e islamistas relacionadas, con grados diversos de implicación, con las protestas francesas y su difusión. El recuento incluye 16 entidades estudiantiles o juveniles y otras 38, entre sindicatos, partidos, organizaciones socialistas, colectivos medioambientales, asociaciones de derechos humanos y medios de comunicación. Entre los nombres citados figuran, entre otros muchos, la CGT, el Partido Comunista Francés, La Francia Insumisa, la Unión Nacional de Estudiantes de Francia, la Federación Sindical Estudiantil y el movimiento de los chalecos amarillos.
Fox destaca también conexiones internacionales y una convocatoria juvenil europea prevista para el 20 de noviembre bajo el lema «Lucha por nuestro futuro, no por sus guerras». Según el medio, 28 organizaciones preparan acciones en doce países; el manifiesto de los promotores llama a organizar manifestaciones, huelgas, asambleas y bloqueos y combina la oposición al rearme y a la austeridad con demandas sociales y climáticas. Entre las entidades mencionadas por Fox están Tricontinental, CodePink y BreakThrough News, que difundieron imágenes y mensajes sobre las protestas islamocomunistas francesas.
La investigación periodística presta atención a los vínculos de esas organizaciones con el empresario tecnológico Neville Roy Singham. Esos vínculos y los mensajes publicados pueden documentarse.
Neville Roy Singham, nacido el 13 de mayo de 1954, es un empresario y "activista social" estadounidense. Fundó y dirigió la firma de consultoría de TI Thoughtworks, que vendió por $ 785 millones en 2017. También se desempeñó como asesor técnico estratégico en Huawei durante la década de los 2000s. Residente en Shanghai, China, Singham es un destacado benefactor de las causas de extrema izquierda a nivel mundial. Ha sido descrito como un socialista y admirador del maoísmo.
Según The New York Times, Singham coordina estrechamente con el gobierno chino y los medios estatales, y financia grupos, organizaciones de noticias y políticos de todo el mundo que difunden propaganda del gobierno chino. Ha financiado esfuerzos para negar o minimizar las acusaciones de persecución china y abusos de los derechos humanos contra los musulmanes uigures.
En los Estados Unidos, Singham financia y dirige una serie de organizaciones de defensa de extrema izquierda, partidos políticos, think tanks y medios de comunicación. Este grupo de organizaciones, una vez descrito por el comentarista de izquierda Hasan Piker como la "operación" de Singham, incluyen: Code Pink, The People's Forum, ANSWER Coalition, BreakThrough News, Tricontinental y la Asamblea Internacional de los Pueblos. También dirige organizaciones en Brasil, India y Sudáfrica.
Las actividades de Singham han provocado investigaciones por parte del Departamento de Justicia de los Estados Unidos bajo las administraciones de Biden y la segunda de Trump, y por el Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos.
Voviendo a Francia, el presidente Emmanuel Macron ha condenado, pero, nuevamente, pidió de una forma inane "no confundir a quienes participaron pacíficamente en las protestas con quienes atacaron comercios y edificios". Desde el Gobierno, la portavoz atribuyó al extrenmaizquierdista La Francia Insumisa una responsabilidad política y moral. El alcalde socialista de París, Emmanuel Grégoire, criticó también la gestión gubernamental de la movilización. La disputa no versa únicamente sobre quién estuvo en la calle, sino sobre qué significan los disturbios y hasta dónde alcanzan las responsabilidades de las organizaciones políticas.
La violencia ha provocado además una avalancha de declaraciones internacionales. Donald Trump vinculó los disturbios a la inmigración y afirmó que «París será muy pronto una ciudad musulmana». Ante la prensa en los jardines de la Casa Blanca declaró: “Han arruinado a Francia. Va a ser difícil recuperarla. Espero que se recupere”, y añadió que Francia está «en una situación muy mala». «Es por la inmigración, no por las escuelas ni nada. Es la inmigración. Le dije a (el presidente francés, Emmanuel) Macron que cerrara las fronteras», argumentó.
El vicepresidente estadounidense, JD Vance, escribió: “Rezo para que Francia, un hermoso país de personas increíbles, detenga esta locura antes de que más de sus lugares emblemáticos ardan." El exsecretario de Estado Mike Pompeo sostuvo: “Las aterradoras escenas que se están desarrollando en Francia eran completamente predecibles: la consecuencia de años de políticas izquierdistas que confundieron las fronteras abiertas y un estado de bienestar en constante expansión con compasión y justicia social. Nuestros líderes deben prestar atención a esta advertencia antes de que sea demasiado tarde.”
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, relacionó los sucesos con sus advertencias sobre Hamás. Recordó una conversación con Macron el 7 de octubre: “el 7 de octubre, el presidente francés Macron se puso en contacto conmigo. Me dijo: «Sabes que debemos trabajar juntos para establecer un alto el fuego inmediato y resolver este asunto mediante la diplomacia». Y le respondí: «No, no, Emmanuel. Este asunto no se resolverá mediante la diplomacia. Son monstruos. Son neonazis». Le dije: «Sabes que Hamás es como el ISIS. De hecho, en cierto modo, Hamás es incluso peor que el ISIS». Y déjame decirte: si no detenemos a Hamás aquí, los verás en las calles de París. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora mismo”.
El presidente salvadoreño, Nayib Bukele, difundió un mensaje en X: “he oído decir que Francia está acabada, que es demasiado tarde para salvarla. Pero Francia sigue siendo igual de hermosa, incluso envidiable. Su grandeza no ha desaparecido, solo pide renacer. (Nosotros) hemos superado en un año un problema cien veces más grave, sin tener los medios de los que dispone Francia. Francia podría lograrlo en una semana”.
En Francia, el exministro Philippe de Villiers definió el momento como una “secuencia de pre-guerra civil” entre la «nueva Francia» y la «antigua Francia» y afirmó: “El país ha entrado en salvajismo. Lo que vemos en las calles son manifestaciones inéditas de tribalismo y de conquista territorial”. La eurodiputada Marion Maréchal formuló su propio diagnóstico sobre la seguridad y el papel del Estado: “La seguridad no es una opción. No es un servicio público. Es el fundamento mismo del Estado. Nosotros, los ciudadanos, renunciamos a hacernos justicia por nuestra cuenta y pagamos muchos impuestos a condición de que el Estado garantice nuestra seguridad. Si el Estado falla, será la autodefensa generalizada”.
Otras voces llevaron la interpretación hacia la inmigración, la religión y la identidad nacional. El escritor Agustín Laje escribió: “hay que dejar de creer en la ficción de que un musulmán que vive como musulmán, que habla como musulmán, que se comporta como musulmán, por tener un papelito que dice “francés” es realmente un francés. Esa fue la más destructiva estafa ideológica contra la identidad nacional”.
La parlamentaria belga Darya Safai afirmó: “La bandera palestina no es solo una bandera. Se ha convertido en un símbolo de la «resistencia» del mundo musulmán frente a Occidente. Durante 47 años, la causa palestina ha estado presente en la agenda de los ayatolás, quienes la han aprovechado como fuerza unificadora en todo el mundo árabe y musulmán, no solo contra Israel, sino también contra Occidente. «Palestina es la causa de todos los musulmanes». El mundo ingenuo se ha creído esta narrativa. Ahora, bajo la misma bandera e impulsada por la misma ideología, Francia está en llamas. Al igual que Jomeini incendió Irán en nombre del islam y de Palestina. A todos los ministros y estadistas europeos, incluido Macron, que fue de los primeros en reconocer a Palestina y pensó que así se ganaría puntos políticos: nunca se ganarán el favor de quienes desprecian su civilización y incendiarían Francia si tuvieran el poder para hacerlo. Si logran imponer su voluntad, todos los países europeos se verán expuestos a un conflicto cuyas consecuencias ya están llegando a nuestras propias sociedades”.
La antropóloga Susanne Schröter centró sus críticas en el sistema educativo y la política migratoria: “el problema no son las escuelas, sino la política de inmigración, que ha fracasado por completo. En un informe, el inspector escolar Jean-Jacques Obin ya había advertido en 2004 sobre la situación catastrófica en las escuelas de las banlieues. Los alumnos islámicos rechazaban temas de las clases que percibían como contrarios a una sharía medieval, entre ellos las ciencias naturales y la historia; exigían una estricta separación de géneros y mostraban una actitud antisemita fundamental. Estos problemas no se pueden resolver tampoco con una mejor financiación de las escuelas”.
El economista Jean Messiha vinculó el saqueo con la historia del islam y responsabilizó al sistema político francés: “¿Cómo pueden los franceses hacerle esto a Francia? », exclamó Emmanuel Macron ayer a las 20h. Señor presidente, los que han hecho esto, en Limoges y en otros lugares, son franceses falsificados que el sistema que usted encarna produce a millones desde hace 50 años. Los que han hecho esto son y siguen siendo mayoritariamente originarios de ciertas inmigraciones árabo-afro-musulmanas. Eso tiene un nombre: las ghazawat. En la tradición islámica, el botín tomado durante las expediciones militares del Profeta Mahoma se consideraba lícito. En cuanto la intifada fue decretada en Europa, la razzia se convierte en una práctica necesaria e incluso legítima. Macron no ha entendido nada de lo que se juega en el país que se supone que dirige”.
Jordan Bardella, presidente de Agrupación Nacional, ofreció una lectura política de los ataques a edificios y fuerzas de seguridad: “para los saqueadores de los suburbios, atacar a las fuerzas del orden, a los profesores, a los directores, degradar los edificios públicos, es arremeter contra todos los símbolos de un país del que no respetan ni la historia ni la cultura”.
La analista Sofía Afonso Ferreira atribuyó los disturbios a una fractura entre comunidades y sostuvo que determinados símbolos e instituciones habrían sido respetados mientras otros sufrían ataques. En su texto afirmó: “un país que no existe está destruyendo a los demás. Francia fue de los primeros en reconocer formalmente un Estado palestino, apostando a que una misericordia temprana compraría tranquilidad. En cambio, obtuvo la secuencia familiar —importar a la comunidad, reconocer la causa, ver cómo el país anfitrión se vuelve irreconocible. Las mismas calles llenas de banderas palestinas —el negro, blanco, verde y rojo de las tradiciones abasí, omeya, fatimí y hashemita— mientras el tricolor francés desaparecía. Puede que hayas notado que durante estos disturbios no se reportó ningún daño a una mezquita. CNews transmitió la afirmación, vía el periodista Paul Amar, de que los alborotadores llegaron con direcciones de dueños de tiendas judías y que en una calle de Marsella todos los negocios de propiedad judía fueron incendiados mientras los colindantes de propiedad musulmana quedaron intactos. El patrón que se ve es más simple —los símbolos franceses, los edificios públicos y los sitios vinculados a judíos absorben la violencia, las instituciones paralelas de las comunidades importadas no. Esto no es nuevo. El liderazgo palestino y las redes que ondean sus colores tienen un hábito documentado de volverse contra sus anfitriones una vez que el anfitrión ya no es útil —Jordania en el Septiembre Negro, Líbano en la guerra civil, y varios otros estados árabes que después expulsaron o contuvieron a las mismas facciones. Europa ahora está ejecutando el mismo experimento a mayor escala. Francia lo está aprendiendo en tiempo real. Lo mismo Italia, Países Bajos, Bélgica, España, Portugal y el resto. Las banderas no son metáforas de un estado. Son los colores de califatos sucesivos y, casualmente, los cuatro jinetes del apocalipsis”.
La periodista española Irene González, autora de Salvar Europa, definió la violencia como una insurrección étnica y responsabilizó a la izquierda y a las élites europeas: “No es la II Revolución Francesa si el grito de guerra de los salvajes que destruyen Francia es “Uh! Uh!”. No son franceses, ni se rebelan contra el poder, ni son disturbios sociales, ni reclaman nada fuera de poder saquear y quemarlo todo. Tampoco es problema de orden público. Es barbarie y salvajismo devorando lo que queda de nuestra civilización. Es una insurrección étnica de afrodescendientes que han salido a saquear y quemarlo todo, instigados por la izquierda endófoba, sierva de la élite globalista que odia Europa y sus pueblos. La barbarie está en guerra contra nosotros y nuestro mundo. Una guerra (no) civil étnica iniciada sin retorno. No es civil al no ser entre hermanos o dentro de una misma comunidad. No son inmigrantes, sino elementos foráneos anti civilizatorios que han ocupado territorio europeo porque los dirigentes que nos odian y saquean los trajeron y nos obligaron a financiarlos porque el PIB subía y los salarios bajaban. Sólo espero que esos elitistas republicanos que los metieron en Europa, que obligaron a las clases populares francesas a coexistir con miedo con estos salvajes en los barrios y suburbios de parís, Lyon, Marsella, sean devorados por la barbarie que han alimentado”.
Mientras la disputa política se desplaza hacia la inmigración, el islam, la izquierda y la identidad nacional, el Gobierno ha anunciado medidas para responder al origen estudiantil de las protestas. El Ministerio de Educación prometió más de 3.000 profesores sustitutos para los centros con mayores necesidades y abrió líneas de trabajo sobre las ausencias del profesorado, las condiciones materiales de los institutos, la jornada escolar, la orientación académica y la participación de los alumnos. El Ejecutivo anunció también ayudas y medidas de desempleo parcial para los negocios afectados, después de que al menos 3.000 establecimientos sufrieran daños o saqueos, según sus propios cálculos.
La tensión que afronta Francia nace, por tanto, de varios conflictos que se han superpuesto: las carencias denunciadas por estudiantes, el malestar económico, la violencia de grupos que aprovecharon las manifestaciones, la actuación de las fuerzas de seguridad y la fragilidad política de un Gobierno obligado a restablecer el orden y responder a las reclamaciones sociales. El recuento de organizaciones de Fox añade una dimensión transnacional al debate, pero no despeja la pregunta central: qué actores impulsaron cada episodio de violencia y con qué propósito.
Por ahora, el Estado ha respondido con presencia policial, restricciones nocturnas, detenciones y promesas de apoyo a centros educativos y comercios. Las investigaciones deberán establecer las responsabilidades individuales y aclarar los ataques más graves. Y la política tendrá que decidir si las protestas se abordan como un estallido social, como una amenaza de seguridad o como ambas cosas a la vez. La respuesta no puede deducirse de una lista de organizaciones ni de las declaraciones más rotundas pronunciadas desde el extranjero. Se decidirá en las calles que vuelvan a abrir, en los institutos que recuperen sus clases y en los tribunales que aún tienen que identificar a quienes incendiaron, saquearon y atacaron.











