Senado
El Foro de Enraizados se consolida como un espacio de referencia para defender la presencia de la fe católica en la vida pública
El II Foro «Lo que aporta la fe católica a España y a Europa», celebrado ayer en el Senado, reunió a Higinio Marín, Mons. Jesús Sanz, Bieito Rubido y Fernando Gutiérrez en una reflexión sobre la libertad, la dignidad humana, la familia y los límites del poder político
![[Img #31336]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/10_2026/3607_0000.jpg)
La Fundación Enraizados celebró ayer en la Sala Europa del Palacio del Senado la segunda edición de este Foro poniendo sobre la mesa la pregunta: «Dios: ¿Luz en la vida pública?» El encuentro propició una amplia reflexión sobre la fe católica en la sociedad y su lugar legítimo en el debate público.
Higinio Marín, rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera, abrió el Foro con la ponencia «Política y religión en el siglo XXI». Su primera advertencia fue clara: «No se puede construir el cielo en la tierra». A partir de la experiencia histórica, explicó que los proyectos políticos que prometen una sociedad perfecta pueden acabar convirtiéndose en sistemas opresivos. El Estado, sostuvo, no puede ocupar el lugar de Dios ni garantizar la felicidad humana. Recordó las palabras de Cristo «Mi reino no es de este mundo» para defender que la fe pone límites al poder e impide convertir las instituciones en salvadoras.
Su segundo argumento partió de otra expresión evangélica: «Hay que dar al César lo que es del César, pero sólo lo que es del César». Marín defendió la necesidad de «despolitizar el bien común» y reconocer la autonomía de las familias, las amistades, las asociaciones y las comunidades, realidades que no nacen del Estado ni deben depender por completo de él. La función de las instituciones es protegerlas, no sustituirlas. Como señaló, ningún político puede hacernos felices.
El rector relacionó también la libertad con la existencia de normas justas: «La libertad requiere la norma». Los límites, explicó, no son necesariamente contrarios a la libertad, sino que permiten la convivencia y protegen la dignidad humana. Frente a la idea de que las convicciones religiosas son irracionales o deben quedar fuera del debate público, defendió que la dignidad no puede depender únicamente de acuerdos políticos cambiantes. También cuestionó que el Estado se convierta en fundamento último de la identidad colectiva y resumió así esta crítica: «El nacionalismo es el software del estatalismo».
A continuación, Mons. Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, reflexionó sobre la relación entre política, libertad y vínculos humanos. Afirmó que le había producido «mucha paz» escuchar que no elegimos políticos para que nos hagan felices, aunque sí podemos exigirles que no nos condenen a la miseria. Lo resumió con humor: «Un político lírico sí, uno delirante no».
Sanz centró su intervención en tres realidades esenciales: la familia, la amistad y la soledad. Recordó las palabras del Génesis «No es bueno que el hombre esté solo» y advirtió de que el aislamiento debilita a las personas y las hace más vulnerables a la manipulación. La visión cristiana del ser humano, explicó, parte de que estamos hechos para vivir en relación con los demás. Evocó a san Agustín, que describía a Dios como «un eterno amante, que quiere a un eterno amado y que lo quiere en un eterno amor», y alertó del daño que causa el debilitamiento de los vínculos familiares. En este sentido, recordó la expresión del jurista Gómez Bengoechea: «una generación de niños huérfanos cuyos padres están vivos».
La amistad, añadió, nos ayuda a reconocer que no lo sabemos todo ni podemos hacerlo todo por nosotros mismos. Aceptar nuestras limitaciones permite aprender de los demás, recibir ayuda y compartir lo que tenemos. «La amistad es el encuentro solidario de personas que se dejan acompañar y nunca sustituir», afirmó. Frente a las ideologías que aspiran a controlarlo todo, defendió que la fe no amenaza la libertad, sino que contribuye a ella: «Dios no es un rival, es el mejor de nuestros cómplices, el que nos permite vivir en libertad hasta la plenitud de una auténtica felicidad».
Por su parte, Fernando Gutiérrez, senador por Melilla (PP), abordó la huella del cristianismo en la sociedad española y la necesidad de reconocerla sin complejos. Aludió a la labor misionera española y a la solidaridad vinculada a esta tradición como ejemplos de una herencia que ha contribuido a formar generaciones. A su juicio, ayudar a los demás no es patrimonio de una ideología política, sino fruto de la educación y de los valores transmitidos a lo largo del tiempo.
Gutiérrez señaló que muchos católicos no expresan abiertamente hasta qué punto sus convicciones influyen en su visión de los problemas sociales y políticos. Defenderlas no significa imponerlas, sino participar con honestidad en el debate democrático. Frente a la presión que presenta las ideas inspiradas en la fe como marginales o irracionales, reclamó naturalidad y firmeza: «Hay que salir del armario y decir que lo que creemos no es 'delirante'». El senador alertó asimismo del deterioro del debate público cuando la confrontación emocional desplaza a los argumentos. Contrapuso «la fuerza de la sinrazón y la contundencia de la lógica» y defendió la necesidad de recuperar espacios de deliberación serena, en los que las distintas posiciones puedan escucharse y contrastarse con razones.
Bieito Rubido, director de El Debate, puso el acento en la confianza con la que los católicos afrontan su presencia en la sociedad. Los avances científicos y tecnológicos, advirtió, pueden alimentar la ilusión de que el ser humano no necesita nada más; sin embargo, experiencias como la pandemia recordaron a muchas personas su vulnerabilidad y las llevaron de nuevo a buscar a Dios. Para Rubido, reconocer esa dimensión de la vida no está reñido con participar activamente en una sociedad plural. Al contrario, animó a los creyentes a conocer sus raíces y compartir sus convicciones sin complejos. El periodista apoyó esta llamada al compromiso en un recuerdo de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid de 2011, cuando, desde su responsabilidad al frente de ABC, decidió dar protagonismo a la visita de Benedicto XVI. El lema «¡No os avergoncéis!» sigue expresando, a su juicio, una invitación vigente: no esconder aquello que da sentido a la propia vida. En esa misma línea, evocó a san Agustín y su exhortación «Ama y haz lo que quieras», antes de compartir la certeza que, según explicó, le sostiene en los momentos difíciles: «Mi mayor certeza es creer en Dios».
Las cuatro intervenciones coincidieron en una idea central: la fe católica tiene mucho que aportar a la vida pública defendiendo la dignidad humana, el bien común, los vínculos familiares, la libertad y el diálogo.
El II Foro «Lo que aporta la fe católica a España y a Europa», celebrado ayer en el Senado, reunió a Higinio Marín, Mons. Jesús Sanz, Bieito Rubido y Fernando Gutiérrez en una reflexión sobre la libertad, la dignidad humana, la familia y los límites del poder político
![[Img #31336]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/10_2026/3607_0000.jpg)
La Fundación Enraizados celebró ayer en la Sala Europa del Palacio del Senado la segunda edición de este Foro poniendo sobre la mesa la pregunta: «Dios: ¿Luz en la vida pública?» El encuentro propició una amplia reflexión sobre la fe católica en la sociedad y su lugar legítimo en el debate público.
Higinio Marín, rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera, abrió el Foro con la ponencia «Política y religión en el siglo XXI». Su primera advertencia fue clara: «No se puede construir el cielo en la tierra». A partir de la experiencia histórica, explicó que los proyectos políticos que prometen una sociedad perfecta pueden acabar convirtiéndose en sistemas opresivos. El Estado, sostuvo, no puede ocupar el lugar de Dios ni garantizar la felicidad humana. Recordó las palabras de Cristo «Mi reino no es de este mundo» para defender que la fe pone límites al poder e impide convertir las instituciones en salvadoras.
Su segundo argumento partió de otra expresión evangélica: «Hay que dar al César lo que es del César, pero sólo lo que es del César». Marín defendió la necesidad de «despolitizar el bien común» y reconocer la autonomía de las familias, las amistades, las asociaciones y las comunidades, realidades que no nacen del Estado ni deben depender por completo de él. La función de las instituciones es protegerlas, no sustituirlas. Como señaló, ningún político puede hacernos felices.
El rector relacionó también la libertad con la existencia de normas justas: «La libertad requiere la norma». Los límites, explicó, no son necesariamente contrarios a la libertad, sino que permiten la convivencia y protegen la dignidad humana. Frente a la idea de que las convicciones religiosas son irracionales o deben quedar fuera del debate público, defendió que la dignidad no puede depender únicamente de acuerdos políticos cambiantes. También cuestionó que el Estado se convierta en fundamento último de la identidad colectiva y resumió así esta crítica: «El nacionalismo es el software del estatalismo».
A continuación, Mons. Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, reflexionó sobre la relación entre política, libertad y vínculos humanos. Afirmó que le había producido «mucha paz» escuchar que no elegimos políticos para que nos hagan felices, aunque sí podemos exigirles que no nos condenen a la miseria. Lo resumió con humor: «Un político lírico sí, uno delirante no».
Sanz centró su intervención en tres realidades esenciales: la familia, la amistad y la soledad. Recordó las palabras del Génesis «No es bueno que el hombre esté solo» y advirtió de que el aislamiento debilita a las personas y las hace más vulnerables a la manipulación. La visión cristiana del ser humano, explicó, parte de que estamos hechos para vivir en relación con los demás. Evocó a san Agustín, que describía a Dios como «un eterno amante, que quiere a un eterno amado y que lo quiere en un eterno amor», y alertó del daño que causa el debilitamiento de los vínculos familiares. En este sentido, recordó la expresión del jurista Gómez Bengoechea: «una generación de niños huérfanos cuyos padres están vivos».
La amistad, añadió, nos ayuda a reconocer que no lo sabemos todo ni podemos hacerlo todo por nosotros mismos. Aceptar nuestras limitaciones permite aprender de los demás, recibir ayuda y compartir lo que tenemos. «La amistad es el encuentro solidario de personas que se dejan acompañar y nunca sustituir», afirmó. Frente a las ideologías que aspiran a controlarlo todo, defendió que la fe no amenaza la libertad, sino que contribuye a ella: «Dios no es un rival, es el mejor de nuestros cómplices, el que nos permite vivir en libertad hasta la plenitud de una auténtica felicidad».
Por su parte, Fernando Gutiérrez, senador por Melilla (PP), abordó la huella del cristianismo en la sociedad española y la necesidad de reconocerla sin complejos. Aludió a la labor misionera española y a la solidaridad vinculada a esta tradición como ejemplos de una herencia que ha contribuido a formar generaciones. A su juicio, ayudar a los demás no es patrimonio de una ideología política, sino fruto de la educación y de los valores transmitidos a lo largo del tiempo.
Gutiérrez señaló que muchos católicos no expresan abiertamente hasta qué punto sus convicciones influyen en su visión de los problemas sociales y políticos. Defenderlas no significa imponerlas, sino participar con honestidad en el debate democrático. Frente a la presión que presenta las ideas inspiradas en la fe como marginales o irracionales, reclamó naturalidad y firmeza: «Hay que salir del armario y decir que lo que creemos no es 'delirante'». El senador alertó asimismo del deterioro del debate público cuando la confrontación emocional desplaza a los argumentos. Contrapuso «la fuerza de la sinrazón y la contundencia de la lógica» y defendió la necesidad de recuperar espacios de deliberación serena, en los que las distintas posiciones puedan escucharse y contrastarse con razones.
Bieito Rubido, director de El Debate, puso el acento en la confianza con la que los católicos afrontan su presencia en la sociedad. Los avances científicos y tecnológicos, advirtió, pueden alimentar la ilusión de que el ser humano no necesita nada más; sin embargo, experiencias como la pandemia recordaron a muchas personas su vulnerabilidad y las llevaron de nuevo a buscar a Dios. Para Rubido, reconocer esa dimensión de la vida no está reñido con participar activamente en una sociedad plural. Al contrario, animó a los creyentes a conocer sus raíces y compartir sus convicciones sin complejos. El periodista apoyó esta llamada al compromiso en un recuerdo de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid de 2011, cuando, desde su responsabilidad al frente de ABC, decidió dar protagonismo a la visita de Benedicto XVI. El lema «¡No os avergoncéis!» sigue expresando, a su juicio, una invitación vigente: no esconder aquello que da sentido a la propia vida. En esa misma línea, evocó a san Agustín y su exhortación «Ama y haz lo que quieras», antes de compartir la certeza que, según explicó, le sostiene en los momentos difíciles: «Mi mayor certeza es creer en Dios».
Las cuatro intervenciones coincidieron en una idea central: la fe católica tiene mucho que aportar a la vida pública defendiendo la dignidad humana, el bien común, los vínculos familiares, la libertad y el diálogo.











