Sequías, inundaciones y catastrofismo falsario
Uno de los pilares básicos en la estrategia de comunicación alarmista y catastrofista del cambio climático consiste en hacernos creer que lo normal es anómalo y crítico. La variabilidad natural del clima propicia la presencia intermitente de fenómenos climáticos extremos que, contemplados con una perspectiva temporal suficientemente amplia, encajan dentro de una perfecta normalidad. En cambio, y ahí reside el truco, si se restringe la ventana de observación al intervalo de unos pocos años y se ignora lo ocurrido en el pasado, el fenómeno extremo se convierte inmediatamente en crítico, anómalo y sin precedentes.
Durante el verano que acaba de terminar, la estrella climática de la temporada ha sido, además del calor, la extrema sequía registrada al norte de los Pirineos, que ha ofrecido cauces casi secos en ríos normalmente caudalosos, como el Rin y el Danubio. Muchos turistas que tenían contratados cruceros por el Danubio, se han visto obligados a realizar un viaje alternativo en autobús. Y una de las imágenes más emblemáticas de la sequía ha sido la aparición del pecio de un buque de guerra alemán hundido desde los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, que ha quedado al descubierto por el descenso del nivel de las aguas del mismo río Danubio.
![[Img #31333]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/10_2026/8142_captura-de-pantalla-2026-10-20-111929.png)
Una sequía tan severa representa una situación excepcional que ha sido inmediatamente interpretada por los partidarios de la teoría del CO2 antrópico, como consecuencia inequívoca del cambio climático inducido por las actividades humanas. Pero, ¿es realmente así? Basta remontarse un poco en el tiempo para descubrir que situaciones similares ya se habían registrado anteriormente. El descenso del nivel de las aguas ha dejado al descubierto las denominadas piedras del hambre, por las dramáticas consecuencias que tuvieron las sequías sobre las cosechas y la disponibilidad de alimentos para la población.
Durante los veranos de la década de 1130, tanto el Rin como el Danubio registraron caudales tan bajos, que fue posible vadear sus cauces a pie en algunos puntos. La población ribereña dejó testimonio escrito de aquella situación, grabando inscripciones con fechas en grandes piedras del lecho del río, quedando así registrados de forma inequívoca los niveles mínimos históricos que alcanzaron repetidamente los grandes ríos de Europa central. La fotografía adjunta muestra una de estas piedras grabadas, que ha quedado al descubierto durante el pasado verano de 2026 en la República Checa, donde se pueden leer inscripciones de 1216, 1616, 1842, 1868 y 1921.
![[Img #31334]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/10_2026/8118_captura-de-pantalla-2026-10-20-112003.png)
Queda fuera de toda duda que la sequía de 2026 no fue anómala ni excepcional, sino que forma parte de la secuencia de acontecimientos climáticos extremos que impone la propia naturaleza independientemente de las actividades humanas.
Otro detalle que merece ser destacado en relación con las noticias sobre la sequía del pasado verano es que, como ocurre (casi) siempre, las informaciones fueron sesgadas, resaltando sus aspectos negativos y silenciando los aspectos favorables. Porque mientras en Europa central pasaban sed, las reservas hídricas en España alcanzaban niveles históricos, con un volumen de agua almacenado que ha permitido afrontar la campaña de riego y el abastecimiento urbano con una tranquilidad muy superior a la de veranos anteriores.
Si ahora centramos nuestra atención en los fenómenos opuestos, en las grandes inundaciones, encontraremos situaciones similares a las de las sequías, tanto en España como en Europa. Es decir, que se trata de fenómenos recurrentes que desde hace siglos, mantienen un ritmo aproximadamente constante tanto en frecuencia como en intensidad, sin que actualmente (contradiciendo las informaciones catastróficas y alrmistas) se esté batiendo ningún récord. No debe olvidarse que el impacto y las consecuencias de estos fenómenos meteorológicos extremos no dependen tan sólo de las condiciones del medio físico, sino que se ven muy seriamente afectadas por las modificaciones que el ser humano introduce en la superficie terrestre, y que son totalmente independientes de la evolución climática. Los casos de la catástrofe ocurrida en el camping de Biescas en 1996, o la grave inundación en la huerta Sur de Valencia en 2024, son claros ejemplos de errores en la planificación del uso del suelo en zonas inundables.
El razonamiento más habitual que se transmite a la opinión pública consiste en atribuir a las emisiones antrópicas de CO2 el origen del calentamiento global, y este calentamiento trae consigo el aumento de la frecuencia y la intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos. Sin embargo, relacionar este supuesto aumento carece de fundamento, como demuestran los datos registrados desde hace siglos, tanto en lo que se refiere a pluviosidad, como a sequías, inundaciones, tornados y huracanes. Siempre han existido periodos con fenómenos meteorológicos extremos, durante los cuales, a los contemporáneos que les correspondió vivirlos, les pareció ( y lo perciben en la actualidad) como los peores de la historia.
Es decir, que el calentamiento que está experimentando nuestro Planeta es innegable, pero está dentro de los ritmos impuestos por la naturaleza desde hace milenios, millones de años, con las oscilaciones habituales, pero sin aspavientos, sin que sea detectable ninguna aceleración crítica, excepcional ni dramática. En realidad, lo único dramático en relación con el calentamiento global es la desinformación impuesta por la mayor parte de los medios de comunicación.
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Una versión más completa y detallada de este artículo es accesible en: Sequías, inundaciones y catastrofismo falsario.
Uno de los pilares básicos en la estrategia de comunicación alarmista y catastrofista del cambio climático consiste en hacernos creer que lo normal es anómalo y crítico. La variabilidad natural del clima propicia la presencia intermitente de fenómenos climáticos extremos que, contemplados con una perspectiva temporal suficientemente amplia, encajan dentro de una perfecta normalidad. En cambio, y ahí reside el truco, si se restringe la ventana de observación al intervalo de unos pocos años y se ignora lo ocurrido en el pasado, el fenómeno extremo se convierte inmediatamente en crítico, anómalo y sin precedentes.
Durante el verano que acaba de terminar, la estrella climática de la temporada ha sido, además del calor, la extrema sequía registrada al norte de los Pirineos, que ha ofrecido cauces casi secos en ríos normalmente caudalosos, como el Rin y el Danubio. Muchos turistas que tenían contratados cruceros por el Danubio, se han visto obligados a realizar un viaje alternativo en autobús. Y una de las imágenes más emblemáticas de la sequía ha sido la aparición del pecio de un buque de guerra alemán hundido desde los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, que ha quedado al descubierto por el descenso del nivel de las aguas del mismo río Danubio.
![[Img #31333]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/10_2026/8142_captura-de-pantalla-2026-10-20-111929.png)
Una sequía tan severa representa una situación excepcional que ha sido inmediatamente interpretada por los partidarios de la teoría del CO2 antrópico, como consecuencia inequívoca del cambio climático inducido por las actividades humanas. Pero, ¿es realmente así? Basta remontarse un poco en el tiempo para descubrir que situaciones similares ya se habían registrado anteriormente. El descenso del nivel de las aguas ha dejado al descubierto las denominadas piedras del hambre, por las dramáticas consecuencias que tuvieron las sequías sobre las cosechas y la disponibilidad de alimentos para la población.
Durante los veranos de la década de 1130, tanto el Rin como el Danubio registraron caudales tan bajos, que fue posible vadear sus cauces a pie en algunos puntos. La población ribereña dejó testimonio escrito de aquella situación, grabando inscripciones con fechas en grandes piedras del lecho del río, quedando así registrados de forma inequívoca los niveles mínimos históricos que alcanzaron repetidamente los grandes ríos de Europa central. La fotografía adjunta muestra una de estas piedras grabadas, que ha quedado al descubierto durante el pasado verano de 2026 en la República Checa, donde se pueden leer inscripciones de 1216, 1616, 1842, 1868 y 1921.
![[Img #31334]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/10_2026/8118_captura-de-pantalla-2026-10-20-112003.png)
Queda fuera de toda duda que la sequía de 2026 no fue anómala ni excepcional, sino que forma parte de la secuencia de acontecimientos climáticos extremos que impone la propia naturaleza independientemente de las actividades humanas.
Otro detalle que merece ser destacado en relación con las noticias sobre la sequía del pasado verano es que, como ocurre (casi) siempre, las informaciones fueron sesgadas, resaltando sus aspectos negativos y silenciando los aspectos favorables. Porque mientras en Europa central pasaban sed, las reservas hídricas en España alcanzaban niveles históricos, con un volumen de agua almacenado que ha permitido afrontar la campaña de riego y el abastecimiento urbano con una tranquilidad muy superior a la de veranos anteriores.
Si ahora centramos nuestra atención en los fenómenos opuestos, en las grandes inundaciones, encontraremos situaciones similares a las de las sequías, tanto en España como en Europa. Es decir, que se trata de fenómenos recurrentes que desde hace siglos, mantienen un ritmo aproximadamente constante tanto en frecuencia como en intensidad, sin que actualmente (contradiciendo las informaciones catastróficas y alrmistas) se esté batiendo ningún récord. No debe olvidarse que el impacto y las consecuencias de estos fenómenos meteorológicos extremos no dependen tan sólo de las condiciones del medio físico, sino que se ven muy seriamente afectadas por las modificaciones que el ser humano introduce en la superficie terrestre, y que son totalmente independientes de la evolución climática. Los casos de la catástrofe ocurrida en el camping de Biescas en 1996, o la grave inundación en la huerta Sur de Valencia en 2024, son claros ejemplos de errores en la planificación del uso del suelo en zonas inundables.
El razonamiento más habitual que se transmite a la opinión pública consiste en atribuir a las emisiones antrópicas de CO2 el origen del calentamiento global, y este calentamiento trae consigo el aumento de la frecuencia y la intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos. Sin embargo, relacionar este supuesto aumento carece de fundamento, como demuestran los datos registrados desde hace siglos, tanto en lo que se refiere a pluviosidad, como a sequías, inundaciones, tornados y huracanes. Siempre han existido periodos con fenómenos meteorológicos extremos, durante los cuales, a los contemporáneos que les correspondió vivirlos, les pareció ( y lo perciben en la actualidad) como los peores de la historia.
Es decir, que el calentamiento que está experimentando nuestro Planeta es innegable, pero está dentro de los ritmos impuestos por la naturaleza desde hace milenios, millones de años, con las oscilaciones habituales, pero sin aspavientos, sin que sea detectable ninguna aceleración crítica, excepcional ni dramática. En realidad, lo único dramático en relación con el calentamiento global es la desinformación impuesta por la mayor parte de los medios de comunicación.
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