El asesinato de Abby Choi y la casa 56B de Lung Mei
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I. UNA OLLA EN EL FUEGO APAGADO
En Lung Mei, un pueblo de casas bajas a orillas del puerto de Tolo, en el distrito de Tai Po de Hong Kong, el mar huele a sal y a gasóleo de barca. Nada en la casa 56B anunciaba lo que guardaba dentro. Una planta baja de alquiler, persianas bajadas, un candado. El 24 de febrero de 2023 la policía forzó la puerta y encontró una cocina en orden.
Demasiado en orden.
Había un frigorífico con restos humanos. Había una sierra eléctrica, una picadora de carne industrial, ropa, utensilios. Y había dos ollas de sopa, de esas en las que las familias cantonesas cuecen durante horas el caldo de los domingos, con zanahorias y rábano blanco flotando en el agua turbia. Dentro de una de ellas estaba la cabeza de Abby Choi Tin-fung, 28 años, modelo, inversora, madre de cuatro hijos, rostro conocido de los desfiles de París.
Tres años y medio después, ese caldo frío ha llegado a la sala del Tribunal Superior de Hong Kong envuelto en bolsas de plástico grueso, numerado como prueba, medido con regla por un secretario judicial delante de nueve jurados. Este martes, 20 de octubre de 2026, el juicio cumple su decimonoveno día. En el banquillo se sientan tres hombres que un día fueron su familia: su exmarido, su exsuegro y su excuñado. Los tres se declaran inocentes del asesinato.
Esta es la historia de cómo una mujer que lo pagaba todo terminó, según la fiscalía, pagando también con su vida el precio de un piso.
II. LA CHICA QUE LO PAGABA TODO
Abby Choi nació el 15 de julio de 1994 en Hainan, la isla tropical del sur de China, y creció en Hong Kong al amparo de un padrastro adinerado ligado, según la prensa local, al negocio de la construcción. Su vida pública fue la de una postal del lujo asiático: primeras filas en la Semana de la Moda de París, vestidos de alta costura, más de cien mil seguidores en Instagram. Días antes de morir aún subía fotografías desde las pasarelas europeas.
Pero la postal tenía un reverso más temprano y menos fotogénico. Su madre, Cheung Yin-fa, lo ha contado ante el jurado: Abby conoció a Alex Kwong en un colegio internacional de Hong Kong; empezaron a salir a los 17. Ella se quedó embarazada siendo todavía estudiante y él, con 18 años, se mudó a casa de la familia Choi. Llegó un segundo hijo. Ella siguió estudiando, se licenció en Finanzas en la Universidad de Hong Kong y empezó a invertir con el respaldo de decenas de millones de su padrastro. Él, según el relato de la acusación, nunca tuvo un empleo estable.
El matrimonio se deshizo. En 2015 Abby inició una relación con Chris Tam Fong-chun, antiguo compañero de clase e hijo del fundador de TamJai Yunnan Mixian, una de las cadenas de fideos más populares de la ciudad. Celebraron un banquete de boda en 2016, cuando el divorcio de Kwong ni siquiera estaba cerrado. Tuvieron dos hijos más.
Y aquí está el primer nudo de la tragedia: Abby nunca soltó a su primera familia. Siguió manteniendo a los dos niños mayores, a su exmarido, a sus exsuegros. Pagaba alquileres, facturas, caprichos. Una vez, cuenta su madre, cargó en su tarjeta más de 200.000 dólares de Hong Kong en gastos médicos de urgencia cuando su exsuegro cayó gravemente enfermo. Le salvó la vida. En el juicio, Cheung Yin-fa ha resumido aquello con una frase de madre rota: su hija confió y entregó el corazón a la gente equivocada.
III. UN PISO EN KADOORIE HILL
Toda crónica negra tiene un objeto que lo explica todo. En esta es un apartamento.
En 2019 Abby compró un piso de lujo en Kadoorie Hill, la colina de mansiones y jardines de Ho Man Tin donde vive el dinero viejo de Kowloon. La fiscalía sostiene que pagó por él unos 60 millones de dólares de Hong Kong; su valor rondaba los 72 millones (más de 8 millones de euros). Era para que sus dos hijos mayores vivieran con los abuelos paternos. Pero, según la acusación, lo registró a nombre de su exsuegro, Kwong Kau, para pagar menos impuestos. Fue un gesto de confianza. También fue, sostiene la fiscal, la semilla del crimen.
Kwong Kau no era un desconocido para la ley: sargento de policía retirado, 68 años hoy, patriarca de una familia que la madre de Abby describe como "sin un céntimo" antes de que su hija empezara a sostenerla. Su hijo menor, Alex, tenía su propio expediente. Entre 2013 y 2015 participó en estafas con oro; antes de su juicio de 2015 se fugó y pasó años en paradero desconocido, con su madre, Jenny Li, ocultándolo a la policía. En 2024, ya detenido por el caso Choi, fue condenado a tres años y medio por el robo de oro y joyas por valor de 6,3 millones de dólares de Hong Kong.
A mediados de 2022 la relación se rompió. Chris Tam ha descrito ante el jurado la discusión que lo cambió todo: Kwong Kau, fuera de sí, intentó golpear a Abby y la llamó "máquina de parir". Tam tuvo que interponerse para frenar un segundo intento. Ella, a su vez, empezó a llamar a su exsuegro "viejo estafador". Quería vender el piso de Kadoorie Hill; él se negaba a desalojarlo y a firmar el poder notarial para la venta. Según la madre de Abby, los abuelos empezaron entonces a hablar mal de ella delante de sus propios hijos.
La fiscal Charlotte Draycott lo ha resumido sin adornos: el dinero fue la causa raíz. Kwong Kau, según su tesis, se volvió extremadamente rencoroso y furioso ante la venta, renegó de Abby y acabó planeando su muerte.
Las defensas, sin embargo, han empujado en otra dirección: que los Kwong no eran tan pobres ni tan dependientes, y que el dinero corría en ambos sentidos. En el contrainterrogatorio ha salido una deuda de juego de 5 millones de dólares de Hong Kong contraída por Chris Tam en un casino de Macao en 2021, saldada por su padre con un cheque de unos 5,9 millones extendido, precisamente, a Kwong Kau, tras lo cual cesó el acoso de los cobradores. También ha aflorado que Abby financió con más de 10 millones procedentes de la familia Tam el negocio de relojes de lujo de su exmarido. La madre de Abby ha negado que los Kwong le devolvieran nunca nada; en la sala se ha oído que tachó esas versiones de "sarta de mentiras". Y el propio fundador de TamJai, Tam Chak-kwan, declaró el viernes que Kwong Kau nunca le devolvió un préstamo de 250.000 dólares y que, ya en prisión preventiva, le pidió ayuda para contratar abogados.
IV. LA LISTA DE LA COMPRA
Hay crímenes que se improvisan y crímenes que se compran. La fiscalía sostiene que este fue de los segundos.
Unas dos semanas antes del 21 de febrero, según la acusación, Kwong Kau y su hijo mayor, Anthony, recorrieron varias tiendas de Hong Kong. Hoy mismo, una dependienta de una tienda de menaje ha declarado ante el tribunal lo que vio doce días antes del crimen: un hombre de pelo blanco compró ollas y utensilios de cocina y una picadora de carne italiana de alta potencia, la más cara del catálogo, por 8.700 dólares de Hong Kong. Se decidió por ella porque picaba más fino y tenía más fuerza. No dijo para qué la quería.
Luego preguntó por otra máquina. Una que pudiera triturar hueso.
Un hombre más joven se acercó, miró el catálogo y preguntó el precio. Más de 30.000 dólares, le dijeron. Demasiado caro, respondió el joven. El de pelo blanco dijo que lo dejaran estar y ambos se marcharon. En la sala, la testigo reconoció como suyas la olla, la tabla de cortar y el resto de objetos que la fiscalía le fue mostrando, sellados en plástico.
A la lista, según Draycott, se sumaron una sierra eléctrica y un martillo comprado por Anthony, que el forense vincula con las heridas del cráneo de Abby por la forma del golpe. Kwong Kau, sostiene la acusación, se encargó de alquilar la planta baja de la casa 56B de Lung Mei, un lugar apartado y discreto. Alex pidió prestado a un amigo uno de los dos vehículos que se usarían aquel día.
Había, además, un detalle doméstico que cobra ahora otra luz. A finales de 2022, el chófer habitual de Abby, Chin Kei-shun, fue invitado por Anthony a tomarse un permiso sin sueldo mientras la familia viajaba durante dos meses. Pidió media paga por seguir lavando y cuidando la furgoneta; se la negaron y se marchó. Anthony, su excuñado, era ahora quien la llevaba al volante.
Para la fiscal, cada pieza encaja en un mismo dibujo: un plan meditado en el que cada uno hizo su parte para tener el escenario listo.
V. MARTES, 21 DE FEBRERO. 14:44
Aquella mañana, hacia las diez, Chris Tam salió a trabajar y dejó a Abby dormida. Era un martes cualquiera: por la tarde había que recoger a la niña del colegio; por la noche, una mesa reservada para cenar a las 20:15.
La fiscalía ha reconstruido la tarde fotograma a fotograma. Antes de la hora de la recogida, Anthony y Alex se encontraron en un Starbucks. Las cámaras captaron al hermano mayor haciendo una serie de gestos que la fiscal pidió al jurado mirar con atención: podrían interpretarse, dijo, como una demostración de cómo tirar de la cabeza de Abby hacia abajo.
Después, Anthony fue a buscarla. Ella subió a la furgoneta creyendo que iban a por su hija; las cámaras la grabaron entrando. Alex se sumó al vehículo en otro punto del trayecto. Según la prensa hongkonesa, Abby iba hablando por teléfono con su antigua suegra más o menos cuando, según la acusación, empezó el ataque.
Su actividad en línea se detiene a las 14:44.
La fiscal sostiene que la golpearon con el martillo dentro del vehículo y que los golpes fueron salvajes. En la furgoneta se halló sangre de Abby junto al ADN de Alex y de Anthony. Hacia las 15:20, otras imágenes muestran a los acusados aparcando cerca de la casa de Lung Mei, con mascarillas. No parecían alterados, dijo Draycott al jurado: era lo que esperaban.
A las ocho de la tarde, Abby no contestó al mensaje de Tam sobre la cena. Cuando el teléfono recuperó por un instante la señal, la aplicación de ubicación compartida marcó un último punto: Tai Po. No tenía sentido. A esa hora debería estar de vuelta en Kadoorie Hill con los niños.
Su madre empezó a llamar. Anthony, el chófer, fue cambiando de versión: que a Abby le había surgido un asunto urgente; que se había ido a beber con unas amigas y que volvería al día siguiente, cuando se le pasara. Ninguno de los Kwong parecía preocupado. Cuando supieron que la familia iba a avisar a la policía, la indiferencia se volvió hostilidad, sobre todo la de Alex. Con más de siete horas sin noticias, Cheung Yin-fa y Chris Tam presentaron la denuncia esa misma noche.
A la mañana siguiente, según la policía, varias bolsas de basura con ropa, un teléfono, el arma y restos humanos fueron arrojadas a un punto de recogida a la entrada del pueblo. El 24 de febrero, los agentes entraron en la casa 56B. El 28, más de un centenar de policías excavaban un vertedero buscando el torso y las manos. Nunca aparecieron. La cabeza seguía en la olla.
VI. UN EMBARCADERO AL AMANECER
El 24 de febrero, el mismo día del hallazgo, la policía detuvo a Kwong Kau, a Anthony y a la madre, Jenny Li. Alex no estaba.
Alex Kwong sabía huir; llevaba años haciéndolo. Desde 2015 vivía como prófugo de su causa por el oro, y su madre lo había tapado ante la policía todo ese tiempo. Ahora el plan era otro: salir de Hong Kong por mar, en lancha rápida, rumbo a Macao y de allí al continente. Dos amigos le ayudaron a organizarlo; uno de ellos trabajaba en una empresa de alquiler de yates y esperaba cobrar unos miles de dólares por el favor. Una mujer, amante de Kwong Kau, fue detenida por darle cobijo.
El 25 de febrero Alex llegó al embarcadero. La policía ya estaba allí.
Dos días después, los tres hombres de la familia Kwong fueron acusados formalmente de asesinato. Los cómplices de la huida cumplieron seis meses de cárcel por obstrucción a la justicia. La madre tardó más en caer: el 30 de septiembre de 2025 un juez de distrito la declaró culpable de entorpecer la investigación, de engañar a los agentes y de pedirle a la madre de Abby que no contestara preguntas sobre su hijo. Su memoria "brumosa" no convenció al tribunal. El 28 de octubre fue condenada a 18 meses de prisión. Su defensa pidió que se la midiera con el mismo rasero que a los amigos de Alex; la fiscalía replicó que ellos no sabían lo que había hecho y ella sí.
VII. LA SALA
El juicio se abrió el 21 de septiembre de 2026, más de tres años y medio después del crimen, en una ciudad donde la violencia es tan rara que este caso sigue sin cerrarse en la memoria colectiva. Un centenar de personas hizo cola el primer día para entrar; hubo que habilitar una retransmisión fuera de la sala. Las primeras sesiones, dedicadas a cuestiones jurídicas, están bajo restricción informativa hasta el final del proceso. El 30 de septiembre, ante un jurado de ocho hombres y una mujer, empezó de verdad.
Preside Sir Brian Keith, juez adjunto del Tribunal Superior, y la vista se celebra en inglés. Acusa la consejera sénior Charlotte Draycott. Defienden Trevor Beel a Anthony, Oliver Davies a Kwong Kau y Andrew Raffell a Alex. Los medios locales han notado que padre e hijo mayor parecen visiblemente más delgados que en las fotos de 2023.
Los tres afrontan dos cargos: asesinato e impedir el entierro legal y digno del cadáver entre el 21 y el 23 de febrero. Y aquí está la grieta más interesante del proceso. Alex y Anthony se declararon culpables, antes del juicio, del segundo cargo: reconocen así su papel en lo que ocurrió con el cuerpo. Pero niegan haberla asesinado. Kwong Kau, el padre al que la fiscalía señala como cerebro, lo niega todo. Para los dos hermanos, el jurado no tendrá que decidir si estuvieron en aquella casa, sino quién mató a Abby, con qué intención y quién lo planeó. Si son condenados por asesinato, les espera la cadena perpetua.
Por el estrado han pasado ya las voces que sostienen el relato de la acusación:
- Cheung Yin-fa, la madre, que lloró al ver un vídeo de su hija recibiendo invitados en el piso de Kadoorie Hill y obligó al juez a suspender la sesión. Dijo que los Kwong habían mordido la mano que les daba de comer.
- Chris Tam, el compañero de Abby, que contó la escena de la "máquina de parir" y la noche de la desaparición, pero que también, interrogado por las defensas, admitió la deuda de Macao y reconoció no haber visto ni oído nunca a Alex ejercer violencia contra ella.
- Tam Chak-kwan, el fundador de TamJai, que habló del préstamo nunca devuelto y de los favores pedidos desde la cárcel.
- Chin Kei-shun, el chófer apartado, y la dependienta de la picadora y la trituradora de huesos, ambos esta misma mañana.
Las defensas, por su parte, trabajan el terreno del dinero para deshacer el móvil: si los Kwong tenían recursos propios y si el dinero también fluía de los Tam hacia ellos, la imagen de una familia arruinada y desesperada por un piso se emborrona. El proceso, previsto en 45 días, ya ha sufrido retrasos por nuevas discusiones jurídicas y se espera que se alargue al menos hasta diciembre.
VIII. LO QUE QUEDA
Las cenizas de Abby Choi descansan en el monasterio de Po Lin, en la isla de Lantau, a los pies del gran Buda de bronce. Sus cuatro hijos crecen sin ella. Dos de ellos tienen por padre a uno de los hombres sentados en el banquillo y por abuelo a otro.
Hay en este caso algo que excede la crónica de sucesos y roza la tragedia clásica: la mujer que sostuvo a todos, que pagó la casa, las facturas, el hospital, terminó despedazada en la cocina de una casa alquilada, según la fiscalía, por quienes vivían de su generosidad. Una olla de sopa, el objeto más doméstico y familiar de la cocina cantonesa, convertida en ataúd.
Falta lo más importante: el veredicto. Hasta que el jurado hable, Alex Kwong, Anthony Kwong y Kwong Kau son inocentes del asesinato que se les imputa. Todo lo que aquí se narra como plan, como motivo o como golpe es la tesis de la acusación y el testimonio oído en sala, no un hecho probado.
La casa 56B sigue en pie en Lung Mei. Algunos vecinos se mudaron. Los que se quedaron evitan pasar por delante.
![[Img #31335]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/10_2026/240_screenshot-2026-10-20-at-11-57-38-abby-choi-buscar-con-google.png)
I. UNA OLLA EN EL FUEGO APAGADO
En Lung Mei, un pueblo de casas bajas a orillas del puerto de Tolo, en el distrito de Tai Po de Hong Kong, el mar huele a sal y a gasóleo de barca. Nada en la casa 56B anunciaba lo que guardaba dentro. Una planta baja de alquiler, persianas bajadas, un candado. El 24 de febrero de 2023 la policía forzó la puerta y encontró una cocina en orden.
Demasiado en orden.
Había un frigorífico con restos humanos. Había una sierra eléctrica, una picadora de carne industrial, ropa, utensilios. Y había dos ollas de sopa, de esas en las que las familias cantonesas cuecen durante horas el caldo de los domingos, con zanahorias y rábano blanco flotando en el agua turbia. Dentro de una de ellas estaba la cabeza de Abby Choi Tin-fung, 28 años, modelo, inversora, madre de cuatro hijos, rostro conocido de los desfiles de París.
Tres años y medio después, ese caldo frío ha llegado a la sala del Tribunal Superior de Hong Kong envuelto en bolsas de plástico grueso, numerado como prueba, medido con regla por un secretario judicial delante de nueve jurados. Este martes, 20 de octubre de 2026, el juicio cumple su decimonoveno día. En el banquillo se sientan tres hombres que un día fueron su familia: su exmarido, su exsuegro y su excuñado. Los tres se declaran inocentes del asesinato.
Esta es la historia de cómo una mujer que lo pagaba todo terminó, según la fiscalía, pagando también con su vida el precio de un piso.
II. LA CHICA QUE LO PAGABA TODO
Abby Choi nació el 15 de julio de 1994 en Hainan, la isla tropical del sur de China, y creció en Hong Kong al amparo de un padrastro adinerado ligado, según la prensa local, al negocio de la construcción. Su vida pública fue la de una postal del lujo asiático: primeras filas en la Semana de la Moda de París, vestidos de alta costura, más de cien mil seguidores en Instagram. Días antes de morir aún subía fotografías desde las pasarelas europeas.
Pero la postal tenía un reverso más temprano y menos fotogénico. Su madre, Cheung Yin-fa, lo ha contado ante el jurado: Abby conoció a Alex Kwong en un colegio internacional de Hong Kong; empezaron a salir a los 17. Ella se quedó embarazada siendo todavía estudiante y él, con 18 años, se mudó a casa de la familia Choi. Llegó un segundo hijo. Ella siguió estudiando, se licenció en Finanzas en la Universidad de Hong Kong y empezó a invertir con el respaldo de decenas de millones de su padrastro. Él, según el relato de la acusación, nunca tuvo un empleo estable.
El matrimonio se deshizo. En 2015 Abby inició una relación con Chris Tam Fong-chun, antiguo compañero de clase e hijo del fundador de TamJai Yunnan Mixian, una de las cadenas de fideos más populares de la ciudad. Celebraron un banquete de boda en 2016, cuando el divorcio de Kwong ni siquiera estaba cerrado. Tuvieron dos hijos más.
Y aquí está el primer nudo de la tragedia: Abby nunca soltó a su primera familia. Siguió manteniendo a los dos niños mayores, a su exmarido, a sus exsuegros. Pagaba alquileres, facturas, caprichos. Una vez, cuenta su madre, cargó en su tarjeta más de 200.000 dólares de Hong Kong en gastos médicos de urgencia cuando su exsuegro cayó gravemente enfermo. Le salvó la vida. En el juicio, Cheung Yin-fa ha resumido aquello con una frase de madre rota: su hija confió y entregó el corazón a la gente equivocada.
III. UN PISO EN KADOORIE HILL
Toda crónica negra tiene un objeto que lo explica todo. En esta es un apartamento.
En 2019 Abby compró un piso de lujo en Kadoorie Hill, la colina de mansiones y jardines de Ho Man Tin donde vive el dinero viejo de Kowloon. La fiscalía sostiene que pagó por él unos 60 millones de dólares de Hong Kong; su valor rondaba los 72 millones (más de 8 millones de euros). Era para que sus dos hijos mayores vivieran con los abuelos paternos. Pero, según la acusación, lo registró a nombre de su exsuegro, Kwong Kau, para pagar menos impuestos. Fue un gesto de confianza. También fue, sostiene la fiscal, la semilla del crimen.
Kwong Kau no era un desconocido para la ley: sargento de policía retirado, 68 años hoy, patriarca de una familia que la madre de Abby describe como "sin un céntimo" antes de que su hija empezara a sostenerla. Su hijo menor, Alex, tenía su propio expediente. Entre 2013 y 2015 participó en estafas con oro; antes de su juicio de 2015 se fugó y pasó años en paradero desconocido, con su madre, Jenny Li, ocultándolo a la policía. En 2024, ya detenido por el caso Choi, fue condenado a tres años y medio por el robo de oro y joyas por valor de 6,3 millones de dólares de Hong Kong.
A mediados de 2022 la relación se rompió. Chris Tam ha descrito ante el jurado la discusión que lo cambió todo: Kwong Kau, fuera de sí, intentó golpear a Abby y la llamó "máquina de parir". Tam tuvo que interponerse para frenar un segundo intento. Ella, a su vez, empezó a llamar a su exsuegro "viejo estafador". Quería vender el piso de Kadoorie Hill; él se negaba a desalojarlo y a firmar el poder notarial para la venta. Según la madre de Abby, los abuelos empezaron entonces a hablar mal de ella delante de sus propios hijos.
La fiscal Charlotte Draycott lo ha resumido sin adornos: el dinero fue la causa raíz. Kwong Kau, según su tesis, se volvió extremadamente rencoroso y furioso ante la venta, renegó de Abby y acabó planeando su muerte.
Las defensas, sin embargo, han empujado en otra dirección: que los Kwong no eran tan pobres ni tan dependientes, y que el dinero corría en ambos sentidos. En el contrainterrogatorio ha salido una deuda de juego de 5 millones de dólares de Hong Kong contraída por Chris Tam en un casino de Macao en 2021, saldada por su padre con un cheque de unos 5,9 millones extendido, precisamente, a Kwong Kau, tras lo cual cesó el acoso de los cobradores. También ha aflorado que Abby financió con más de 10 millones procedentes de la familia Tam el negocio de relojes de lujo de su exmarido. La madre de Abby ha negado que los Kwong le devolvieran nunca nada; en la sala se ha oído que tachó esas versiones de "sarta de mentiras". Y el propio fundador de TamJai, Tam Chak-kwan, declaró el viernes que Kwong Kau nunca le devolvió un préstamo de 250.000 dólares y que, ya en prisión preventiva, le pidió ayuda para contratar abogados.
IV. LA LISTA DE LA COMPRA
Hay crímenes que se improvisan y crímenes que se compran. La fiscalía sostiene que este fue de los segundos.
Unas dos semanas antes del 21 de febrero, según la acusación, Kwong Kau y su hijo mayor, Anthony, recorrieron varias tiendas de Hong Kong. Hoy mismo, una dependienta de una tienda de menaje ha declarado ante el tribunal lo que vio doce días antes del crimen: un hombre de pelo blanco compró ollas y utensilios de cocina y una picadora de carne italiana de alta potencia, la más cara del catálogo, por 8.700 dólares de Hong Kong. Se decidió por ella porque picaba más fino y tenía más fuerza. No dijo para qué la quería.
Luego preguntó por otra máquina. Una que pudiera triturar hueso.
Un hombre más joven se acercó, miró el catálogo y preguntó el precio. Más de 30.000 dólares, le dijeron. Demasiado caro, respondió el joven. El de pelo blanco dijo que lo dejaran estar y ambos se marcharon. En la sala, la testigo reconoció como suyas la olla, la tabla de cortar y el resto de objetos que la fiscalía le fue mostrando, sellados en plástico.
A la lista, según Draycott, se sumaron una sierra eléctrica y un martillo comprado por Anthony, que el forense vincula con las heridas del cráneo de Abby por la forma del golpe. Kwong Kau, sostiene la acusación, se encargó de alquilar la planta baja de la casa 56B de Lung Mei, un lugar apartado y discreto. Alex pidió prestado a un amigo uno de los dos vehículos que se usarían aquel día.
Había, además, un detalle doméstico que cobra ahora otra luz. A finales de 2022, el chófer habitual de Abby, Chin Kei-shun, fue invitado por Anthony a tomarse un permiso sin sueldo mientras la familia viajaba durante dos meses. Pidió media paga por seguir lavando y cuidando la furgoneta; se la negaron y se marchó. Anthony, su excuñado, era ahora quien la llevaba al volante.
Para la fiscal, cada pieza encaja en un mismo dibujo: un plan meditado en el que cada uno hizo su parte para tener el escenario listo.
V. MARTES, 21 DE FEBRERO. 14:44
Aquella mañana, hacia las diez, Chris Tam salió a trabajar y dejó a Abby dormida. Era un martes cualquiera: por la tarde había que recoger a la niña del colegio; por la noche, una mesa reservada para cenar a las 20:15.
La fiscalía ha reconstruido la tarde fotograma a fotograma. Antes de la hora de la recogida, Anthony y Alex se encontraron en un Starbucks. Las cámaras captaron al hermano mayor haciendo una serie de gestos que la fiscal pidió al jurado mirar con atención: podrían interpretarse, dijo, como una demostración de cómo tirar de la cabeza de Abby hacia abajo.
Después, Anthony fue a buscarla. Ella subió a la furgoneta creyendo que iban a por su hija; las cámaras la grabaron entrando. Alex se sumó al vehículo en otro punto del trayecto. Según la prensa hongkonesa, Abby iba hablando por teléfono con su antigua suegra más o menos cuando, según la acusación, empezó el ataque.
Su actividad en línea se detiene a las 14:44.
La fiscal sostiene que la golpearon con el martillo dentro del vehículo y que los golpes fueron salvajes. En la furgoneta se halló sangre de Abby junto al ADN de Alex y de Anthony. Hacia las 15:20, otras imágenes muestran a los acusados aparcando cerca de la casa de Lung Mei, con mascarillas. No parecían alterados, dijo Draycott al jurado: era lo que esperaban.
A las ocho de la tarde, Abby no contestó al mensaje de Tam sobre la cena. Cuando el teléfono recuperó por un instante la señal, la aplicación de ubicación compartida marcó un último punto: Tai Po. No tenía sentido. A esa hora debería estar de vuelta en Kadoorie Hill con los niños.
Su madre empezó a llamar. Anthony, el chófer, fue cambiando de versión: que a Abby le había surgido un asunto urgente; que se había ido a beber con unas amigas y que volvería al día siguiente, cuando se le pasara. Ninguno de los Kwong parecía preocupado. Cuando supieron que la familia iba a avisar a la policía, la indiferencia se volvió hostilidad, sobre todo la de Alex. Con más de siete horas sin noticias, Cheung Yin-fa y Chris Tam presentaron la denuncia esa misma noche.
A la mañana siguiente, según la policía, varias bolsas de basura con ropa, un teléfono, el arma y restos humanos fueron arrojadas a un punto de recogida a la entrada del pueblo. El 24 de febrero, los agentes entraron en la casa 56B. El 28, más de un centenar de policías excavaban un vertedero buscando el torso y las manos. Nunca aparecieron. La cabeza seguía en la olla.
VI. UN EMBARCADERO AL AMANECER
El 24 de febrero, el mismo día del hallazgo, la policía detuvo a Kwong Kau, a Anthony y a la madre, Jenny Li. Alex no estaba.
Alex Kwong sabía huir; llevaba años haciéndolo. Desde 2015 vivía como prófugo de su causa por el oro, y su madre lo había tapado ante la policía todo ese tiempo. Ahora el plan era otro: salir de Hong Kong por mar, en lancha rápida, rumbo a Macao y de allí al continente. Dos amigos le ayudaron a organizarlo; uno de ellos trabajaba en una empresa de alquiler de yates y esperaba cobrar unos miles de dólares por el favor. Una mujer, amante de Kwong Kau, fue detenida por darle cobijo.
El 25 de febrero Alex llegó al embarcadero. La policía ya estaba allí.
Dos días después, los tres hombres de la familia Kwong fueron acusados formalmente de asesinato. Los cómplices de la huida cumplieron seis meses de cárcel por obstrucción a la justicia. La madre tardó más en caer: el 30 de septiembre de 2025 un juez de distrito la declaró culpable de entorpecer la investigación, de engañar a los agentes y de pedirle a la madre de Abby que no contestara preguntas sobre su hijo. Su memoria "brumosa" no convenció al tribunal. El 28 de octubre fue condenada a 18 meses de prisión. Su defensa pidió que se la midiera con el mismo rasero que a los amigos de Alex; la fiscalía replicó que ellos no sabían lo que había hecho y ella sí.
VII. LA SALA
El juicio se abrió el 21 de septiembre de 2026, más de tres años y medio después del crimen, en una ciudad donde la violencia es tan rara que este caso sigue sin cerrarse en la memoria colectiva. Un centenar de personas hizo cola el primer día para entrar; hubo que habilitar una retransmisión fuera de la sala. Las primeras sesiones, dedicadas a cuestiones jurídicas, están bajo restricción informativa hasta el final del proceso. El 30 de septiembre, ante un jurado de ocho hombres y una mujer, empezó de verdad.
Preside Sir Brian Keith, juez adjunto del Tribunal Superior, y la vista se celebra en inglés. Acusa la consejera sénior Charlotte Draycott. Defienden Trevor Beel a Anthony, Oliver Davies a Kwong Kau y Andrew Raffell a Alex. Los medios locales han notado que padre e hijo mayor parecen visiblemente más delgados que en las fotos de 2023.
Los tres afrontan dos cargos: asesinato e impedir el entierro legal y digno del cadáver entre el 21 y el 23 de febrero. Y aquí está la grieta más interesante del proceso. Alex y Anthony se declararon culpables, antes del juicio, del segundo cargo: reconocen así su papel en lo que ocurrió con el cuerpo. Pero niegan haberla asesinado. Kwong Kau, el padre al que la fiscalía señala como cerebro, lo niega todo. Para los dos hermanos, el jurado no tendrá que decidir si estuvieron en aquella casa, sino quién mató a Abby, con qué intención y quién lo planeó. Si son condenados por asesinato, les espera la cadena perpetua.
Por el estrado han pasado ya las voces que sostienen el relato de la acusación:
- Cheung Yin-fa, la madre, que lloró al ver un vídeo de su hija recibiendo invitados en el piso de Kadoorie Hill y obligó al juez a suspender la sesión. Dijo que los Kwong habían mordido la mano que les daba de comer.
- Chris Tam, el compañero de Abby, que contó la escena de la "máquina de parir" y la noche de la desaparición, pero que también, interrogado por las defensas, admitió la deuda de Macao y reconoció no haber visto ni oído nunca a Alex ejercer violencia contra ella.
- Tam Chak-kwan, el fundador de TamJai, que habló del préstamo nunca devuelto y de los favores pedidos desde la cárcel.
- Chin Kei-shun, el chófer apartado, y la dependienta de la picadora y la trituradora de huesos, ambos esta misma mañana.
Las defensas, por su parte, trabajan el terreno del dinero para deshacer el móvil: si los Kwong tenían recursos propios y si el dinero también fluía de los Tam hacia ellos, la imagen de una familia arruinada y desesperada por un piso se emborrona. El proceso, previsto en 45 días, ya ha sufrido retrasos por nuevas discusiones jurídicas y se espera que se alargue al menos hasta diciembre.
VIII. LO QUE QUEDA
Las cenizas de Abby Choi descansan en el monasterio de Po Lin, en la isla de Lantau, a los pies del gran Buda de bronce. Sus cuatro hijos crecen sin ella. Dos de ellos tienen por padre a uno de los hombres sentados en el banquillo y por abuelo a otro.
Hay en este caso algo que excede la crónica de sucesos y roza la tragedia clásica: la mujer que sostuvo a todos, que pagó la casa, las facturas, el hospital, terminó despedazada en la cocina de una casa alquilada, según la fiscalía, por quienes vivían de su generosidad. Una olla de sopa, el objeto más doméstico y familiar de la cocina cantonesa, convertida en ataúd.
Falta lo más importante: el veredicto. Hasta que el jurado hable, Alex Kwong, Anthony Kwong y Kwong Kau son inocentes del asesinato que se les imputa. Todo lo que aquí se narra como plan, como motivo o como golpe es la tesis de la acusación y el testimonio oído en sala, no un hecho probado.
La casa 56B sigue en pie en Lung Mei. Algunos vecinos se mudaron. Los que se quedaron evitan pasar por delante.











