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Jueves, 22 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:
A la sombra de Vox (I)

El hombre que no se fía de las encuestas

[Img #31361]Santiago Abascal arrancó la precampaña del 29N de plaza en plaza, entre banderas, contramanifestantes y cordones policiales, con unas encuestas que le sonríen y en las que se niega a creer

 

I. LLENAR LAS URNAS

 

Hay que imaginárselo. Hay que imaginarse la Plaza Mayor de Ponferrada a las siete de la tarde del martes 20 de octubre, con la luz del Bierzo cayendo de golpe como una persiana metálica, y el escenario ahí, montado, esperando, y las banderas —¡las banderas!—, rojigualdas por docenas, y entre ellas el verde, ese verde que no es el verde de ningún prado berciano sino el verde de un logotipo, el verde de un pantone, el verde de una marca que desde 2013 intenta convertirse en un estado de ánimo nacional.

 

Lo que se dijo en Ponferrada cabe en el titular que la propia casa colgó en su web: que Sánchez pretende dirigir España "como si fuera una dictadura". Y la consigna, la orden de marcha: llenar las urnas el 29N. No votar. Llenar. Hay en ese verbo una diferencia de volumen, de caudal, casi de fontanería. Las urnas como cisternas. Como embalses en año de sequía.

 

II. MARÍA PITA, O LA PLAZA DE LOS ESCUDOS

 

A la mañana siguiente, el espectacular circo voxero se ha desplazado cuatrocientos kilómetros hacia el noroeste, hasta La Coruña, hasta la plaza de María Pita, y conviene detenerse un segundo en el nombre, porque los nombres, en campaña, nunca son inocentes. María Pita es la mujer que en 1589 se subió a la muralla y ayudó a rechazar a los ingleses de Drake. Una heroína contra la invasión. Y la palabra invasión es, esta temporada, la palabra-fetiche del candidato, la que vuelve una y otra vez, la que lleva colgada desde la crisis de Ceuta como una medalla o como una herida, según quién mire. Es como si el destino, o el jefe de gabinete, hubiera elegido el decorado con escuadra y cartabón.

 

Pero esta vez había otro coro. La versión de Vox habla de vecinos que acudieron a escuchar a su líder y se encontraron con la coacción de los "cómplices" y "socios" de Sánchez; el partido diría después, en Madrid, que Abascal había pasado la jornada recibiendo pedradas y huevos.

 

Y aquí está lo esencial, lo que ningún cronista puede despachar con media sonrisa. Un grupo de ciudadanos acude a una plaza pública no a discutir, no a replicar, no a abuchear siquiera, sino a impedir que otros hablen y que otros escuchen. ¿El motivo? Que no les gusta el partido que convoca. Nada más. Eso tiene un nombre, y es un nombre viejo, con olor a cuero y a correaje: comportamiento totalitario. Lo que Europa aprendió a llamar fascismo. Y la paradoja —¡la paradoja!— es que suele ejercerlo gente convencida de estar combatiéndolo.

 

Entre unos y otros, los antidisturbios de la Policía Nacional, a los que Abascal dio las gracias desde el atril. No protegían a un partido ni a una ideología: protegían algo mucho más elemental, el derecho de cualquier ciudadano a hablar y a escuchar en una plaza de su país. Ese es su oficio, el de un cuerpo que se debe a los ciudadanos y no al Gobierno de turno. Que en la España de 2026 un mitin de un partido legal necesite un cordón de escudos para celebrarse dice mucho del oficio de esos agentes. Y bastante menos de la salud del debate político en tiempos del tirano Pedro Sánchez.

 

Y entonces el candidato se creció. Ninguna mordaza, ninguna violencia, ninguna coacción podría con ellos, vino a decir, y si la movilización del 29 de noviembre era masiva no habría trampa capaz de torcerla. Habló de la llamada ley de nietos, de nacionalizaciones que, según la prensa, se estarían tramitando fuera de plazo en el consulado de México; habló del Constitucional, del Supremo, del procedimiento. Y luego, cuando alguien le preguntó por el gasto público, soltó la frase, la frase que uno se imagina ya impresa en una camiseta: los partidos, los sindicatos y las patronales "se van a tener que apretar el cinturón", porque los españoles ya no pueden apretárselo más.

 

Al final, la pregunta inevitable: ¿y el PP? ¿Entendimiento en el Senado? Abascal respondió que su único objetivo es impedir que Sánchez prolongue lo que él llama una legislatura de traición, corrupción e invasión migratoria. Porque enfrente, para el Senado, el PSOE, IU, Sumar, Más Madrid y Ceuta Ya han decidido presentarse juntos en 47 circunscripciones bajo una sola marca, y eso, en la aritmética de Vox, ya no es una candidatura: es un frente.

 

III. EL HOMBRE DE LA MOTOSIERRA LLAMA A LA PUERTA

 

Mientras tanto —¡mientras tanto!—, en Madrid, ocurría lo que en cualquier otra semana habría sido el acontecimiento del año para la derecha alternativa española. Javier Milei. En persona. El hombre de la motosierra, el profeta libertario de las patillas, aterrizado en la capital para llamar dictador a Sánchez —y para añadir un adjetivo de propina— y para declararse amigo de Abascal y de Isabel Díaz Ayuso, con quien se reunió a las cinco de la tarde.

 

Con Ayuso. A las cinco. En Madrid.

 

Y Abascal, en Galicia.

 

Hay que detenerse en la coreografía, porque en política, como en los salones de Washington, quién se sienta al lado de quién vale más que cualquier programa electoral. El invitado de honor llega a la fiesta y el anfitrión natural está a seiscientos kilómetros, bajo los escudos de María Pita. La amistad quedó a salvo por videollamada, en la que el argentino presumió, con su estilo de siempre, del placer de vapulear a la izquierda. Y Vox explicó la ausencia con la épica de la trinchera: su líder no podía estar en el salón porque estaba en la calle, recibiendo, según su versión, "pedradas y huevadas". El ausente convertido en mártir; la foto que no fue, sustituida por una foto mejor.

 

Y esa misma tarde, en Burgos, el idiota de Sánchez convertía la visita en más munición. Camisetas de "orgullo zurdo", música de Lali Espósito, la bocachancla cantante argentina enemistada con Milei, y una frase para meter a todos en el mismo saco: Milei, Feijóo y Abascal, dijo, son "la misma peña de los recortes, el tijeretazo y la motosierra". La campaña española, de pronto, discutiendo en acento rioplatense.

 

IV. LA PIEL DEL OSO

 

Y ahora lo más curioso de todo, lo que no encaja, lo que convierte a este candidato en un personaje y no en un cartel: las encuestas le sonríen, pero él no se fía. Los sondeos dibujan una mayoría holgada de PP y Vox, y Abascal, en lugar de pasearse con la piel puesta, repite en cada entrevista que no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo. Que ya pasó en 2023. Que las encuestas decían lo mismo y Sánchez acabó formando mayoría. Que las encuestas, en fin, "las carga el diablo".

 

Es el síndrome de 2023, y se le nota. Es el hombre que una vez tuvo el champán frío y la noche le dejó la botella sin abrir. Por eso no dice votad: dice llenad. Por eso desconfía del voto por correo y pide que se vote presencialmente siempre que se pueda. Por eso habla de trampas, de coacciones, de unas elecciones que anuncia sucias antes de que empiecen. Toda su precampaña es un muy comprensible ejercicio de desconfianza preventiva: contra el Gobierno, contra los sondeos, contra el propio optimismo de los suyos.

 

Y todo esto —el atril, las banderas, los escudos, Milei— empezó, no lo olvidemos, en un piso de Madrid. El 23 de septiembre, una mujer de 87 años salió en camilla de la vivienda en la que había vivido más de setenta, después de que, según la asociación de inquilinos, un inversor le subiera el alquiler un 275 %, hasta los 2.650 euros. Su desahucio llenó las calles; el Gobierno no logró sacar adelante sus medidas de vivienda; Sánchez adelantó las elecciones; y ella murió días después, el 7 de octubre. Se llamaba Maricarmen. Maricarmen Abascal. El azar, que no milita en ningún partido, tiene a veces un sentido del humor insoportable. El otro Abascal, el candidato, también ha reclamado ese duelo para su causa: dice que Sánchez es el culpable de los desahucios.

 

Y para terminar, el candidato se fue a charlar con Iker Jiménez, allí en el lejano Horizonte televisivo.

 

 

 

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