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Viernes, 23 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:
A la sombra de Vox (II)

Haced una lista

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En Segovia, a la sombra de un acueducto que lleva dos mil años en pie sin una gota de argamasa, Santiago Abascal guarda el tono de trinchera, pide una oportunidad, no reprocha a nadie su voto pasado y manda a los suyos a casa con deberes.


I. PIEDRA SOBRE PIEDRA
 

Hay que empezar por las piedras. Unos veinte mil sillares de granito, colocados uno encima de otro por ingenieros romanos hace dos milenios, sin cemento, sin argamasa, sin nada más que el peso exacto de cada bloque apoyado en el de al lado. ¡Sin nada que los pegue! Y ahí siguen. Ese es el monumento que preside Segovia, y es difícil no pensar en él cuando el candidato de Vox llega a la ciudad el jueves 22 de octubre con una pregunta escondida en cada frase: ¿cómo se sostiene en pie una mayoría que no tiene argamasa?


Pero eso vendrá después. Primero, la sorpresa. Porque el hombre que una semana antes hablaba de mafias, coacciones y elecciones sucias aparece en Segovia —acompañado por Carlos Pollán, vicepresidente de Vox en la Junta de Castilla y León, y por Gonzalo Babé, cabeza de lista por la provincia— con otra música. Más baja. Casi de confesionario. Pide una oportunidad para demostrar que se puede hacer una política distinta. Pide no caer en provocaciones. Y luego dice algo que en un mitin español suena casi a herejía: que no tiene ningún reproche que hacer a ningún español, votase lo que votase en el pasado.


¡A ninguno! Ni al que votó a Sánchez, ni al que votó a Feijóo, ni al que se quedó en el sofá con el mando a distancia. El candidato extiende la mano hacia el abstencionista, hacia el desencantado, hacia el harto. Comprende el hartazgo, dice. Comprende la decepción. Y les ofrece algo que no es exactamente un programa sino un estandarte: las "banderas del sentido común". Ese sentido común que, según él, comparte la sociedad española entera y que hoy estaría en riesgo. Es el registro de quien sabe que las plazas llenas ya son suyas y que los votos que faltan están en otra parte, en casas donde nunca se ha colgado una bandera verde.


II. LA ARITMÉTICA DEL TEJADO


Y luego los números, porque todo candidato que aspira a gobernar acaba llegando a los números. Desde que gobierna Sánchez, sostiene Abascal, el precio de la vivienda ha subido un 74 % y el del alquiler, un 40 %. Cinco millones de llegadas en cinco años, contabiliza. Y ni una sola casa construida: "ni una puñetera casa", en su versión, con ese adjetivo que ya es marca registrada del candidato cuando habla de vivienda y que suena exactamente igual en Segovia que en una tertulia de bar. Que es de lo que se trata.


La vivienda, dice, fue la cortina de humo del Gobierno, y la cortina se le ha quemado. Pero vendrán otras. La última, advierte, es la violencia. Y aquí el candidato vuelve sobre lo ocurrido en los días anteriores: las agresiones contra los seguidores de Vox y la Policía en La Coruña y en Avilés, que según él buscan que no se hable ni de la corrupción del Gobierno ni de las propuestas de Vox. Contra la Policía. Es decir, contra los agentes cuyo único oficio en esas plazas era garantizar que cualquiera pudiera hablar y cualquiera pudiera escuchar.


III. LOS MODALES DE LA DERECHA
 

Y ahora sí, la pregunta del acueducto. La argamasa.


Porque en la misma semana en que Javier Milei llamó dictador a Sánchez en Madrid, dos dirigentes del PP, Xavier García Albiol y Juanma Moreno, condenaron sus palabras. Y Abascal, desde Segovia, les respondió con una frase que encierra toda una teoría sobre los modales de la derecha española: "Así difícilmente acabamos con este Gobierno".

 

Es la vieja querella de las dos derechas, la que lleva una década sin resolverse: una que cree que los buenos modales son una forma de ganar y otra que sospecha que son una forma de perder con elegancia. Y hay más. Feijóo ha hablado de sacrificios. Abascal no quiere oír esa palabra. La sociedad española, dice, ya ha sido suficientemente sacrificada en estos ocho años. Que se sacrifiquen otros: los sindicatos, los partidos, las patronales, las asociaciones que viven de subvenciones. Que se recorte el gasto político superfluo, que bajen los impuestos, que se desregule. Es el cinturón otra vez, el mismo cinturón de La Coruña, que ya se ha convertido en la prenda oficial de esta precampaña: Feijóo quiere apretárselo a los españoles; Abascal, a los que viven de la política. Dos partidos que van a necesitarse el 30 de noviembre, discutiendo el 22 de octubre sobre quién se aprieta el cinturón. Veinte mil piedras sin argamasa. ¿Aguantará el arco?


IV. AL PRECIO QUE SEA
 

Y entonces, Ceuta. Siempre Ceuta. El candidato acusa a Sánchez de haber llegado al poder mintiendo sobre sus pactos y sitúa en Ceuta su "última traición": haber justificado desde la tribuna que no se impidiera la entrada de lo que Abascal llama cien mil invasores, y haber callado ante las reclamaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla.


La promesa llega envuelta en una cláusula condicional y un orden de prioridades. Primero, echar del poder a lo que él llama la mafia que gobierna España desde hace ocho años, por encima de los intereses de Vox y buscando aliados para ello. Después, al día siguiente del 29 de noviembre, recuperar Ceuta al precio que sea.
Al precio que sea. La frase queda flotando en el aire frío de la meseta, sin tarifa, sin letra pequeña, como esas promesas que funcionan precisamente porque no se detallan.


En el resto del repertorio, los clásicos de la casa: prioridad para los españoles en ayudas sociales, alquiler, vivienda y plazas de guardería; un no rotundo a la idea de que Vox quiera privatizar las pensiones (el riesgo para las pensiones, replica, es que Sánchez siga en el poder), y la defensa de la remigración, que según el candidato protege tanto a los españoles como a los extranjeros que viven legalmente en España, trabajan, cumplen la ley y pagan impuestos.
 

V. LOS DEBERES


Y al final, el detalle. El gesto que retrata una campaña mejor que cualquier encuesta. Abascal no despide a los suyos con un grito, sino con unos deberes. Que hablen con sus familiares, con sus amigos, con sus compañeros de trabajo. Que hagan una lista. Una lista, literalmente, de las personas a las que tienen que convencer. Y que no subestimen su propia capacidad para cambiar las cosas.


Hay que imaginárselo. Hay que imaginarse a cada uno de los asistentes volviendo a casa esa noche, cruzando bajo los arcos del acueducto, sacando el móvil y abriendo una nota en blanco. El cuñado. La compañera de la oficina que votó a Sumar. El vecino del tercero que no vota desde 2019. El grupo de WhatsApp de la familia, ese campo de batalla silencioso donde se ganan y se pierden más elecciones de las que reconocen los sociólogos. ¡La lista! La campaña puerta a puerta convertida en tarea doméstica, la política devuelta a la mesa de la cocina.


Sustituir la ruina por la prosperidad, la indecencia por la honradez, la traición por el interés nacional: ese fue el último párrafo del candidato, su forma de cerrar con esperanza después de una semana de advertencias. Pero lo que se llevaron los segovianos a casa no fue esa frase. Fue la lista.


Quedan treinta y siete días. Y en algún lugar de Segovia hay una nota del móvil con un nombre escrito arriba del todo, esperando a que alguien se atreva a llamar.


 

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