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Lunes, 26 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:
Autor de "La izquierda degenerada"

Armando Besga Marroquín: «La nueva izquierda ha convertido el origen en una cárcel»

¿Ha sustituido una parte de la izquierda la igualdad por la identidad? En La izquierda degenerada, Armando Besga Marroquín sostiene que esa transformación la ha acercado a planteamientos nacionalistas y ha alejado a la izquierda de sus principios universalistas. En esta entrevista expone las claves de su análisis y aborda la crisis de la izquierda, las políticas identitarias y el papel del resentimiento en la política actual.
 

 

[Img #31380]LTPV: En La izquierda degenerada sostiene que una parte de la izquierda ha experimentado una profunda transformación ideológica. ¿Cuál es, a su juicio, el cambio más importante que ha sufrido y por qué considera que merece una crítica tan contundente?

 

Armando Besga Marroquín: El cambio fundamental es que una gran parte de la izquierda ha sustituido la igualdad por la identidad. La izquierda nació para combatir desigualdades y emancipar al individuo de las limitaciones impuestas por su origen. Sin embargo, la nueva izquierda ha desplazado el centro de su preocupación hacia identidades particulares –de sexo, raza, cultura o pertenencia– y ha abandonado el objetivo de la igualdad. Así, ha terminado adoptando planteamientos propios del nacionalismo. Y el cambio ha sido a mucho peor; por eso la he llamado “izquierda degenerada” (el nombre “izquierda reaccionaria” que se le ha dado dentro de la misma izquierda no me parece acertado por varias razones que explico en el libro).

 

Una de las ideas más sugerentes del libro es que la nueva izquierda ha sustituido la igualdad por la identidad. ¿Cómo se ha producido esa evolución y qué consecuencias tiene para el proyecto político que históricamente representó la izquierda?

 

Hasta tal punto es así que a esa izquierda se le puede llamar “izquierda identitaria”. El cambio no puede ser más grande porque la izquierda nació para emancipar al individuo de la tiranía de los orígenes. Y ahora pretende convertir ese origen en una cárcel de la que no se puede salir, no sólo en el caso de los oprimidos, sino también en el de los opresores (un mantra fundamental de la irracional Teoría Crítica de la Razaes que los blancos son los únicos racistas y que no pueden dejar de serlo por mucho que lo intenten). Para Francis Fukuyama “el problema de la izquierda contemporánea son las formas particulares de identidad a las que decide prestar cada vez más atención. En lugar de fomentar la solidaridad en torno a grandes colectividades como la clase trabajadora o los explotados económicos, se ha centrado en grupos cada vez más pequeños marginados de maneras específicas”. Y es que la identidad también puede servir para hacer realidad el E pluribus unum, que fue el lema oficioso de los Estados Unidos hasta 1956, pero a la nueva izquierda no le interesa la concordia, vive de fomentar los enfrentamientos. Es más: se niega la existencia del hombre, como hizo Michel Foucault, principal gurú de la izquierda degenerada.

 

Usted define esta corriente como un “nacionalismo sin nación”, una expresión que condensa buena parte de su tesis. ¿Qué paralelismos encuentra entre el nacionalismo tradicional y las políticas identitarias de la nueva izquierda?

 

En realidad, ése es el origen del libro. Estudiando el nacionalismo, me di cuenta de los parecidos que tenía la nueva izquierda con el nacionalismo.Kenneth Minogue pudo sintetizar la historia de la mayoría de los nacionalismos –incluidos los separatismos españoles– en una brillante frase: “El nacionalismo es un cuento que comienza como «La Bella Durmiente» y termina como el monstruo de Frankenstein”. Efectivamente, según los nacionalistas, las naciones estaban dormidas hasta que alguien las despertaba. Por eso, otro gran especialista como Ernest Gellner pudo afirmar que “despertar es una de las expresiones e imágenes predilectas de los nacionalistas”. Pues bien, a esta izquierda se le da el nombre de woke, “despierto” en inglés, porque se ha dedicado a despertar a todos los que podrían sentirse oprimidos, en una época en la que, como Robert Hughes ha señalado, “los únicos héroes posibles son las víctimas” y se celebran a diario unas olimpiadas de la opresión (o un póker de la victimología), como ha señalado Gad Saad. Ciertamente, a diferencia del nacionalismo, la nueva izquierda no ofrece motivos de orgullo a los que despierta, sino justificaciones para explicar sus fracasos (la piel, el sexo, la condición sexual,…),que reconfortan mucho y ofrecen más posibilidades para obtener alguna retribución, pues permiten convertir las reivindicaciones en derechos, que no deben ser discutidos a las víctimas, unos “derechos especiales que limitan los de los demás” , o sea, privilegios, que es el objetivo de su lucha contra los privilegios, que ha sustituido a la lucha de clases.

 

El nacionalismo es una ideología que, además, es un sentimiento y más concretamente un resentimiento. Pues bien, la izquierda degenerada se dedica a fomentar el resentimiento, que se ha convertido en su combustible.

 

Ese victimismo de la nueva izquierda es otro parecido con el nacionalismo, pues era una característica con la que se le había asociado tradicionalmente, que, para el caso vasco, Jon Juaristi sintetizó en una breve frase: “los dos compartimos la misma desgracia; a ti te han matado al padre y yo he perdido el bolígrafo”.

 

Al abandonar el objetivo de emancipar al individuo de la tiranía de sus orígenes, que es lo que defienden los nacionalistas, la izquierda degenerada está propiciando un regreso a la tribu, un objetivo nacionalista.

 

Como ha demostrado Luis Rodríguez Abascal, tras un análisis de medio centenar de páginas, “el nacionalismo es antes una forma de justificar acciones políticas que un catálogo de acciones típicas. No hay acciones nacionalistas, sino argumentos nacionalistas”.Y es que “lo característico del nacionalismo no es el uso en exclusiva de argumentos tautológicos, circulares o naturalistas, sino su incapacidad para prescindir de ellos”; a lo que cabe agregar, como hizo Eric Hobsbawm, el recurso habitual a las peticiones de principio, hasta el punto de convertir ese subterfugio en un arte. Pues bien, dado el irracionalismo del posmodernismo, la izquierda degenerada también tiene su propia forma de argumentación, que se basa en unos axiomas que sólo aceptan sus partidarios, Es más: tiene un método muy utilizado que evita el trámite de la argumentación: etiquetar arbitrariamente al adversario, que queda descalificado.       

 

Albert Boadella señaló que “el nacionalismo es como una ventosidad; algo placentero para quien lo emite, pero desagradable para quien lo siente”. Y es que, como ha escrito Fernando Savater, el nacionalista “se comporta tan fanfarronamente en lo colectivo como no toleraríamos que en lo privado”. Pues bien, en el caso de los simpatizantes de la izquierda degenerada resultan insoportables y desagradables sus constantes manifestaciones de superioridad moral señalando a otros, cuando, además, son completamente falsas y frecuentemente van acompañadas de un matonismo verbal, presentado como una “legítima defensa”, que refleja un carácter liberticida.

 

Como el nacionalismo, la izquierda degenerada presenta un carácter liberticida y totalitario porque afecta a la vida privada al convertir todo lo personal en político, uno de sus lemas más famosos y una de sus características fundamentales. Se opone tanto al liberalismo hasta el punto de que lo llama “fascismo”.

 

Como el nacionalismo, es una religión de sustitución, aunque también es verdad que casi todas las ideologías políticas lo son.

 

Lógicamente, también hay diferencias. La principal es el autoodio, inconcebible en el nacionalismo. Y es que uno de los frentes de la guerra cultural que nos han declarado es la demonización de Occidente.

 

La izquierda nació vinculada a ideales universales, como la igualdad, la libertad y la emancipación. ¿Cómo se explica que una parte de ella haya terminado, según su análisis, privilegiando las identidades particulares y cuestionando precisamente esos principios universales?

 

La explicación se encuentra en la grave crisis que sufrió la izquierda socialista y comunista en la segunda mitad del siglo XX, en la que se pueden destacar tres causas.

 

La primera es la crisis del marxismo, cuyos errores habían sido probados a lo largo de siglo y medio. A ello, hay que sumar el fracaso del comunismo. La ideología marxista es la que más sangre ha derramado –con gran diferencia– en el siglo XX y la responsable de las dictaduras más totalitarias de la historia. Por otra parte, esas dictaduras han supuesto grandes fracasos y el de la URSS ha sido el mayor de la historia, pues nunca hubo un Estado cuyos gobernantes tuvieran tanto poder y más medios, entre los cuales cabe destacar un territorio equivalente a la séptima parte de la superficie terrestre con todo tipo de recursos. Un fracaso que incluía a la agricultura –un sector en el que no se puede echar la culpa a carencias o a causas ajenas, pues basta dejar a la tierra producir–, como lo muestra que en 1987, cuando estaba terminado el comunismo soviético, Gorbachov confesara que “el problema de la alimentación aún no está resuelto, sobre todo en las zonas rurales” (la URSS fue el mayor importador de cereales del mundo; hoy Rusia, sin Ucrania, considerada el granero de Europa, es uno de los mayores exportadores).Y no fue una excepción: como escribió Jean-François Revel,”el gran productor de hambre del siglo XX es el socialismo” (todas las colectivizaciones de tierras fueron un fracaso). Y el fracaso del comunismo también afectó al socialismo, que durante mucho tiempo fue muy comprensivo con los regímenes marxistas y ayudó a encubrir sus crímenes, como ha contado Revel en El Estado megalómano. Hay que recordarque la URSS era una unión de repúblicas socialistas o que el PSOE fue un partido marxista –y, por tanto, partidario de la dictadura del proletariado– hasta 1979 (en el Partido Socialista francés costó más tiempo abandonar el marxismo). Hasta en China se ha aceptado el capitalismo, aunque en una versión mixta, que, en cierto modo, es la que tenemos, dado el papel extraordinario del Estado en la economía; y, en Occidente, los socialistas han renunciado a las nacionalizaciones, que permitían hacer una transición hacia el socialismo.

 

En cambio, la segunda causa es un éxito, el de la socialdemocracia.Las reivindicaciones que se proponían hace un siglo no solo se han conseguido, sino que –como los principios del liberalismo– forman parte del pensamiento de la ciudadanía y han sido asumidas por casi todos los partidos. Es más: la participación de los partidos de derecha en la construcción del Estado del Bienestar ha sido tan importante o más que la de los partidos socialdemócratas: la Seguridad Social nació en 1883 y en Alemania con la Ley del Seguro de Enfermedad de Bismarck, el Canciller de Hierro; las bases del Estado del Bienestar fueron ideadas durante la Segunda Guerra Mundial en el Reino Unido por William Beveridge, un liberal; en Italia, hasta 1980 gobernó la democracia cristiana, que siguió siendo el partido más votado hasta su desaparición en 1994; en Francia, que tiene el más costoso Estado del Bienestar, sólo ha habido tres presidentes socialistas desde 1945; y en España, donde fueron los conservadores (y no los liberales) los que iniciaron la legislación social en 1900, la Seguridad Social la creó Franco. Eso sí, la iniciativa correspondió a la izquierda.

 

Y, ahora, sucede que encontrar nuevos objetivos para las clases medias y trabajadoras compatibles con las exigencias de la economía, que se rige por principios ajenos a los de la justicia social, es una tarea muy difícil, que todavía ni siquiera se intuye cómo podría acabar con éxito, cuando, además, poco margen hay ya para aumentar la presión fiscal o la deuda. Y más con la globalización que ha multiplicado los efectos de la competencia, hasta el punto de que cabe preguntarse si las conquistas sociales que han dado lugar al Estado del Bienestar se habrían podido conseguir en un tiempo como el nuestro en el que Occidente tiene que estar pendiente de lo que se hace en otras partes del mundo para no perder competitividad (también se ha aducido como causa de esas conquistas el temor provocado por los regímenes comunistas, que habría propiciado reformas para evitar el contagio revolucionario entre los trabajadores). Es más: el problema ahora no es cómo aumentar el Estado del Bienestar, sino como mantenerlo con la deuda que se ha acumulado (y los intereses que hay que pagar cada año) y una pirámide de población que por primera vez en la historia ha dejado de ser una pirámide. Según Félix Ovejero, tras ese éxito de la socialdemocracia y la aparición de esos problemas, “nos encontraríamos ante una especie de «¿y ahora qué?» resuelto de la peor manera: con el autoengaño”.

 

Y la tercera es la traición del proletariado, que ha dado lugar a que a la nueva izquierda haya sido llamada izquierda-traicionada-por-el proletariado. El proletariado no sólo ha menguado y no proporciona una masa crítica para ganar, sino que no quiere ser proletariado. A tenor de las declaraciones tremendistas que se hacen a menudo da la impresión de que se añora al capitalismo manchesteriano, cuando no era necesario mentir. Ahora bien, se discute quién traicionó a quién, o quién traicionó primero. Hace más de un siglo, Rosa Luxemburgo fechó la traición en 1914 con la aprobación socialdemócrata de los créditos de guerra que permitieron a Alemania iniciar la Primera Guerra Mundial, una traición nacionalista. Luego vino la profesionalización de los políticos socialistas que hallaron un medio muy bueno de vida defendiendo a los trabajadores, como ya denunció George Orwell en El camino a Wigan Pier: “Llegaba a la conclusión de que esa clase de reformistas sociales con trajes de tweed, esosfilósofos de salón que con tanta lástima y condescendencia se identificaban con las víctimas, no tenían en gran estima a los pobres, contrariamente a lo que aseguraban. Más bien odiaban a los ricos. Lo que hacían era disfrazar su resentimiento y su envidia de devoción, santurronería y superioridad moral. Hoy las cosas no han cambiado mucho a nivel del inconsciente, ni en los frentes izquierdistas que distribuyen justicia social”.

 

Queda por explicar por qué se ha optado por inspirarse en el nacionalismo para superar la crisis, cuando el internacionalismo había sido una seña de identidad de la izquierda, que mantiene La internacional como himno principal (aunque haya olvidado que “la igualdad ley ha de ser:no más deberes sin derechos, ningún derecho sin deber”). La razón fundamental se encuentra en la capacidad de movilización del nacionalismo (y también de destrucción, que tras la Segunda Guerra Mundial ha quedado reducida a los separatismos). Muchos autores han señalado que el nacionalismo es la ideología con mayor éxito de nuestra época: “Que el nacionalismo es la doctrina política dominante en el mundo contemporáneo se ha convertido en un lugar común entre sus estudiosos” (Luis Rodríguez Abascal); “probablemente […] la principal fuerza política del siglo XX”, según Eric J. Hobsbawm . No han faltado, incluso, los que la han considerado que es “la ideología con más éxito de la historia de la humanidad” (Anthony Birch). Además, como ha destacado Isaiah Berlin, “ningún movimiento que no se haya aliado con el nacionalismo ha tenido éxito en los tiempos modernos. Todos los movimientos que han desafiado al nacionalismo han sido derrotados inmediatamente o bien se han visto muy debilitados por la resistencia que han encontrado” (al menos desde 1917, cuando las circunstancias excepcionales creadas por la Primera Guerra Mundial en Rusia permitieron el éxito de la revolución bolchevique). Por eso, concluía que “creo que no sería exagerado decir hoy que ningún movimiento actual, al menos fuera de Occidente, parece tener posibilidades de triunfar si no se alía con el sentimiento nacional”.

 

Por ello, se pasó del desprecio del nacionalismo, como una treta de la burguesía para conseguir el apoyo de los trabajadores, a su utilización en beneficio propio, siguiendo”la tendencia a instrumentalizar cualquier cosa que se mueva –en no importa en qué dirección– característica de la tradición leninista” (Patxo Unzueta). Y, ahora, se ha convertido en un modelo de inspiración.

 

Habría sido mejor para todos seguir el consejo de san Ignacio de Loyola: “En tiempo de desolación nunca hacer mudanza”. Y con la paciencia que fuera menester elaborar una alternativa mejor. Pero eso no solo exigía tiempo, sino que, además, era una empresa mucho más difícil que la de producir ofendidos y ofendiditos en estos tiempos.Así que la mayoría abandonó el barco marxista que se hundía para situarse en las primeras lanchas que tenían a su alcance –para seguir medrando–sin comprobar si huían de las brasas para caer en el fuego.

 

El marxismo no sólo era racionalista, sino que –tan interesadamente como equivocadamente–, pretendía ser científico, mientras la izquierda degenerada pretende poner un paréntesis a la Ciencia y demasiadas veces es anticientífico, porque la tiene en contra; Marx no tenía razón, pero tenía razones. Y ha sido sustituido por “la nada”, según Giovanni Sartori, que por eso tenía razones para añorar al marxismo. O algo mucho peor, porque parecen haberse cumplido los temores de Kenneth Minogue, quien, en 1992, consideró queera probable que “el odio de izquierdas” se intensificara porque “es el momento en que los radicales han perdido todas las utopías plausibles –desde la soviética a la cubana [ahora se podría añadir Venezuela, donde apenas comenzada la centuria ha fracasado “socialismo del siglo XXI”]– cuando pueden volverse más ferozmente intolerantes que la sociedad en la que viven”.

 

En el libro dedica una atención especial al posmodernismo y a su influencia en la cultura política contemporánea. ¿Qué aportaron determinadas corrientes filosóficas a esta transformación y por qué considera que han tenido tanta capacidad para penetrar en universidades, medios de comunicación e instituciones?

 

El posmodernismo es un movimiento irracional que no aportado nada al conocimiento. Hasta tal punto es así que Jean-François Braunstein ha podido escribir un libro titulado La filosofía se ha vuelto loca (tiene también otro muy recomendable: La religión Woke: Anatomía del movimiento irracional e identitario que está poniendo en jaque a Occidente).

 

Pero es el fundamento intelectual de izquierda degenerada. Su postulado principal es que las palabras no se refieren a la realidad sino a otras palabras, que, además, se entienden de distinta manera entre los que las utilizan. Por eso, se considera que la verdad no puede ser alcanzada (y que la ciencia, incluidas las matemáticas, no son más que constructos al servicio del poder). Y, por consiguiente, todo son relatos, por lo que no se puede debatir, sino elegir los mejor intencionados, que son los suyos y que están blindados contra los argumentos racionales.

 

En el libro defiendo que es la mayor aberración intelectual de la historia de Occidente (y que las universidades, al menos en las ciencias que necesitan apellido y que se han convertido en ciencias ideológicas, atraviesan el peor momento de su historia, porque el activismo ha sustituido al saber). Baste decir ahora que, pese a que la gente se ríe de unos inexistentes debates sobre el sexo de los ángeles en la Edad Media, hoy se discute lo que es una mujer. Muchos han llegado a la conclusión de que “una mujer es cualquier persona que quiera ser una mujer” (J.F. Braunstein), aunque los queer, que constituyen la mayor aberración de todas, consideran que “una persona ser a la vez hombre, mujer o ninguno de los dos, presentarse como masculina, femenina, neutra o una mezcla de los tres, y adoptar cualquier sexualidad –y poder cambiar estas identidades siempre que quiera o negar directamente su significado” (H. Pluckrose yJ. Lindsay, autores del libro Teorías cínicas: Cómo el activismo del mundo académico hizo que todo girara en torno a la raza, el género y la identidad... y por qué esto nos perjudica a todos).Y eso en la Academia porque entre el vulgo circula un video viral en el que un universitario, tras mucho bullshit, concluye que una mujer es una “comunidad política”. A lo que hay que sumar que se han descubierto miles de géneros.

 

Al menos en la Edad Oscura los intelectuales eran coherentes, no tenían una ciencia que les mostrara lo equivocados que estaban y no odiaban a Occidente, que recibe las patadas que quieren dar al capitalismo. Y no hacían el ridículo, pues tiene toda la razón Juan Francisco Martín Seco cuando concluye que “si no fuese por su fundamentalismo, gran parte de este discurso provocaría simplemente hilaridad. Muchos de sus juicios y aseveraciones se precipitan en lo ridículo, causan risa. ¿Cómo no encontrar chuscos los destrozos que pretenden hacer a menudo en el idioma con eso que llaman lenguaje inclusivo?”.

 

La incoherencia, que es una característica fundamental, sirve para probar la impostura: “Como bromeaba el novelista Walker Percy, un deconstructivista es un académico a juicio del cual los textos no tienen referentes para luego dejar un mensaje en el contestador de su mujer diciéndole que pida una pizza pepperoni para cenar” (Steven Pinker). Cuando está enfermo, recurre a médicos. Y con el dinero, a expertos.

 

Uno de los hilos conductores del ensayo es la importancia del lenguaje en la lucha política. ¿Cómo ha conseguido la izquierda, en su opinión, establecer una hegemonía cultural que condiciona incluso la manera en que se interpretan y califican las posiciones de sus adversarios?

 

La lucha política se desarrolla mediante palabras. Y lo cierto es que la izquierda se ha apoderado del vocabulario, utilizando descaradamente el método Humpty-Dumpty, el personaje de Alicia en el país de las maravillas que postulaba que “las palabras significan lo que yo quiero que signifiquen”. No hay más que ver lo sucedido con los términos “progresista” y “fascista”. Este último se ha convertido en el peor insulto en política. Y lo peor es que se utiliza para condenar a cualquier adversario, aunque sea liberal, que es lo más contrario al fascismo, con la agravante denunciada por Fernando Savater de que realmente “es «fascista» el que pone su identidad étnica por encima de la ley y coacciona de cualquier modo a sus chivos expiatorios, los que no la comparten” (por no entrar en la violencia, que cada vez tiene más importancia en la izquierda degenerada). En eso también puede encontrarse un parecido con el nacionalismo. El mismo Savater señaló que en los Países Vascos, los nacionalistas que “desde hace demasiado tiempo se está educando a los jóvenes de esta tierra no ya para que detesten lo español, sino para que llamen español a cuanto detestan”. La reductio ad Hitlerum está tan extendida que he dedicado el libro “A todos los que son llamados fascistassin serlo”.

 

Que la izquierda (y no solo la degenerada, pues el fenómeno venía de mucho antes) se haya apropiado del campo de juego inclinándolo mucho a su favor es un fenómeno difícil de explicar, porque es sencillo impugnar sus trampas. En el libro, he tratado las cuestión del predominio abrumador del profesorado de izquierdas en las universidades, que en las facultades de Letras estadounidenses puede superar el 90%. El fenómeno contribuye de manera importante a la influencia de las ideas de izquierda en la sociedad; de hecho, la nueva izquierda ha nacido en las universidades estadounidenses a partir muchas veces –eso sí– de textos de autores posmodernos europeos.Y se suele explicar como una cuestión de salarios, que serían bajos para las aspiraciones de los individuos de derechas, que encuentran retribuciones más altas en las empresas. Eso también engendraría envidia y resentimiento en el profesorado, que suele considerar que su labor es más importante que la de cualquier negocio. Razones semejantes se pueden aplicar al resto de los sectores de la cultura. Y, por mi parte, añadiría que a la derecha degenerada, que es la que se avergüenza de sus votantes, no suele interesarse por la guerra cultural; prefiere centrarse en los problemas económicos.

 

Albert Camus afirmó varias veces que “nombrar mal las cosas es contribuir a la desgracia del mundo”. Sesenta y seis años después de su muerte, las consecuencias están a la vista.

 

Usted sostiene que el término «progresista» contribuye a inclinar el debate político, al presentar de antemano a una parte como representante del progreso. ¿Hasta qué punto el dominio del lenguaje permite a una ideología definir no solo sus propias ideas, sino también las de sus adversarios?

 

Es comprensible que ellos se llamen “progresistas”. Es el mejor nombre que hay hoy en el tablero político, porque todo el mundo quiere el progreso, incluidos los conservadores. Ese nombre, además, lesda la razón porque significa que sus propuestas producen el progreso.Es mera propaganda porque da por demostrado lo que hay que demostrar.

 

Lo que es sumamente estúpido es que sus adversarios les llamen así cuando es una denominación que no corresponde a la realidad. Por eso, Mario Vargas Llosa afirmó que era un título muy “prostituido”. Como ha demostrado Steven Pinker, muchos autodenominados “progresistas” no creen en el progreso e, incluso, son progresófobos (incluso hay tribus que predican un crecimiento cero o un decrecimiento, aunque sus miembros no son practicantes), y la nueva izquierda es contraria a la ciencia –considerada un instrumento de dominación del hombre blanco–, irracionalista, y no cree que se pueda conocer la verdad, sino que todo son relatos. No se quien hizo la analogía de "progresista es a progreso lo que carterista es a cartera", pero tenía toda la razón.

 

Es más: A mi juicio, el autodenominado “progresismo” es causa fundamental dela decadencia de Europa occidentalen las últimas décadas, con la agravante de que se ha producido cuando estábamos en la cúspide de nuestro desarrollo. Tras un milenio sin invasiones, que ha sido una de las causas del éxito de Occidente, ha favorecido una invasión sin precedentes, que ha puesto en peligro el futuro de Europa occidental; ha contribuido a arruinar la economía con innumerables reglamentaciones y malas políticas ecologistas; ha endeudado como nunca a los Estados dilapidando enormes recursos en subvenciones y paguitas;ha patrocinado reformas educativas que han dañado a los centros educativos, incluidas las universidades, propiciando la multiplicación de analfabetos funcionales, perroflautas y ninis. Además, con sus políticas de odio no sólo ha polarizado las sociedades, que supuran más parásitos que nunca, sino que las ha encanallado.

 

A lo largo de La izquierda degenerada recurre a numerosos autores, textos y ejemplos concretos para ilustrar sus argumentos. ¿Qué casos le parecen especialmente reveladores de hasta dónde ha llegado la transformación ideológica que describe?

 

Como es una pregunta muy larga de contestar adecuadamente, me limitaré a decir que el libro podría subtitularse “Una antología del disparate” (que espero que resulte divertida) y a reproducir este pasaje de J.F. Braunstein con el que comienza La religión woke: “«Los hombres están embarazados», «las mujeres tienen pene», «las mujeres trans son mujeres», «todos los blancos son racistas», «todos los negros son víctimas», «si afirmas que no eres racista, es que lo eres», «la biología es virilista», «las matemáticas son racistas», «Churchill es racista», «Schoelcher es esclavista», etc. Sorprende lo absurdo de tales declaraciones y, sin embargo, constituyen la base del pensamiento woke, ese pensamiento «despierto» que tiende a imponerse en las sociedades occidentales”.Son sólo algunas de las “ideas infecciosas [que] están matando el sentido común”, como las llama Gad Saad en el subtítulo su magnífico y divertido libro La mente parasitaria.

 

También señala que el rechazo al adversario ha adquirido un protagonismo creciente en la política actual. ¿Por qué considera que el antagonismo y el resentimiento se han convertido en elementos tan importantes de la movilización política, y qué relación tienen con las políticas identitarias?

 

El odio, un sentimiento que resulta sencillo racionalizarLa Historia demuestra que inocular odio es más fácil que propiciar buenos sentimientos, porque es más sencillo unir a la gente en contra que a favor, lo que exige muchas coincidencias.Como señaló Eric Hoffer, “los movimientos de masas pueden surgir y extenderse sin creer en un dios, pero nunca sin creer en un demonio”. Y es que, como escribió Jacinto Benavente, “más se unen los hombres para compartir un mismo odio que un mismo amor”.Y también es más poderoso que el amor: para salvar a un judío de los nazis pueden ser necesarios una docena de personas y mucho trabajo durante mucho tiempo; para matar a una docena de judíos, basta con la denuncia de una persona, lo que, además, es una empresa sencilla.

 

La polarización, cuyo combustible suele ser el odio, ofrece otra ventaja. Facilita a los políticos conservar a sus partidarios, quienes muchas veces son conscientes de sus defectos y criticados, presentándose como el mal menor Eso explica lo inexplicable: el recurso, cada vez mayor, al “y tú más”, una de las argucias más miserables, pues, en realidad, es un reconocimiento de culpa, que, sin embargo, no tiene entre efectos entre los partidarios amaestrados, lo que explica el abuso, dado que resulta muy rentable (También explica las barbaridades que suelen declarar los políticos, porque no se dirigen al público en general, para convencerlo, sino a sus partidarios, para evitar las deserciones).

 

Así hemos llegado, también gracias a las redes sociales, a una situación en la que “todos los días aparece una nueva excusa para el odio y el juicio moral” (Douglas Murray), hasta el punto de que, entre los muchos nombres que podrían caracterizar a nuestra época, se encuentra la era del odio (hater es una palabra inglesa de uso reciente y creciente en España).

 

Cabe añadir que la izquierda se ha dotado de una arma poderosa con el delito de odio, creado por la izquierda estadounidense a finales de la década de 1980 y que se ha extendido por Europa occidental a principios de 1980. Y es una arma poderosa porque la izquierda degenerada la utiliza de manera constante –frecuentemente sin más precisiones y con el matonismo correspondiente– para condenar cualquier crítica, aunque sea una verdad evidente, y calumniar a los que se atreven a hacerla. Así Gad Saad ha podido afirmar que “una de las formas en que Occidente está perdiendo su voluntad de luchar por la libertad de expresión es promulgar leyes sobre el discurso de odio”. Pero lo más indignante del asunto es que ha sido la izquierda degenerada la que ha se ha dedicado a sembrar odio para reclutar ofendidos y ofendiditos (a la derecha siempre le ha convenido el buen rollitopara evitar protestas). El comportamiento con relación al odio, como con respecto a tantas otras cosas, muestra que al “haz lo que digo, no lo que hago” de la antigua progresía, que sigue vigente, la izquierda degenerada ha añadido el constante ejercicio de proyección o acusación en el espejo, teorizado por Goebbels, que consigue la mayoría de las veces colocar a la defensiva a los calumniados. Y es que el delito de odio es muy selectivo: lo definen ellos.

 

El odio presenta una ventaja más: permite sustituir los logros, siempre difíciles de conseguir, por la simple destrucción. Como ha observado Iñaki Ezkerra, “con lo que seducen estos particulares mesías no es con el paraíso, sino con el infierno. Lo que esperan los seducidos no es que les den nada, sino que se lo quiten a los que ahora lo tienen”. Es, por ejemplo, lo que puede explicar el apoyo que tiene entre esa gente la dictadura cubana, pese a haber arruinado completamente un país; al menos no hay amancios ortega (olvidando interesadamente que en esa tiranía los hay más iguales que otros).Eso es suficiente para satisfacer la envidia, que, a mi juicio, es el principal combustible del odio de la izquierda.

 

Y ése parece ser el objetivo: destruir el sistema. Porque, aunque haya comunistas, la izquierda degenerada no es comunista, ni el posmodernismo es un “marxismo cultural” o un “neomarxismo”. Las mujeres que moviliza, los racializados, los homosexuales y demás tribus que han conseguido que les sigan no desean una dictadura comunista. Pueden ser anticapitalistas, pero no comunistas. Y lo cierto es que esta nueva izquierda no tiene alternativa que pueda presentar. Puede ser que se piense que como la destrucción del sistema llevará tiempo no es una tarea urgente y que se podrá solucionar en el futuro. Cuando se abandonó el barco del marxismo, lo que se intentó es conseguir votantes para seguir viviendo del sistema, con mucho éxito, por cierto, pues a los políticos se han añadido decenas de millones de activistas profesionales, y no imaginar unparaíso alternativo.

 

Y sobre el anticapitalismo también hay que decir algo. Desde la izquierda que sigue siendo socialista se piensa que la izquierda degenerada favorece al sistema capitalista y a su clase dirigente al abandonar no solo la lucha de clases, sino el mismo concepto de clase. Eso explicaría por qué “por primera vez los movimientos antisistema están financiados por el propio sistema” (Jano García) y los sorprendentes apoyos de grandes empresas a las políticas identitarias e incluso al wokismo más estúpido, como ha señalado Félix Ovejero. En ese sentido, hay que recordar que Steve Bannon, que se ha convertido en la gran bestia negra de la izquierda estadounidense, piensa lo mismo: “Cuanto más se hable de política de la identidad, más pillados los tengo [...] Quiero que hablen de raza e identidad [...] todos los días”.

 

Y es que la apuesta por las identidades no parece una estrategia ganadora. Sumar minorías no puede dar mayoría (Ciertamente, las mujeres son mayoría y con esa mayoría ya sería suficiente. Pero las mujeres son muchas más cosas, como los hombres, y la gran mayoría de ellas no tendrán nunca como enemigo a los hombres. No solo porque son hijas, madres, hermanas y parejas de hombres). Y mucho más cuando demasiadas veces se ofende a la mayoría por ser, por ser ejemplo, blanco, hombre o heterosexual, pretendiendo incluso reducir sus derechos por ser privilegiados, buscando una igualdad de resultados con una desigualdad de derechos y “la igualdad de grupos a costa de la desigualdad entre los individuos” (F. Ovejero). La “discriminación positiva” es una discriminación que habrían aceptado tanto la nobleza como el clero en el Antiguo Régimen. No se arregla llamándola “acción positiva”, que es únicamente otra muestra de la rueda del eufemismo que tanto utilizan para ocultar la realidad, lo que habrá podido justificar el trabajo de todo un año de algún ingeniero social. Sigue siendo lo que define el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “Dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, de edad, de condición física o mental, etc.”. No: La política identitaria sólo puede producir fragmentación, a lo que contribuye también el multiculturalismo patrocinado por esa izquierda, Revolver el río sólo servirá para que los pescadores pillen ingresos (lo que para la mayoría seguramente es suficiente) y paraencanallar una sociedad por el odio propagado.

 

Su análisis no se limita a cuestionar determinadas ideas, sino que también examina sus contradicciones internas. ¿Cuáles son las incoherencias más profundas que encuentra en la nueva izquierda y qué revelan sobre su evolución ideológica?

 

La izquierda degenerada ha abandonado el objetivo de la igualdad que era un fin universal que se podía defender racionalmente, lo que evitaba contradicciones. Ahora es una yuxtaposición de luchas que puede convertirse en una guerra de todos contra todos, a diferencia de lo que sucedía con la lucha de clases. Así, por ejemplo, como ha señalado Mark Lilla, la mujeres negras se quejan de del sexismo de los hombres negros, que “han sido descritos como «los blancos entre los negros»“ (Helen Pluckrose y James Lindsay), y del racismo implícito de las feministas blancas, que, a su vez, son criticadas por lesbianas que las acusan de asumir que «lo natural» era la familia heterosexual, etc. Son unas contradicciones que, además, han dado lugar a situaciones ridículas, como cuento en el libro.

 

El problema no se soluciona –como creen ellos– con la interseccionalidad, una argucia ideada en 1989 por Kimberlé Crenshaw, que desde entonces ha derramado inútilmente mares de tinta, aunque solo ha sido un mediterráneo descubierto hace poco(es el concepto más usado en el posmodernismo actual, después de “deconstrucción”, que sí puede ser algo concreto). Con ese conjuro, las distintas opresiones no se anularían entre sí, sino que se sumarían (en sus cabezas funciona muy bien porque usan códigos de iniciados, que a los demás no nos prueban nada).

 

Por otro lado, hay que señalar que la incoherencia no puede extrañar en una izquierda que se nutre principalmente de posmodernismo, que es el mayor ejemplo incoherencia en la historia del pensamiento occidental.

 

¿Cómo se manifiesta este fenómeno en España? ¿Qué papel desempeñan la cuestión nacional, los nacionalismos periféricos y la relación entre la izquierda y el proyecto común español en el diagnóstico que plantea en su libro?

 

En la última década se ha manifestado en toda su plenitud. De hecho, Félix Ovejero, que prefiere llamarla “izquierda reaccionaria”, considera que esa izquierda. representada por “PSOE o Podemos”, es la “realmente existente”.

 

En España, desde por lo menos la II República, la izquierda ha sido el primo de zumosol de los nacionalismos periféricos. Sin su apoyo, no habrían conseguido las concesiones que tuvieron en los estatutos de autonomía, lo que no ha sido bueno para los intereses generales (La existencia de ETA, cuando los partidos nacionalistas eran minoritarios, también tuvo su influencia, lo que conviene recordar a aquellos que repiten que con la violencia no se consigue nada).

 

En principio, sólo sería un caso más de instrumentalización del nacionalismo por la izquierda. De acumulación de fuerzas y de cabalgar contradicciones, según el argot marxista, porque la situación lo requería, como sucede ahora con el Islam (La nueva izquierda conserva un principio fundamental de la izquierda marxista: “Somos los que darán siempre la mano al enemigo”, como escribió Louis Aragon, que compuso un sentido poema para la policía secreta soviética). Pero los tigres cabalgados tienen su propia agenda y en el caso de los de la cuadra nacionalista podrían haber sido mucho mejor montados, porque a cambio de apoyos coyunturales se hacen cesiones definitivas con la soberanía que era de todos (aunque también, en mucha menor medida, lo ha hecho la derecha degenerada con la intención de amansar a las bestias, una empresa en la que no había que esperar a tener experiencia para saber que era inútil).

 

Ahora, en España, a la instrumentalización del nacionalismo se ha añadido la imitación. Pero no para desarrollar un nacionalismo español, ahora que parece que puede haber partidos nacionalistas de izquierdas, ya que probablemente no hay una izquierda menos patriótica que la española (sólo hay que recordar la reacción que producen las banderas españolas). Esos dos fenómenos singularizan a la izquierda degenerada española.

 

A pesar de la dureza de su crítica, usted comienza afirmando que la izquierda es necesaria para mejorar la sociedad. ¿Qué tendría que recuperar para volver a desempeñar esa función y qué reflexión le gustaría que hicieran los lectores, incluidos aquellos que se consideran de izquierdas, después de leer su libro?

 

Desde que nacieron, a principios de la Revolución francesa, “izquierda” y “derecha” fueron términos relativos, se referían a la posición en el espectro político, no a una esencia. Si desapareciese completamente la izquierda actual, encontraríamos una nueva izquierda en parte de la derecha (y viceversa). Por tanto, la izquierda no sólo es necesaria, sino inevitable, a no ser que se consiga una unanimidad, que no sé si sería deseable.

 

Lo ideal sería que la derecha se encargara de que la situación no empeore, lo que no es sencillo en un mundo gobernado por La Ley de la Entropía (caos), y de que la izquierda se ocupe de que mejore. Eso es mucho más difícil y probablemente, a medida que se vaya mejorando, aumentarán las dificultades.

 

Progresar no es cambiar, sino mejorar. La razón es el único medio que tenemos para conseguir ese objetivo, Por tanto, la izquierda debería recuperar la sensatez y abandonar el pútrido posmodernismo. Volver al racionalismo, hacer un uso útil de los conocimientos alcanzados, que no son constructos del hombre blanco al servicio de una odiosa clase dirigente.

 

Finalmente, deseo recalcar que el libro no se titula La degeneración de la izquierda, sino La izquierda degenerada. No es, por tanto, una condena de la izquierda, que, como ya se ha dicho, considero necesaria.

 

Armando Besga Marroquí: La izquierda degenerada: Un nacionalismo sin nación. Letras Inquietas (2026)

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