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Pedro Chacón
Sábado, 31 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

Un sinvergüenza de Valladolid y que habla perfecto español

Para mí Valladolid siempre ha sido una ciudad de referencia, desde muchos puntos de vista, pero para empezar históricos, políticos y culturales. Sin ir más lejos, allí está la Sala de Vizcaya de la Real Chancillería de Valladolid, que fue, durante la época de los Austrias, el tribunal de última instancia para resolver los pleitos que afectaban a los vascos, a los que, por entonces, por generalización, se les denominaba vizcaínos. La Sala de Vizcaya contiene además los expedientes de hidalguía que solicitaban también los naturales de esas provincias vascas para poder acceder a los puestos de la administración del Estado. Estamos hablando de un tesoro documental e histórico que refuta de una manera inapelable, incuestionable y silenciosa cualquier pretensión nacionalista de querernos convencer de que el País Vasco era independiente hasta nada menos que 1839, como dijo una vez un indocumentado llamado Sabino Arana. Muchos no se lo creerán pero, a día de hoy, todo nacionalista vasco mínimamente informado sobre la ideología de su propio partido se cree a rajatabla que el País Vasco era una entidad independiente de España hasta que la Ley de Fueros de 25 de octubre de 1839 vino a incluir a los fueros en el ordenamiento constitucional español. Se trata de una majadería más de las que conforman la ideología nacionalista, pero no era eso de lo que quería hablar esta vez.

 

Valladolid es además un referente inapelable de la cultura española, por el acrisolado acento español que lucen sus habitantes, el mismo que el de todas las Merindades de Castilla la Vieja, o que la mayor parte de Burgos, o que la mayor parte del País Vasco, o que la mayor parte de La Rioja. El español que se habla en estas zonas, que son la cuna del idioma, es el de referencia para esta lengua.

 

Y resulta que un señor nacido en Valladolid, que fue alcalde de esa ciudad entre 2015 y 2023, o sea, dos legislaturas completas, representa hoy, desde el cargo que ocupa, todo lo que no me gusta ser por el hecho de ser español y hablar en español.

 

Óscar Puente me hace pensar profundamente en el hecho de si las características que comparto con él me hacen ser como él y pensar como él y sentir como él y actuar como él. Y también me hace pensar profundamente en que si esas características que yo comparto con él (sentirme tan próximo a Valladolid, hablar español) no me impiden rehuir de una manera tan radical cualquier parecido con él en todo lo demás, no serán quizás tan importantes como me lo parecen a mí.

 

Porque si ser español, querer a Valladolid y hablar español fuera tan importante para mí, fuera tan decisivo, tan radicalmente conformador de mi personalidad y de mi ser, entonces, siendo esas unas características que comparto con Óscar Puente, entonces tendría que pensar que no son tan importantes, que no son tan decisivas, que no son tan conformadoras de mi ser puesto que me siento tan radicalmente ajeno y lejano y distante de todo lo que este señor está haciendo ahora a propósito del accidente de tren de Urda, y antes con el de Adamuz. Situaciones en las que este personaje ha mostrado una frialdad y una distancia tan enorme con el sufrimiento que han producido sus políticas, que lo han producido directamente, por su desidia, por ocuparse de cosas ajenas a lo sustancial de su puesto de ministro. Por estar todo el rato perdiendo el tiempo con el Twitter y con las entrevistas y las redes sociales en lugar de ocuparse de lo verdaderamente importante, de las infraestructuras, del estado de la vía, del estado de los sistemas de comunicación y de seguridad de la red ferroviaria.

 

Un individuo que dice participar de un proyecto de país que está demostrando una catastrófica gestión de los recursos económicos y humanos con los que cuenta, que no ha presentado un solo presupuesto en toda la última legislatura, que no sabemos que ha hecho con la enorme recaudación fiscal que han conseguido durante estos años, que no sabemos lo que han hecho con los fondos europeos que tan generosamente les han dado para mejorar las infraestructuras.

 

Un individuo que dice que su jefe es el puto amo, cuando sabemos de dónde procede, cuáles son sus orígenes políticos, cómo se sirvió de la fortuna amasada por su suegro con la prostitución para medrar políticamente, cómo son todas las personas que le rodean y que no han hecho más que aprovecharse del puesto preeminente que ocupa desde la presidencia del gobierno.

 

Óscar Puente representa lo peor de la política española actual, con su falta de empatía para los de abajo, con su manipulación de la gente, con su sálvese quien pueda. Nada más producirse el accidente de tren, el segundo en su mandato, solo se le ocurrió echarle la culpa al operario del centro de control. Más miserable no se puede ser.

 

Un tipo así, por mucho que sea de Valladolid y hable perfecto español, solo me produce distanciamiento y repulsión. Y no quiero ser español ni querer a Valladolid si por ello me tengo que parecer a él. Cómo voy a considerar que ser español y hablar español es importante para mí, es decisivo, es fundamental, si por ello me tengo que sentir igual que un tipo como este, si con ello me asemejo a un tipejo como este.

 

Las identidades son importantes, son conformadoras de nuestra personalidad, de nuestro destino, de nuestra forma de ser y estar en el mundo. Pero si tenemos que compartir sus rasgos principales con gentes como este Óscar Puente, qué podemos concluir, qué podemos pensar: que no son tan importantes. Que hay otros rasgos de nuestra personalidad que son más importantes que esos: el respeto a nuestros semejantes, la empatía, sean quienes sean, sean de donde sean, hablen el idioma que hablen, tengan el pasado que tengan, tengan la identidad que tengan. Definitivamente, gente como Óscar Puente me hace relativizar mi condición de español y de hablante de mi idioma.

 

Dicho de otra manera, yo solo puedo ser español y sentirme orgulloso de mi idioma y de mi cultura y de mi identidad, si dichas condiciones excluyen completamente la posibilidad de ser como Óscar Puente, que también es español y habla mi idioma. Este personaje hace que sienta vergüenza de ser español y hablar mi idioma. Pero al mismo tiempo no puedo dejar de sentirme español y orgulloso de serlo. No me queda más remedio que arrostrar esta contradicción y este baldón. Que haya gente como Óscar Puente que pueda decir, como yo, que es español y que habla mi idioma. Y encima que sea de Valladolid, la ciudad que representa como pocas la condición de ser español.

 

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