De ochenta a ocho
![[Img #31424]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/11_2026/3880_screenshot-2026-11-05-at-11-14-34-abascal-advierte-desde-cuenca-de-que-la-dimision-de-puente-no-salda-las-responsabilidades-de-sanchez-se-parapeta-detras-de-todos-sus-complices-vox.png)
En la Plaza Mayor de Cuenca, a la sombra de la catedral, Santiago Abascal recuerda su escuela en la Serranía, recita la lista de los que considera "fusibles" de Sánchez y responde al "no todos somos iguales" con la frase más dura de la precampaña.
I. OCHO
Ochenta. Más de ochenta niños. Esa era, según contó el candidato, su promoción cuando terminó la EGB en Beteta, un pueblo de la Serranía de Cuenca, allá arriba, entre pinares y hoces, donde el invierno llega antes que a ningún otro sitio. Más de ochenta críos con sus carteras y sus bocadillos de chorizo y sus balones de reglamento pelados de tanto patio.
¿Y hoy? Ocho.
¡Ocho!
De ochenta a ocho. Hay estadísticas que necesitan gráficos, índices, series históricas del INE. Y hay estadísticas que caben en dos números y en el recuerdo de un patio de colegio. Abascal eligió la segunda forma, la buena, la que entiende cualquiera que haya vuelto a su pueblo un verano y haya encontrado cerradas la escuela, la tienda y el bar. Fue el momento más personal de un mitin que, por lo demás, tuvo poco de personal y mucho de ajuste de cuentas.
II. CATORCE
La noche del miércoles 4 de noviembre, unas mil personas, según la prensa local, llenaban la Plaza Mayor de Cuenca, la que se abre junto a la catedral, a pocos pasos de las casas colgadas que asoman sobre la hoz del Huécar. Junto al candidato, Iván Vélez, cabeza de lista de Vox al Congreso por la provincia.
Abascal empezó por donde había que empezar esta semana: con un recuerdo para las víctimas del accidente de Urda, para sus familias y para los heridos. Y desde ahí, rápidamente, con preguntas sobre la seguridad del transporte ferroviario en España, entró en la política.
Un periodista de Voces de Cuenca se tomó la molestia de contar. Veinte minutos de discurso. Catorce veces el nombre de Pedro Sánchez. Catorce. Una vez cada minuto y medio, como un estribillo, como el bombo de un tema de verano. Es la clase de dato que un cronista agradece, porque dice más que cualquier adjetivo: en el mitin del candidato de Vox, el otro gran protagonista nunca está presente, pero como no podía ser menos nunca deja de estarlo.
III. LA LISTA
Y luego, la lista. Porque si en Segovia Abascal pidió a los suyos que hicieran una lista de personas a las que convencer, en Cuenca fue él quien leyó la suya. La de los que considera "fusibles" del presidente, las piezas que, según su tesis, saltan una tras otra para que el circuito principal no se queme.
Ábalos. Koldo. Cerdán. El fiscal general del Estado. Zapatero. Los delegados del Gobierno en Ceuta y en Madrid. Paco Salazar. Montse Mínguez. El hermano del presidente. La esposa del presidente. Y ahora, Óscar Puente.
¡Rrrac, rrrac, rrrac! Así suenan los fusibles cuando saltan en cadena. Hay en esa enumeración, recitada de un tirón ante una plaza que va asintiendo nombre a nombre, algo de letanía, algo de lista de cargos, algo de acta de acusación leída en voz alta. Es el método Abascal llevado a su forma pura: no un argumento, sino un inventario.
Sobre Puente, el candidato tuvo una frase de las que se quedan: en una semana, dijo, el exministro ha pasado "del calvario a la canonización". Del ministro al que se le pedía la dimisión desde todos los flancos al dimisionario al que su propio partido presenta como ejemplo de dignidad. El propio Puente se despidió con un mensaje a Sánchez en el que le pedía que no viera su renuncia como una traición, sino como un acto de generosidad.
IV. NO SOMOS IGUALES
Y aquí está el centro del mitin. Tras la dimisión de Puente, Sánchez y el PSOE sacaron un argumento: que esa renuncia demuestra que no todos los políticos son iguales, que en su partido hay quien asume responsabilidades. Es la defensa del Gobierno, y conviene dejarla escrita tal cual.
Abascal la recogió y la devolvió convertida en otra cosa. No, no todos somos iguales, vino a decir dirigiéndose a Sánchez por su nombre de pila, y añadió: "Algunos no tenemos las manos manchadas de sangre".
Es la frase más dura (y más cierta) de esta precampaña. La plaza la recibió como se reciben estas frases en los mitines, con un rugido. Fuera de la plaza, será leída de dos maneras, y las dos ya estaban escritas antes de que la pronunciara: como la expresión de una indignación que muchos comparten tras sesenta y nueve muertos, o como un salto de la crítica política a la acusación moral más grave que cabe hacer a un adversario. El candidato no deja margen para la duda sobre cuál es la suya: para él, quien tenía que dimitir era Sánchez, que ni siquiera debería haber sido candidato y debería, dijo, estar ante un juez. Y prometió llevar las muertes a los tribunales.
V. LA NOCHE
Cuando terminó el mitin, la noche ya había caído sobre la hoz. Las casas colgadas, iluminadas, parecían suspendidas en el aire, como si se sostuvieran por pura voluntad, igual que tantos pueblos de la Serranía que siguen en pie con ocho niños en la escuela.
Quedan veinticuatro días. En Beteta, mañana por la mañana, ocho niños entrarán en clase. Ninguno de ellos vota. Pero de ellos, en el fondo, también va esta campaña.
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En la Plaza Mayor de Cuenca, a la sombra de la catedral, Santiago Abascal recuerda su escuela en la Serranía, recita la lista de los que considera "fusibles" de Sánchez y responde al "no todos somos iguales" con la frase más dura de la precampaña.
I. OCHO
Ochenta. Más de ochenta niños. Esa era, según contó el candidato, su promoción cuando terminó la EGB en Beteta, un pueblo de la Serranía de Cuenca, allá arriba, entre pinares y hoces, donde el invierno llega antes que a ningún otro sitio. Más de ochenta críos con sus carteras y sus bocadillos de chorizo y sus balones de reglamento pelados de tanto patio.
¿Y hoy? Ocho.
¡Ocho!
De ochenta a ocho. Hay estadísticas que necesitan gráficos, índices, series históricas del INE. Y hay estadísticas que caben en dos números y en el recuerdo de un patio de colegio. Abascal eligió la segunda forma, la buena, la que entiende cualquiera que haya vuelto a su pueblo un verano y haya encontrado cerradas la escuela, la tienda y el bar. Fue el momento más personal de un mitin que, por lo demás, tuvo poco de personal y mucho de ajuste de cuentas.
II. CATORCE
La noche del miércoles 4 de noviembre, unas mil personas, según la prensa local, llenaban la Plaza Mayor de Cuenca, la que se abre junto a la catedral, a pocos pasos de las casas colgadas que asoman sobre la hoz del Huécar. Junto al candidato, Iván Vélez, cabeza de lista de Vox al Congreso por la provincia.
Abascal empezó por donde había que empezar esta semana: con un recuerdo para las víctimas del accidente de Urda, para sus familias y para los heridos. Y desde ahí, rápidamente, con preguntas sobre la seguridad del transporte ferroviario en España, entró en la política.
Un periodista de Voces de Cuenca se tomó la molestia de contar. Veinte minutos de discurso. Catorce veces el nombre de Pedro Sánchez. Catorce. Una vez cada minuto y medio, como un estribillo, como el bombo de un tema de verano. Es la clase de dato que un cronista agradece, porque dice más que cualquier adjetivo: en el mitin del candidato de Vox, el otro gran protagonista nunca está presente, pero como no podía ser menos nunca deja de estarlo.
III. LA LISTA
Y luego, la lista. Porque si en Segovia Abascal pidió a los suyos que hicieran una lista de personas a las que convencer, en Cuenca fue él quien leyó la suya. La de los que considera "fusibles" del presidente, las piezas que, según su tesis, saltan una tras otra para que el circuito principal no se queme.
Ábalos. Koldo. Cerdán. El fiscal general del Estado. Zapatero. Los delegados del Gobierno en Ceuta y en Madrid. Paco Salazar. Montse Mínguez. El hermano del presidente. La esposa del presidente. Y ahora, Óscar Puente.
¡Rrrac, rrrac, rrrac! Así suenan los fusibles cuando saltan en cadena. Hay en esa enumeración, recitada de un tirón ante una plaza que va asintiendo nombre a nombre, algo de letanía, algo de lista de cargos, algo de acta de acusación leída en voz alta. Es el método Abascal llevado a su forma pura: no un argumento, sino un inventario.
Sobre Puente, el candidato tuvo una frase de las que se quedan: en una semana, dijo, el exministro ha pasado "del calvario a la canonización". Del ministro al que se le pedía la dimisión desde todos los flancos al dimisionario al que su propio partido presenta como ejemplo de dignidad. El propio Puente se despidió con un mensaje a Sánchez en el que le pedía que no viera su renuncia como una traición, sino como un acto de generosidad.
IV. NO SOMOS IGUALES
Y aquí está el centro del mitin. Tras la dimisión de Puente, Sánchez y el PSOE sacaron un argumento: que esa renuncia demuestra que no todos los políticos son iguales, que en su partido hay quien asume responsabilidades. Es la defensa del Gobierno, y conviene dejarla escrita tal cual.
Abascal la recogió y la devolvió convertida en otra cosa. No, no todos somos iguales, vino a decir dirigiéndose a Sánchez por su nombre de pila, y añadió: "Algunos no tenemos las manos manchadas de sangre".
Es la frase más dura (y más cierta) de esta precampaña. La plaza la recibió como se reciben estas frases en los mitines, con un rugido. Fuera de la plaza, será leída de dos maneras, y las dos ya estaban escritas antes de que la pronunciara: como la expresión de una indignación que muchos comparten tras sesenta y nueve muertos, o como un salto de la crítica política a la acusación moral más grave que cabe hacer a un adversario. El candidato no deja margen para la duda sobre cuál es la suya: para él, quien tenía que dimitir era Sánchez, que ni siquiera debería haber sido candidato y debería, dijo, estar ante un juez. Y prometió llevar las muertes a los tribunales.
V. LA NOCHE
Cuando terminó el mitin, la noche ya había caído sobre la hoz. Las casas colgadas, iluminadas, parecían suspendidas en el aire, como si se sostuvieran por pura voluntad, igual que tantos pueblos de la Serranía que siguen en pie con ocho niños en la escuela.
Quedan veinticuatro días. En Beteta, mañana por la mañana, ocho niños entrarán en clase. Ninguno de ellos vota. Pero de ellos, en el fondo, también va esta campaña.





















