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Patxi Iribarri
Viernes, 06 de Noviembre de 2026 Tiempo de lectura:

Charo I de España, reina ignorante e idiote de todos, todas y todes

Esta mañana estaba desayunando un par de huevos fritos con chistorra cuando me he enterado de que la reina Letizia, a la que desde hoy pienso llamar Charo I de España, ha decidido hacer una aportación extraordinaria a la lengua de Cervantes. Resulta que, durante una reunión de la Cumbre Iberoamericana, ha saludado con un sonoro «bienvenidas» a un grupo formado mayoritariamente por mujeres, pero en el que también había dos hombres. Y, por lo visto, hay quienes consideran que semejante ocurrencia representa un avance maravilloso en la lucha por la igualdad.

 

He dejado el tenedor sobre la mesa, he mirado a Kemen, que dormitaba junto a la chimenea, y he permanecido unos segundos en silencio. No sabía si estaba escuchando una noticia o si alguien había echado alguna sustancia alucinógena en el café.

 

—¡Me cago en San Pito Pato! —he gritado finalmente—. ¡Ahora resulta que tenemos una reina que se dedica a reinventar la gramática! ¡Con la cantidad de problemas que hay en España y esta señora entretenida con los géneros y los plurales!

 

Kemen ha levantado una oreja, ha comprobado que mi indignación no amenazaba su desayuno y ha vuelto a dormirse. Es un perro extraordinariamente inteligente. Mucho más que algunos ministros y que algunos reyezuelos, aunque reconozco que tampoco estoy poniendo el listón demasiado alto.

 

Yo nunca he sido un entusiasta de las monarquías. Lo digo así, como lo siento. Lo de que un señor pueda convertirse en jefe del Estado porque su padre lo fue antes siempre me ha parecido una costumbre bastante extravagante. Si yo aplicara ese criterio en mi caserío, tendría que entregar la explotación al primer ternero que naciera de la vaca más antigua, aunque fuera un animal completamente imbécil. Pero, en fin, hasta ahora había tolerado la existencia de los reyes porque suponía que, al menos, servían para conservar algunas tradiciones, representar la continuidad histórica de una nación y evitar que todo lo que nos rodea terminara convertido en una sucursal de las facultades de Sociología podemitas.

 

Estaba equivocado.

 

Ahora tenemos casas reales que parecen competir por demostrar cuál es más moderna, más inclusiva, más sostenible, más diversa y más comprometida con todas las causas progresistas que estén de moda esa semana. Quieren conservar los palacios, las joyas, los coches oficiales, los tratamientos de alteza y los privilegios hereditarios, pero sin cargar con el pequeño inconveniente de defender una sola idea que pueda incomodar a los nuevos sacerdotes del pensamiento políticamente correcto.

 

¡Vivir como un aristócrata del siglo XVIII y hablar como el departamento de diversidad de una multinacional del siglo XXI! ¡Eso sí que es un negocio redondo!

 

A mí me enseñaron en la escuela que, cuando un grupo está formado por hombres y mujeres, el masculino plural puede y debe utilizarse como forma genérica. Así lo explica la Real Academia Española y así lo he entendido durante toda mi vida, sin experimentar por ello ninguna crisis de identidad. Cuando digo que mis vecinos son unos imbéciles, incluyo generosamente a los hombres y a las mujeres del valle, porque siempre he sido partidario de la igualdad, especialmente cuando se trata de repartir insultos.

 

Pero ahora llega Su Majestad Charo Primera, reina de las personas, las personos, las persones y los personajos, y decide que el femenino plural también puede servir para recibir a todo el mundo.

 

¡Pues estupendo! ¡Que lo haga! ¡Pero que no pretendan venderme semejante ocurrencia como si acabáramos de descubrir la penicilina!

 

Yo entiendo perfectamente que una persona pueda utilizar una expresión distinta por cortesía o por cualquier otra razón. Lo que me revienta es esa necesidad de convertir hasta un saludo en una declaración ideológica, como si el idioma fuera una finca que las élites pudieran reorganizar a su antojo.

 

Porque, vamos a ver, ¿qué demonios significa eso de que el lenguaje tiene que ser acogedor? ¡Acogedora es la cocina de mi caserío cuando enciendo la chimenea! ¡Acogedora es una cama caliente en enero! ¡Acogedora era mi ama cuando volvía del monte empapado! ¡Pero un plural no tiene que acoger a nadie, coño! ¡Tiene que servir para que nos entendamos!

 

Me he imaginado entonces qué ocurriría si bajara al pueblo y entrara en el bar saludando a los parroquianos con las nuevas fórmulas de la gramática cortesana de la Charo I de España, que cada vez se parece más a los nazis licuados de En busca del arca perdida.

 

—¡Buenos días, vecinas! —diría yo, mirando a los seis hombres y las dos mujeres que habitualmente ocupan las mesas del bar.

 

Estoy convencido de que el silencio sería inmediato. Bittor dejaría de jugar al mus, Fermín levantaría lentamente la cabeza y el dueño del establecimiento me preguntaría si me había dado un golpe contra el dintel de la puerta.

 

—¿Pero tú, Patxi, eres tonto o tonto?

 

Y si yo insistiera en explicar que estaba utilizando un femenino plural acogedor para visibilizar a las mujeres presentes, probablemente me mandarían a casa a dormir la mona, me retirarían provisionalmente las llaves del tractor y organizarían una reunión para decidir si un hombre que habla de aquella manera está capacitado para seguir administrando sus vacas. No descarto que alguno de los más temperamentales amenazara con darme un par de sopapos, aunque confío en que todo quedara en insultos, que en mi pueblo siempre han sido mucho más económicos que las visitas al médico.

 

Lo verdaderamente irritante, sin embargo, no es la ocurrencia gramatical. Es que proceda de una reina.

 

Cuando yo era pequeño, las monarquías europeas representaban, al menos sobre el papel, la continuidad histórica, la tradición, las costumbres nacionales y cierta idea de permanencia frente a las extravagancias de los políticos. Los reyes estaban allí para recordar que los países no habían comenzado a existir el día en que un ministro descubrió una nueva ideología.

 

Ahora, en cambio, contemplo con estupor cómo las casas reales parecen haberse convertido en agencias de relaciones públicas del socialismo internacional. No sé si sus ocupantes creen realmente en todas esas idioteces que abanderan o si simplemente están aterrorizados ante la posibilidad de que alguien los considere antiguos, pero el resultado es el mismo: unas instituciones que justifican su existencia por la tradición se dedican a pedir perdón por ser tradicionales.

 

¡Cualquier día coronan a una lechuga ecológica!

 

Yo tengo una teoría muy sencilla sobre esta transformación. Las monarquías europeas han descubierto que resulta mucho más cómodo seguir las modas ideológicas que enfrentarse a ellas. Defender las tradiciones de una nación puede provocar críticas, manifestaciones y artículos desagradables en los periódicos. En cambio, repetir las consignas de moda garantiza aplausos, fotografías favorecedoras y titulares elogiosos.

 

Y así hemos terminado con una aristocracia que quiere parecer revolucionaria, unos revolucionarios encantados de fotografiarse con la aristocracia y unos ciudadanos que pagamos la fiesta sin entender muy bien quién está tomando el pelo a quién.

 

¡Eso sí que es sostenibilidad! ¡Reciclar una dinastía para convertirla en una ONG con corona!

 

Lo que más me molesta de Charo I, perdón, de Letizia, no es que tenga ideas progresistas. Cada cual puede defender las estupideces que quiera, incluso las personas que viven en palacios. Lo que me indigna es que una institución que debería representar a todos los españoles parezca tan empeñada en adoptar los códigos culturales de una parte de la sociedad cada vez más pequeña e inútil de la sociedad.

 

Porque yo, que soy un hombre de campo y no un profesor universitario, distingo perfectamente entre respetar a las mujeres y hacerle perrerías al diccionario. He conocido a mujeres capaces de sacar adelante un caserío, criar cinco hijos, trabajar desde el amanecer y mandar a paseo a cualquier hombre que intentara darles lecciones. Mi madre, sin ir más lejos, habría podido dirigir un regimiento de infantería con una escoba y dos órdenes bien dadas.

 

Ninguna de aquellas mujeres necesitó jamás que una reina modificara un géenero o un plural para sentirse respetada.

 

¡A mi ama le hablas de un femenino acogedor y te manda a acoger patatas al huerto!

 

Y aquí llego a una conclusión que llevo años madurando entre el establo y la cocina: España necesita una República.

 

Pero no una República de esas que imaginan algunos de mis vecinos etarras, con banderas rojas, asambleas interminables, comisiones de memoria histórica y un ministerio encargado de vigilar que los espantapájaros no reproduzcan estereotipos patriarcales.

 

¡No, señor!

 

Yo quiero una República conservadora, de derechas, orgullosa de su historia, respetuosa con sus tradiciones, defensora de la propiedad privada, de la familia, de la libertad y de la soberanía nacional. Una República en la que el jefe del Estado tenga que ganarse el puesto, responder por sus decisiones y marcharse a su casa cuando los ciudadanos decidamos que ya hemos tenido bastante.

 

¡Una República con Guardia Civil, con Constitución, con fronteras y con diccionario!

 

He levantado el puño para celebrar mi descubrimiento, pero enseguida lo he bajado porque aquel gesto me ha parecido demasiado revolucionario. No quiero que nadie me confunda con un militante de Podemos. Bastante desgracia tengo ya con vivir rodeado de nacionalistas y etarras.

 

Sé perfectamente que semejante propuesta provocaría un terremoto en el batzoki del pueblo. Los nacionalistas vascos, que llevan décadas soñando con una República propia, se encontrarían con la desagradable sorpresa de que yo también soy republicano, pero quiero una república española, conservadora y con menos subvenciones para los amigos del partido.

 

¡Me van a echar del pueblo!

 

Y debo reconocer que esa posibilidad me alegra considerablemente la mañana. A mi edad, considero que no hay nada más saludable que disgustar de vez en cuando a los que llevan cuarenta años explicándome cómo debo pensar, qué debo decir y a quién tengo que votar.

 

He terminado el desayuno, he salido al patio y me he acercado al establo. Mis vacas me han recibido con la indiferencia habitual, una virtud que echo cada vez más de menos entre los representantes de las instituciones.

 

—Buenos días, muchachas —les he dicho.

 

Las vacas han seguido rumiando.

 

—¿Veis? ¡Vosotras sí que entendéis el femenino plural! Porque sois todas hembras, ¡coño! ¡No porque haya venido una reina a daros clases de inclusión!

 

Kemen ha aparecido detrás de mí y se ha sentado junto a la puerta.

 

—Tú tranquilo, Kemen. Mientras yo viva, aquí no habrá perros, perras y perres. Habrá perros cuando hablemos de todos, perras cuando hablemos de las hembras y pienso cuando tengáis hambre.

 

El animal ha movido la cola, aparentemente satisfecho con aquella declaración de principios.

 

Antes de regresar a la cocina, he levantado la vista hacia las montañas. He pensado en los viejos reyes que gobernaron Europa, en las guerras, en las revoluciones, en las dinastías desaparecidas y en todos aquellos monarcas que perdieron la corona por motivos bastante más serios que una disputa sobre gramática.

 

Y he comprendido que quizá las monarquías modernas no desaparecerán por una revolución, una guerra o una crisis constitucional. Quizá terminarán extinguiéndose de puro ridículo, empeñadas en parecerse tanto a las modas de su tiempo que acabarán olvidando para qué existían.

 

—¡Viva la República! —he gritado.

 

Un vecino que pasaba por el camino ha levantado la cabeza, sorprendido.

 

—¡Patxi! ¿Te has hecho de izquierdas?

 

—¡No, hombre, no! ¡Me he hecho monárquico sin rey!

 

El vecino se ha alejado convencido de que he perdido definitivamente el juicio. Yo he regresado al caserío sonriendo, porque acabo de descubrir algo maravilloso: en la España de Charo I, defender la gramática tradicional y pedir una república de derechas es probablemente la forma más eficaz de escandalizar a todo el mundo al mismo tiempo. Y eso, para mí, es una manera magnífica de comenzar el día.

 

Aunque, ahora que lo pienso, quizá debería escribir una carta a Zarzuela para agradecer a Su Majestad su contribución a mi conversión republicana.

 

La comenzaría así:

 

«Querida Charo I: gracias por abrirme los ojos. Yo antes era un español preocupado por la decadencia de la monarquía. Ahora soy un republicano convencido. Y todo gracias a un femenino plural. ¡Manda cojones!»

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