La sombra de Walkiria
El pasado lunes, tras una visita al Reichstag, paseaba al anochecer cerca de los jardines de la antigua cancillería en Berlín, hoy convertidos en sórdido solar para hacer olvidar su trágica memoria, cuando a la luz de la luna me pareció ver surgir un espectro de entre las grietas de aquel suelo torturado.
El ente quedó flotando cerca de mí sin que nadie más de mi familia lo percibiera. Cuando nos alejamos, me siguió hasta el hotel. Estaba claro que quería contarme algo que le atormentaba. Esa noche me relató su historia en sueños.
Era el verano de 1943, el Tercer Reich aún parecía poderoso en los mapas, pero sus generales y dirigentes más capaces sabían que el imperio nazi, que iba a durar mil años, se desmoronaba militarmente. El final estaba próximo. Las armas secretas prometidas, aunque quizás pudieran ser creadas, nunca llegarían a tiempo para evitar su colapso.
En aquellos días, algunos hombres comprendieron que su patria iba a perder mucho más que una guerra. Estaba en riesgo su futuro como nación. Temían con razón que los horrendos crímenes cometidos por el nacionalsocialismo la arrastraran al abismo de los estados desaparecidos en las páginas de la historia.
Tenían que reaccionar. Bajo el aparente fanatismo unánime de una sociedad alemana vertebrada en torno al culto al Führer y a la raza aria, latían aquí y allá chispas de crítica y de rechazo hacia la brutalidad del régimen.
Semillas de disidencia y rebelión que “X”, alguien desde las sombras, comenzó a entrever, aprovechando su estatus de prestigio y su capacidad de movimiento en plena guerra con pasaporte diplomático por todo el Reich, la Europa ocupada y los países neutrales. Nadie más podía moverse así por un continente en guerra.
Aquel hombre llevaba tiempo reuniendo apoyos en despachos silenciosos y cuarteles oscuros, con conversaciones discretas mantenidas en voz baja.
Así fue tomando forma una idea: para salvar a Alemania era necesario matar a Hitler y utilizar los propios mecanismos del Estado nazi para derribar su régimen.
No se trataría de una revuelta popular ni militar. Sería un golpe de precisión, una operación construida, como el 18 de Brumario de Napoleón Bonaparte, con los reglamentos del enemigo y la mente de un Sieyes, tras ella.
Los contactos se realizaron siempre mediante intermediarios, de manera que la identidad real del organizador permaneciera oculta salvo para unos pocos, pues como sugiere Shakespeare, para tener éxito una conspiración conviene que la mano que mate al César no sea la misma que la que dirigió el puñal.
El golpe tomo un nombre mitológico: Walkiria. Oficialmente, era el nombre de un protocolo de emergencia diseñado para movilizar al Ejército de Reserva en caso de disturbios internos durante la guerra.
Pero “X” comprendió su potencial oculto. Desde la penumbra burocrática los miembros del grupo, sin discursos ni fotografías, siguiendo sus instrucciones comenzaron a modificar órdenes, redactar anexos y a coordinar voluntades dispersas, transformando un plan defensivo en el instrumento perfecto de un golpe de Estado.
Un notable grupo de conspiradores se integró en el Plan: entre ellos, el general Ludwig Beck, antigua conciencia del ejército alemán; el coronel Claus von Stauffenberg, joven aristócrata mutilado en África; el general Friedrich Olbricht, paciente organizador; el general Henning von Tresckow, conspirador incansable que durante años había buscado una oportunidad para eliminar a Hitler; el embajador y diplomático Ulrich von Hassell; el Diplomático y jurista Adam von Trott zu Solz, con contactos en el extranjero.
La red creció lentamente, como una grieta bajo el mármol y muchos más nombres de las élites alemanas se sumaron.
Finalmente, el 20 de julio de 1944 llegó el día de la verdad. A las 12:42, en la Guarida del Lobo, el cuartel general de Hitler en Prusia Oriental, con Stauffenberg dejó un maletín cargado con explosivos bajo la mesa de conferencias. Después abandonó la sala.
La brutal detonación sacudió el edificio. Durante unos minutos, quizá una hora, aquello fue un caos. Fuera del la Guarida del Lobo la historia pareció vacilar. ¿Había muerto el Führer?
Creyendo que sí en Berlín, los conspiradores activaron Walkiria. Se enviaron órdenes, se movilizaron tropas y se ocuparon edificios oficiales. El Reich entero quedó suspendido en la incertidumbre. Si Hitler había muerto, el régimen podía caer aquella misma tarde.
Pero Hitler había sobrevivido. Una gruesa pata de roble de la mesa desvió la onda expansiva que le hubiera alcanzado de lleno.
Herido, aturdido, quemado, el dictador seguía vivo. Y con él sobreviviría el régimen nazi unos meses más.
Entonces comenzó la despiadada caza de los conspiradores: aquella misma noche, en Berlín, con Stauffenberg fue fusilado. Antes de caer gritó: «¡Viva la sagrada Alemania!»; Olbricht murió junto a él; Beck intentó suicidarse; al fracasar, fue rematado por un oficial; Tresckow, que se encontraba en el frente oriental, se quitó la vida. En pocos días más de doscientos conspiradores fueron ejecutados.
Durante las semanas y meses siguientes arreció la represión. Casi cinco mil personas fueron ejecutadas sin necesitarse más pruebas que las simples sospechas. Algunas fueron incluso ahorcadas con cuerdas de piano mientras las cámaras filmaban su agonía para satisfacción personal de Hitler.
Y, sin embargo para los nazis quedó una incógnita: nunca pudieron averiguar quien fue “X”, el auténtico organizador de la conspiración.
En mayo de 1945 acabó la guerra, pasaron los años y los nombres de los ejecutados llenaron expedientes, monumentos y libros de historia. Pero la figura de “X”, el hombre que había tejido la estructura secreta de Walkiria desde oficinas, memorandos y reuniones invisibles, permaneció difusa como un fantasma entre testimonios contradictorios, documentos destruidos y recuerdos fragmentarios. Quizá porque los arquitectos de sombras suelen desaparecer en ellas.
Ya nadie vivo puede aportar su su testimonio para desvelar quién fue “X”. Los héroes conocidos de Walkiria murieron aquellos días, junto con mucha gente que tuvo solo relación casual con la conspiración. Pero los secretos de los vivos pueden ser revelados por los muertos.
El espectro que me siguió llevaba años vagando por Berlín y conocía un secreto que le incomodaba.
- ”Te he oído hablar en español, y comentar libros que hablan de aquellos años de la guerra. Por eso creo que tu seguramente comprenderás esta información: el organizador de Walkiria le dijo una vez a Adam von Trott zu Solz que era irónico que él fuera precisamente descendiente de la mujer pintada en el cuadro de Goya que estuvo a punto de ser regalado al Führer para presidir su despacho en la Cancillería.”
Entonces recordé el maravilloso retrato de Goya de la Marquesa de Santa Cruz, Joaquina Téllez-Girón y Pimentel, que aparece vestida con moda imperio de seda blanca, recostada en un diván rojo, coronada de hojas de roble o vid y sosteniendo una guitarra-lira con una enorme esvástica o lauburu, como si fuera una musa clásica.
La obra fue adquirida tras la guerra civil en 1941 por el gobierno de Franco con la intención de regalársela a Adolf Hitler como forma de congraciarse con él aprovechando la presencia de una esvastica en la pintura.
Pero como las tornas militares cambiaron y la victoria de Alemania dejó de estar clara, el regalo nunca se concretó y Franco terminó vendiendo el cuadro a un coleccionista bilbaíno, casualmente abuelo de un amigo de infancia mío, en cuya casa estuvo colgado durante años. Finalmente, tras muchas peripecias, el cuadro fue adquirido por el Estado, y hoy el retrato luce hoy su esvástica en el Museo del Prado de Madrid y no en la Cancillería de Berlín.
Pero ¿quien fue “X”, la sombra de Walkiria? Entonces recordé el contenido de los Diarios de Berlín de Missie Vassiltchikov y cómo se logró tejer la conspiración desde el mismo corazón del Reich.
Si quieren conocer quien fue “X”, hagan como yo: lean el libro, un testimonio extraordinario de como la decencia puede sobrevivir en medio de la maldad y el caos de la guerra y sigan la pista del cuadro.
(*) Arturo Aldecoa Ruiz. Apoderado en las Juntas Generales de Bizkaia 1999 – 2019.
El pasado lunes, tras una visita al Reichstag, paseaba al anochecer cerca de los jardines de la antigua cancillería en Berlín, hoy convertidos en sórdido solar para hacer olvidar su trágica memoria, cuando a la luz de la luna me pareció ver surgir un espectro de entre las grietas de aquel suelo torturado.
El ente quedó flotando cerca de mí sin que nadie más de mi familia lo percibiera. Cuando nos alejamos, me siguió hasta el hotel. Estaba claro que quería contarme algo que le atormentaba. Esa noche me relató su historia en sueños.
Era el verano de 1943, el Tercer Reich aún parecía poderoso en los mapas, pero sus generales y dirigentes más capaces sabían que el imperio nazi, que iba a durar mil años, se desmoronaba militarmente. El final estaba próximo. Las armas secretas prometidas, aunque quizás pudieran ser creadas, nunca llegarían a tiempo para evitar su colapso.
En aquellos días, algunos hombres comprendieron que su patria iba a perder mucho más que una guerra. Estaba en riesgo su futuro como nación. Temían con razón que los horrendos crímenes cometidos por el nacionalsocialismo la arrastraran al abismo de los estados desaparecidos en las páginas de la historia.
Tenían que reaccionar. Bajo el aparente fanatismo unánime de una sociedad alemana vertebrada en torno al culto al Führer y a la raza aria, latían aquí y allá chispas de crítica y de rechazo hacia la brutalidad del régimen.
Semillas de disidencia y rebelión que “X”, alguien desde las sombras, comenzó a entrever, aprovechando su estatus de prestigio y su capacidad de movimiento en plena guerra con pasaporte diplomático por todo el Reich, la Europa ocupada y los países neutrales. Nadie más podía moverse así por un continente en guerra.
Aquel hombre llevaba tiempo reuniendo apoyos en despachos silenciosos y cuarteles oscuros, con conversaciones discretas mantenidas en voz baja.
Así fue tomando forma una idea: para salvar a Alemania era necesario matar a Hitler y utilizar los propios mecanismos del Estado nazi para derribar su régimen.
No se trataría de una revuelta popular ni militar. Sería un golpe de precisión, una operación construida, como el 18 de Brumario de Napoleón Bonaparte, con los reglamentos del enemigo y la mente de un Sieyes, tras ella.
Los contactos se realizaron siempre mediante intermediarios, de manera que la identidad real del organizador permaneciera oculta salvo para unos pocos, pues como sugiere Shakespeare, para tener éxito una conspiración conviene que la mano que mate al César no sea la misma que la que dirigió el puñal.
El golpe tomo un nombre mitológico: Walkiria. Oficialmente, era el nombre de un protocolo de emergencia diseñado para movilizar al Ejército de Reserva en caso de disturbios internos durante la guerra.
Pero “X” comprendió su potencial oculto. Desde la penumbra burocrática los miembros del grupo, sin discursos ni fotografías, siguiendo sus instrucciones comenzaron a modificar órdenes, redactar anexos y a coordinar voluntades dispersas, transformando un plan defensivo en el instrumento perfecto de un golpe de Estado.
Un notable grupo de conspiradores se integró en el Plan: entre ellos, el general Ludwig Beck, antigua conciencia del ejército alemán; el coronel Claus von Stauffenberg, joven aristócrata mutilado en África; el general Friedrich Olbricht, paciente organizador; el general Henning von Tresckow, conspirador incansable que durante años había buscado una oportunidad para eliminar a Hitler; el embajador y diplomático Ulrich von Hassell; el Diplomático y jurista Adam von Trott zu Solz, con contactos en el extranjero.
La red creció lentamente, como una grieta bajo el mármol y muchos más nombres de las élites alemanas se sumaron.
Finalmente, el 20 de julio de 1944 llegó el día de la verdad. A las 12:42, en la Guarida del Lobo, el cuartel general de Hitler en Prusia Oriental, con Stauffenberg dejó un maletín cargado con explosivos bajo la mesa de conferencias. Después abandonó la sala.
La brutal detonación sacudió el edificio. Durante unos minutos, quizá una hora, aquello fue un caos. Fuera del la Guarida del Lobo la historia pareció vacilar. ¿Había muerto el Führer?
Creyendo que sí en Berlín, los conspiradores activaron Walkiria. Se enviaron órdenes, se movilizaron tropas y se ocuparon edificios oficiales. El Reich entero quedó suspendido en la incertidumbre. Si Hitler había muerto, el régimen podía caer aquella misma tarde.
Pero Hitler había sobrevivido. Una gruesa pata de roble de la mesa desvió la onda expansiva que le hubiera alcanzado de lleno.
Herido, aturdido, quemado, el dictador seguía vivo. Y con él sobreviviría el régimen nazi unos meses más.
Entonces comenzó la despiadada caza de los conspiradores: aquella misma noche, en Berlín, con Stauffenberg fue fusilado. Antes de caer gritó: «¡Viva la sagrada Alemania!»; Olbricht murió junto a él; Beck intentó suicidarse; al fracasar, fue rematado por un oficial; Tresckow, que se encontraba en el frente oriental, se quitó la vida. En pocos días más de doscientos conspiradores fueron ejecutados.
Durante las semanas y meses siguientes arreció la represión. Casi cinco mil personas fueron ejecutadas sin necesitarse más pruebas que las simples sospechas. Algunas fueron incluso ahorcadas con cuerdas de piano mientras las cámaras filmaban su agonía para satisfacción personal de Hitler.
Y, sin embargo para los nazis quedó una incógnita: nunca pudieron averiguar quien fue “X”, el auténtico organizador de la conspiración.
En mayo de 1945 acabó la guerra, pasaron los años y los nombres de los ejecutados llenaron expedientes, monumentos y libros de historia. Pero la figura de “X”, el hombre que había tejido la estructura secreta de Walkiria desde oficinas, memorandos y reuniones invisibles, permaneció difusa como un fantasma entre testimonios contradictorios, documentos destruidos y recuerdos fragmentarios. Quizá porque los arquitectos de sombras suelen desaparecer en ellas.
Ya nadie vivo puede aportar su su testimonio para desvelar quién fue “X”. Los héroes conocidos de Walkiria murieron aquellos días, junto con mucha gente que tuvo solo relación casual con la conspiración. Pero los secretos de los vivos pueden ser revelados por los muertos.
El espectro que me siguió llevaba años vagando por Berlín y conocía un secreto que le incomodaba.
- ”Te he oído hablar en español, y comentar libros que hablan de aquellos años de la guerra. Por eso creo que tu seguramente comprenderás esta información: el organizador de Walkiria le dijo una vez a Adam von Trott zu Solz que era irónico que él fuera precisamente descendiente de la mujer pintada en el cuadro de Goya que estuvo a punto de ser regalado al Führer para presidir su despacho en la Cancillería.”
Entonces recordé el maravilloso retrato de Goya de la Marquesa de Santa Cruz, Joaquina Téllez-Girón y Pimentel, que aparece vestida con moda imperio de seda blanca, recostada en un diván rojo, coronada de hojas de roble o vid y sosteniendo una guitarra-lira con una enorme esvástica o lauburu, como si fuera una musa clásica.
La obra fue adquirida tras la guerra civil en 1941 por el gobierno de Franco con la intención de regalársela a Adolf Hitler como forma de congraciarse con él aprovechando la presencia de una esvastica en la pintura.
Pero como las tornas militares cambiaron y la victoria de Alemania dejó de estar clara, el regalo nunca se concretó y Franco terminó vendiendo el cuadro a un coleccionista bilbaíno, casualmente abuelo de un amigo de infancia mío, en cuya casa estuvo colgado durante años. Finalmente, tras muchas peripecias, el cuadro fue adquirido por el Estado, y hoy el retrato luce hoy su esvástica en el Museo del Prado de Madrid y no en la Cancillería de Berlín.
Pero ¿quien fue “X”, la sombra de Walkiria? Entonces recordé el contenido de los Diarios de Berlín de Missie Vassiltchikov y cómo se logró tejer la conspiración desde el mismo corazón del Reich.
Si quieren conocer quien fue “X”, hagan como yo: lean el libro, un testimonio extraordinario de como la decencia puede sobrevivir en medio de la maldad y el caos de la guerra y sigan la pista del cuadro.
(*) Arturo Aldecoa Ruiz. Apoderado en las Juntas Generales de Bizkaia 1999 – 2019.


















