El Salvador exporta su experiencia contra las bandas
Bukele envía más de 2.000 militares a Haití para buscar a cuatro técnicos salvadoreños desaparecidos y combatir a las bandas
![[Img #31445]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/11_2026/6202_screenshot-2026-11-07-at-17-17-54-haiti-bukele-buscar-con-google.png)
El 18 de octubre, a las afueras de Puerto Príncipe, un vehículo blindado ardió en una carretera de Croix-des-Bouquets. Dentro viajaban cuatro técnicos de aviación de la Fuerza Aérea salvadoreña, hombres cuyo oficio era mantener en el aire los helicópteros que evacúan heridos. Saltaron del vehículo en llamas bajo fuego de las bandas y desaparecieron. Desde entonces nadie ha vuelto a verlos.
Tres semanas después, por esas mismas calles avanzan convoyes de blindados nuevos, helicópteros artillados sobrevuelan la llanura de Cul-de-Sac y más de dos mil soldados de El Salvador —un país de seis millones de habitantes sin tradición de aventuras militares en el extranjero— se han instalado en Haití. Es el contingente nacional más numeroso que pisa la isla desde que los cascos azules de la Minustah se marcharon en 2017.
La pregunta que recorre las cancillerías, las redacciones y los barrios de Puerto Príncipe es la misma: ¿qué han ido a hacer exactamente?
La letra pequeña de una misión modesta
La historia empieza mucho antes de la emboscada, y empieza en voz baja. En marzo de 2024, con Puerto Príncipe en manos de las bandas, Nayib Bukele escribió en X que él podía «arreglar» Haití. Puso condiciones: una resolución del Consejo de Seguridad, el consentimiento del Gobierno haitiano y que alguien pagara la factura.
En octubre de ese año, la Asamblea Legislativa salvadoreña aprobó el envío de un contingente a la misión multinacional encabezada entonces por Kenia. La explicación oficial fue deliberadamente sobria: los salvadoreños se dedicarían a evacuaciones médicas, la tarea que ya habían desempeñado en otras misiones de Naciones Unidas. En enero de 2025 llegaron ocho especialistas de aviación; en febrero, setenta militares más. Washington les entregó después dos helicópteros y formó a diez pilotos y cuatro técnicos de mantenimiento para operarlos.
Cuando en octubre de 2025 el Consejo de Seguridad transformó aquella misión raquítica en la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF, por sus siglas en inglés), con un techo teórico de 5.500 efectivos, El Salvador siguió dentro. A finales de septiembre de 2026 su Congreso prorrogó la participación hasta octubre de 2027. Para entonces había al menos 124 salvadoreños en Haití. Pilotos, mecánicos, sanitarios. Gente de retaguardia.
Esa era la escala del compromiso hasta el 18 de octubre.
El ultimátum en criollo
La reacción de Bukele fue inmediata y tuvo el sello de su estilo: un mensaje en X redactado en criollo haitiano, dirigido directamente a los jefes de las bandas. En él insistía en que sus hombres no habían ido a hacer la guerra, sino a salvar vidas, y advertía que El Salvador ya había acabado con sus propias pandillas y podía hacer lo mismo con las haitianas. Pidió que no tomaran sus palabras como amenazas vacías.
La zona del ataque está bajo control de la banda Chèn Méchan; muy cerca opera 400 Mawozo, mucho mejor armada y dirigida por Wilson Joseph, conocido como Lanmò Sanjou. Ningún grupo ha reivindicado la emboscada.
Lo que siguió fue una escalada medida en vuelos. Hacia el 22 de octubre aterrizaron cien efectivos de fuerzas especiales. Días después, The New York Times informó del hallazgo de restos calcinados que podían pertenecer a los desaparecidos; Bukele lo desmintió en cuestión de horas: no eran sus hombres. Mientras tanto, la prensa estadounidense publicaba que San Salvador exploraba también la vía de la negociación.
El 27 de octubre llegaron 690 soldados más. Al día siguiente, la Cancillería salvadoreña reveló la cifra completa: más de dos mil. Fuentes citadas por Reuters hablaron de un tope provisional de 2.500. Aviones de transporte C-130 del Pentágono ayudaron a moverlos. Según Axios, Bukele había llamado antes a Donald Trump, que le dio luz verde en privado y después respaldó públicamente la operación, aunque descartó enviar tropas estadounidenses.
«No es una invasión»
Bukele ha dedicado buena parte de estas semanas a explicar lo que la operación no es. No es una invasión, ha repetido. El Salvador no es una gran potencia, no quiere dominar al pueblo haitiano ni apropiarse de sus riquezas. Nadie les paga por esto, sostiene, y su Gobierno asegura cubrir el 90% de los gastos.
Pero el discurso tiene dos registros que conviven con dificultad. En uno, la misión es estrictamente humanitaria: traer a casa a cuatro hombres. En el otro, la ambición crece. El presidente ha dicho que rescatará a los técnicos «por las buenas» o «por las malas»; ha publicado vídeos de patrullas recibidas con aplausos y de helicópteros salvadoreños abriendo fuego contra pandilleros que atacaban a soldados chadianos de la GSF; ha proclamado que las bandas ya no tienen la ventaja. El 3 de noviembre invocó a Jean-Jacques Dessalines, el padre de la independencia haitiana, para prometer que ayudaría a los haitianos a recuperar su país de manos de quienes traicionaron su legado: pandilleros, pero también quienes los financian y los arman. Al día siguiente desafió a los jefes de las bandas a reunir a sus hombres para pelear.
Entre ambos registros cabe una pregunta jurídica nada menor: ¿quién manda sobre esas tropas?
Cinco ejércitos y una cadena de mando difusa
El portavoz del secretario general de la ONU, Stéphane Dujarric, precisó que solo unos 200 de los soldados salvadoreños están bajo la jurisdicción de la GSF. El resto opera, según la agencia EFE, al margen del mandato que el Consejo de Seguridad definió en septiembre. Los salvadoreños no se alojan en la base principal de la fuerza multinacional, sino en Tabarre, cerca de la embajada de Estados Unidos.
El primer ministro haitiano, Alix Didier Fils-Aimé, ha salido en su defensa. Flanqueado por un coronel salvadoreño y por mandos de la GSF, la policía y el ejército haitianos, aseguró que las fuerzas extranjeras actúan bajo autoridad haitiana y que no han venido a sustituir al Estado sino a reforzarlo. Bukele no ha confirmado públicamente esa subordinación.
El paisaje se complica todavía más. Según el especialista Romain Le Cour Grandmaison, de la Global Initiative Against Transnational Organized Crime, hoy operan en el terreno cinco estructuras armadas: la policía, el ejército haitiano, la GSF, el task force gubernamental apoyado por Vectus Global —la empresa de seguridad fundada por Erik Prince, el creador de Blackwater y aliado de Trump— y, ahora, el contingente salvadoreño. El analista salvadoreño Luis Contreras anticipó que parte de las nuevas tropas podría coordinarse con la empresa de Prince.
El primer golpe
El 2 de noviembre, al amanecer, los salvadoreños lanzaron su primera gran ofensiva en la llanura de Cul-de-Sac, al noreste de la capital, contra Chèn Méchan y 400 Mawozo, las bandas señaladas por la desaparición. La prensa haitiana contabilizó al menos una decena de pandilleros muertos en los sectores de Santo y Croix-des-Missions.
En esa misma operación conjunta, la Policía Nacional encontró en Santo el esqueleto calcinado del vehículo de los técnicos. Es, hasta hoy, el único resultado material de la búsqueda. De los cuatro hombres, ni rastro.
La otra orilla
Desde el otro lado llegan voces que también conviene escuchar. Un cabecilla de banda, citado por AP, aseguró que nadie había pedido a Bukele que viniera y le acusó de haber acudido a proteger su dinero a costa de sus soldados. Lanmò Sanjou, el jefe de 400 Mawozo, contó a la misma agencia que había escrito al secretario general de la ONU para pedir un diálogo, alegando preocupación por los civiles.
Esa preocupación la comparten, con más credibilidad, las organizaciones humanitarias. Médicos Sin Fronteras registró 30 heridos, entre ellos mujeres y niños, en los ocho días posteriores a la desaparición, por disparos y explosiones de drones, y advirtió de que la llegada de más fuerzas extranjeras podía multiplicar las víctimas y los desplazados. La asociación UNA-Haití ha denunciado muertes de civiles que atribuye a los salvadoreños. La ONU recuerda que cualquier operación debe respetar el derecho internacional humanitario y de los derechos humanos.
No todas las voces haitianas son críticas. Pierre Espérance, al frente de la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos, celebró la rapidez inusual del despliegue y expresó su esperanza de que frene el terror de las bandas sobre la población. En algunas calles, los convoyes salvadoreños han sido recibidos con cánticos.
El telón de fondo explica esa ambivalencia. Entre enero y mediados de septiembre, más de 5.700 personas murieron o resultaron heridas en Haití por la violencia, según la ONU. Casi seis millones sufren hambre aguda. El país no tiene un gobierno electo desde el asesinato de Jovenel Moïse en 2021, y las elecciones previstas para diciembre se han aplazado hasta julio de 2027.
¿Por qué Haití?
La respuesta oficial es una sola: rescatar a cuatro compatriotas. Es una razón con peso emocional y político —ningún gobierno abandona a sus soldados—, pero desproporcionada respecto a los medios empleados, y casi todos los observadores coinciden en que no lo explica todo. La agencia AFP lo resumió al titular que el despliegue es, sin duda, más que una operación de rescate.
Los analistas apuntan a varias capas superpuestas:
- El escaparate. Reuters lo describió como la primera gran prueba en el extranjero del modelo antipandillas de Bukele. Un éxito reforzaría su argumento de que lo que funcionó en El Salvador es exportable. Un especialista consultado por Examedia lo definió como una apuesta para presentarse no solo como un líder nacional, sino como un actor regional con poder propio.
- La alianza con Washington. Estados Unidos impulsa la GSF desde su origen, prestó los aviones y ha bendecido la operación sin implicar a sus propios soldados. Varios analistas ven en ello una lógica en la que Washington actúa a través de aliados regionales. Bukele, socio de Trump en acuerdos migratorios y penitenciarios, consolida así su papel de aliado imprescindible.
Los escépticos añaden una advertencia de fondo: Haití no es El Salvador. Las bandas haitianas controlan la mayor parte de la capital desde hace años, tienen vínculos con élites económicas y políticas, reclutan menores y se adaptan con rapidez; el Estado apenas existe y las cárceles y tribunales están colapsados. En El Salvador, el régimen de excepción vigente desde 2022 se sostuvo sobre un aparato estatal intacto, decenas de miles de detenciones y la suspensión de garantías que las organizaciones de derechos humanos han documentado con insistencia. Nada de eso es trasladable a un país ajeno.
En El Salvador, el despliegue divide opiniones, aunque el debate tiene poco espacio: la Asamblea está dominada por el oficialismo y buena parte de la prensa crítica y de las ONG, como Cristosal, trabaja ya desde el exilio.
Lo que falta por saber
A día de hoy, 7 de noviembre, quedan más preguntas que respuestas. No se sabe si los cuatro técnicos siguen con vida. No se sabe con precisión bajo qué mando actúan la mayoría de los dos mil soldados, con qué reglas de enfrentamiento ni durante cuánto tiempo. No se ha aclarado del todo qué hacían cuatro técnicos de aviación en un vehículo sin escolta en territorio de Chèn Méchan. Y no se sabe qué ocurrirá con el contingente si los desaparecidos aparecen —vivos o muertos— y la justificación oficial se extingue.
Bukele vino a Haití a buscar a cuatro hombres. Lo que encuentre, o lo que decida quedarse a buscar, dirá mucho más sobre el verdadero propósito de la misión que cualquiera de sus mensajes en criollo.
![[Img #31445]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/11_2026/6202_screenshot-2026-11-07-at-17-17-54-haiti-bukele-buscar-con-google.png)
El 18 de octubre, a las afueras de Puerto Príncipe, un vehículo blindado ardió en una carretera de Croix-des-Bouquets. Dentro viajaban cuatro técnicos de aviación de la Fuerza Aérea salvadoreña, hombres cuyo oficio era mantener en el aire los helicópteros que evacúan heridos. Saltaron del vehículo en llamas bajo fuego de las bandas y desaparecieron. Desde entonces nadie ha vuelto a verlos.
Tres semanas después, por esas mismas calles avanzan convoyes de blindados nuevos, helicópteros artillados sobrevuelan la llanura de Cul-de-Sac y más de dos mil soldados de El Salvador —un país de seis millones de habitantes sin tradición de aventuras militares en el extranjero— se han instalado en Haití. Es el contingente nacional más numeroso que pisa la isla desde que los cascos azules de la Minustah se marcharon en 2017.
La pregunta que recorre las cancillerías, las redacciones y los barrios de Puerto Príncipe es la misma: ¿qué han ido a hacer exactamente?
La letra pequeña de una misión modesta
La historia empieza mucho antes de la emboscada, y empieza en voz baja. En marzo de 2024, con Puerto Príncipe en manos de las bandas, Nayib Bukele escribió en X que él podía «arreglar» Haití. Puso condiciones: una resolución del Consejo de Seguridad, el consentimiento del Gobierno haitiano y que alguien pagara la factura.
En octubre de ese año, la Asamblea Legislativa salvadoreña aprobó el envío de un contingente a la misión multinacional encabezada entonces por Kenia. La explicación oficial fue deliberadamente sobria: los salvadoreños se dedicarían a evacuaciones médicas, la tarea que ya habían desempeñado en otras misiones de Naciones Unidas. En enero de 2025 llegaron ocho especialistas de aviación; en febrero, setenta militares más. Washington les entregó después dos helicópteros y formó a diez pilotos y cuatro técnicos de mantenimiento para operarlos.
Cuando en octubre de 2025 el Consejo de Seguridad transformó aquella misión raquítica en la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF, por sus siglas en inglés), con un techo teórico de 5.500 efectivos, El Salvador siguió dentro. A finales de septiembre de 2026 su Congreso prorrogó la participación hasta octubre de 2027. Para entonces había al menos 124 salvadoreños en Haití. Pilotos, mecánicos, sanitarios. Gente de retaguardia.
Esa era la escala del compromiso hasta el 18 de octubre.
El ultimátum en criollo
La reacción de Bukele fue inmediata y tuvo el sello de su estilo: un mensaje en X redactado en criollo haitiano, dirigido directamente a los jefes de las bandas. En él insistía en que sus hombres no habían ido a hacer la guerra, sino a salvar vidas, y advertía que El Salvador ya había acabado con sus propias pandillas y podía hacer lo mismo con las haitianas. Pidió que no tomaran sus palabras como amenazas vacías.
La zona del ataque está bajo control de la banda Chèn Méchan; muy cerca opera 400 Mawozo, mucho mejor armada y dirigida por Wilson Joseph, conocido como Lanmò Sanjou. Ningún grupo ha reivindicado la emboscada.
Lo que siguió fue una escalada medida en vuelos. Hacia el 22 de octubre aterrizaron cien efectivos de fuerzas especiales. Días después, The New York Times informó del hallazgo de restos calcinados que podían pertenecer a los desaparecidos; Bukele lo desmintió en cuestión de horas: no eran sus hombres. Mientras tanto, la prensa estadounidense publicaba que San Salvador exploraba también la vía de la negociación.
El 27 de octubre llegaron 690 soldados más. Al día siguiente, la Cancillería salvadoreña reveló la cifra completa: más de dos mil. Fuentes citadas por Reuters hablaron de un tope provisional de 2.500. Aviones de transporte C-130 del Pentágono ayudaron a moverlos. Según Axios, Bukele había llamado antes a Donald Trump, que le dio luz verde en privado y después respaldó públicamente la operación, aunque descartó enviar tropas estadounidenses.
«No es una invasión»
Bukele ha dedicado buena parte de estas semanas a explicar lo que la operación no es. No es una invasión, ha repetido. El Salvador no es una gran potencia, no quiere dominar al pueblo haitiano ni apropiarse de sus riquezas. Nadie les paga por esto, sostiene, y su Gobierno asegura cubrir el 90% de los gastos.
Pero el discurso tiene dos registros que conviven con dificultad. En uno, la misión es estrictamente humanitaria: traer a casa a cuatro hombres. En el otro, la ambición crece. El presidente ha dicho que rescatará a los técnicos «por las buenas» o «por las malas»; ha publicado vídeos de patrullas recibidas con aplausos y de helicópteros salvadoreños abriendo fuego contra pandilleros que atacaban a soldados chadianos de la GSF; ha proclamado que las bandas ya no tienen la ventaja. El 3 de noviembre invocó a Jean-Jacques Dessalines, el padre de la independencia haitiana, para prometer que ayudaría a los haitianos a recuperar su país de manos de quienes traicionaron su legado: pandilleros, pero también quienes los financian y los arman. Al día siguiente desafió a los jefes de las bandas a reunir a sus hombres para pelear.
Entre ambos registros cabe una pregunta jurídica nada menor: ¿quién manda sobre esas tropas?
Cinco ejércitos y una cadena de mando difusa
El portavoz del secretario general de la ONU, Stéphane Dujarric, precisó que solo unos 200 de los soldados salvadoreños están bajo la jurisdicción de la GSF. El resto opera, según la agencia EFE, al margen del mandato que el Consejo de Seguridad definió en septiembre. Los salvadoreños no se alojan en la base principal de la fuerza multinacional, sino en Tabarre, cerca de la embajada de Estados Unidos.
El primer ministro haitiano, Alix Didier Fils-Aimé, ha salido en su defensa. Flanqueado por un coronel salvadoreño y por mandos de la GSF, la policía y el ejército haitianos, aseguró que las fuerzas extranjeras actúan bajo autoridad haitiana y que no han venido a sustituir al Estado sino a reforzarlo. Bukele no ha confirmado públicamente esa subordinación.
El paisaje se complica todavía más. Según el especialista Romain Le Cour Grandmaison, de la Global Initiative Against Transnational Organized Crime, hoy operan en el terreno cinco estructuras armadas: la policía, el ejército haitiano, la GSF, el task force gubernamental apoyado por Vectus Global —la empresa de seguridad fundada por Erik Prince, el creador de Blackwater y aliado de Trump— y, ahora, el contingente salvadoreño. El analista salvadoreño Luis Contreras anticipó que parte de las nuevas tropas podría coordinarse con la empresa de Prince.
El primer golpe
El 2 de noviembre, al amanecer, los salvadoreños lanzaron su primera gran ofensiva en la llanura de Cul-de-Sac, al noreste de la capital, contra Chèn Méchan y 400 Mawozo, las bandas señaladas por la desaparición. La prensa haitiana contabilizó al menos una decena de pandilleros muertos en los sectores de Santo y Croix-des-Missions.
En esa misma operación conjunta, la Policía Nacional encontró en Santo el esqueleto calcinado del vehículo de los técnicos. Es, hasta hoy, el único resultado material de la búsqueda. De los cuatro hombres, ni rastro.
La otra orilla
Desde el otro lado llegan voces que también conviene escuchar. Un cabecilla de banda, citado por AP, aseguró que nadie había pedido a Bukele que viniera y le acusó de haber acudido a proteger su dinero a costa de sus soldados. Lanmò Sanjou, el jefe de 400 Mawozo, contó a la misma agencia que había escrito al secretario general de la ONU para pedir un diálogo, alegando preocupación por los civiles.
Esa preocupación la comparten, con más credibilidad, las organizaciones humanitarias. Médicos Sin Fronteras registró 30 heridos, entre ellos mujeres y niños, en los ocho días posteriores a la desaparición, por disparos y explosiones de drones, y advirtió de que la llegada de más fuerzas extranjeras podía multiplicar las víctimas y los desplazados. La asociación UNA-Haití ha denunciado muertes de civiles que atribuye a los salvadoreños. La ONU recuerda que cualquier operación debe respetar el derecho internacional humanitario y de los derechos humanos.
No todas las voces haitianas son críticas. Pierre Espérance, al frente de la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos, celebró la rapidez inusual del despliegue y expresó su esperanza de que frene el terror de las bandas sobre la población. En algunas calles, los convoyes salvadoreños han sido recibidos con cánticos.
El telón de fondo explica esa ambivalencia. Entre enero y mediados de septiembre, más de 5.700 personas murieron o resultaron heridas en Haití por la violencia, según la ONU. Casi seis millones sufren hambre aguda. El país no tiene un gobierno electo desde el asesinato de Jovenel Moïse en 2021, y las elecciones previstas para diciembre se han aplazado hasta julio de 2027.
¿Por qué Haití?
La respuesta oficial es una sola: rescatar a cuatro compatriotas. Es una razón con peso emocional y político —ningún gobierno abandona a sus soldados—, pero desproporcionada respecto a los medios empleados, y casi todos los observadores coinciden en que no lo explica todo. La agencia AFP lo resumió al titular que el despliegue es, sin duda, más que una operación de rescate.
Los analistas apuntan a varias capas superpuestas:
- El escaparate. Reuters lo describió como la primera gran prueba en el extranjero del modelo antipandillas de Bukele. Un éxito reforzaría su argumento de que lo que funcionó en El Salvador es exportable. Un especialista consultado por Examedia lo definió como una apuesta para presentarse no solo como un líder nacional, sino como un actor regional con poder propio.
- La alianza con Washington. Estados Unidos impulsa la GSF desde su origen, prestó los aviones y ha bendecido la operación sin implicar a sus propios soldados. Varios analistas ven en ello una lógica en la que Washington actúa a través de aliados regionales. Bukele, socio de Trump en acuerdos migratorios y penitenciarios, consolida así su papel de aliado imprescindible.
Los escépticos añaden una advertencia de fondo: Haití no es El Salvador. Las bandas haitianas controlan la mayor parte de la capital desde hace años, tienen vínculos con élites económicas y políticas, reclutan menores y se adaptan con rapidez; el Estado apenas existe y las cárceles y tribunales están colapsados. En El Salvador, el régimen de excepción vigente desde 2022 se sostuvo sobre un aparato estatal intacto, decenas de miles de detenciones y la suspensión de garantías que las organizaciones de derechos humanos han documentado con insistencia. Nada de eso es trasladable a un país ajeno.
En El Salvador, el despliegue divide opiniones, aunque el debate tiene poco espacio: la Asamblea está dominada por el oficialismo y buena parte de la prensa crítica y de las ONG, como Cristosal, trabaja ya desde el exilio.
Lo que falta por saber
A día de hoy, 7 de noviembre, quedan más preguntas que respuestas. No se sabe si los cuatro técnicos siguen con vida. No se sabe con precisión bajo qué mando actúan la mayoría de los dos mil soldados, con qué reglas de enfrentamiento ni durante cuánto tiempo. No se ha aclarado del todo qué hacían cuatro técnicos de aviación en un vehículo sin escolta en territorio de Chèn Méchan. Y no se sabe qué ocurrirá con el contingente si los desaparecidos aparecen —vivos o muertos— y la justificación oficial se extingue.
Bukele vino a Haití a buscar a cuatro hombres. Lo que encuentre, o lo que decida quedarse a buscar, dirá mucho más sobre el verdadero propósito de la misión que cualquiera de sus mensajes en criollo.











