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David R.
Jueves, 7 de julio de 2016

Reflexiones sobre el derecho a poseer armas (2)

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En el primer artículo sobre la posesión de las armas únicamente apunté una idea que está presente en la sociedad, en un sentido o en el opuesto, y que, por lo tanto, genera algún nivel de debate, aunque este sea de baja intensidad en nuestro país.

 

En países como el nuestro, la propiedad y el empleo de las armas cortas está muy limitado por ley a colectivos concretos, de la misma manera que la propiedad y el empleo de las armas largas del calibre 12/mm, o los rifles de potentísimos calibres está menos limitada y se permite prácticamente al conjunto de la población adulta. 

 

Las personas civiles que acceden a la posesión y posibilidad del uso de un arma larga tienen que superar unas pruebas legales básicas de capacitación, muy inferiores a las que el mismo sistema exige para la conducción de un vehículo de hasta 3,5 toneladas.

 

Esas limitaciones tienen en cuenta la edad de la persona que obtiene licencia, y la del comprador, y así ocurre que se produce la primera de las disfunciones: resulta más fácil para una persona mayor de edad adquirir una escopeta táctica de combate SPAS 12 Franchi y las municiones pertinentes, o un rifle de precisión del calibre 308 con mirilla telescópica, que obtener un carné de conducir.

 

Antes de escribir estas líneas, he comentado la cuestión con profesionales que saben mucho de estos asuntos y uno de ellos me decía "no tiene sentido que doten a los ciudadanos de armas de fuego cortas si les doten de armas largas, en número casi ilimitado, más mortíferas y de efectos mucho más terribles". Otros me decían que permitir un acceso más amplio a las armas cortas atacaría directamente al monopolio de la violencia, pilar básico del Estado de derecho, y aquí nos encontramos con la segunda disfunción, porque como apunté en el primer artículo es evidente que ese pilar se desmorona cada día que pasa.

 

La tercera disfunción es la más grave, porque afecta a la interpretación del hecho de tener o no acceso a un arma corta o larga. Cuando he preguntado a los que ya la tienen, la respuesta ha sido casi unánime: deben continuar las limitaciones. Pero cuando he preguntado a las mujeres y hombres que no tienen acceso a estos elementos, la opinión es la contraria.

 

Por cierto, en este y en todos los países occidentales, las personas que mejor manejan armas cortas y largas no son los miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, son los miembros de sus unidades de élite, los miembros de esos cuerpos que tienen afición por las armas y dedican su tiempo y su dinero a entrenar con ellas, y los miembros civiles de los clubes de tiro donde el manejo de las armas se toma muy en serio.

 

Considero que el debate sobre el derecho a poseer armas debería, como poco, abrirse. Mientras tanto, resulta más fácil adquirir un arma corta en el mercado negro que en una armería, y esa arma sí está totalmente fuera de control y el que así la consigue normalmente no lo hace con buenas intenciones.

 

Para finalizar, imaginen un escenario. Una discoteca con más de 200 personas en su interior, de las que ninguna de ellas porta armas. Entra en la sala un terrorista con un fusil de asalto y varios cargadores y mata a más de 50 seres humanos; de hecho, mata todo lo que puede porque dispara sobre cualquier cosa que se mueva. Imaginen el mismo escenario con tan solo un 10% de los asistentes armados y entrenados. ¿Qué pasaría? La mayoría lo ha pensado, pero no es políticamente correcto decirlo y menos escribirlo. El terrorista sí lo había pensado, pero tenía la seguridad de que esa posibilidad no se iba a producir.

 


 

 
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