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Una entrevista de Fernando José Vaquero Oroquieta
Martes, 14 de noviembre de 2017
El “relato del terrorismo”: elaboración, mercancía averiada y memoria

Víctor Javier Ibáñez: "La equidistancia entre víctimas y verdugos es una bajeza moral"

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[Img #12666]Nos encontramos en un momento histórico en el que algunos actores sociales pretenden elaborar, de manera unívoca y académica, el denominado “relato del terrorismo”; maniobra impulsada especialmente desde diversas administraciones autonómicas con evidentes intenciones. De modo paralelo, dicha problemática pierde protagonismo en los medios de comunicación, eclipsándose rápidamente entre las preocupaciones percibidas como acuciantes por la sociedad española. Por lo que respecta a su deriva judicial, parece extinguirse poco a poco, sin ofrecer respuesta a 300 asesinatos pendientes de resolución y miles de delitos de otras tipologías perpetrados por una organización terrorista, todavía viva, cuyos líderes y activistas son recibidos como héroes con total impunidad.


Con este mar de fondo, el escritor Víctor Javier Ibáñez viene investigando el terrorismo centrándose en la dimensión humana y política de un grupo particularmente revictimizado: el del entorno tradicionalista.


Historiador, funcionario de carrera de la Administración territorial de la AGE, activista ciudadano, es autor del libro "Una resistencia olvidada: tradicionalistas mártires del terrorismo" (Ediciones Auzolan, 228 páginas, Córdoba, 2017). El próximo día 22 de noviembre hablará de todo ello en una nueva convocatoria de las cenas-tertulia “Diálogos en Pamplona” (*).


Se viene afirmando que “como ETA ya no mata”, desde hace unos pocos años, la sociedad estaría “normalizada”. Desde su experiencia como investigador, y en contacto permanente con no pocas víctimas directas del terrorismo, ¿qué juicio le merece esta opinión cada vez más extendida?


Es una afirmación claudicante en la forma y mendaz en el fondo. Porque lo “normalizado” sería la institucionalización de la banda terrorista, lo que es una afrenta contra el más elemental sentido de la justicia, un indicativo de las debilidades del sistema político y de la cobardía que se ha instalado en amplias cotas de la sociedad. Presenté en una ocasión el libro en el marco de un coloquio titulado “Terrorismo etarra, ¿fin o transformación?”. Tuve el honor de compartir mesa con Carmen Ímaz, hija del Cmdte. Joaquín Ímaz, primer asesinado por ETA en Navarra. El estado de ánimo de los que han padecido directamente la lacra terrorista no puede sufrir un ataque más directo que por parte de los que quieren “normalizar” esta transformación.


Stalin afirmaba que “Una muerte es una tragedia. Cien millones de muertos, una estadística”. ¿Considera que cuando se habla del “colectivo” de víctimas del terrorismo concurre algún fenómeno psicosocial análogo?
 

Necesariamente una imagen de colectivo desfigura los contornos particulares, sin embargo sólo los cínicos o los estalinistas –o alguien en quien concurran ambos rasgos, lo que suele ser norma- dan ese tratamiento a las víctimas. Y lamentablemente esas tipologías tienen cierto predicamento en los medios de comunicación de masas.

 

Desde el acervo de sus estudios históricos, ¿concluiría que las víctimas del terrorismo del entorno tradicionalista permanecen postergadas?, ¿por qué?
 

Sí, fundamentalmente, por dos razones. En primer lugar, el tradicionalismo sufría una profunda crisis a nivel organizativo en los años de la ofensiva terrorista, por lo que podía pasar desapercibido el carácter tradicionalista de la víctima. En otras ocasiones este hecho servía de coartada para ocultar deliberadamente dicho carácter desde posiciones contrarias al tradicionalismo. Y en segundo lugar porque si las víctimas de ETA siempre han rechazado el protagonismo este rasgo aún se acentúa más en el universo tradicionalista, que hacía llevar la pérdida de un ser querido con una dignidad admirable por la fe en la Misericordia y en que “ante Dios no serás héroe anónimo”. Por eso muchas historias no han trascendido de un ámbito estrictamente doméstico. En este sentido me siguen resultando impactantes y edificantes varios ejemplos recogidos en el libro. Como el de Luis María Uriarte, quien murió después de cinco días de agonía tras recibir nueve heridas por impacto de bala en partes muy dolorosas, y con sus escasas fuerzas pudo decir que perdonaba a sus asesinos.


[Img #12667]Merced al impulso de la Fundación Villacisneros se están reabriendo algunos atentados terroristas décadas después de haber tenido lugar. Pero, según diversos informes, serían, únicamente en lo que se refiere a asesinatos, no menos de trescientos los pendientes de esclarecimiento de su autoría y sus diversas responsabilidades. ¿Qué pasa con los “poderes” del Estado de Derecho? Semejante comportamiento institucional, ¿es fruto de la desidia o de un cálculo político a largo plazo?


Concurren ambas motivaciones, directamente relacionadas con la pregunta inicial sobre la “normalización”. Que a nivel gubernativo se suele completar con la autocomplaciente y perversa aseveración de que “los terroristas no han conseguido sus objetivos”. Poco podemos esperar de las instituciones, por eso es necesario que desde la sociedad se trabaje para articular iniciativas que en la medida de sus posibilidades acaben con las vergonzantes omisiones de los poderes públicos, empezando desde la documentación y la denuncia.


La metodología consistente en sumar a las víctimas del terrorismo “otras víctimas” (de “excesos policiales”, de bandas de extrema derecha, etc.), base de diversas iniciativas orientadas a la “elaboración del relato de la violencia política” impulsadas por algunas administraciones públicas (especialmente el Gobierno vasco y el también separatista de la Comunidad Foral de Navarra), ¿es una opción con base científica” o responde a otros intereses?


Tiene una pretensión absolutamente ideológica y se circunscribe en la aludida estrategia de transformación de la banda terrorista. Se está dando cobertura legal a una pretensión que ya se establecía en documentos internos de la banda en el año 2010.


El fenómeno etarra es terrorismo separatista puro y duro, no se limita sólo a los asesinatos y además se desarrolla en unos momentos en que ninguna otra fuerza política tiene voluntad o capacidad de responder con violencia de manera sistemática al mismo. Cuando se han producido aislados y puntuales hechos de violencia contra los terroristas o su entorno los mismos han sido juzgados y condenados por los tribunales españoles e indemnizados por el ejecutivo. Ese relato es además absolutamente burdo, pues retuerce los hechos al extremo, contando como “víctimas” a personas que nada tenían que ver con el separatismo, a terroristas muertos por manipulación de explosivos o a accidentados yendo a visitar a terroristas de ETA en las cárceles, ofreciendo unas cifras que incluso en el caso de dar por buenas quedan muy lejos por su magnitud representar una lucha entre “dos bandos”. O si por algún extravio mental se aceptasen habría que concluir que el bando separatista ha sido, cuanto menos, el triple de sangriento.


Cuando se reflexiona en torno a los efectos perversos del terrorismo, ¿qué le sugiere el concepto “equidistancia”?
 

Bajeza moral.
 

Como fieles hijos de la Santa Madre Iglesia, ¿cómo han vivido, los tradicionalistas, la connivencia con el terrorismo y hasta su justificación, por parte de no pocos pastores de la iglesia y seglares católicos?


Con profundo dolor, pero sin hacer de ello un juicio global sobre la Iglesia. Un carlista donostiarra, al que debo mucho en mi investigación, señalaba la paradoja de que muchas veces se han exigido responsabilidades a la Iglesia más allá de su vertiente temporal y humana por determinados grupos que después no han sido tan severos con la omisiones de la judicatura, los partidos políticos o el sistema nacido del 78 en general.

 

(*) Más información e inscripciones: jbasaburua@hotmail.com
 

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