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Faustino Merchán Gabaldón. Ingeniero y escritor
Lunes, 5 de febrero de 2018
Estado actual de la ciencia y la tecnología en España

"La ciencia nunca da rendimientos inmediatos, es una apuesta de futuro"

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[Img #13251]Recientemente fue presentado en el Congreso de los Diputados por la Fundación Alternativas, el primer “Informe sobre La Ciencia y la Tecnología en España”, donde se puso de manifiesto el momento tan crucial que vive actualmente la Ciencia y la Tecnología (C y T), en España, momento de extrema gravedad, pues estamos abocados a ser un país de servicios, si no se corrigen inmediatamente las deficientes políticas científicas y tecnológicas actuales, para lograr la eficiencia del sistema de C y T español, que se resume en recortes y burocracia como puntos débiles de la C y la T en España. El sistema español de C y T ha tenido, a lo largo de los años, un comportamiento cíclico, con periodos de crecimiento y de contracción coincidiendo con los periodos de expansión y retracción económica, lo que le ha impedido alcanzar un tamaño crítico suficiente para servir de soporte para el establecimiento en España de una economía basada en la innovación. En la actualidad, el sistema emplea a algo más de doscientos mil investigadores, con 6,8 investigadores por cada mil habitantes, por debajo de la media europea de 7,9.

 

El estudio ha reunido a expertos en política científica, fundamentalmente científicos y profesores de Universidad, que han colaborado con anterioridad con las entidades más diversas, desde las sociedades científicas a los sindicatos, para hacer un diagnóstico y unas propuestas consensuadas. La C y T necesita innovación continua y permanente, no sólo necesita inversión, sino que además necesita básicamente disponer de una organización estratégica, objetivos claros y atracción de talentos. "La Ciencia nunca da rendimientos inmediatos, es una apuesta de futuro", explica Emilio Muñoz, Profesor del CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y coautor del informe. La media actual de los investigadores españoles está muy envejecida, en 60 años, con lo cual no es muy esperanzadora la situación actual. Además de lo urgente, también debemos de ocuparnos de lo necesario, es decir, la búsqueda del crecimiento basado en el Conocimiento, puesto que sin avances científicos y tecnológicos no hay progreso ni desarrollo tecnocientífico, y tampoco desarrollo social y cultural de cualquier sociedad; lo que implica la necesidad de  invertir en inteligencia y cultura. Con la llegada de la crisis se ha reducido un 35% la inversión en C y T, en los últimos ocho años, y la inversión actual está en torno al 1,19 del PIB, lo que  puede hasta menoscabar la incipiente democracia española.


En estos momentos, estamos en un ciclo expansivo de la economía española, por tanto, en el momento para apoyar el reforzamiento de la inversión para el crecimiento de la C y T en España. Ante la revolución digital, España puede perder de nuevo el tren, como ya lo perdió en la Revolución Industrial. Depende de la C y T el desarrollo, la competitividad, el empleo, los salarios, y el sistema productivo en general, por lo que España puede y debe dar un "paso decisivo" en su política científica y tecnológica,, afirma el Informe, que pide "desburocratizar" la gestión de la Ciencia, y aumentar la inversión.

 

Entre las recomendaciones del Informe, destacan la inclusión de la Ciencia y la Tecnología en la agenda política como un pilar de progreso; el establecimiento de un nuevo sistema de gobierno para la Ciencia con mayor participación de la comunidad científica; un pacto social que permita la interacción de la Ciencia con la sociedad, es decir, promoviendo un gran pacto ciudadano por la Ciencia, mejorar la gestión de los centros e instituciones de investigación dotándolos de una mayor responsabilidad en la gestión directa; y permitir un sistema de contratación de personal científico basado en contratos estables y niveles salariares equivalentes a los de la función pública; incrementar el gasto público en I+D hasta un nivel que nos permita alcanzar el horizonte del 2 % del PIB en I+D, y recuperar a 100.000 investigadores y tecnólogos de todos los niveles en los próximos 6 años; establecer un sistema de movilidad real de investigadores entre las diferentes instituciones dedicadas a la investigación; y fomentar, con una política clara, la formación de científicos y tecnólogos en el extranjero y la captación de científicos internacionales en áreas de especial interés y poco desarrollo interno.


La financiación actual del sistema es fundamentalmente pública, con una participación privada que en el mejor de los casos solo ha llegado a superar escasamente el 50% del total de la inversión, muy inferior al 70-80% de los países líderes en C y T. La drástica reducción en la financiación del Estado a la I+D, ha producido como resultado una disminución muy importante en la aparición de artículos de científicos españoles en las revistas de mayor repercusión internacional, así como una reducción del 60% en el número de patentes producidas. En cuanto a la producción científica internacional se ha reducido del 36%  en 2010 al 20% en 2015. El impacto de las publicaciones internacionales se caracteriza en un nivel de baja publicación y de baja calidad. En número de publicaciones, el sistema español de C y T ocupa el undécimo puesto como productor mundial. Tampoco España destaca en cuanto a recepción foránea de I+D+i.


El estudio destaca el comportamiento histórico de la ciencia española, mediante impulsos o bandazos. En el primer tercio del siglo XX se produjo una época en la que la Ciencia española era comparable en calidad a la de los centros europeos de investigación más avanzados, la llamada Edad de Plata de la Ciencia Española. La guerra civil acabó bruscamente con ella, con inversiones en torno al 0,3% del PIB, a pesar de que los gobiernos de la Dictadura formados en su mayoría por tecnócratas la impulsaron a través de los Planes de Desarrollo. La transición y la democracia recuperarían a más del 1,4%, y la crisis puso fin a los años de crecimiento de financiación anteriores. La caída de la inversión hizo que se pasara del 1,4% del PIB en el 2009 al 1,19% en el 2016, a la vez que la financiación estatal se reducía más del 30%. Además, el Estado sigue "maquillando" sus presupuestos al inflarlos con créditos para las empresas innovadoras, la mitad de los cuales nunca se ejecutan. En los años de los recortes se perdieron decenas de miles de puestos de trabajo del ámbito de la Ciencia y la Tecnología.


El gran impulso propuesto por el informe se concreta en una serie de medidas urgentes. En primer lugar, aumentar los recursos: 600 millones anuales durante 6 años, como se hizo durante los años 2001 a 2008, para alcanzar el 2% del PIB en I+D. En segundo lugar, despolitizar y desburocratizar la gestión. La posibilidad de tener una Universidad de Excelencia, tanto en docencia como en Investigación. El dilema está en el binomio ¿Investigadores estrella o potenciación de la innovación en el tejido productivo uniformemente distribuido por el territorio nacional?, quizá lo más acertado sería una combinación de ambos.


Existe actualmente una “gran descoordinación” entre organismos públicos de investigación, universidades, hospitales y empresas, tanto públicas como privadas. Además, se dedican recursos “muy valiosos” a tareas no productivas, fundamentalmente administrativas. El informe cree necesaria la creación de un Ministerio de Ciencia, “La Ciencia es esencial para nuestra prosperidad, nuestra seguridad, nuestra salud, nuestro medio ambiente y nuestra calidad de vida”, exponía  B. Obama,  expresidente de EE. UU, y “La Ciencia no es un lujo, es la llave para el éxito de un país” expresaba  D. Zajfman, Presidente del Instituto  Weizmann de Ciencia de Israel, sitúan su importancia. La conocida sentencia “Qué inventen ellos” de M. de Unamuno, Rector de la  Universidad de Salamanca, ha quedado como paradigma de una forma de pensar en nuestro país sobre la Ciencia, pero es una frase que se ha sacado de contexto, ya que se pronunció en una controversia entre Unamuno y Ortega y Gasset sobre la supuesta incapacidad de los españoles para hacer Ciencia: Ortega estaba a favor de crear instituciones, según los modelos alemán y sobre todo inglés, mientras que Unamuno sostenía que no existían instituciones que permitieran hacerla, pero que podían crearse sobre la idiosincrasia española, recomendando que había que descatolizar España y que los españoles tenían que ser menos dogmáticos y más liberales. Es cierto que hay muchas personas que difieren de esa apreciación, inimaginable en los países de nuestro entorno, en función del nivel intelectual y de su relación con las funciones educativas. En este contexto, los autores del informe creen firmemente que la humanidad progresa a través del conocimiento, la educación, la Ciencia y su aplicación tecnológica”, para rechazar cualquier incapacidad congénita y desmentir, con el tiempo, aquella afirmación de Juan de Mariana en 1601, en su Historia General de España, en la que define a los españoles de excelentes guerreros, pero “aborrecedores del estudio de las Ciencias”.


La razón de la insuficiencia en este campo, tan trascendental, no obedece a razones biológicas, sino a que ni el Estado ni el sector privado han prestado un interés preferente por la ciencia, ni tampoco por la educación en general, hasta fechas bien recientes. En España el analfabetismo fue mucho más abundante y resistente que en los países avanzados de Europa. Las Universidades perdieron fuelle a partir de Felipe II y nuestra industrialización fue tardía, raquítica y deudora de aportaciones foráneas, al igual que nuestro capitalismo y burguesía. No es de sorprender que en la lista de premios Nobel en Ciencia solo aparezcan dos españoles, el inolvidable Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa, este último desarrollado profesionalmente en los EE.UU. Bien es cierto que con la labor de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, creada en 1907 y dirigida por Ramón y Cajal, se dio un impulso notable a la Ciencia; un impulso que se acrecentó durante la 2ª República, periodo en el que tanto el presupuesto de Instrucción Pública, como el de la propia Junta se doblaron en el escaso tiempo de tres años. Con la conquista de la democracia se ha intentado recuperar el tiempo perdido, dedicando a este menester mayores recursos, sobre todo públicos pero también privados en determinadas áreas, aunque siempre sometidos al vaivén del ciclo económico. En 2010 la inversión en I+D sobre el PIB fue del 1,40% y hubo años en los que se creció a tasas superiores a las de los países más avanzados, originándose en este campo una cierta convergencia. Sin embargo, con la crisis y una política miope, se volvió a frenar el crecimiento y la inversión en I+D, mientras los países más avanzados, como Francia, Alemania, Gran Bretaña, e incluso Italia, que estaba por detrás de nosotros, aumentaron las inversiones en Ciencia, con lo que el desequilibrio se volvió a acentuar.

 

Es decir, un vaivén que si siempre es negativo en empeños de largo plazo, en el caso de la Ciencia puede ser letal, pues esta necesita de constancia y seguridad en los medios y proyectos, en especial la Ciencia de base, que es la más trascendental. A pesar de todo se ha mejorado y en ciertos campos de manera notable. No obstante, los recursos siguen siendo claramente insuficientes, pues no hay más que analizar los Presupuestos Generales del Estado de los últimos años y comparar la inversión en I+D con otros países avanzados de Europa, de Asia o de América del norte para darnos cuenta del retroceso acumulado. Entre otras, esta es la razón por la cual miles de jóvenes españoles con talento tienen que emigrar a otros países para poder desarrollar su vocación científica. ¿Cuándo nos percataremos en los hechos, y no solo en las palabras de que la inversión en Ciencia es el factor estratégico fundamental para el progreso de nuestro país?, sobre todo en estos momentos de aceleración científica y tecnológica, cuando estamos transitando hacia un nuevo paradigma tan revolucionario o más que el que supuso la revolución industrial. Entonces llegamos con retraso y de manera secundaria a aquella cita; ahora deberíamos hacer lo imposible para que no se repita la historia. Se ha realizado un diagnóstico del “Estado de las Ciencias”,  y a partir de él, proponer alternativas avanzadas y efectivas, las más adecuadas a nuestras posibilidades y circunstancias, de acuerdo con el método científico, es decir, sobre la base de datos y hechos contrastados, manteniendo siempre el rigor y el apoyo en el método científico, y guiados por una ética de responsabilidad ante las presentes y futuras generaciones de ciudadanos españoles.

 

Sirva este recuerdo para hacer mención a algunos investigadores, muchos desconocidos para el gran público, que han llevado a la ciencia española a niveles de calidad equiparables a los de sus colegas internacionales. Cabe señalar, entre otros, nombres como los del ingeniero Leonardo Torres Quevedo; el químico Manuel Lora-Tamayo; los físicos Blas Cabrera y Carlos Sánchez del Río; el matemático Julio Rey-Pastor, que llenan de orgullo a los que conocen la historia de la C y T internacional de los últimos cien años, como merecido homenaje por su esfuerzo en condiciones difíciles de trabajo. Después de la recuperación del sistema democrático, a pesar de la grave crisis económica de aquellos años, se agrupan en una decena de organismos públicos de investigación, tanto multisectoriales, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, como sectoriales, el Instituto de Salud Carlos III, el Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias, el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial, etc., así como en un total de ochenta y dos universidades, muchas de ellas de creación reciente. La internacionalización del sistema sigue una línea ascendente, fundamentalmente, a través de la relación con los países científicamente más avanzados, EE. UU., Reino Unido, Francia, Alemania, y con los países hispanoamericanos. El número de proyectos de grupos españoles con otros grupos europeos se ha incrementado notablemente en los últimos años. La aparición, después de la Segunda Guerra Mundial, de la Ciencia como factor de mejora y crecimiento económicos ha hecho que esta deba ser considerada dentro de los factores que contribuyen al desarrollo y bienestar social. Esto no ha sido asumido en España de una forma estable. La repercusión de la Ciencia en la innovación y el desarrollo económico no está asumida por una sociedad que carece de tradición de confianza en la Ciencia y que, en general, tiene la errónea creencia de que las innovaciones se pueden comprar a otros países. Las recomendaciones implican cambios de paradigma en la política económica general actual, para revertir la desindustrialización de la economía española, mejorar el apoyo a los sectores empresariales más innovadores y con mayor capacidad tecnológica. Para ello, hay que adoptar medidas encaminadas a aumentar el tamaño de muchas de las actuales pequeñas empresas para que puedan afrontar con más garantías el desafío de la innovación ante un marco de continua aparición y desaparición de nichos de oportunidad. Simultáneamente, se debe aumentar el número de empresas que jueguen un papel impulsor, capaz de potenciar la innovación propia y de su entorno, y servir de base a una nueva reindustrialización innovadora. Esto se conseguiría con la creación del Ministerio de Ciencia con poder real de influencia y un volumen de recursos económicos adecuado, en lugar del “totum revolutum” que persiste desde hace muchos años. Está pendiente la implementación de la nueva Agencia Estatal de Investigación, cuya creación se demoró hasta las vísperas de las últimas elecciones. Por otro lado, el sistema político español debería aprovechar la versatilidad institucional y la tradicional capacidad de cooperación de los científicos para activar la inteligencia colectiva que se supone que existe en el sistema de C y T, y crear espacios estructurales, instituciones que permitan mejorar la participación de los ciudadanos en este ámbito de decisión política. se podría proponer la apertura de un proceso que permitiese alcanzar un amplio consenso social en torno a la Ciencia; un pacto social capaz de promover y favorecer el  verdadero pacto de Estado en sede parlamentaria, creando una oficina parlamentaria de evaluación de opciones científicas y tecnológicas que proporcione a los representantes de los ciudadanos, informes técnicos realistas sobre las iniciativas sociales en desarrollo e innovación, o sobre posibles objetivos estratégicos, creando un nuevo modelo de gestión de la C y T, incrementar el nivel de gasto público en I+D para alcanzar un porcentaje en relación al PIB equivalente al de los países más avanzados de nuestro entorno.

 

España necesitaría ese gran pacto de Estado para la Ciencia con un impulso colectivo, puesto que si no avanzamos en este sentido estaremos abocados a ser un país de tercera. El PIB español está en torno al billón de euros; es decir, el 2% de inversión sobre el PIB estaría en torno al 20000 millones de euros, objetivo que marcaría el pacto cívico por la C y T para el horizonte 2025 en I+D+i. Decimos Pacto Cívico, en tanto que debe de venir impulsada por la sociedad civil, con un nuevo modelo de gobernanza en la gestión colegiada de la C y T. Debería hacerse un rescate científico y tecnológico, al igual que se hizo con la economía, ya que actualmente existen 36000 científicos y tecnólogos trabajando fuera de España, para ello son necesarios unos gobernantes patriotas, con visión de Estado y del largo plazo, con una inversión pública para estimular y facilitar la inversión privada, creando las infraestructuras necesarias para el desarrollo del sector. Se carece de eficiencia en el gasto en C y T, ya que no se gasta más del 50% del gasto destinado para ello, retornando al Tesoro público, por falta de proyectos de alto valor añadido en el sector productivo; aún cuando cerca del 10% de los empleos creados en España son de contenido y base tecnológica.

 

El Informe también hace especial hincapié en las necesarias mejoras en el modelo de sistema educativo español, con graves deficiencias en C y T, y en el modelo económico, al que hay que abrir al capital-riesgo, así como la internacionalización del sector, que no entiende de fronteras administrativas y burocráticas, fomentando la circulación de científicos y tecnólogos, pues actualmente solo el 21% de los españoles tiene interés por las noticias de C y T, frente al 41% de media en el resto de Europa, y el 47% en EE.UU, aunque si se ve positiva por los españoles la inversión en C y T.  Sin embargo, en España está mal visto que los científicos hagan divulgación de la Ciencia,  de manera que este espacio es cubierto por periodistas, que salvo casos aislados, flaco favor hacen a la Ciencia. La C y T no parece tampoco preocupar demasiado a las nuevas formaciones políticas españolas, por ello, no se ve un horizonte despejado que nos ofrezca un atisbo de aires renovadores en materia científica. Como España siempre es diferente, una vez más, se cumple de nuevo esta sentencia de hondo calado popular, ya que las políticas conservadoras se caracterizan por rescatar la economía que las políticas pseudoprogresistas han dejado hundida, ya que estas pretenden siempre una mayor inversión en gasto social, donde encuadran a la C y T, en lugar de situarla como inversión estructural o básica, algo sensiblemente diferente en el resto del mundo, por lo que, los conservadores españoles se han visto obligados continua e, históricamente a tomar el “papel de malos”, al solicitar un esfuerzo a los españoles, para tapar los agujeros en la línea de flotación de la economía española, infligidos por las políticas pseudoprogresistas de mayor gasto social, basadas en el derroche y el buenísmo.

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