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Carlos X. Blanco
Domingo, 11 de marzo de 2018

Las manzanas podridas de la Universidad

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Noticia clasificada en: Educación en España Universidad

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Aunque ahora me parece increíble, yo crecí pensando que la Universidad era la más alta institución del saber, el culmen de una vida de estudios, un mismo y elevado vaso donde quedaba vertido todo el conjunto del saber; de ahí su etimología. "Unus", el uno, la totalidad del saber adquirida por un hombre y poseída e irradiada en una sola Institución. "Versus", verter, volcar, de-volver lo ya poseído por otros aquello necesariamente recibido por cada nueva generación de jóvenes. En cierto modo, universitario significa "todo en uno". La totalidad de la cultura y de la naturaleza presente en cada individuo que intenta abarcarla y cultivarla.


Cuando llegué, hace ya muchos años, a pisar por vez primera las aulas de tal suprema institución del saber, el infantil prejuicio aún no se había desvanecido de mi mente y con enorme orgullo me sentí como catapultado a un pequeño Olimpo en el que transmitir y recibir saber daba sentido a toda mi vida. Mi vida como estudiante se proyectaba en mi imaginación dulcemente en una futura vida profesoral. El anhelo, un tanto monacal, de volcarme hacia los libros y hacia alguna investigación sesuda, creando discipulado, era una fantasía recurrente. Pero con la edad, la nebulosa percepción infantil de los saberes y de sus templos sacros se me disipó. Aunque conté con algunos profesores buenos, pocos, el espécimen español del "Homo academicus" dejaba bastante que desear. Por los pasillos y escaleras de mi facultad se les oía decir, sin tapujo: "¿aún no han sacado tu plaza?". Era tal el sistema de reclutamiento del profesorado, que éste dependía únicamente del designio y arbitrio de algún barón o preboste feudal para que un profesor "asociado" tuviera su plaza temporalmente ganada, un sustento garantizado, y ello sin especiales contribuciones al saber. Con cero publicaciones, sin tesis doctoral leída, con tan sólo servir café y reírle las gracias a un catedrático, era muy posible crear un nicho docente desde el cual, con el sólo transcurrir de unos años y dejar asomar algunas canas, podría aspirar a sacar –definitiva y apoteósicamente- "su" plaza. Muchos lectores saben que no exagero.


Por supuesto, el declive de la enseñanza superior española tiene su origen en este procedimiento nepotista, absurdo y feudal de selección del profesorado. Yo mismo he podido conocer casos de profesores que, de no ser por exigencias legales sobrevenidas, jamás habrían terminado su tesis doctoral ni hubieran publicado en revistas más prestigiosas que en una hoja parroquial. Tan a gusto cobraban su sueldo y gozaban de su canonjía.


Desde mis años de estudiante, los requisitos para ser profesor en la universidad han sufrido modificaciones, pero me temo que, sustancialmente, el vicio del nepotismo y el clientelismo no están erradicados de la enseñanza superior. Mucho se ha hablado de la famosa ANECA, a cuyos supuestos rigores nunca me vi sometido, pero por lo leído y escuchado me consta que no es -ni mucho menos- una solución seria. Un docente e investigador, como cualquier hijo de vecino, no puede ser juez y parte, y creo que unas pretendidas "Agencias" de evaluación nunca podrán sustituir a los duros y exigentes procesos de "concurso-oposición" en los que se espera que salga una única bola de un bombo lleno de temas correspondientes a un área concreta de conocimiento. Si un candidato a profesor universitario sacara su plaza, de veras, por el método de la bola en el bombo y después, sólo después, se empezaran a contar sus méritos y publicaciones, otro gallo cantaría en nuestra podrida universidad. Pues al menos habría garantías de que esa persona "sabe" lo que va a enseñar y "sabe" sobre aquello que va a investigar. Personalmente he visto cómo la "baremación" de los méritos de los candidatos es arbitraria. Por más decimales, décimas y milésimas con que se compute cada artículo y ponencia de un candidato a profesor universitario, el grado de "idoneidad" de las mismas es valorado libremente por parte de la comisión formada, que es la que lo establece y la que suele tener preferencias o, directamente, "barre para casa" y elige a quien le convenga a la propia comisión. Podrán engañar a los más incautos y complicar "ad nauseam" los trámites burocrático-administrativos, pero todas las ANECAS y tingladillos de la universidad española esconden un nepotismo, un clientelismo y un analfabetismo mayúsculos, que condenan a nuestro país al más oscuro de los letargos y atrasos. Me parece que es en algunas áreas concretas de la biomedicina y de la tecnología donde los académicos españoles funcionan de manera homologable al de otros países extranjeros de primera línea, pero son la excepción en medio de una mediocridad que, repito, hunde sus raíces en la propia selección del profesorado.


Además, las universidades españolas son templos del despilfarro. En Castilla-La Mancha o en Andalucía, por ejemplo, hay un campus o una universidad por provincia, lo cual es casi como decir en cada pueblo, con escuelas superiores y facultades duplicadas; con lo fácil que hubiera sido becar a los alumnos para su oportuno desplazamiento a una provincia vecina. Se compran partidas ingentes de ordenadores que no llegan a estrenarse nunca, o se financian costosas asistencias a congresos en las Antípodas, que cubren a cónyuges, familia carnal y política, y todo a mantel puesto.

 

Mientras tanto, esas ciclópeas y manirrotas instituciones no parecen muy generosas en sus emolumentos cuando se trata de gratificar a los profesores-jornaleros. No hace muchos años, mi colaboración como asociado temporal en una universidad llegó a  representar los 400 euros al mes. Algún profesor de universidad llegó a decir que se podrían sacar plazas "gratis", sin sueldo, para que los jornaleros-docentes procedentes de la enseñanza secundaria "tuvieran esa oportunidad" de enseñar en ese Templo de Sabiduría. Pero el trabajo esclavo ya estaba inventado hace milenios.


Sigamos con las anécdotas: las fotocopias que tuve que repartir a los estudiantes del máster universitario me las costeé yo mismo, dado los engorrosos trámites internos del servicio de reprografía de la universidad. Mi dirección electrónica institucional y mi acceso pleno a la biblioteca en calidad de profesor se extinguieron tan pronto como se extinguió mi contrato… Esta racanería para con los jornaleros-docentes, ¿es compatible con los fastos que corren en el nivel de los profesores titulares y catedráticos?

 

Resulta de lo más curioso que yo, como profesor de secundaria y bachillerato, que es lo que soy principalmente, puedo estar obligado (sí, han leído bien, obligado) a ser tutor de un alumno de prácticas que esté cursando el Máster Universitario de Profesorado de Secundaria. Esto supone, entre otras tareas, confeccionar una memoria final y un seguimiento diario sobre las prácticas de este alumno que quiere ser profesor como yo, una vez que apruebe las oposiciones. El alumno ha tenido que pagar muchos, muchos euros a una universidad que le extenderá ese título de Máster, el cual es requisito obligatorio (frente al más económico y llevadero CAP, Curso de Aptitud Pedagógica de otros tiempos). El profesor de bachillerato suple esa sobrecarga de trabajo de la que se exonera la propia universidad. Dicho en otras palabras: la universidad cobra entre 1.000 y 2.000 euros a un muchacho que quiere ser profesor, a quien le imponen un Máster que no le sirve para nada, que es un mero requisito formal, y, esta universidad, una vez hecha la caja, rellena de billetes cobrados como si fuera un "impuesto revolucionario", encima cuenta con un cuerpo de profesores de secundaria que han de trabajar gratis, como tutores obligatorios al servicio de esa universidad, sobrecargando al profesor de secundaria sus horarios y multiplicando sus ya agobiantes funciones en el Instituto. Y si es el caso en que, generosamente (como fue mi caso hace unos años) además de eso, quiere acudir a las aulas de la universidad a enseñar la didáctica de su especialidad en uno de los módulos del Máster, el así voluntario jornalero-docente, cobra la friolera de unos cuatrocientos euros al mes sin paga extra ni nada extra, a modo de propinilla junto a su sueldo de funcionario. La verdad es que se trata de un tipo de Máster, y de un tipo de universidad como para que se hunda en las cloacas.


"Másters" recaudatorios aparte, sería largo de contar qué clase de cosa extraña, fugaz, pasajera, es hoy en día una "titulación" universitaria. Las titulaciones son ahora como mercaderías que se lanzan, aparecen o se extinguen, como si de setas del campo o cambios de veleta se tratara. Veo a los docentes universitarios rellenar papeles sin cuento, para lanzar esas "titulaciones" que, en ocasiones, sólo duran un año. Las más estrambóticas combinaciones de asignaturas o "créditos", convenientemente troceadas con arte de charcutero, entran en escena y "se ofertan" o hacen mutis por el foro. Nadie parece capaz de volver a ver el uni-verso, esa totalidad vertida en un único vaso que fue la Universidad de la Edad Media y prolongada, con mayores o menos decadencias, en la Modernidad: un árbol, lleno de ramas y ramitas, florido y fructífero, un árbol del conocimiento con manzanas sin pecado incitando a cada joven una sana manducación.


La universidad española está podrida, ya no es árbol del conocimiento, ya "oferta" solamente manzanas podridas. Necesita una reforma y una recentralización. También una redimensión. Se necesita una universidad "nacional", de Estado, que programe la enseñanza superior como tarea suprema de la Política.

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1 Comentario
Fecha: Domingo, 11 de marzo de 2018 a las 17:19
Ramiro
Excelente exposición, por la que le felicito muy sinceramente, de la lamentable situación de la universidad pública española, que he padecido como alumno y como profesor...
Se puede decir más alto, pero no más claro.

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