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Un artículo de Sergio Fernández Riquelme
Miércoles, 11 de abril de 2018

"Soli Deo Gloria". La batalla de Hungría por la defensa de los valores tradicionales

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Por tercera vez consecutiva volvía a ocurrir. Pese a la presión intensa de la Unión Europea y muchos de sus Estados miembros, pese a la crítica incesante de los medios liberal-progresistas continentales y de los grupos financiados por la plataforma de Soros, Viktor Orbán y la coalición Fidesz-KDNP volvían a ganar las elecciones legislativas húngaras (Választás 2018).

 

Frente a determinadas encuestas de opinión, a la presunción de que una mayor afluencia ciudadana a las urnas conllevaría un vuelco, al éxito de determinados pactos anti-Orbán previos a la contienda (como en la localidad de Hódmezővásárhely), y a las esperanzas de cambio de la oposición de centro izquierda (MSZP-Parbeszed, DK, Együtt, LMP, Momentum) e incluso de la extrema derecha de Jobbik, Orbán no solo ganaba sino que conseguía además aumentar los votos y los representantes en un jornada de votación que registró casi un record de participación. Con un 48,89% de los votos y 134 escaños en una Cámara de 199 (obteniendo nuevamente dos tercios de representación en el Parlamento, lo que le volvía facultar para cambios constitucionales), Orbán rompía casi todos los pronósticos en contra.


Esa misma noche, bien entrada la misma, tras conocerse los resultados oficiales, Orbán proclamó su victoria en Budapest ("Győztünk"). Ante miles de sus simpatizantes, recordando los esfuerzos realizados y las amenazas superadas, Orbán terminó su discurso proclamando “Soli Deo Gloria”, su lema gubernamental desde la victoria en 2010 (rememorando posteriormente al revolucionario Lajos Kossuth y cantando el himno nacional). Un lema, una nación, una fe, una misión, que volvía a ser primera plana nacional e internacional.


Durante las semanas previas a la elección, Orbán ya no solo era un simple nacionalista conservador, era una amenaza cuasi autoritaria. Orbán era insultado, pese a llevar ya cuatro victorias electorales pulcramente democráticas (la primera, en 1998), como “populista” (El País, La Vanguardia), “xenófobo” (El Mundo, BBC), e incluso como “autócrata” (Euronews, Público, El Confidencial, Deutsche Welle, New York Times).

 

De nada servían esas victorias, ni el importante desarrollo económico de la última legislatura, con más de 740.000 nuevos puestos de trabajo y la reducción del desempleo hasta el 3,7%, el equilibrio presupuestario y un crecimiento del PIB de un 4%, o el aumento de los sueldos en torno a un 14%. El pecado era este: su defensa de la familia tradicional (constitucionalmente, desde 2011); su apelación continúa a las raíces judeocristianas de Hungría y Europa (central en sus numerosos discursos), su apoyo sistemático a la maternidad y a la natalidad (desde el programa “madres a tiempo completo” a los paquetes familiares de ayudas al nacimiento de hijos e hipotecas más reducidas), su rechazo a la inmigración masiva y descontrolada (protegiendo la frontera y negándose al sistema de reparto de refugiados por cuotas), su independencia ante las pretensiones centralizadoras de la burocracia comunitaria (con el apoyo polaco), y su negativa a ceder espacio o protagonismo a las asociaciones financiadas por Soros y la OpenSociety (controlando su Central European University o celebrando una consulta pública sobre sus políticas migratorias); posturas compartidas directamente por el gobierno de Polonia y parcialmente por el resto de países del Grupo de Visegrado: Eslovaquia y República Checa.


Por ello, para el gobierno húngaro los ataques respondían, simple y llanamente, a una “guerra cultural y de valores”, como señalaba Gergely Gulyas, líder del Fidesz en el Parlamento. Y lo era por la defensa del premier húngaro, sin complejos y sin fisuras, de los considerados valores tradicionales nacionales y cristianos frente “al constante ataque de los socialdemócratas, comunistas y verdes de toda la UE”, contra el proyecto progresista-liberal de parte de la UE con apoyo de las organizaciones del lobby de Georges Soros, y por reclamar siempre el regreso de Europa a sus principios fundacionales: ”lo que queremos es una Hungría fuerte dentro de una Europa fuerte” reclamaba Gulyas. Y un país magiar más fuerte, según el portavoz gubernamental Zoltán Kovács, solo era posible desde “una mayor competitividad, una sociedad de bienestar social, buenos datos demográficos y políticas basadas en la identidad”; identidad apoyada por el Estado, de manera concreta, mediante “el fortalecimiento de la institución del matrimonio, el apoyo al nacimiento y la creación de una sociedad de empleo flexible”, en palabras de Katalin Novák, secretaria de Estado de Familias y Juventudes.


Y en ese mismo discurso de agradecimiento por la espectacular victoria cosechada el 8 de abril de 2018, Orbán apuntaba que “hay una gran batalla tras nosotros, hemos alcanzado una victoria decisiva, tenido una gran batalla, hemos creado una gran oportunidad para nosotros, para proteger, para defender a Hungría". La gran batalla por proteger, por reivindicar la que consideraba como la histórica y auténtica Identidad cultural europea, frente a lo que denunciaba como el pensamiento dominante de la antinatural ideología de género, el corrosivo multiculturalismo antinatalista y el dictatorial liberalismo progresista; así, días después volvía a subrayar que “nosotros tenemos una Cultura europea, e independientemente de cuál sea el enfoque personal hacia Dios, nosotros la llamamos Cultura cristiana; esta es producto de una tradición milenaria del Estado cristiano". Una declaración de valores, y de intenciones, en toda regla, perfectamente representativa del fenómeno político-social de la compleja reacción identitaria en pleno siglo XXI, dentro y fuera del mundo occidental y occidentalizado.


“Solo la gloria a Dios” era, pues, el lema de batalla de un tiempo y un lugar, como guía para un buen calvinista tradicionalista como es Orbán y con el inmenso apoyo de la mayoría católica del país (en sintonía con el anterior magisterio de Benedicto XVI). Ese lema que San Pablo enseñó doctrinalmente como “soli Deo honor et gloria” (en la Primera epístola a Timoteo, 1:17) frente al Katehon siempre amenazante (anunciado en la Segunda epístola a los Tesalonicenses 2:6-7); que San Juan de la Cruz elevó míticamente al grado de perfección como “Soli Deo honor et gloria” (en Avisos a un religioso); y que usó el magistral compositor luterano Johann Sebastian Bach, en su firma “S. D. G”, como un continuo Te Deum para sus famosas Cantatas. Una misión entre lo terrenal y lo espiritual para Hungría y para Europa, como proclamó en su día, desde el exilio, el legendario Kossuth (1890):


“Esta pregunta será respondida por el juez de la historia del mundo.
Deje que los sagrados mártires en sus restos mortales sean bendecidos, permita que en sus espíritus sean bendecidos con el mejor conocimiento del Dios de la libertad de la patria, a través de la eternidad. El 6 de octubre me encontrará, quien es incapaz de arrojarse al polvo del Gólgota húngaro, de rodillas en la morada ermitaña de mi desahucio, extendiendo mis viejos brazos hacia el país que me ha expulsado, bendiciendo el sagrado recuerdo de los mártires con fervientes sentimientos de gratitud, por su fidelidad hacia la patria, y por el sublime ejemplo que dieron a los que vinieron después, y pidieron al Dios de los magiares con ardiente oración para hacer victorioso el reclamo que busca en la mismísima médula del hueso y en los sonidos de los labios de Hungría a la Nación Húngara. ¡Así sea, Amén!”

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