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Lunes, 18 de Noviembre de 2019 Tiempo de lectura:

El retorno de Reig Tapia: respuesta a un espectro del pasado

Confieso que me ha pillado por sorpresa. Apenas me acordaba ya de un tal Alberto Reig Tapia, salvo en una ocasión para, casi por casualidad, hacer referencia a su esquizofrenia. A mi modo de ver, Reig Tapia es un espectro del pasado. Cualquiera que haya leído el contenido de su carta al director de este periódico creo que llegará a esa misma conclusión.

 

Además, este señor tiene un problema de salud. No me cabe la menor duda. Y es que el señor Reig Tapia no sólo se permite la desfachatez de dar lecciones de ética al director de La Tribuna del País Vasco, sino que, tras descalificarme con su habitual brutalidad expresiva, se permite hacer propaganda de su libelo Crítica de la crítica, un auténtico fracaso a nivel de ventas y de comentarios y recensiones. Por puro compromiso, Ángel Viñas, su dueño y señor, le hizo un comentario no excesivamente laudatorio, para que su palanganero habitual tuviera un efímero día de gloria. Por pura perversidad historiográfica, yo recomiendo a mis alumnos la lectura de Crítica de la crítica, porque se trata de un libro que muestra toda la podredumbre y resentimiento de este señor. Se trata, además, de un libro que no es preciso refutar; se refuta a sí mismo. El tal Reig Tapia con sus palabras se derrota enteramente sólo. En sus páginas, puede percibirse la degradación ética, moral y profesional de uno de los últimos discípulos de Manuel Tuñón de Lara, un hombre que vivió más de treinta años en Francia y no fue capaz de enterarse de que existían Roland Barthes, Michel Foucault, Jean Paul Sartre o Jacques Derrida. Se quedó en el dogmático estalinista Pierre Vilar y con lo más chusco de la retórica de Antonio Machado. La obra de Tuñón de Lara fue demolida en sus cimientos no por los franquistas, sino por historiadores de izquierdas y liberales. El propio Pierre Vilar, prototipo del historiador marxista, hizo referencia al “marxismo pequeño”, teóricamente indigente, de Tuñón de Lara. En el mismo sentido se expresaron, por ejemplo, José Álvarez Junco y Manuel Pérez Ledesma, que, por cierto, se consideraban amigos personales del historiador madrileño. Durante algún tiempo, Tuñón de Lara disfrutó de fama porque encarnaba el antifranquismo historiográfico, pero pasado cierto tiempo, y una vez consolidado el régimen de partidos, se le consideró anacrónico y pasó a mejor vida intelectual.

 

En el fondo, su caso fue análogo al de la poesía social de Gabriel Celaya, pronto abandonada por los jóvenes poetas, que calificaron a sus seguidores de miembros de la denominada “generación de la berza”. Podríamos calificar igualmente la historiografía de Tuñón de Lara como representante de esa generación. Otros, como el liberal José Varela Ortega, no sólo destruyeron los fundamentos de la tesis tuñoniana sobre el bloque de poder oligárquico, sino que acusaron directamente al historiador madrileño de “deformar el pasado como herramienta de futuro”. Javier Tusell lo calificó de simplificador. Y Juan Pablo Fusi lo consideraba más próximo a Dickens que a Marx. Y es que el marxismo de Tuñón de Lara era una mezcla indigesta de “althusserismo” –en el sentido de Edward Palmer Thompson: la primacía de la teoría y el desprecio por los datos empíricos-  y de, siguiendo a Ernst Bloch, marxismo “frío” y marxismo “cálido”. Es decir, por un lado pretendía mostrarse como científico, pero, al mismo tiempo, moralista, emocional, con una descripción patética de los sufrimientos de aquellos que denominaba “los hombres sencillos”. Esta última faceta, que para mí resultaba insoportable, fue la que provocó, al margen del antifranquismo, su éxito editorial y el favor del público. Las simplificaciones y esquematismos de Tuñón de Lara tenían, además, la consecuencia de sustraer a sus lectores y discípulos de un planteamiento serio y riguroso de los problemas históricos. Leían algunos su célebre artículo sobre la formación del bloque de poder oligárquico en la Restauración y creían poseer la clave interpretativa de toda la historia contemporánea de España. Ya todo estaba dicho y no había nada más que añadir. El bloque de poder lo resolvía todo. Huelga investigar. En eso está el señor Reig Tapia.

 

Poco hay que decir de su amigo Paul Preston que yo no haya dicho ya. Se trata de un hispanista antiespañol, que recibe dinero del separatismo catalán y que, frente a hispanistas serios como John Elliot o Felipe Fernández Armesto, hace propaganda a favor del “procés” en Gran Bretaña. Ya he dicho varias veces que en un país serio debería ser considerado persona non grata. Su último libro publicado en español, Un pueblo traicionado, no tiene desperdicio por su mediocridad y debería leerse a la luz de los planteamientos de Edward Said sobre el orientalismo, tan caro a unos intelectuales, historiadores y literatos británicos que aún no han superado la mentalidad imperial y que desprecian, en el fondo, al resto del mundo, incluida España, a la que un poeta como Auden consideraba un trozo de África.

 

De Ángel Viñas ya he dicho igualmente todo o casi todo lo que podría decirse. Su libro ¿Quién quiso la guerra civil? tampoco tiene, en mi opinión, desperdicio. Está mal escrito, con algunas páginas amazacotadas y difícilmente inteligibles, absolutamente prejuiciado a la hora de intentar probar lo que resulta imposible probar; y donde se defiende una especie de teoría conspirativa de la historia, en la que el conflicto civil español es la consecuencia de la voluntad de una minoría ansiosa de defender sus privilegios. Además, cita mal mi libro sobre Acción Española, aunque creo que no lo ha leído y escribe de oídas. ¿Cómo puede tomarse en serio a un hombre que considera históricamente “irrelevante” la revolución de octubre de 1934?. Y que sistemáticamente insulta a los que no piensan como él. A lo mejor me animo y le dedico otra crítica demoledora y racional a ese su último libro, aunque creo sinceramente que es perder el tiempo, ya que se trata de un autor muy pagado de sí mismo, que se cree, contra no pocas racionalidades y evidencias, superior al conjunto de los mortales. Un narcisista de libro.

 

Vayamos al tema de mi necrológica de Santos Juliá Díaz. El señor Reig Tapia no se entera de nada, insinúa incluso mi mala relación con él. Se equivoca por completo. Por si no lo sabe, soy miembro del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la Facultad de Ciencia Política de la UNED, del que Juliá fue director durante bastante tiempo. Y no tuvo inconveniente en acogerme en su seno. E hizo algo más; formó parte, junto a Mercedes Cabrera, Javier Varela, Carmen López Alonso y José María Cardesín, del tribunal que me otorgó la categoría de Profesor Titular de Universidad en 2002. Bajo su dirección, colaboré en volúmenes colectivos como Violencia política en la España del siglo XX, publicado por Taurus en 2003. Y, para terminar, fui uno de los historiadores que le homenajeamos en el libro La mirada del historiador. Un viaje por la obra de Santos Juliá, donde manifesté con toda libertad algunas de mis discrepancias con sus tesis, en particular con su valoración positiva de la figura de Manuel Azaña. ¿Se ha enterado señor Reig Tapia? ¿O no?. Por supuesto, que tenía mis discrepancias, como ya he señalado; pero eso es lo natural en la vida intelectual siempre que se haga desde una perspectiva racional; lo que no ocurre, desde luego, con el señor Reig Tapia. A ese respecto se queja de la mención que hago a otros historiadores de su cuerda ideológica como Josep Fontana –ese maestro del terrorismo intelectual-, Ricard Vinyes o el tronitruante Francisco Espinosa. Nunca he tenido oportunidad de contemplar por escritos unas explosiones de odio tales que cuando estos caballeretes reprocharon a Juliá su posición ante el tema de la memoria histórica. Fontana lo tachó de franquista, cómo no; Vinyes abogó por nada menos que por una “memoria de Estado” y criticó salvajemente a Juliá utilizando todas las modalidades del terrorismo intelectual; Espinosa llegó más lejos y sostuvo, aunque parezca mentira, que el historiador gallego formaba parte, junto a José Álvarez Junco, de una especie de conspiración historiográfica ¡en defensa del franquismo!. Los autores de los apócrifos Protocolos de los Sabios de Sión no hubieran llegado más lejos.

 

Y termino. Los ciudadanos vascos víctimas del terrorismo saben en carne propia lo que es y significa la delación. Reig Tapia la practica en sus libros.  Hace ya treinta y cuatro años, Manuel Tuñón de Lara publicaba, en El País, un artículo titulado “La vigilancia del intelectual”, en la que glosaba favorablemente la significación del Comité de Vigilancia de Intelectuales Antifascistas, creado en Francia en marzo de 1934. Y lo presentaba como un ejemplo para “nuestra democracia”. Reig Tapia ha ejercido esa función de vigilancia, es decir, de delación. Lo ha hecho igualmente Ángel Viñas. Tal es la significación de su libro La crítica de la crítica: ofrecer una lista de los historiadores disidentes de las tesis de la extrema izquierda historiográfica. Es el Gypo Nolan de la historiografía española, aunque sin las contradicciones del personaje de O´Flaherty y luego de John Ford, en la novela y la película El delator. La trayectoria de Reig Tapia es rectilínea; siempre ha dicho lo mismo y perseguido el mismo objetivo: poner fuera de la ley a los que no piensan como él. Ya en su primera diatriba contra Pío Moa, decía significativamente: “No es un problema  de censura, es un problema de higiene cultural (sic) no permitir el uso del espacio público a estos provocadores sociales y delincuentes culturales. Es una cuestión meramente sanitaria (sic), preventiva para evitar epidemias mentales y/o políticas mucho más peligrosas que otras que asustan tanto al común” (Alberto Reig Tapia, Anti-Moa. Barcelona, 2006, p. 111). Y ahora puede conseguirlo. No en vano, el PSOE ha propugnado una totalitaria revisión de la Ley de Memoria Histórica, en la que se propone la instauración de una orwelliana “Comisión de la Verdad”  y se amenaza con penas de cárcel, inhabilitación para la docencia y elevadas multas a quienes mantengan opiniones divergentes a la verdad única, la destrucción y quema de las obras o estudios no gratos y la expropiación, destrucción o transformación de una parte del patrimonio nacional. La apología del fascismo, el nazismo y el franquismo serían delitos tipificados en el código penal. Una auténtica dictadura ideológica. ¿Qué puede entenderse por apología?. ¿Quién decide?. ¿Quiénes formarán parte de esa “Comisión de la Verdad”?. ¿Reig Tapia?. ¿Ángel  Viñas?. ¿Francisco Espinosa?.  Contra tal proyecto nos rebelamos unos cuantos historiadores e intelectuales en un “Manifiesto por la Historia y la Libertad”. Pero muchos tememos que, con el nuevo Gobierno encabezado por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, ese documento quizá no sirva para nada. Ahí tiene el señor Reig Tapia su victoria. En cualquier caso, será pírrica, porque estos planteamientos represivos suelen ser contraproducentes incluso para quienes los propugnan. Pero cualquier cosa que pueda ocurrirnos a algunos historiadores será igualmente responsabilidad de las prácticas delatoras del señor Reig Tapia y sus acólitos. A cada cual, lo suyo.

  

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