Irán: 10 días de protestas, 36 muertos. 2.000 detenidos y 92 ciudades en llamas. El régimen islamista que juró ser eterno comienza a resquebrajarse
![[Img #29527]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/01_2026/3972_screenshot-2026-01-07-at-16-27-39-abdanan-iran-buscar-con-google.png)
En algún momento del décimo día de las protestas populares contra los ayatolás iraníes, en la ciudad de Abdanan —un punto perdido en el mapa del oeste del país que nadie fuera de la provincia de Ilam conocía hasta ahora—, ocurrió algo impensable: los policías subieron al techo de la comisaría y saludaron a los manifestantes. Aplaudieron. Les hicieron gestos de apoyo mientras prácticamente toda la ciudad desfilaba bajo ellos coreando consignas contra el régimen.
Las imágenes se viralizaron en segundos. Un policía iraní aplaudiendo al pueblo que pide la caída del sistema. Es apenas un gesto, apenas un momento, pero en él cabe toda una grieta que comienza a abrirse en los cimientos de la República Islámica de Irán.
Ya van diez días desde que los comerciantes del Gran Bazar de Teherán bajaron las persianas el 28 de diciembre de 2025 y salieron a gritar lo que todos sabían pero nadie se atrevía a decir: el país se hunde. Y esta vez, no hay revolución islámica ni promesas de paraíso que puedan llenar un estómago vacío.
Los números del apocalipsis
Treinta y seis personas han muerto. De ellas, 34 son manifestantes —entre ellos cuatro menores— y dos son miembros de las fuerzas de seguridad. Más de 2.000 personas han sido detenidas. Las protestas se han extendido a 92 ciudades en 27 de las 31 provincias del país. Ya no es Teherán. Ya no son los estudiantes universitarios. Es todo Irán el que arde.
Según informes oficiales, al menos 634 efectivos de las fuerzas de seguridad han resultado heridos. La violencia ya no tiene un solo bando. Hay comisarías asaltadas, vehículos en llamas, edificios gubernamentales apedreados. En Azna, tres personas murieron cuando manifestantes atacaron una estación de policía. En Lordegan, dos civiles cayeron en enfrentamientos con las fuerzas del orden. En Kuhdasht, un miembro de la milicia progubernamental Basij fue quemado vivo.
Cada funeral se convierte en una nueva protesta. En ciudades como Marvdasht, Kuhdasht y Fuladshahr, cientos de personas participaron en los funerales de manifestantes fallecidos, expresando su rechazo a la República Islámica. El dolor se transforma en rabia, la rabia en resistencia.
La caza en los hospitales
Pero hay algo más oscuro, más siniestro, más revelador de la desesperación del régimen. Las autoridades han recurrido a buscar heridos en hospitales para arrestarlos. El 4 de enero registraron el hospital Jomeneí de Ilam. El martes irrumpieron fuerzas antidisturbios en el hospital Sina de Teherán, lanzando gases lacrimógenos para dispersar a la multitud.
Imaginen la escena: estás herido, sangrando, buscando auxilio médico. Y en lugar de encontrar salvación, encuentras a la policía esperándote. El hospital —ese último refugio de la humanidad, ese espacio sagrado donde incluso en las guerras se respeta la neutralidad— se ha convertido en una trampa.
Organizaciones de derechos humanos reportan casos de adolescentes detenidos con heridas graves: Soroush Azarmehr (16), Payam Aminzadeh (17) y Saman Shahamat (16), todos con heridas en la cabeza y la espalda, trasladados a la prisión central de Isfahán. En la prisión de Qom, Soroush Javidi, de 17 años, perdió el conocimiento tras una hemorragia importante, y se desconoce si recibió atención médica adecuada.
Nazila Maroufian, periodista refugiada en Francia, difunde el caso de Sogand Mansouri, de 14 años, que habría recibido un disparo y fue detenida en Naziabad el 4 de enero. Catorce años. Una niña.
La economía como arma de destrucción masiva
Los números económicos siguen siendo obscenos. La inflación alimentaria es del 6-7% mensual. No hay precedentes de esto en Irán desde la Segunda Guerra Mundial. La inflación podría alcanzar el 55% a finales de enero. El rial continúa su caída libre. Los comerciantes no pueden fijar precios porque el valor de la moneda cambia cada hora.
Un exasesor gubernamental lo dijo sin tapujos: "Tradicionalmente, los comerciantes del bazar se benefician de la inflación. Lo que ahora les preocupa es la inestabilidad de los precios, que hace imposible decidir si comprar o vender, abrir o cerrar las tiendas".
Cuando los que siempre ganan con el caos económico ya no pueden ganar, el sistema está roto más allá de toda reparación.
El sábado, el Ayatolá Ali Jamenei —ese anciano de 86 años que ha gobernado Irán durante 35 años desde las sombras del poder religioso— hizo algo inusual. Reconoció que las demandas económicas eran "justas", pero pidió que los "alborotadores" sean "puestos en su sitio".
Iran Human Rights interpretó esas palabras como una señal para escalar la represión. Y tenían razón. Al día siguiente, el jefe del poder judicial declaró que no habrá "ninguna indulgencia" con los manifestantes.
El presidente Masoud Pezeshkian ordenó al Ministerio del Interior investigar lo sucedido en Ilam, donde vídeos muestran a las fuerzas de seguridad disparando contra civiles. Pero las investigaciones del régimen sobre sí mismo tienen tanto valor como el rial iraní: ninguno.
En medio de todo esto, Donald Trump lanza advertencias desde Washington. "Si Irán dispara y mata violentamente a manifestantes pacíficos, Estados Unidos acudirá a su rescate. Estamos listos y preparados".
Una manifestante sostiene un cartel que dice: "Trump, símbolo de paz. No dejes que nos maten". La desesperación es tal que algunos iraníes apelan al hombre que reinstaló las sanciones más duras contra su país. Cuando pides ayuda a quien te estrangula, es porque ya no te queda aire.
El régimen, por supuesto, usa esto para alimentar su narrativa de conspiración extranjera. Ali Larijani, jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, advierte a Trump que "tenga en cuenta la seguridad de los soldados estadounidenses". El Mossad israelí, mientras tanto, insta públicamente a los iraníes a salir a las calles.
Es el juego geopolítico de siempre, pero jugado sobre los cadáveres de manifestantes que solo querían comprar pan.
El Consejo Nacional de Resistencia de Irán afirma que las ciudades de Abdanan y Malekshahi están efectivamente "ocupadas" por manifestantes. No es una exageración retórica. En Abdanan, ciudad de la que hablamos al principio, la policía no solo saludó: se retiró. Abandonó su posición. Dejó que el pueblo tomara las calles.
En Kerman, una ciudad de más de 500.000 habitantes en el sureste, la población entera se ha levantado contra el régimen. Ya no son disturbios aislados. Son sublevaciones urbanas completas.
El martes, en Teherán, hubo concentraciones desde el mediodía hasta última hora de la noche en diversas partes de la ciudad, incluido el Gran Bazar, donde muchos negocios se mantuvieron total o parcialmente cerrados. La capital ya no se calla ni de día ni de noche.
Saeed Laylaz, economista y exasesor gubernamental, dio una entrevista a Euronews que es una autopsia en vivo del régimen. "Aún no veo que la situación actual conduzca al derrocamiento del Gobierno. La República Islámica ha llegado a un callejón sin salida, pero sigue careciendo de una alternativa viable". En otras palabras: el régimen está muerto, pero aún no lo sabe. O lo sabe, pero no hay nadie preparado para enterrarlo.
"La población no busca principalmente un cambio de régimen; busca desesperadamente eficiencia", dice Laylaz. Pero cuando un sistema se vuelve incapaz de dar de comer a su gente, la diferencia entre pedir eficiencia y pedir la cabeza del líder se vuelve académica.
En este ambiente, Reza Pahlavi, príncipe heredero de Irán e hijo del derrocado sha de Irán, acaba de hacer un llamamiento a través de X (Twitter): "Este es un mensaje directo a las fuerzas armadas y de seguridad de Irán; ustedes, que han vestido el uniforme militar para defender a la nación iraní y que ahora se encuentran en una encrucijada histórica. En un momento en el que el valiente y unido pueblo de Irán está haciendo y escribiendo la historia, mi pregunta para ustedes es: ¿de qué lado de la historia están? En todos estos años, nunca había visto una oportunidad como la que se presenta hoy en Irán. El pueblo iraní está más comprometido que nunca con el fin de este régimen, como ha podido ver el mundo en los últimos días".
Lo más revelador de estas protestas no es su tamaño —aún no alcanzan la magnitud de 2022—, sino su universalidad. Son los comerciantes que hicieron la revolución de 1979. Son las clases medias arruinadas. Son los pobres que ya no pueden comprar arroz. Son los adolescentes que disparan videos con sus móviles mientras la policía les dispara con balas reales. Son incluso algunos policías que, desde el techo de una comisaría en Abdanan, decidieron que ya era suficiente.
"Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán", gritan en las calles, rechazando décadas de política exterior que vació las arcas para financiar actividades terroristas ajenas. "Muerte al dictador", rugen contra Jamenei, ese hombre que prometió justicia divina y entregó inflación del 55%.
"Reza Shah, que tu alma descanse en paz", cantan, invocando al último monarca no porque quieran una monarquía, sino porque quieren cualquier cosa que no sea esto.
Al cierre de esta edición, las protestas cumplen su décimo día. El balance es brutal: 36 muertos, más de 2.000 detenidos, 634 policías heridos, 92 ciudades en llamas, hospitales convertidos en campos de caza, niños de 14 años con balas en el cuerpo, policías que desertan, un régimen que reconoce que tiene razón pero promete más violencia.
No sabemos cómo terminará esto. Nadie lo sabe. Puede que la represión logre aplastar el movimiento, como ha ocurrido tantas veces antes. Puede que la sangre derramada apague el fuego.
O puede que esta vez sea diferente. Puede que cuando el hambre se vuelve insoportable, cuando la moneda no vale nada, cuando los hospitales se convierten en prisiones, cuando niños de 14 años reciben disparos, cuando hasta los policías comienzan a dudar... puede que entonces algo fundamental se rompa.
En las redes sociales iraníes circula un video de una mujer con un cartel que dice: "Trump, no dejes que nos maten". Mientras tanto, en Abdanan, esos policías que saludaron desde el techo de la comisaría tomaron la decisión más peligrosa que puede tomar un agente del orden bajo una dictadura: eligieron un bando. Y no fue el del régimen.
Quizá esa imagen —esos policías aplaudiendo al pueblo— sea el epitafio de la República Islámica. O quizá sea solo otro momento de esperanza que será aplastado por los tanques.
Lo sabremos pronto. Porque cuando el pan vale más que Dios, ya no queda nada sagrado que defender.
![[Img #29527]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/01_2026/3972_screenshot-2026-01-07-at-16-27-39-abdanan-iran-buscar-con-google.png)
En algún momento del décimo día de las protestas populares contra los ayatolás iraníes, en la ciudad de Abdanan —un punto perdido en el mapa del oeste del país que nadie fuera de la provincia de Ilam conocía hasta ahora—, ocurrió algo impensable: los policías subieron al techo de la comisaría y saludaron a los manifestantes. Aplaudieron. Les hicieron gestos de apoyo mientras prácticamente toda la ciudad desfilaba bajo ellos coreando consignas contra el régimen.
Las imágenes se viralizaron en segundos. Un policía iraní aplaudiendo al pueblo que pide la caída del sistema. Es apenas un gesto, apenas un momento, pero en él cabe toda una grieta que comienza a abrirse en los cimientos de la República Islámica de Irán.
Ya van diez días desde que los comerciantes del Gran Bazar de Teherán bajaron las persianas el 28 de diciembre de 2025 y salieron a gritar lo que todos sabían pero nadie se atrevía a decir: el país se hunde. Y esta vez, no hay revolución islámica ni promesas de paraíso que puedan llenar un estómago vacío.
Los números del apocalipsis
Treinta y seis personas han muerto. De ellas, 34 son manifestantes —entre ellos cuatro menores— y dos son miembros de las fuerzas de seguridad. Más de 2.000 personas han sido detenidas. Las protestas se han extendido a 92 ciudades en 27 de las 31 provincias del país. Ya no es Teherán. Ya no son los estudiantes universitarios. Es todo Irán el que arde.
Según informes oficiales, al menos 634 efectivos de las fuerzas de seguridad han resultado heridos. La violencia ya no tiene un solo bando. Hay comisarías asaltadas, vehículos en llamas, edificios gubernamentales apedreados. En Azna, tres personas murieron cuando manifestantes atacaron una estación de policía. En Lordegan, dos civiles cayeron en enfrentamientos con las fuerzas del orden. En Kuhdasht, un miembro de la milicia progubernamental Basij fue quemado vivo.
Cada funeral se convierte en una nueva protesta. En ciudades como Marvdasht, Kuhdasht y Fuladshahr, cientos de personas participaron en los funerales de manifestantes fallecidos, expresando su rechazo a la República Islámica. El dolor se transforma en rabia, la rabia en resistencia.
La caza en los hospitales
Pero hay algo más oscuro, más siniestro, más revelador de la desesperación del régimen. Las autoridades han recurrido a buscar heridos en hospitales para arrestarlos. El 4 de enero registraron el hospital Jomeneí de Ilam. El martes irrumpieron fuerzas antidisturbios en el hospital Sina de Teherán, lanzando gases lacrimógenos para dispersar a la multitud.
Imaginen la escena: estás herido, sangrando, buscando auxilio médico. Y en lugar de encontrar salvación, encuentras a la policía esperándote. El hospital —ese último refugio de la humanidad, ese espacio sagrado donde incluso en las guerras se respeta la neutralidad— se ha convertido en una trampa.
Organizaciones de derechos humanos reportan casos de adolescentes detenidos con heridas graves: Soroush Azarmehr (16), Payam Aminzadeh (17) y Saman Shahamat (16), todos con heridas en la cabeza y la espalda, trasladados a la prisión central de Isfahán. En la prisión de Qom, Soroush Javidi, de 17 años, perdió el conocimiento tras una hemorragia importante, y se desconoce si recibió atención médica adecuada.
Nazila Maroufian, periodista refugiada en Francia, difunde el caso de Sogand Mansouri, de 14 años, que habría recibido un disparo y fue detenida en Naziabad el 4 de enero. Catorce años. Una niña.
La economía como arma de destrucción masiva
Los números económicos siguen siendo obscenos. La inflación alimentaria es del 6-7% mensual. No hay precedentes de esto en Irán desde la Segunda Guerra Mundial. La inflación podría alcanzar el 55% a finales de enero. El rial continúa su caída libre. Los comerciantes no pueden fijar precios porque el valor de la moneda cambia cada hora.
Un exasesor gubernamental lo dijo sin tapujos: "Tradicionalmente, los comerciantes del bazar se benefician de la inflación. Lo que ahora les preocupa es la inestabilidad de los precios, que hace imposible decidir si comprar o vender, abrir o cerrar las tiendas".
Cuando los que siempre ganan con el caos económico ya no pueden ganar, el sistema está roto más allá de toda reparación.
El sábado, el Ayatolá Ali Jamenei —ese anciano de 86 años que ha gobernado Irán durante 35 años desde las sombras del poder religioso— hizo algo inusual. Reconoció que las demandas económicas eran "justas", pero pidió que los "alborotadores" sean "puestos en su sitio".
Iran Human Rights interpretó esas palabras como una señal para escalar la represión. Y tenían razón. Al día siguiente, el jefe del poder judicial declaró que no habrá "ninguna indulgencia" con los manifestantes.
El presidente Masoud Pezeshkian ordenó al Ministerio del Interior investigar lo sucedido en Ilam, donde vídeos muestran a las fuerzas de seguridad disparando contra civiles. Pero las investigaciones del régimen sobre sí mismo tienen tanto valor como el rial iraní: ninguno.
En medio de todo esto, Donald Trump lanza advertencias desde Washington. "Si Irán dispara y mata violentamente a manifestantes pacíficos, Estados Unidos acudirá a su rescate. Estamos listos y preparados".
Una manifestante sostiene un cartel que dice: "Trump, símbolo de paz. No dejes que nos maten". La desesperación es tal que algunos iraníes apelan al hombre que reinstaló las sanciones más duras contra su país. Cuando pides ayuda a quien te estrangula, es porque ya no te queda aire.
El régimen, por supuesto, usa esto para alimentar su narrativa de conspiración extranjera. Ali Larijani, jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, advierte a Trump que "tenga en cuenta la seguridad de los soldados estadounidenses". El Mossad israelí, mientras tanto, insta públicamente a los iraníes a salir a las calles.
Es el juego geopolítico de siempre, pero jugado sobre los cadáveres de manifestantes que solo querían comprar pan.
El Consejo Nacional de Resistencia de Irán afirma que las ciudades de Abdanan y Malekshahi están efectivamente "ocupadas" por manifestantes. No es una exageración retórica. En Abdanan, ciudad de la que hablamos al principio, la policía no solo saludó: se retiró. Abandonó su posición. Dejó que el pueblo tomara las calles.
En Kerman, una ciudad de más de 500.000 habitantes en el sureste, la población entera se ha levantado contra el régimen. Ya no son disturbios aislados. Son sublevaciones urbanas completas.
El martes, en Teherán, hubo concentraciones desde el mediodía hasta última hora de la noche en diversas partes de la ciudad, incluido el Gran Bazar, donde muchos negocios se mantuvieron total o parcialmente cerrados. La capital ya no se calla ni de día ni de noche.
Saeed Laylaz, economista y exasesor gubernamental, dio una entrevista a Euronews que es una autopsia en vivo del régimen. "Aún no veo que la situación actual conduzca al derrocamiento del Gobierno. La República Islámica ha llegado a un callejón sin salida, pero sigue careciendo de una alternativa viable". En otras palabras: el régimen está muerto, pero aún no lo sabe. O lo sabe, pero no hay nadie preparado para enterrarlo.
"La población no busca principalmente un cambio de régimen; busca desesperadamente eficiencia", dice Laylaz. Pero cuando un sistema se vuelve incapaz de dar de comer a su gente, la diferencia entre pedir eficiencia y pedir la cabeza del líder se vuelve académica.
En este ambiente, Reza Pahlavi, príncipe heredero de Irán e hijo del derrocado sha de Irán, acaba de hacer un llamamiento a través de X (Twitter): "Este es un mensaje directo a las fuerzas armadas y de seguridad de Irán; ustedes, que han vestido el uniforme militar para defender a la nación iraní y que ahora se encuentran en una encrucijada histórica. En un momento en el que el valiente y unido pueblo de Irán está haciendo y escribiendo la historia, mi pregunta para ustedes es: ¿de qué lado de la historia están? En todos estos años, nunca había visto una oportunidad como la que se presenta hoy en Irán. El pueblo iraní está más comprometido que nunca con el fin de este régimen, como ha podido ver el mundo en los últimos días".
Lo más revelador de estas protestas no es su tamaño —aún no alcanzan la magnitud de 2022—, sino su universalidad. Son los comerciantes que hicieron la revolución de 1979. Son las clases medias arruinadas. Son los pobres que ya no pueden comprar arroz. Son los adolescentes que disparan videos con sus móviles mientras la policía les dispara con balas reales. Son incluso algunos policías que, desde el techo de una comisaría en Abdanan, decidieron que ya era suficiente.
"Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán", gritan en las calles, rechazando décadas de política exterior que vació las arcas para financiar actividades terroristas ajenas. "Muerte al dictador", rugen contra Jamenei, ese hombre que prometió justicia divina y entregó inflación del 55%.
"Reza Shah, que tu alma descanse en paz", cantan, invocando al último monarca no porque quieran una monarquía, sino porque quieren cualquier cosa que no sea esto.
Al cierre de esta edición, las protestas cumplen su décimo día. El balance es brutal: 36 muertos, más de 2.000 detenidos, 634 policías heridos, 92 ciudades en llamas, hospitales convertidos en campos de caza, niños de 14 años con balas en el cuerpo, policías que desertan, un régimen que reconoce que tiene razón pero promete más violencia.
No sabemos cómo terminará esto. Nadie lo sabe. Puede que la represión logre aplastar el movimiento, como ha ocurrido tantas veces antes. Puede que la sangre derramada apague el fuego.
O puede que esta vez sea diferente. Puede que cuando el hambre se vuelve insoportable, cuando la moneda no vale nada, cuando los hospitales se convierten en prisiones, cuando niños de 14 años reciben disparos, cuando hasta los policías comienzan a dudar... puede que entonces algo fundamental se rompa.
En las redes sociales iraníes circula un video de una mujer con un cartel que dice: "Trump, no dejes que nos maten". Mientras tanto, en Abdanan, esos policías que saludaron desde el techo de la comisaría tomaron la decisión más peligrosa que puede tomar un agente del orden bajo una dictadura: eligieron un bando. Y no fue el del régimen.
Quizá esa imagen —esos policías aplaudiendo al pueblo— sea el epitafio de la República Islámica. O quizá sea solo otro momento de esperanza que será aplastado por los tanques.
Lo sabremos pronto. Porque cuando el pan vale más que Dios, ya no queda nada sagrado que defender.











