Marco Rubio en las antípodas de Imanol Pradales
Marco Rubio, secretario de Estado del Gobierno de Donald Trump, ha cobrado un protagonismo global a raíz de la llamada “extracción” del dictador Nicolás Maduro por parte de una sofisticada operación militar llevada a cabo por el ejército de los Estados Unidos y que ha acabado con el dictador venezolano y su mujer puestos a disposición de la justicia estadounidense por sus actividades lucrativas relacionadas con el narcotráfico y la introducción masiva de estupefacientes ilegales en Estados Unidos. Marco Rubio está al frente de un reducido grupo de colaboradores directos del presidente Trump que se van a ocupar de gestionar a partir de ahora el futuro de Venezuela, tanto en su ámbito económico y comercial como político.
Se me ha ocurrido, por eso, relacionar su condición humana y política con la de nuestro lendacari actual, Imanol Pradales. Ambos se parecen en que son hispanos. Por familia y por todos sus ascendientes. Marco Rubio porque sus padres son cubanos. Imanol Pradales porque sus padres son burgaleses. Hasta ahí es el parecido. Su nación cultural se puede decir que es similar, si no igual. Lo cual les da un mismo poso en cuanto a idioma, ambos son hispanófonos, castellanoparlantes, hablan español en definitiva. Y Marco Rubio se define también como católico. No sé si Pradales podría decir lo mismo, aunque su cultura es impepinablemente católica por ascendencia al menos y porque nació en Santurce (él escribiría Santurtzi), donde hay no sé cuántas parroquias y porque tienen la estatua de la Virgen del Carmen presidiendo la entrada a su puerto pesquero. Ambos tienen un mismo origen en lo que se entiende por Hispanidad, extendida a ambas orillas del Atlántico, la más grandiosa herencia de España en el mundo, de lo español, y una de las más grandes epopeyas de cualquier grupo humano en la historia universal, que caracteriza la vida de 635 millones de personas en el mundo, según el último informe del Instituto Cervantes del año 2025.
Pero a partir de ahí las trayectorias de ambos se separan de manera drástica, contrapuesta, radicalmente distinta y hasta enfrentada. Marco Rubio tiene como nación política a la república más poderosa de la tierra, los Estados Unidos de América, donde nació (en Miami, Florida) y donde hizo carrera política salvando muchas dificultades, como ocurre en aquel país, donde la iniciativa individual lo es todo y donde tuvo que experimentar en sus propias carnes la displicencia con que su propia gente de Florida le trató en las primarias presidenciales por el Partido Republicano de 2016, que dieron la victoria a Trump, que le sacó casi el doble de votos.
Los hispanos de Florida, en los que él confiaba, no se dejaron llevar por querencias sentimentales y fueron a lo práctico, al candidato que más confianza les infundía, por experiencia, por saber explicarse, por atractivo personal, por confiabilidad. El caso es que Marco Rubio tuvo que morder el polvo en aquella ocasión, pero no se amilanó por eso y siguió trabajando, siguió labrándose su porvenir y con su carrera de Senador, la que venía ejerciendo desde antes de presentar su candidatura a las presidenciales. Trump supo ver luego en él el potencial de su antiguo contrincante y lo rescató para la Secretaría de Estado de su gobierno en su segundo mandato.
Marco Rubio es experto en política latinoamericana, habla perfecto español y se entiende con todos los hispanos, a los que conoce muy bien, tanto a los de Estados Unidos, que conforman la minoría más importante del país, con el 20% de la población y 68 millones de personas que además van al alza, como con los del resto de países iberoamericanos. Su mujer mismo, es colombiana de origen. Ser Secretario de Estado de Estados Unidos no es cualquier cosa. Y ahora lo estamos viendo con el tema de Venezuela. Marco Rubio tiene muy claro que los países iberoamericanos tienen que tener una política que prime la iniciativa individual. Pero sin por eso perder la identidad.
Marco Rubio se llama Marco Rubio y no Mark Rubio, por ejemplo. Ahí está el dato. Porque en Estados Unidos el inglés es la lengua de la administración, pero no por eso el español deja de ser hablado ni mucho menos repudiado. En eso el Estado no se mete.
Con Imanol Pradales tenemos otra cosa totalmente distinta, en las antípodas de Marco Rubio. Con Imanol Pradales tenemos un señor que repudia sus orígenes, que quiere independizarse de España, como si España no tuviera nada que ver con él, como si fuera una rémora, un hándicap, un obstáculo para su desarrollo personal. Hasta en el nombre de pila se nota. Se puso el sabiniano Imanol, en lugar de su originario Manuel, el nombre de su padre, para marcar distancias. Lo español no le interesa, es negativo, es contraproducente, es retrasado. En relación con lo vasco. Cualquiera diría. Este hombre ha cambiado lo español por una entelequia de lo vasco que si algo ha hecho en la historia lo hizo asociado a lo español, al ámbito al que pertenecía, por idioma, por religión, por todo. Este hombre se sumó a una idea inventada de pueblo vasco, que nunca hizo nada por sí mismo y en bloque considerado, que nunca existió como tal formando unidad política, porque siempre hubo vascos españoles y vascos franceses, para los que lo más importante era su propia patria, España, Francia, donde trabajan y viven y a la que están vinculados políticamente, por toda una historia detrás. Los nacionalistas se inventan su propia historia. Pero la historia de verdad es la que cuenta y esta tiene un peso imposible de remover en el pasado de las sociedades, creando vínculos donde parece que no los hay, ejerciendo unos lazos de unión indestructibles.
Mientras Marco Rubio se sumó a un proyecto republicano donde lo único que importa es el individuo que trabaja por su comunidad y hace o colabora en hacer sus propias leyes, independientemente de su origen, Imanol Pradales se sumó a un proyecto disgregador donde la seña de identidad era una raza a la que nadie de sus antepasados pertenecía. Pero él se sumó a ella como forma de separarse de España. En el proyecto de Imanol Pradales la base es la separación, en el de Marco Rubio la base es la unión. Pradales hizo unas declaraciones en las que reafirmaba su nacionalismo porque, dijo, es inclusivo, integrador y democrático.
Otra diferencia ostensible entre ambos es que Marco Rubio se tuvo que fajar para sacar su candidatura de Senador y luego para optar a las presidenciales. En Estados Unidos nadie te regala nada que no puedas conseguir por ti mismo, por tus méritos y por tu iniciativa. Podrás tener padrinos, sí, pero en el momento en el que no sepas mantenerte por ti mismo, la propia inercia de aquella sociedad, la propia dinámica de fuerzas individuales en pugna, acaba contigo irremisiblemente. Imanol Pradales, en cambio, resultó elegido para candidato a lendacari sin comerlo ni beberlo. El partido le puso y la marca PNV hizo todo lo demás. No tuvo que pelearse por su puesto, no tuvo que aglutinar un núcleo de seguidores, no compitió entre iguales para alcanzar la meta, no disputó con otros candidatos, no creó un grupo de presión dentro del partido, una plataforma, no se tuvo que ganar a sus futuros partidarios dentro de su partido. Nada de eso necesitó hacer. No hizo nada en realidad, más que presentarse ahí, que lo vieran los de arriba, que lo fueran colocando en diferentes puestos desde donde poder aparecer como posible candidato. Y al final fue ungido por el dedo de su jefe y ahí está, haciendo lo que le dijeron que tenía que hacer. Su actual jefe, Aitor Esteban, es otro como él, un hispano renegado que ha decidido actuar en un proyecto diseñado desde su propio origen para separarse de España.
Marco Rubio, en cambio, no renuncia a sus orígenes hispanos, son su seña de identidad. Ahora ha decidido arremeter contra las dictaduras iberoamericanas, contra Venezuela, porque el interés de su país así lo exige, porque quiere imponer en Venezuela un régimen económico de iniciativa individual que explote los recursos, las mayores reservas del planeta de petróleo. A mí me gustaría ver si al final todo es una consecuencia de la doctrina Monroe de convertir América en el “patio trasero” de los Estados Unidos, o si su condición de hispano, de primer Secretario de Estado hispano de la historia de los gobiernos de Estados Unidos le lleva a querer también para sus connaturales las mismas condiciones de las que él disfrutó para llegar a ser lo que ahora es. Si la iniciativa individual y en condiciones de igualdad es la misma para todos, hayan nacido en Estados Unidos o hayan nacido en Colombia o Paraguay.
Imanol Pradales en esto es como Aitor Esteban, que por renunciar a lo español y a lo hispano es capaz de reivindicarse partidario de los indios americanos. Es conocida la afición de Aitor Esteban por el tema de los indios americanos. Los nacionalistas vascos prefieren ser como los yanomamis y los araucanos que como los españoles. Equiparan la única lengua que reconocen como propia, el eusquera (aunque todos hablen en un perfecto español), a cualquiera de las lenguas de la selva amazónica. Se asimilan a cualquier tribu precolombina antes que a los que llegaron allí con la Biblia, la espada y el arado. Ellos, como vascos de cartón piedra, piensan que son como indios americanos a los que los españoles vinieron a evangelizar y a civilizar pero con malas artes, para convencerles de una doctrina perversa y antihumana. Pero con eso les generan un pequeño problema de ubicación a los vascos de lo que ellos llaman “diáspora” que llegaron a Estados Unidos, rápidamente resuelto a base de contradicciones. Por querer convertirlos en antiespañoles y antihispanos les asimilan a los pioneros de Estados Unidos, que esquilmaron a las tribus de las praderas, a los sioux y a los apaches. De ese modo asemejan a los leñadores y a los ovejeros vascos que llegaron a Estados Unidos en los siglos XIX y XX, con las demás corrientes de europeos trasladados allí. Los nacionalistas van a concelebrar con los pioneros vascos de Nevada y de Idaho que fueron allí a cuidar ovejas y que seguramente tuvieron que enfrentarse también a los indios al principio de su estancia allí. Entonces los nacionalistas vascos son propioneros. En cambio, del río Bravo para abajo los nacionalistas vascos son proindios, y así se contraponen a los españoles que vinieron a someter a las tribus mexicas y centroamericanas sin distinción, lo mismo que a los aztecas y a todos los indios de las altiplanicies andinas y de las selvas amazónicas o de las llanuras de la Pampa. Les importa bien poco que muchos vascos fueran los más distinguidos en luchar contra los indios, como Lope de Aguirre o los generales argentinos y chilenos que dirigieron campañas mortíferas contra los indios araucanos tras las declaraciones de independencia de Argentina y Chile. Interesante cambio de rol según el paralelo geográfico y la época histórica en que se encuentren. Pero los nacionalistas son así, contradictorios e ilógicos con tal de ser antiespañoles, que para ellos es lo único que cuenta, su seña de identidad por antonomasia. Y por ser antiespañoles también son hispanófobos. Algo imposible de decir de Marco Rubio, aunque invada Venezuela.
Marco Rubio, secretario de Estado del Gobierno de Donald Trump, ha cobrado un protagonismo global a raíz de la llamada “extracción” del dictador Nicolás Maduro por parte de una sofisticada operación militar llevada a cabo por el ejército de los Estados Unidos y que ha acabado con el dictador venezolano y su mujer puestos a disposición de la justicia estadounidense por sus actividades lucrativas relacionadas con el narcotráfico y la introducción masiva de estupefacientes ilegales en Estados Unidos. Marco Rubio está al frente de un reducido grupo de colaboradores directos del presidente Trump que se van a ocupar de gestionar a partir de ahora el futuro de Venezuela, tanto en su ámbito económico y comercial como político.
Se me ha ocurrido, por eso, relacionar su condición humana y política con la de nuestro lendacari actual, Imanol Pradales. Ambos se parecen en que son hispanos. Por familia y por todos sus ascendientes. Marco Rubio porque sus padres son cubanos. Imanol Pradales porque sus padres son burgaleses. Hasta ahí es el parecido. Su nación cultural se puede decir que es similar, si no igual. Lo cual les da un mismo poso en cuanto a idioma, ambos son hispanófonos, castellanoparlantes, hablan español en definitiva. Y Marco Rubio se define también como católico. No sé si Pradales podría decir lo mismo, aunque su cultura es impepinablemente católica por ascendencia al menos y porque nació en Santurce (él escribiría Santurtzi), donde hay no sé cuántas parroquias y porque tienen la estatua de la Virgen del Carmen presidiendo la entrada a su puerto pesquero. Ambos tienen un mismo origen en lo que se entiende por Hispanidad, extendida a ambas orillas del Atlántico, la más grandiosa herencia de España en el mundo, de lo español, y una de las más grandes epopeyas de cualquier grupo humano en la historia universal, que caracteriza la vida de 635 millones de personas en el mundo, según el último informe del Instituto Cervantes del año 2025.
Pero a partir de ahí las trayectorias de ambos se separan de manera drástica, contrapuesta, radicalmente distinta y hasta enfrentada. Marco Rubio tiene como nación política a la república más poderosa de la tierra, los Estados Unidos de América, donde nació (en Miami, Florida) y donde hizo carrera política salvando muchas dificultades, como ocurre en aquel país, donde la iniciativa individual lo es todo y donde tuvo que experimentar en sus propias carnes la displicencia con que su propia gente de Florida le trató en las primarias presidenciales por el Partido Republicano de 2016, que dieron la victoria a Trump, que le sacó casi el doble de votos.
Los hispanos de Florida, en los que él confiaba, no se dejaron llevar por querencias sentimentales y fueron a lo práctico, al candidato que más confianza les infundía, por experiencia, por saber explicarse, por atractivo personal, por confiabilidad. El caso es que Marco Rubio tuvo que morder el polvo en aquella ocasión, pero no se amilanó por eso y siguió trabajando, siguió labrándose su porvenir y con su carrera de Senador, la que venía ejerciendo desde antes de presentar su candidatura a las presidenciales. Trump supo ver luego en él el potencial de su antiguo contrincante y lo rescató para la Secretaría de Estado de su gobierno en su segundo mandato.
Marco Rubio es experto en política latinoamericana, habla perfecto español y se entiende con todos los hispanos, a los que conoce muy bien, tanto a los de Estados Unidos, que conforman la minoría más importante del país, con el 20% de la población y 68 millones de personas que además van al alza, como con los del resto de países iberoamericanos. Su mujer mismo, es colombiana de origen. Ser Secretario de Estado de Estados Unidos no es cualquier cosa. Y ahora lo estamos viendo con el tema de Venezuela. Marco Rubio tiene muy claro que los países iberoamericanos tienen que tener una política que prime la iniciativa individual. Pero sin por eso perder la identidad.
Marco Rubio se llama Marco Rubio y no Mark Rubio, por ejemplo. Ahí está el dato. Porque en Estados Unidos el inglés es la lengua de la administración, pero no por eso el español deja de ser hablado ni mucho menos repudiado. En eso el Estado no se mete.
Con Imanol Pradales tenemos otra cosa totalmente distinta, en las antípodas de Marco Rubio. Con Imanol Pradales tenemos un señor que repudia sus orígenes, que quiere independizarse de España, como si España no tuviera nada que ver con él, como si fuera una rémora, un hándicap, un obstáculo para su desarrollo personal. Hasta en el nombre de pila se nota. Se puso el sabiniano Imanol, en lugar de su originario Manuel, el nombre de su padre, para marcar distancias. Lo español no le interesa, es negativo, es contraproducente, es retrasado. En relación con lo vasco. Cualquiera diría. Este hombre ha cambiado lo español por una entelequia de lo vasco que si algo ha hecho en la historia lo hizo asociado a lo español, al ámbito al que pertenecía, por idioma, por religión, por todo. Este hombre se sumó a una idea inventada de pueblo vasco, que nunca hizo nada por sí mismo y en bloque considerado, que nunca existió como tal formando unidad política, porque siempre hubo vascos españoles y vascos franceses, para los que lo más importante era su propia patria, España, Francia, donde trabajan y viven y a la que están vinculados políticamente, por toda una historia detrás. Los nacionalistas se inventan su propia historia. Pero la historia de verdad es la que cuenta y esta tiene un peso imposible de remover en el pasado de las sociedades, creando vínculos donde parece que no los hay, ejerciendo unos lazos de unión indestructibles.
Mientras Marco Rubio se sumó a un proyecto republicano donde lo único que importa es el individuo que trabaja por su comunidad y hace o colabora en hacer sus propias leyes, independientemente de su origen, Imanol Pradales se sumó a un proyecto disgregador donde la seña de identidad era una raza a la que nadie de sus antepasados pertenecía. Pero él se sumó a ella como forma de separarse de España. En el proyecto de Imanol Pradales la base es la separación, en el de Marco Rubio la base es la unión. Pradales hizo unas declaraciones en las que reafirmaba su nacionalismo porque, dijo, es inclusivo, integrador y democrático.
Otra diferencia ostensible entre ambos es que Marco Rubio se tuvo que fajar para sacar su candidatura de Senador y luego para optar a las presidenciales. En Estados Unidos nadie te regala nada que no puedas conseguir por ti mismo, por tus méritos y por tu iniciativa. Podrás tener padrinos, sí, pero en el momento en el que no sepas mantenerte por ti mismo, la propia inercia de aquella sociedad, la propia dinámica de fuerzas individuales en pugna, acaba contigo irremisiblemente. Imanol Pradales, en cambio, resultó elegido para candidato a lendacari sin comerlo ni beberlo. El partido le puso y la marca PNV hizo todo lo demás. No tuvo que pelearse por su puesto, no tuvo que aglutinar un núcleo de seguidores, no compitió entre iguales para alcanzar la meta, no disputó con otros candidatos, no creó un grupo de presión dentro del partido, una plataforma, no se tuvo que ganar a sus futuros partidarios dentro de su partido. Nada de eso necesitó hacer. No hizo nada en realidad, más que presentarse ahí, que lo vieran los de arriba, que lo fueran colocando en diferentes puestos desde donde poder aparecer como posible candidato. Y al final fue ungido por el dedo de su jefe y ahí está, haciendo lo que le dijeron que tenía que hacer. Su actual jefe, Aitor Esteban, es otro como él, un hispano renegado que ha decidido actuar en un proyecto diseñado desde su propio origen para separarse de España.
Marco Rubio, en cambio, no renuncia a sus orígenes hispanos, son su seña de identidad. Ahora ha decidido arremeter contra las dictaduras iberoamericanas, contra Venezuela, porque el interés de su país así lo exige, porque quiere imponer en Venezuela un régimen económico de iniciativa individual que explote los recursos, las mayores reservas del planeta de petróleo. A mí me gustaría ver si al final todo es una consecuencia de la doctrina Monroe de convertir América en el “patio trasero” de los Estados Unidos, o si su condición de hispano, de primer Secretario de Estado hispano de la historia de los gobiernos de Estados Unidos le lleva a querer también para sus connaturales las mismas condiciones de las que él disfrutó para llegar a ser lo que ahora es. Si la iniciativa individual y en condiciones de igualdad es la misma para todos, hayan nacido en Estados Unidos o hayan nacido en Colombia o Paraguay.
Imanol Pradales en esto es como Aitor Esteban, que por renunciar a lo español y a lo hispano es capaz de reivindicarse partidario de los indios americanos. Es conocida la afición de Aitor Esteban por el tema de los indios americanos. Los nacionalistas vascos prefieren ser como los yanomamis y los araucanos que como los españoles. Equiparan la única lengua que reconocen como propia, el eusquera (aunque todos hablen en un perfecto español), a cualquiera de las lenguas de la selva amazónica. Se asimilan a cualquier tribu precolombina antes que a los que llegaron allí con la Biblia, la espada y el arado. Ellos, como vascos de cartón piedra, piensan que son como indios americanos a los que los españoles vinieron a evangelizar y a civilizar pero con malas artes, para convencerles de una doctrina perversa y antihumana. Pero con eso les generan un pequeño problema de ubicación a los vascos de lo que ellos llaman “diáspora” que llegaron a Estados Unidos, rápidamente resuelto a base de contradicciones. Por querer convertirlos en antiespañoles y antihispanos les asimilan a los pioneros de Estados Unidos, que esquilmaron a las tribus de las praderas, a los sioux y a los apaches. De ese modo asemejan a los leñadores y a los ovejeros vascos que llegaron a Estados Unidos en los siglos XIX y XX, con las demás corrientes de europeos trasladados allí. Los nacionalistas van a concelebrar con los pioneros vascos de Nevada y de Idaho que fueron allí a cuidar ovejas y que seguramente tuvieron que enfrentarse también a los indios al principio de su estancia allí. Entonces los nacionalistas vascos son propioneros. En cambio, del río Bravo para abajo los nacionalistas vascos son proindios, y así se contraponen a los españoles que vinieron a someter a las tribus mexicas y centroamericanas sin distinción, lo mismo que a los aztecas y a todos los indios de las altiplanicies andinas y de las selvas amazónicas o de las llanuras de la Pampa. Les importa bien poco que muchos vascos fueran los más distinguidos en luchar contra los indios, como Lope de Aguirre o los generales argentinos y chilenos que dirigieron campañas mortíferas contra los indios araucanos tras las declaraciones de independencia de Argentina y Chile. Interesante cambio de rol según el paralelo geográfico y la época histórica en que se encuentren. Pero los nacionalistas son así, contradictorios e ilógicos con tal de ser antiespañoles, que para ellos es lo único que cuenta, su seña de identidad por antonomasia. Y por ser antiespañoles también son hispanófobos. Algo imposible de decir de Marco Rubio, aunque invada Venezuela.














