Utilizando el "caso Varginha", de Brasil
Un nuevo acto político-cultural en Washington presiona a favor de una revelación oficial, completa y controlada del tema ovni
![[Img #29623]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/01_2026/9521_screenshot-2026-01-21-at-08-20-35-national-press-club-uaps-james-fox-buscar-con-google.png)
Washington siempre huele a maniobra. A lluvia vieja sobre asfaltos de lujo, a café recalentado en despachos sin ventanas. El National Press Club no es un tribunal ni un laboratorio, pero es algo casi igual de decisivo: un escenario donde las historias piden permiso para convertirse en agenda. Ayer, 20 de enero, una de ellas llegó desde Brasil con un nombre que en el mundillo ovni pesa como una losa: Varginha.
Al frente del atril principal, el cineasta James Fox no vino a convencer a científicos. Vino a activar un mecanismo político. Y para eso necesitaba contexto, mito, testigos… y una promesa de evidencia.
1. Qué es Varginha (y por qué importa)
Varginha es una ciudad media del estado brasileño de Minas Gerais. En enero de 1996, su nombre saltó a los teletipos locales por una secuencia que parecía sacada de una mala novela pulp: avistamientos de un objeto, criaturas descritas como “biológicas”, operativos militares inusuales, hospitales vigilados y testigos civiles intimidados. La historia creció como crecen las cosas incómodas: a base de silencios oficiales.
Con los años, Varginha fue bautizado como “el Roswell brasileño”. No por capricho, sino porque reunía los mismos ingredientes que el caso norteamericano de 1947: caída o aterrizaje forzoso de un presunto ovni, posible recuperación militar, seres no humanos y un encubrimiento posterior sostenido por décadas.
En el ecosistema ovni, Varginha ocupa un lugar especial: no es solo un avistamiento, es un caso de biología, de cuerpos, de autopsias. Y eso lo convierte en una pieza peligrosa. Las luces en el cielo se discuten; los cuerpos exigen respuestas.
2. De Minas Gerais a Washington
Traer Varginha a Washington no es un gesto inocente. Es una operación de traslación simbólica: sacar el caso del folclore latinoamericano y plantarlo en el corazón del poder occidental. El mensaje implícito es claro: si ocurrió allí, también nos concierne aquí.
El National Press Club funciona como filtro de respetabilidad. No avala, pero legitima la escucha. En su agenda queda escrito el aviso: el evento no está patrocinado ni respaldado por el Club. En Washington, esa frase es un paraguas legal… y una señal de que alguien quiere hablar sin que la institución responda.
3. El médico y la grieta
Cuando el Dr. Ítalo Venturelli toma la palabra, el caso deja de ser un rumor. Un médico afirma haber visto un ser no humano en un hospital. No habla de luces ni de radares; habla de carne, de presencia, de alteridad biológica.
En la lógica de la revelación ovni, este punto es crucial. Desde hace años, el discurso oficial estadounidense intenta reencuadrar el fenómeno bajo el término UAP (fenómenos anómalos no identificados), alejándolo de la palabra “extraterrestre”. Venturelli hace lo contrario: devuelve la discusión al terreno prohibido.
4. La autopsia como arma política
Luego está la promesa: una autopsia. Un informe forense de un agente supuestamente muerto tras interactuar con uno de esos seres. En cualquier investigación seria, ese documento sería la llave de todo. Aquí, sin embargo, la autopsia funciona como objeto retórico: se invoca para presionar, no para demostrar. Y esa es la clave del acto.
5. Washington no busca la verdad: busca control
Esta conferencia no fue diseñada para cerrar el debate ovni, sino para empujarlo en una dirección concreta: la de una revelación controlada. Un proceso en el que el poder político diga: sí, hay algo, pero decida cuándo, cómo y hasta dónde se cuenta lo que hay.
Varginha es útil para eso porque: ocurrió fuera de EE. UU., implica a fuerzas armadas extranjeras, permite sugerir una herencia incómoda que “otros” gestionaron mal y ofrece la excusa perfecta para reclamar protección a denunciantes sin abrir todavía los archivos decisivos.
No es casual que el discurso derive rápidamente hacia posibles informantes, transparencia gradual y seguridad nacional. Es el lenguaje de una administración del misterio, no de su resolución.
6. El congresista que escucha
En la sala hay un miembro del Congreso. No interviene. Escuchar es suficiente. En Washington, los cambios empiezan así: una historia entra en la cabeza correcta, en el momento adecuado. No hace falta creerla; basta con no descartarla.
7. Brasil como espejo
Mientras tanto, en Brasil, el caso vuelve a discutirse en documentales y debates públicos. Treinta años después, Varginha sigue siendo una herida abierta. No porque se haya demostrado nada de forma concluyente, sino porque nadie ha conseguido cerrarlo con documentos. Y eso, paradójicamente, lo mantiene vivo.
Epílogo: el expediente útil
Varginha no llegó a Washington para ser probado. Llegó para ser útil. Útil como palanca, como símbolo, como advertencia: hay historias que no mueren, solo esperan el momento político adecuado.
La verdad rara vez irrumpe de golpe. Se filtra. Se administra. Se dosifica. La conferencia en el National Press Club no fue una revelación. Fue un ensayo general.
La puerta no se abrió.
Pero alguien ya ha probado la cerradura.
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Washington siempre huele a maniobra. A lluvia vieja sobre asfaltos de lujo, a café recalentado en despachos sin ventanas. El National Press Club no es un tribunal ni un laboratorio, pero es algo casi igual de decisivo: un escenario donde las historias piden permiso para convertirse en agenda. Ayer, 20 de enero, una de ellas llegó desde Brasil con un nombre que en el mundillo ovni pesa como una losa: Varginha.
Al frente del atril principal, el cineasta James Fox no vino a convencer a científicos. Vino a activar un mecanismo político. Y para eso necesitaba contexto, mito, testigos… y una promesa de evidencia.
1. Qué es Varginha (y por qué importa)
Varginha es una ciudad media del estado brasileño de Minas Gerais. En enero de 1996, su nombre saltó a los teletipos locales por una secuencia que parecía sacada de una mala novela pulp: avistamientos de un objeto, criaturas descritas como “biológicas”, operativos militares inusuales, hospitales vigilados y testigos civiles intimidados. La historia creció como crecen las cosas incómodas: a base de silencios oficiales.
Con los años, Varginha fue bautizado como “el Roswell brasileño”. No por capricho, sino porque reunía los mismos ingredientes que el caso norteamericano de 1947: caída o aterrizaje forzoso de un presunto ovni, posible recuperación militar, seres no humanos y un encubrimiento posterior sostenido por décadas.
En el ecosistema ovni, Varginha ocupa un lugar especial: no es solo un avistamiento, es un caso de biología, de cuerpos, de autopsias. Y eso lo convierte en una pieza peligrosa. Las luces en el cielo se discuten; los cuerpos exigen respuestas.
2. De Minas Gerais a Washington
Traer Varginha a Washington no es un gesto inocente. Es una operación de traslación simbólica: sacar el caso del folclore latinoamericano y plantarlo en el corazón del poder occidental. El mensaje implícito es claro: si ocurrió allí, también nos concierne aquí.
El National Press Club funciona como filtro de respetabilidad. No avala, pero legitima la escucha. En su agenda queda escrito el aviso: el evento no está patrocinado ni respaldado por el Club. En Washington, esa frase es un paraguas legal… y una señal de que alguien quiere hablar sin que la institución responda.
3. El médico y la grieta
Cuando el Dr. Ítalo Venturelli toma la palabra, el caso deja de ser un rumor. Un médico afirma haber visto un ser no humano en un hospital. No habla de luces ni de radares; habla de carne, de presencia, de alteridad biológica.
En la lógica de la revelación ovni, este punto es crucial. Desde hace años, el discurso oficial estadounidense intenta reencuadrar el fenómeno bajo el término UAP (fenómenos anómalos no identificados), alejándolo de la palabra “extraterrestre”. Venturelli hace lo contrario: devuelve la discusión al terreno prohibido.
4. La autopsia como arma política
Luego está la promesa: una autopsia. Un informe forense de un agente supuestamente muerto tras interactuar con uno de esos seres. En cualquier investigación seria, ese documento sería la llave de todo. Aquí, sin embargo, la autopsia funciona como objeto retórico: se invoca para presionar, no para demostrar. Y esa es la clave del acto.
5. Washington no busca la verdad: busca control
Esta conferencia no fue diseñada para cerrar el debate ovni, sino para empujarlo en una dirección concreta: la de una revelación controlada. Un proceso en el que el poder político diga: sí, hay algo, pero decida cuándo, cómo y hasta dónde se cuenta lo que hay.
Varginha es útil para eso porque: ocurrió fuera de EE. UU., implica a fuerzas armadas extranjeras, permite sugerir una herencia incómoda que “otros” gestionaron mal y ofrece la excusa perfecta para reclamar protección a denunciantes sin abrir todavía los archivos decisivos.
No es casual que el discurso derive rápidamente hacia posibles informantes, transparencia gradual y seguridad nacional. Es el lenguaje de una administración del misterio, no de su resolución.
6. El congresista que escucha
En la sala hay un miembro del Congreso. No interviene. Escuchar es suficiente. En Washington, los cambios empiezan así: una historia entra en la cabeza correcta, en el momento adecuado. No hace falta creerla; basta con no descartarla.
7. Brasil como espejo
Mientras tanto, en Brasil, el caso vuelve a discutirse en documentales y debates públicos. Treinta años después, Varginha sigue siendo una herida abierta. No porque se haya demostrado nada de forma concluyente, sino porque nadie ha conseguido cerrarlo con documentos. Y eso, paradójicamente, lo mantiene vivo.
Epílogo: el expediente útil
Varginha no llegó a Washington para ser probado. Llegó para ser útil. Útil como palanca, como símbolo, como advertencia: hay historias que no mueren, solo esperan el momento político adecuado.
La verdad rara vez irrumpe de golpe. Se filtra. Se administra. Se dosifica. La conferencia en el National Press Club no fue una revelación. Fue un ensayo general.
La puerta no se abrió.
Pero alguien ya ha probado la cerradura.














