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Domingo, 05 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:
El PNV, feliz en su corral

Aberri Eguna 2026: el discurso de siempre para un tiempo que ya no es el mismo

[Img #30207]Aberri Eguna 2026. El presidente del Euzkadi Buru Batzar del PNV, Aitor Esteban, no sorprendió. Su intervención fue la confirmación de una forma de hacer política que ha convertido la repetición obscena de la mentira en método y lafalsa  prudencia en coartada. Bajo una retórica vacía de estabilidad y responsabilidad, el PNV volvió a ofrecer un discurso que, más que responder a los desafíos actuales, parece diseñado para evitar cualquier alteración real del statu quo.

 

El mensaje de fondo es inequívoco: Euskadi funciona porque el PNV gobierna, y cualquier alternativa introduce incertidumbre. Esta identificación sistemática entre país y partido no solo simplifica la realidad, sino que revela una concepción profundamente falsaria del poder, donde la continuidad se presenta como virtud en sí misma y el posible cambio, venga éste de donde venga, como amenaza. No se trata ya de defender un proyecto político, sino de blindar una posición nacionbalista hegemónica.

 

En el terreno del autogobierno, la fórmula vuelve a ser la misma de siempre: reivindicación sin ruptura, presión sin conflicto, ambición sin consecuencias. El PNV insiste en exigir nuevas competencias y en una actualización del marco político, pero siempre dentro de los márgenes que garantizan que nada esencial se desestabilice, no sea que se vaya a ir al garete el mané que llega del resto de España. Es una estrategia eficaz para acumular pequeñas cesiones, pero también una forma de dilatar indefinidamente cualquier decisión de fondo. El resultado es un nacionalismo administrado, gestionado y anquilosado que ha hecho del gradualismo no una táctica, sino un fin en sí mismo.

 

El recurso constante a conceptos como competitividad, sostenibilidad o innovación actúa como una cortina de lenguaje técnico que pretenden sustituir el debate político por una narrativa de gestión presuntamente exitosa. Se habla de futuro, pero se evita concretar el coste de ese futuro. Se invoca la modernización, pero se eluden las decisiones que inevitablemente generan conflicto. El discurso, así planteado, no busca tanto explicar como neutralizar.

 

En el plano identitario, el equilibrio que el PNV ha explotado durante décadas —afirmación cultural y pragmatismo económico— empieza a mostrar signos de tensión. La insistencia en preservar la singularidad vasca convive con una creciente dependencia de dinámicas globales que condicionan esa misma singularidad. Sin embargo, esta contradicción apenas se aborda, como si pudiera sostenerse indefinidamente sin ajustes ni costes. Mientras tanto, la inversión extrajera huye de la región y hay que viajar a Madrid para encontrarse con los jóvenes vascos mejor preparados. 

 

Pero el verdadero problema no es la continuidad y la vacuidad del discurso, sino su desconexión con el momento histórico que atraviesa el mundo. En un contexto de transformación acelerada, de incertidumbre estructural y de desgaste de los modelos tradicionales de represerntación, la apelación permanente a la estabilidad empieza a parecer menos una garantía y más una forma de inmovilismo. Lo que durante años fue percibido por los más crédulos como prudencia puede acabar siendo interpretado como una absoluta falta de ambición y de perspicacia política.

 

El PNV ha construido su hegemonía sobre la promesa de gestionar mejor que nadie. La cuestión es si gestionar sigue siendo suficiente cuando lo que está en juego no es solo la administración del presente, sino la definición del futuro. Y ahí, el discurso de Esteban deja una sensación incómoda: la de un partido más preocupado por preservar lo que tiene a base de pactar con la izquierda más radical del planeta que por afrontar lo que viene. Porque, llegado cierto punto, la estabilidad deja de ser una virtud si se convierte en una excusa para no cambiar nada. Que es lo que busca el PNV para conservar en marcha su maquinaria de poder obtuso.

 

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