El poder que no quiere cambiar nada
Hay discursos que no buscan convencer, sino confirmar. El del presidente del Euzkadi Buru Batzar del PNV, Aitor Esteban, en el Aberri Eguna 2026 pertenece a esa categoría. No plantea un horizonte, no abre un debate, no asume riesgos. Se limita a reafirmar insiustentemente una mentira tan repetida que ha terminado por convertirse en dogma: que Euskadi funciona porque el PNV la gobierna, y que cualquier alternativa es, por definición, un salto al vacío.
Este planteamiento no es solo falso y discutible; es profundamente problemático. Porque sustituye la política —el contraste de proyectos, la confrontación de ideas, la posibilidad real de alternancia— por una perversa lógica de conservación del poder a cualquier precio. El PNV ya no se presenta como una opción, sino como una necesidad. Y cuando un partido, cualquier partido, se instala en esa posición, la frontera entre liderazgo y hegemonía empieza a difuminarse.
El discurso de Esteban es, en esencia, un ejercicio inane de autoprotección. Bajo la retórica siempre falaz de la estabilidad y la gestión eficaz se esconde una renuncia deliberada a cualquier transformación de fondo. Se habla de competitividad, de sostenibilidad, de innovación. Pero no se habla de costes, de conflictos, de decisiones difíciles. Se invoca el futuro mientras se administra el presente con una prudencia que roza la inercia cenutria y la bobería ensimismada. Mientras tanto, el mundo, que no espera, se abre bajo nuestros pies y, sobre todo, bajo los pies de los vascos más jóvenes y más preparados, que, como la inversión extranjera, huyen del paraíso del PNV a la mayor velocidad posible. Sin lugar a dudas, Esteban y Pradales se encuentran con muchos de ellos cuando viajan a Madrid a mantener sus negocios miserables con el miserable de Pedro Sánchez.
Las transformaciones tecnológicas, la presión económica, la fragmentación política y social no se detienen ante discursos repetititivos y cansinos. Exigen claridad, prioridades, decisiones. Exigen, en definitiva, liderazgo. Y el liderazgo no consiste en repetir lo que nunca funcionó, sino en anticipar lo que está por venir.
El PNV se ha vendido, durante décadas, como un partido eficaz. Y, de hecho, nadie puede negar su capacidad para construir y sostener un modelo institucional sólido... siempre a su servicio. Pero esa misma eficacia corre hoy el riesgo de convertirse en su principal límite. Porque lo que en otro tiempo fue estabilidad, hoy empieza a parecer resistencia al cambio. Y lo que fue prudencia, empieza a interpretarse como falta de ambición.
La cuestión ya no es si el PNV sabe gobernar. La cuestión es si quiere algo más que seguir gobernando. Porque cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo, la política deja de ser un instrumento de transformación y pasa a ser un mecanismo de conservación. Y en ese punto, el problema ya no es el discurso. El problema es el proyecto y los personajes que lo lideran.
Hay discursos que no buscan convencer, sino confirmar. El del presidente del Euzkadi Buru Batzar del PNV, Aitor Esteban, en el Aberri Eguna 2026 pertenece a esa categoría. No plantea un horizonte, no abre un debate, no asume riesgos. Se limita a reafirmar insiustentemente una mentira tan repetida que ha terminado por convertirse en dogma: que Euskadi funciona porque el PNV la gobierna, y que cualquier alternativa es, por definición, un salto al vacío.
Este planteamiento no es solo falso y discutible; es profundamente problemático. Porque sustituye la política —el contraste de proyectos, la confrontación de ideas, la posibilidad real de alternancia— por una perversa lógica de conservación del poder a cualquier precio. El PNV ya no se presenta como una opción, sino como una necesidad. Y cuando un partido, cualquier partido, se instala en esa posición, la frontera entre liderazgo y hegemonía empieza a difuminarse.
El discurso de Esteban es, en esencia, un ejercicio inane de autoprotección. Bajo la retórica siempre falaz de la estabilidad y la gestión eficaz se esconde una renuncia deliberada a cualquier transformación de fondo. Se habla de competitividad, de sostenibilidad, de innovación. Pero no se habla de costes, de conflictos, de decisiones difíciles. Se invoca el futuro mientras se administra el presente con una prudencia que roza la inercia cenutria y la bobería ensimismada. Mientras tanto, el mundo, que no espera, se abre bajo nuestros pies y, sobre todo, bajo los pies de los vascos más jóvenes y más preparados, que, como la inversión extranjera, huyen del paraíso del PNV a la mayor velocidad posible. Sin lugar a dudas, Esteban y Pradales se encuentran con muchos de ellos cuando viajan a Madrid a mantener sus negocios miserables con el miserable de Pedro Sánchez.
Las transformaciones tecnológicas, la presión económica, la fragmentación política y social no se detienen ante discursos repetititivos y cansinos. Exigen claridad, prioridades, decisiones. Exigen, en definitiva, liderazgo. Y el liderazgo no consiste en repetir lo que nunca funcionó, sino en anticipar lo que está por venir.
El PNV se ha vendido, durante décadas, como un partido eficaz. Y, de hecho, nadie puede negar su capacidad para construir y sostener un modelo institucional sólido... siempre a su servicio. Pero esa misma eficacia corre hoy el riesgo de convertirse en su principal límite. Porque lo que en otro tiempo fue estabilidad, hoy empieza a parecer resistencia al cambio. Y lo que fue prudencia, empieza a interpretarse como falta de ambición.
La cuestión ya no es si el PNV sabe gobernar. La cuestión es si quiere algo más que seguir gobernando. Porque cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo, la política deja de ser un instrumento de transformación y pasa a ser un mecanismo de conservación. Y en ese punto, el problema ya no es el discurso. El problema es el proyecto y los personajes que lo lideran.














