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La Tribuna del País Vasco
Martes, 14 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Kutxabank debe dar explicaciones sobre le pésima gestión de uno de sus fondos estrella

Hay datos que no admiten interpretación benevolente. Cuando un fondo de inversión de perfil conservador encadena años de pérdidas, se sitúa de forma persistente en el peor grupo de su categoría y, además, destruye valor en horizontes de cinco y diez años, el problema no es el mercado. Es la gestión.

 

El caso del Kutxabank 0/100 Carteras FI no es una anomalía aislada, sino un síntoma de una disfunción más profunda en el modelo de comercialización de productos financieros en España. Se trata de un fondo concebido —al menos en su presentación al cliente— como una herramienta prudente, flexible, adecuada para perfiles que buscan estabilidad. Sin embargo, la evidencia empírica muestra un resultado opuesto: pérdidas acumuladas significativas, incapacidad para proteger capital en fases adversas y, lo que resulta aún más grave, una rentabilidad muy inferior a la de productos comparables.

 

El elemento más preocupante no es únicamente la pérdida, sino su persistencia. Los mercados atraviesan ciclos, y cualquier gestor puede enfrentarse a años difíciles. Pero cuando el deterioro se prolonga durante un lustro o una década, y además se produce en un entorno en el que alternativas similares sí han generado valor, la explicación ya no puede refugiarse en la volatilidad o en circunstancias excepcionales. Estamos ante un fallo estructural.

 

Este tipo de productos plantea, además, una cuestión de fondo sobre la relación entre entidad y cliente. La banca tradicional ha construido durante décadas una posición de confianza basada en la cercanía y en la presunción de asesoramiento cualificado. Sin embargo, esa confianza se ve erosionada cuando los resultados no solo no acompañan, sino que se sitúan sistemáticamente por debajo del estándar del mercado. El inversor medio no tiene por qué analizar rankings complejos ni comparativas técnicas; confía en que el producto recomendado cumple, al menos, con unos mínimos razonables de preservación del capital.

 

La cuestión no es menor si se atiende al volumen de patrimonio afectado. Hablamos de cientos de millones de euros gestionados y de miles de clientes expuestos a una evolución que, con el paso del tiempo, se traduce en una pérdida tangible de poder adquisitivo. En un contexto de inflación elevada y de incertidumbre económica, la erosión del ahorro adquiere una dimensión especialmente sensible.

 

Conviene subrayar que el problema no es la existencia de fondos con malos resultados —inevitable en cualquier mercado—, sino la persistencia de esos resultados sin una revisión visible de la estrategia, sin una corrección clara del rumbo y sin una rendición de cuentas proporcional al impacto generado. La gestión de activos no es una actividad neutral: implica decisiones continuas que afectan directamente al patrimonio de terceros.

 

Por ello, este tipo de casos debería abrir una reflexión más amplia sobre los estándares de calidad en la gestión y, sobre todo, sobre la transparencia en la comercialización. El inversor tiene derecho a conocer no solo las características teóricas del producto, sino también su comportamiento real frente a alternativas comparables. Y tiene derecho, igualmente, a esperar que una entidad financiera actúe con diligencia cuando un producto evidencia un deterioro sostenido.

 

En última instancia, la credibilidad del sistema financiero no se sostiene en campañas comerciales ni en discursos institucionales, sino en resultados. Cuando estos fallan de manera reiterada, lo que está en juego no es solo la rentabilidad de un fondo concreto, sino la confianza misma sobre la que se construye toda la relación entre banca y cliente.

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