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Lunes, 27 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Álex Escolà-Gascón: el investigador que quiere medir lo imposible

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En algún punto entre las matemáticas, la psicología y el misterio, hay un territorio donde la ciencia todavía no sabe exactamente cómo caminar. No es el terreno de la especulación pura, pero tampoco el de las certezas consolidadas. Es ahí donde trabaja el religioso, psicólogo y matermático Álex Escolà-Gascón, autor entre otros libros del exitoso Las fronteras de lo posible

 

Profesor de métodos cuantitativos y estadística, vinculado a instituciones como la Universidad Ramon Llull en Barcelona y la Universidad Pontificia Comillas en Madrid, su perfil rompe con el estereotipo clásico del investigador. No es un divulgador de lo inexplicable, sino alguien que intenta someterlo —precisamente— a métodos formales, modelos matemáticos y protocolos experimentales estrictos.

 

Su obsesión no es demostrar lo extraordinario. Es medirlo.

 

Y esa diferencia lo sitúa en un lugar incómodo: entre quienes consideran que estos fenómenos son reales pero mal comprendidos, y quienes sostienen que no existen más allá de errores metodológicos o sesgos cognitivos.

 

El eco de la Guerra Fría: la visión remota

 

El punto de partida de una de sus líneas más conocidas es un capítulo casi olvidado de la historia reciente: los programas secretos de la CIA sobre “visión remota”. Durante décadas, en plena Guerra Fría, Estados Unidos investigó si ciertos individuos podían obtener información a distancia sin utilizar los sentidos convencionales.

 

Aquellos programas fueron desclasificados en los años noventa, pero dejaron una pregunta sin resolver: ¿había algo detrás de los resultados obtenidos?

 

Escolà-Gascón decidió retomar esa cuestión desde una perspectiva moderna. En un estudio publicado en Brain and Behavior, replicó experimentalmente estos protocolos con cientos de participantes y técnicas estadísticas avanzadas. El resultado no fue una confirmación rotunda. Pero tampoco un fracaso.

 

En uno de los grupos analizados, encontró efectos estadísticamente significativos vinculados a una variable inesperada: la inteligencia emocional. Aproximadamente un 19,5 % del rendimiento en las tareas de “visión remota” podía explicarse por esta capacidad cognitiva.

 

No es una prueba definitiva. Pero tampoco es ruido.

 

La hipótesis que emerge es inquietante: si estos fenómenos existen, podrían no depender de una “habilidad paranormal”, sino de mecanismos psicológicos ordinarios —como el procesamiento intuitivo de la información— que aún no comprendemos del todo.

 

La mente como sistema de señales

 

Para explicar esa posibilidad, Escolà-Gascón propone un modelo conceptual que, a primera vista, parece casi contraintuitivo: tratar las emociones como sistemas de señalización.

 

En su planteamiento, las emociones no serían simplemente estados subjetivos, sino vehículos de información que el cerebro utiliza para tomar decisiones cuando la lógica consciente no es suficiente. Ese procesamiento —rápido, intuitivo— podría estar implicado en lo que denomina “cogniciones anómalas”.

 

En otras palabras: la intuición no sería un atajo imperfecto de la razón, sino una vía paralela.

 

Esta idea no valida la existencia de fenómenos paranormales. Pero sí abre una grieta: sugiere que el cerebro podría estar procesando información de formas que aún no encajan en los modelos clásicos.

 

La otra investigación: conciencia en el umbral de la muerte

 

Si la visión remota sitúa su trabajo en el límite de la psicología, su investigación más reciente lo empuja directamente hacia el núcleo duro de la neurociencia.

 

En un estudio aún en proceso editorial en The Innovation, Escolà-Gascón y su equipo analizan experiencias cercanas a la muerte (NDE) bajo una hipótesis radical: la posibilidad de que la conciencia opere con principios no locales, inspirados en la física cuántica .

 

El experimento es, en sí mismo, extraordinario.

 

Pacientes en parada cardiaca fueron expuestos a estímulos controlados generados mediante sistemas cuánticos. Tras la reanimación, se evaluó su capacidad de recordar información presentada durante ese periodo en el que, según la neurociencia clásica, no debería existir conciencia operativa.

 

Los resultados, según el estudio, apuntan a correlaciones significativas entre variables fisiológicas, experiencias subjetivas y patrones de información que no se explican fácilmente por mecanismos conocidos .

 

El propio trabajo reconoce el alcance limitado de estas conclusiones. No demuestra que la conciencia sobreviva a la muerte. Pero plantea una cuestión incómoda:
¿y si no desaparece exactamente cuando creemos?

 

Entre la patología y la experiencia

 

Otra de sus líneas de investigación aborda un problema diferente, pero relacionado: quién experimenta este tipo de fenómenos y por qué.

 

En un estudio con más de 1.200 participantes, Escolà-Gascón analizó las llamadas “experiencias anómalas” —percepciones fuera de lo común— desde un enfoque psicológico .

 

El hallazgo clave rompe un prejuicio clásico: no todas estas experiencias están asociadas a trastornos mentales.

 

De hecho, ciertos rasgos de sensibilidad psicológica —lo que se conoce como “Highly Sensitive Person”— no aumentan estas percepciones, sino que pueden actuar como factor protector frente a ellas.

 

Esto introduce un matiz importante: la frontera entre lo patológico y lo no explicado es mucho más difusa de lo que se pensaba.

 

Un campo dividido

 

El trabajo de Escolà-Gascón no se desarrolla en terreno neutral. El campo de las “cogniciones anómalas” está profundamente polarizado.

 

Por un lado, investigadores que consideran que existe evidencia acumulada suficiente para seguir explorando estos fenómenos.
Por otro, una corriente crítica que atribuye los resultados a errores metodológicos, sesgos estadísticos o interpretaciones excesivas.

 

El propio autor reconoce esta división y adopta una posición deliberadamente intermedia: no afirma la existencia de estos fenómenos, pero tampoco acepta descartarlos sin análisis empírico riguroso.

 

Esa postura, en ciencia, suele ser la más difícil de sostener.

 

El problema de fondo: los límites del conocimiento

 

Más allá de los resultados concretos, el trabajo de Escolà-Gascón apunta a una cuestión más amplia: los límites actuales de los modelos científicos sobre la mente.

 

La neurociencia explica gran parte del funcionamiento cerebral, pero aún no ha resuelto preguntas fundamentales: cómo surge la conciencia, cómo se integra la información o por qué ciertos procesos parecen anticipar estímulos.

 

En ese contexto, investigar fenómenos “extraordinarios” no implica necesariamente validarlos.
 

Implica poner a prueba los marcos existentes.

 

Una ciencia incómoda

 

El riesgo de este tipo de investigaciones es evidente: pueden ser utilizadas para justificar creencias no científicas. Pero también existe el riesgo contrario: descartar áreas enteras de estudio por incomodidad epistemológica.

 

Escolà-Gascón intenta moverse entre ambos extremos.

 

Sus trabajos no concluyen que exista percepción extrasensorial, ni que la conciencia sea independiente del cerebro. Pero sí dejan una puerta abierta: hay resultados que no encajan del todo.

 

Y cuando algo no encaja, la ciencia —si es fiel a sí misma— no debería ignorarlo.

 

Epílogo: medir lo improbable

 

Quizá la clave de su trayectoria no está en lo que demuestra, sino en lo que intenta.

 

En una época en la que gran parte de la investigación avanza sobre terrenos seguros, Álex Escolà-Gascón ha decidido explorar uno de los más inestables: el de lo improbable medido con rigor.

 

No es una garantía de descubrimiento. Pero sí una señal de que, incluso hoy, todavía quedan preguntas capaces de incomodar a la ciencia.

 

Y eso, en sí mismo, ya es relevante.

 

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