La época aciaga del lendacari Garaikoetxea
Recordamos ahora que se ha muerto Carlos Garaikoetxea, quien fuera lendacari vasco entre 1980 y 1984, la época aciaga que vivimos entonces, yo entre mis 16 y mis 20 años, cuando me empecé a dar cuenta del sitio en el que había nacido y en el que estaba viviendo y de la gente que lo gobernaba y lo destrozaba: los nacionalistas. Durante el periodo en el que Carlos Garaikoetxea fue lendacari tuvimos 260 asesinatos, tirando por lo bajo, de los cuales 215 cometidos por ETA, 20 por el GRAPO y 25 por la extrema derecha, sin pretensión de ser precisos. Probablemente fueron más.
Fue el momento en el que los nacionalistas vascos nos demostraron todo lo que sabían hacer. Unos intentando revivir lo que nunca había existido y otros cargándose literalmente la convivencia y haciéndole la vida imposible a la gente. Nacionalismo institucional y nacionalismo terrorista, las dos caras de la misma moneda y que se retroalimentaban mutuamente, el primero haciéndose el bueno y aprovechándose del terrorismo para pedir todas las competencias posibles y algunas más y el segundo haciendo el cafre todo lo que podía a sabiendas de que el otro le apoyaría siempre que se diera la ocasión. Un binomio catastrófico para la sociedad vasca que la ha acabado por convertir en lo que hoy es: un zombi de sociedad, completamente abducida por el nacionalismo y donde nos salen individuos como los Pradales, los Esteban, los Rodríguez Torres y toda una serie de ejemplos de personas así, dispuestos todos a demostrar que son los más vascos de todos a pesar de tener a todos sus ascendientes en Burgos, Soria o Extremadura.
El País Vasco se ha convertido así en el país de la suplantación y de la impostura. Y todo gracias a políticos como Garaikoetxea, a quien lo más raro que le podrías decir es que hay una calle en Cádiz que se llama así, Garaicoechea, por un antepasado suyo, un navarro llamado Pedro Garaicoechea que hizo la carrera de las Indias, como se llamaba al fletamiento de barcos para comerciar entre España y las colonias, en el siglo XVIII, muy típico de Cádiz, donde se concentró un gran número de marinos y comerciantes vascos y navarros que han dado nombre a sus calles y plazas y que se asentaron allí desde generaciones y a los que les sienta muy bien la manzanilla de Sanlúcar y el gazpacho andaluz y no se quieren ir de allí por nada del mundo.
Pero con Carlos Garaikoetxea asistimos a la apoteosis de lo vasco en el País Vasco. En el Parlamento de 1980, del que salió su primera lendacaricha, el porcentaje de parlamentarios con apellidos eusquéricos era de los que hacen época. Lo computé en su día, una barbaridad, como el 80% de los parlamentarios tenían apellidos eusquéricos. Como si los hubieran cogido a lazo para llevarlos allí y demostrar que el País Vasco era eusquérico por los cuatro costados. Qué exageración, qué manera de avasallar. Todo el mundo se creía que aquí no había más que vascos como Garaikoetxea, así con la frente y el mentón pronunciados y hablando pausadamente en eusquera pastoso, con aquella manera que tenía Garaikoetxea de pronunciar el eusquera que había aprendido en la euscaltegui, porque claro, lo había perdido por culpa de Franco. Y eso que su padre lo hablaba, su madre, en cambio, parece que no.
Con ocasión de la muerte de Garaikoetxea me llamaron la atención sobre todo dos discursos o intervenciones ante los medios pronunciadas en el exterior de Ajuria Enea, donde estuvo la capilla ardiente, una por el presidente del PNV, Aitor Esteban, y la otra por el inefable Arnaldo Otegui. El primero refiriéndose a los lendacaris, pero haciéndolo con una desgana visible, como él aparece ahora, todo desganado y ojeroso, nada que ver con aquel Aitor Esteban rozagante, lustroso y sonrosado de su época en Madrid. Esto es lo que dijo: “La figura de todos los lendacaris es importante en el pueblo vasco y yo creo que todos, todas las vascas, todos los vascos lo sentimos así. Un puesto de responsabilidad que refleja, que nos refleja un poquito a todos y a lo que es este pueblo. Dicho esto, la etapa que le tocó cubrir al lendacari Garaikoetxea fue especialmente difícil y brillante. Tenía la responsabilidad de poner las primeras piedras de nuestras instituciones, de ese estatuto que se había negociado y aprobado, hacerlo realidad, conseguir las competencias y algo muy importante como el concierto económico y lo hizo en unas circunstancias difíciles, difíciles no solo por la situación económica o por, bueno, circunstancias que pasaron en este pueblo, como las inundaciones en Vizcaya, etcétera, etcétera. Circunstancias muy complicadas, pero también haciendo frente a la oposición de gentes fuera de Euskadi, pero también de dentro de Euskadi. Afortunadamente estamos en otros tiempos, pero en aquellos momentos y años después había que oír mucho aquello de bueno, las instituciones, instituciones vascongadas, vascongadillas, el conciertillo, despreciando todo lo que se estaba haciendo y lo que no solo ha supuesto y supone la estructura de autogobierno vasco y que ahora todos apreciamos y todos loamos. El Lendacari Garaikoetxea y su gobierno pusieron esas primeras piedras y después los lendacaris posteriores han sido los que han ido dotándola de más fuerza, haciéndola más recia y siguiendo con su desarrollo y con su protección. Yo creo que todos sentimos la pérdida del lendacari Garaikoetxea y todos apreciamos la labor que hizo en aquellos cinco años de su gobierno. Esquerric asco.”
Dice que hubo circunstancias muy difíciles, como las inundaciones de Vizcaya. En fin. En los años más terribles del terrorismo de ETA dice que hubo circunstancias muy difíciles como las inundaciones de Vizcaya. Clama al cielo.
Y luego el otro, Arnaldo Otegi, empezó diciendo esto: “Hemos venido hoy a dar nuestro último adiós al lendacari Carlos Garaikoetxea. Carlos Garaikoetxea pertenece a una generación que hizo cosas extraordinarias en tiempos extraordinarios.”
No nos aclaró, naturalmente, a qué se refería con lo de tiempos extraordinarios. Así que preferimos desconectar de este averchale y pasar de lo demás que dijo, como eso de que vivimos en una parte de un país que se llama Euscalerria y que “una de las grandes heridas en la Transición para nuestro país fue la división territorial”, se entiende que entre el País Vasco y Navarra. Esa fue una de las grandes heridas de la Transición para este hombre. La división territorial. En fin. Personas así, con las que tenemos que vivir en el mismo tiempo y en un mismo sitio te hacen pensar, cuando hablan, que vivimos en países diferentes, en tiempos diferentes y hablando en español de forma diferente. Porque Aitor Esteban y Arnaldo Otegi hablaron en español, conste. Pero con una distancia respecto de lo que uno pueda sentir y pensar tan estratosférica, que parece realmente que hablamos idiomas diferentes.
Ante personajes de esta calaña solo me queda el consuelo de Julián Marías, cuando decía que la vida política no es lo más importante de un ser humano. Que primero es la vida privada. Así lo sentía él en medio de lo peor del franquismo, donde escribió la parte más profunda y ponderada de su extensa obra y donde vivió los mejores años de su vida. Y así tenemos que aspirar a vivir nosotros en medio de este régimen nacionalista tan embrutecedor y tan desalmado que nos ha tocado vivir.
Recordamos ahora que se ha muerto Carlos Garaikoetxea, quien fuera lendacari vasco entre 1980 y 1984, la época aciaga que vivimos entonces, yo entre mis 16 y mis 20 años, cuando me empecé a dar cuenta del sitio en el que había nacido y en el que estaba viviendo y de la gente que lo gobernaba y lo destrozaba: los nacionalistas. Durante el periodo en el que Carlos Garaikoetxea fue lendacari tuvimos 260 asesinatos, tirando por lo bajo, de los cuales 215 cometidos por ETA, 20 por el GRAPO y 25 por la extrema derecha, sin pretensión de ser precisos. Probablemente fueron más.
Fue el momento en el que los nacionalistas vascos nos demostraron todo lo que sabían hacer. Unos intentando revivir lo que nunca había existido y otros cargándose literalmente la convivencia y haciéndole la vida imposible a la gente. Nacionalismo institucional y nacionalismo terrorista, las dos caras de la misma moneda y que se retroalimentaban mutuamente, el primero haciéndose el bueno y aprovechándose del terrorismo para pedir todas las competencias posibles y algunas más y el segundo haciendo el cafre todo lo que podía a sabiendas de que el otro le apoyaría siempre que se diera la ocasión. Un binomio catastrófico para la sociedad vasca que la ha acabado por convertir en lo que hoy es: un zombi de sociedad, completamente abducida por el nacionalismo y donde nos salen individuos como los Pradales, los Esteban, los Rodríguez Torres y toda una serie de ejemplos de personas así, dispuestos todos a demostrar que son los más vascos de todos a pesar de tener a todos sus ascendientes en Burgos, Soria o Extremadura.
El País Vasco se ha convertido así en el país de la suplantación y de la impostura. Y todo gracias a políticos como Garaikoetxea, a quien lo más raro que le podrías decir es que hay una calle en Cádiz que se llama así, Garaicoechea, por un antepasado suyo, un navarro llamado Pedro Garaicoechea que hizo la carrera de las Indias, como se llamaba al fletamiento de barcos para comerciar entre España y las colonias, en el siglo XVIII, muy típico de Cádiz, donde se concentró un gran número de marinos y comerciantes vascos y navarros que han dado nombre a sus calles y plazas y que se asentaron allí desde generaciones y a los que les sienta muy bien la manzanilla de Sanlúcar y el gazpacho andaluz y no se quieren ir de allí por nada del mundo.
Pero con Carlos Garaikoetxea asistimos a la apoteosis de lo vasco en el País Vasco. En el Parlamento de 1980, del que salió su primera lendacaricha, el porcentaje de parlamentarios con apellidos eusquéricos era de los que hacen época. Lo computé en su día, una barbaridad, como el 80% de los parlamentarios tenían apellidos eusquéricos. Como si los hubieran cogido a lazo para llevarlos allí y demostrar que el País Vasco era eusquérico por los cuatro costados. Qué exageración, qué manera de avasallar. Todo el mundo se creía que aquí no había más que vascos como Garaikoetxea, así con la frente y el mentón pronunciados y hablando pausadamente en eusquera pastoso, con aquella manera que tenía Garaikoetxea de pronunciar el eusquera que había aprendido en la euscaltegui, porque claro, lo había perdido por culpa de Franco. Y eso que su padre lo hablaba, su madre, en cambio, parece que no.
Con ocasión de la muerte de Garaikoetxea me llamaron la atención sobre todo dos discursos o intervenciones ante los medios pronunciadas en el exterior de Ajuria Enea, donde estuvo la capilla ardiente, una por el presidente del PNV, Aitor Esteban, y la otra por el inefable Arnaldo Otegui. El primero refiriéndose a los lendacaris, pero haciéndolo con una desgana visible, como él aparece ahora, todo desganado y ojeroso, nada que ver con aquel Aitor Esteban rozagante, lustroso y sonrosado de su época en Madrid. Esto es lo que dijo: “La figura de todos los lendacaris es importante en el pueblo vasco y yo creo que todos, todas las vascas, todos los vascos lo sentimos así. Un puesto de responsabilidad que refleja, que nos refleja un poquito a todos y a lo que es este pueblo. Dicho esto, la etapa que le tocó cubrir al lendacari Garaikoetxea fue especialmente difícil y brillante. Tenía la responsabilidad de poner las primeras piedras de nuestras instituciones, de ese estatuto que se había negociado y aprobado, hacerlo realidad, conseguir las competencias y algo muy importante como el concierto económico y lo hizo en unas circunstancias difíciles, difíciles no solo por la situación económica o por, bueno, circunstancias que pasaron en este pueblo, como las inundaciones en Vizcaya, etcétera, etcétera. Circunstancias muy complicadas, pero también haciendo frente a la oposición de gentes fuera de Euskadi, pero también de dentro de Euskadi. Afortunadamente estamos en otros tiempos, pero en aquellos momentos y años después había que oír mucho aquello de bueno, las instituciones, instituciones vascongadas, vascongadillas, el conciertillo, despreciando todo lo que se estaba haciendo y lo que no solo ha supuesto y supone la estructura de autogobierno vasco y que ahora todos apreciamos y todos loamos. El Lendacari Garaikoetxea y su gobierno pusieron esas primeras piedras y después los lendacaris posteriores han sido los que han ido dotándola de más fuerza, haciéndola más recia y siguiendo con su desarrollo y con su protección. Yo creo que todos sentimos la pérdida del lendacari Garaikoetxea y todos apreciamos la labor que hizo en aquellos cinco años de su gobierno. Esquerric asco.”
Dice que hubo circunstancias muy difíciles, como las inundaciones de Vizcaya. En fin. En los años más terribles del terrorismo de ETA dice que hubo circunstancias muy difíciles como las inundaciones de Vizcaya. Clama al cielo.
Y luego el otro, Arnaldo Otegi, empezó diciendo esto: “Hemos venido hoy a dar nuestro último adiós al lendacari Carlos Garaikoetxea. Carlos Garaikoetxea pertenece a una generación que hizo cosas extraordinarias en tiempos extraordinarios.”
No nos aclaró, naturalmente, a qué se refería con lo de tiempos extraordinarios. Así que preferimos desconectar de este averchale y pasar de lo demás que dijo, como eso de que vivimos en una parte de un país que se llama Euscalerria y que “una de las grandes heridas en la Transición para nuestro país fue la división territorial”, se entiende que entre el País Vasco y Navarra. Esa fue una de las grandes heridas de la Transición para este hombre. La división territorial. En fin. Personas así, con las que tenemos que vivir en el mismo tiempo y en un mismo sitio te hacen pensar, cuando hablan, que vivimos en países diferentes, en tiempos diferentes y hablando en español de forma diferente. Porque Aitor Esteban y Arnaldo Otegi hablaron en español, conste. Pero con una distancia respecto de lo que uno pueda sentir y pensar tan estratosférica, que parece realmente que hablamos idiomas diferentes.
Ante personajes de esta calaña solo me queda el consuelo de Julián Marías, cuando decía que la vida política no es lo más importante de un ser humano. Que primero es la vida privada. Así lo sentía él en medio de lo peor del franquismo, donde escribió la parte más profunda y ponderada de su extensa obra y donde vivió los mejores años de su vida. Y así tenemos que aspirar a vivir nosotros en medio de este régimen nacionalista tan embrutecedor y tan desalmado que nos ha tocado vivir.



















