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La Tribuna del País Vasco
Miércoles, 13 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

Londres clama por las naciones y la libertad: la rebelión soberanista que desafía al tiránico orden socialdemócrata europeo

El acto convocado bajo el lema “Unite the Kingdom, Unite the West” en Londres representa mucho más que una simple movilización política. Es, en realidad, la expresión visible de un fenómeno que recorre buena parte de Europa y Occidente: el creciente malestar de millones de ciudadanos que consideran que sus gobiernos, sumisos al progresismo woke más atroz, han dejado de escucharles, que las élites políticas viven desconectadas de las preocupaciones reales de la población y que determinadas cuestiones fundamentales —identidad nacional, soberanía, inmigración, libertad de expresión o seguridad— han sido apartadas deliberadamente del debate público.

 

En este contexto, resulta legítimo —e incluso intensamente saludable para una democracia— que exista un movimiento social y político dispuesto a defender posiciones soberanistas, patrióticas o conservadoras sin ser automáticamente demonizado por ello. Durante demasiado tiempo, una parte del establishment político y mediático occidental ha tratado de presentar cualquier crítica al multiculturalismo obligatorio, a determinadas políticas migratorias o a la pérdida de soberanía nacional como una forma de extremismo moralmente ilegítimo. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja.

 

Miles de británicos y de otros países europeos que acudirán a Londres no lo harán porque odien a nadie, sino porque sienten que sus países está cambiando demasiado rápido y sin su consentimiento democrático real. Consideran que existe una fractura creciente entre gobernantes y gobernados; entre barrios protegidos de las élites y zonas populares donde la inseguridad, la presión migratoria o el deterioro de la convivencia sí son problemas cotidianos. Negar ocensurar esa percepción social, talk y como hacen los diferentes gobiernos en manos de socialistas tiránicos como Keir Starmer o Pedro Sánchez, no elimina el problema: simplemente lo agrava.

 

El movimiento soberanista europeo —con todas sus diferencias internas— se alimenta precisamente de esa sensación de abandono político. Muchos ciudadanos observan cómo instituciones supranacionales, grandes organismos burocráticos o tribunales internacionales condicionan cada vez más las decisiones nacionales. Y se preguntan, con razón, qué margen real queda para la voluntad popular expresada en las urnas. La reivindicación de soberanía no es, ni de lejos, una pulsión autoritaria. Es, sobre todo,  una defensa clásica de la democracia representativa y del derecho de las naciones a decidir sobre sus propias fronteras, leyes y prioridades culturales.

 

Además, este tipo de movilizaciones reflejan otra cuestión incómoda para el consenso liberal dominante: la crisis de la libertad de expresión en Occidente. Numerosos sectores conservadores perciben que determinadas opiniones son sistemáticamente censuradas, ridiculizadas o castigadas socialmente. La paradoja es evidente: sociedades que se presentan como abiertas y tolerantes muestran a menudo una escasa tolerancia hacia quienes cuestionan ciertos dogmas ideológicos contemporáneos.

 

Por supuesto, toda movilización masiva entraña riesgos. Cualquier deriva violenta, xenófoba o sectaria debe ser rechazada con claridad. Pero precisamente por eso resulta importante distinguir entre radicalismo y disidencia política legítima. Una democracia madura no debería tener miedo a ciudadanos que portan banderas nacionales, defienden sus tradiciones o reclaman control migratorio. Criminalizar de forma indiscriminada a millones de europeos preocupados por el futuro de sus países constituye una indecencia moral, un craso error ideológico y una intensa equivocación política.

 

Europa atraviesa una etapa de agotamiento ideológico. Las viejas categorías políticas se están resquebrajando. Y en ese vacío emerge una nueva derecha internacional que mezcla soberanismo, crítica cultural, defensa identitaria y oposición a las élites globalizadas. Puede gustar más o menos. Pero ignorarla o caricaturizarla no hará que desaparezca.

 

Londres será este sábado un símbolo de esa tensión histórica que recorre Occidente. No únicamente entre izquierda y derecha, sino entre dos modelos de civilización: uno que apuesta por estructuras cada vez más globalizadas y posnacionales, y otro que reivindica la continuidad histórica, cultural y política de las naciones occidentales.

 

Y guste o no, millones de personas sienten hoy que esa batalla merece ser librada con fuerza, convencimiento y pasión.

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