Psiquiatra
Ana Isabel Sanz: “Muchas personas sienten que el mundo se ha vuelto impredecible”
Pandemias, guerras, fenómenos meteorológicos extremos, crisis económicas, conflictos internacionales, amenazas sanitarias, incertidumbre política o imágenes constantes de destrucción y sufrimiento. En apenas unos años, la sociedad ha vivido una acumulación de acontecimientos traumáticos e inciertos que, según advierte la psiquiatra Ana Isabel Sanz, está teniendo un impacto psicológico importante en muchas personas.
“La sensación de seguridad y de control sobre la vida cotidiana se ha debilitado mucho en una parte de la población. Muchas personas sienten que el mundo se ha vuelto impredecible y que en cualquier momento puede volver a ocurrir algo grave”, explica la especialista en infancia, adolescencia y trastornos afectivos.
Aunque el miedo es una reacción normal y necesaria ante situaciones de amenaza real, el problema aparece cuando el organismo permanece durante demasiado tiempo en estado de alerta. “El cerebro humano no está preparado para vivir constantemente expuesto a información amenazante, incertidumbre y sensación de peligro mantenida”, señala.
En los últimos años, la sociedad ha atravesado situaciones de enorme impacto emocional: una pandemia mundial con millones de fallecidos, guerras retransmitidas prácticamente en directo, fenómenos naturales devastadores, pérdidas humanas y materiales muy importantes y una sobreexposición continua a imágenes e información relacionadas con el sufrimiento y el miedo.
Para Ana Isabel Sanz, todo esto acaba generando una sensación de desgaste psicológico colectivo que afecta especialmente a personas con una mayor vulnerabilidad emocional previa. “Quienes ya tenían ansiedad, problemas de insomnio, inseguridad o tendencia a pensamientos catastrofistas suelen vivir este tipo de situaciones con un nivel de angustia todavía mayor”, explica.
En consulta, la psiquiatra asegura observar cada vez más cuadros relacionados con la sensación de pérdida de control. “Muchas personas viven con miedo constante a que vuelva a ocurrir algo parecido a lo que ya hemos vivido estos años. El recuerdo emocional de determinadas experiencias colectivas permanece muy presente”, afirma.
Uno de los ejemplos más recientes es la preocupación generada alrededor del hantavirus y el modo en el que ciertas informaciones reactivan automáticamente recuerdos asociados a la pandemia. “A veces no es tanto el hecho concreto en sí, sino todo lo que despierta emocionalmente en personas que ya vivieron etapas de miedo intenso, aislamiento o incertidumbre durante el Covid”, explica.
La especialista insiste en que la sobreinformación juega también un papel importante en este desgaste emocional. “Hoy estamos expuestos de forma permanente a noticias, vídeos, opiniones, alertas y contenidos relacionados con amenazas o tragedias en cualquier parte del mundo. Y aunque muchas veces creemos que estamos simplemente informándonos, el cerebro no siempre diferencia bien entre una amenaza cercana y una amenaza lejana cuando la exposición es constante”, señala.
Esto puede provocar síntomas como ansiedad mantenida, hipervigilancia, irritabilidad, problemas de sueño, dificultad para desconectar mentalmente, sensación continua de amenaza o incluso ataques de pánico en personas más vulnerables.
Sin embargo, la psiquiatra insiste en que no se trata de generar alarma ni de patologizar el miedo. “Sentir preocupación ante determinadas situaciones es completamente normal. El problema aparece cuando la persona queda atrapada en un estado de alerta constante que le impide recuperar sensación de seguridad o normalidad”, explica.
En este sentido, considera importante aprender a poner límites al consumo excesivo de información, especialmente en personas con ansiedad o tendencia a la rumiación mental. “No necesitamos estar permanentemente conectados a todo lo que ocurre en el mundo para estar informados. En muchas ocasiones, el exceso de exposición acaba aumentando el malestar emocional sin aportar realmente más capacidad de control”, añade.
También insiste en la importancia de recuperar espacios cotidianos de estabilidad emocional, rutinas, descanso y vínculos personales seguros. “En momentos de incertidumbre colectiva, las personas necesitan volver a sentir que existen espacios de calma y seguridad dentro de su vida diaria”, afirma.
Para Ana Isabel Sanz, una de las consecuencias más importantes de estos últimos años es el desgaste emocional silencioso que muchas personas arrastran sin identificarlo claramente. “Hay personas que sienten que viven más cansadas, más irritables o más inseguras desde hace tiempo, pero no siempre relacionan ese malestar con la acumulación de situaciones traumáticas e inciertas vividas de forma colectiva”, concluye.
Pandemias, guerras, fenómenos meteorológicos extremos, crisis económicas, conflictos internacionales, amenazas sanitarias, incertidumbre política o imágenes constantes de destrucción y sufrimiento. En apenas unos años, la sociedad ha vivido una acumulación de acontecimientos traumáticos e inciertos que, según advierte la psiquiatra Ana Isabel Sanz, está teniendo un impacto psicológico importante en muchas personas.
“La sensación de seguridad y de control sobre la vida cotidiana se ha debilitado mucho en una parte de la población. Muchas personas sienten que el mundo se ha vuelto impredecible y que en cualquier momento puede volver a ocurrir algo grave”, explica la especialista en infancia, adolescencia y trastornos afectivos.
Aunque el miedo es una reacción normal y necesaria ante situaciones de amenaza real, el problema aparece cuando el organismo permanece durante demasiado tiempo en estado de alerta. “El cerebro humano no está preparado para vivir constantemente expuesto a información amenazante, incertidumbre y sensación de peligro mantenida”, señala.
En los últimos años, la sociedad ha atravesado situaciones de enorme impacto emocional: una pandemia mundial con millones de fallecidos, guerras retransmitidas prácticamente en directo, fenómenos naturales devastadores, pérdidas humanas y materiales muy importantes y una sobreexposición continua a imágenes e información relacionadas con el sufrimiento y el miedo.
Para Ana Isabel Sanz, todo esto acaba generando una sensación de desgaste psicológico colectivo que afecta especialmente a personas con una mayor vulnerabilidad emocional previa. “Quienes ya tenían ansiedad, problemas de insomnio, inseguridad o tendencia a pensamientos catastrofistas suelen vivir este tipo de situaciones con un nivel de angustia todavía mayor”, explica.
En consulta, la psiquiatra asegura observar cada vez más cuadros relacionados con la sensación de pérdida de control. “Muchas personas viven con miedo constante a que vuelva a ocurrir algo parecido a lo que ya hemos vivido estos años. El recuerdo emocional de determinadas experiencias colectivas permanece muy presente”, afirma.
Uno de los ejemplos más recientes es la preocupación generada alrededor del hantavirus y el modo en el que ciertas informaciones reactivan automáticamente recuerdos asociados a la pandemia. “A veces no es tanto el hecho concreto en sí, sino todo lo que despierta emocionalmente en personas que ya vivieron etapas de miedo intenso, aislamiento o incertidumbre durante el Covid”, explica.
La especialista insiste en que la sobreinformación juega también un papel importante en este desgaste emocional. “Hoy estamos expuestos de forma permanente a noticias, vídeos, opiniones, alertas y contenidos relacionados con amenazas o tragedias en cualquier parte del mundo. Y aunque muchas veces creemos que estamos simplemente informándonos, el cerebro no siempre diferencia bien entre una amenaza cercana y una amenaza lejana cuando la exposición es constante”, señala.
Esto puede provocar síntomas como ansiedad mantenida, hipervigilancia, irritabilidad, problemas de sueño, dificultad para desconectar mentalmente, sensación continua de amenaza o incluso ataques de pánico en personas más vulnerables.
Sin embargo, la psiquiatra insiste en que no se trata de generar alarma ni de patologizar el miedo. “Sentir preocupación ante determinadas situaciones es completamente normal. El problema aparece cuando la persona queda atrapada en un estado de alerta constante que le impide recuperar sensación de seguridad o normalidad”, explica.
En este sentido, considera importante aprender a poner límites al consumo excesivo de información, especialmente en personas con ansiedad o tendencia a la rumiación mental. “No necesitamos estar permanentemente conectados a todo lo que ocurre en el mundo para estar informados. En muchas ocasiones, el exceso de exposición acaba aumentando el malestar emocional sin aportar realmente más capacidad de control”, añade.
También insiste en la importancia de recuperar espacios cotidianos de estabilidad emocional, rutinas, descanso y vínculos personales seguros. “En momentos de incertidumbre colectiva, las personas necesitan volver a sentir que existen espacios de calma y seguridad dentro de su vida diaria”, afirma.
Para Ana Isabel Sanz, una de las consecuencias más importantes de estos últimos años es el desgaste emocional silencioso que muchas personas arrastran sin identificarlo claramente. “Hay personas que sienten que viven más cansadas, más irritables o más inseguras desde hace tiempo, pero no siempre relacionan ese malestar con la acumulación de situaciones traumáticas e inciertas vividas de forma colectiva”, concluye.












