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Lunes, 25 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:
Crónica de una memoria que se desvanece en las aulas del País Vasco

La última victoria de la banda terrorista ETA: desaparecer de la memoria de los jóvenes

[Img #30555]En una clase universitaria del País Vasco, un profesor pregunta quién fue Miguel Ángel Blanco.

 

Silencio.

 

Al fondo, una alumna cree recordar “algo de un político asesinado”. Otro estudiante confunde el nombre con el de un periodista. Algunos simplemente miran el móvil. Han pasado casi treinta años desde aquel secuestro con asesinato que paralizó España, pero para muchos jóvenes vascos el verano de 1997 pertenece ya a una especie de prehistoria emocional. Un país remoto. Una historia ajena. Un eco borroso.

 

Y, sin embargo, las cicatrices siguen ahí.

 

Las escoltas desaparecieron de las calles, pero no del todo de la memoria de quienes vivieron aquellos años. Los concejales amenazados envejecieron. Los hijos de guardias civiles crecieron acostumbrados a no decir en el colegio a qué se dedicaban sus padres. Las persianas bajadas de algunas sedes políticas aún parecen contener una humedad antigua, una tensión difícil de explicar a quien nació después de 2010.

 

Ahora, un estudio académico de más de 300 páginas acaba de poner cifras y diagnóstico a una sospecha que desde hace años recorría discretamente las conversaciones de profesores, víctimas y especialistas en memoria: el País Vasco está entrando en la era del post-recuerdo.

 

Y algunos de los datos son inquietantes.

 

Uno de ellos sobresale por encima del resto: un 22% de alumnos de Magisterio de la Universidad del País Vasco justificaba a ETA en una encuesta citada en la investigación.

 

No se trata de adolescentes radicalizados en un gaztetxe clandestino de los años noventa. Son futuros profesores. Personas que dentro de pocos años estarán delante de aulas explicando a nuestros hijos historia, ciudadanía, convivencia o democracia.

 

Ese dato atraviesa como una grieta todo el libro Terrorismo y educación. Un reto pendiente en España, dirigido por Raúl López Romo y Marta Rodríguez Fouz. Porque el problema que describe la obra no es únicamente histórico. Es moral, cultural y generacional.

 

Los hijos del silencio

 

Durante décadas, el terrorismo formó parte del paisaje cotidiano vasco.

 

No hacía falta que hubiese atentados cada semana. Bastaba una mirada. Un comentario en voz baja. Un nombre tachado en una pared. Un coche revisado antes de arrancar. Un comerciante que evitaba hablar de política. Un profesor que prefería no entrar en determinados temas. Un periodista que aprendía a mirar debajo del vehículo antes de conducir.

 

ETA asesinó a más de 850 personas. El terrorismo dejó cerca de 1.500 muertos y más de 5.000 heridos en España desde los años sesenta. Pero el estudio insiste en algo especialmente importante: el daño no terminó con el último disparo.

 

Porque el terror también educa. Educa en el miedo. En el silencio. En la autocensura. En la normalización de determinadas ideas totalitarias. En la deformación de la memoria colectiva.

 

Los autores recuerdan cómo el nacionalismo radical construyó durante años una poderosa maquinaria de propaganda orientada especialmente a los jóvenes: pancartas, pintadas, organizaciones estudiantiles, infiltraciones en grupos deportivos y culturales, movilizaciones permanentes y una ocupación constante del espacio público.

 

En muchos municipios vascos, aquello formaba parte del decorado habitual de la infancia.

 

La investigación cita incluso la presencia de propaganda favorable a ETA en centros educativos.

 

Y lanza una frase demoledora: “El fanatismo cultivado durante décadas no desapareció de la noche a la mañana con el fin de ETA”.

 

La batalla por el relato entra en las aulas

 

El libro de López Romo y Rodríguez Fouz describe una realidad incómoda: el sistema educativo vasco nunca ha sabido ni querido  enfrentarse al terrorismo. Durante años, muchos docentes evitaron el tema por miedo, agotamiento o simple incomodidad. Otros temían ser señalados. Algunos preferían refugiarse en una aparente neutralidad. El resultado fue un enorme vacío educativo.

 

Según recuerda la investigación, hace dos décadas apenas un 20% del profesorado vasco trabajaba el terrorismo en las aulas. Hoy la cifra apenas ha subido al 26%.

 

Mientras tanto, generaciones enteras crecieron con conocimientos fragmentarios, simplificaciones ideológicas o directamente ignorancia. Muchos estudiantes conocen Auschwitz mejor que Hipercor. Saben quién fue Hitler, pero no saben qué fue Herri Batasuna. Han estudiado la Guerra Fría, pero apenas han oído hablar de Miguel Ángel Blanco, Gregorio Ordóñez o Ernest Lluch.

 

Y en ese vacío han sobrevivido algunos mitos.

 

El principal, según alertan los investigadores, es la idea de la existencia de una supuesta “ETA buena” durante el franquismo. La obra insiste en desmontar esa narrativa recordando atentados indiscriminados como la matanza de la cafetería Rolando en 1974, donde ETA asesinó a trece personas colocando una bomba en un local civil lleno de gente.

 

El miedo a enseñar

 

Uno de los aspectos más inquietantes del libro aparece casi entre líneas. El miedo nunca desapareció del todo. Aunque ETA ya no mata, muchos profesores siguen percibiendo el tema como peligroso. El estudio habla de “recelos”, “temor a significarse” y miedo al señalamiento dentro de la propia comunidad educativa.

 

En el fondo, late una sensación difícil de verbalizar: durante demasiados años, en demasiados lugares, determinadas posiciones políticas tuvieron, y tienen, costes personales reales. Ese clima dejó sedimentos. Por eso el estudio sostiene que la educación sobre el terrorismo no puede limitarse a unas pocas actividades simbólicas o testimoniales. Debe convertirse en una política educativa seria, sistemática y democrática.

 

Las víctimas entran en clase

 

En algunos institutos vascos ocurre una escena extraña. Un hombre o una mujer se coloca frente a treinta adolescentes y comienza a contar cómo asesinaron a su padre. O a su marido. O cómo una bomba cambió para siempre su vida. Entonces el silencio es distinto. Ya no es el silencio de la ignorancia. Es el de la incomodidad moral.

 

Los investigadores consideran que esos testimonios son una de las herramientas pedagógicas más eficaces para romper la banalización de la violencia.

 

Porque obligan a mirar el terrorismo no como una abstracción ideológica, sino como sufrimiento humano concreto.

 

Sin embargo, esos programas siguen llegando a muy pocos alumnos. Apenas alrededor de un 5% del alumnado vasco ha participado en iniciativas de este tipo.

 

Demasiado poco para una sociedad que convivió con el terror durante más de cuarenta años.

 

El País Vasco después del terror

 

La gran pregunta que recorre todo el estudio es inquietante: ¿Qué ocurre cuando una sociedad empieza a olvidar demasiado rápido una violencia terrorista que transformó profundamente su vida política y moral?

 

Los autores sostienen que el verdadero riesgo no es únicamente histórico. Es ético.

 

Porque una democracia que pierde memoria puede terminar perdiendo también sus anticuerpos morales frente al fanatismo.

 

Por eso el libro concluye defendiendo una idea que probablemente seguirá generando controversia en el País Vasco durante años: la enseñanza del terrorismo debe ser imparcial, pero no neutral.

 

Es decir: rigurosa, documentada y honesta… pero inequívocamente crítica con quienes utilizaron el miedo, la bomba y el asesinato como herramienta política.

 

Porque, mientras en algunas aulas vascas todavía haya jóvenes incapaces de identificar el horror que ocurrió a pocos metros de donde hoy estudian, la historia de ETA seguirá sin haber terminado del todo.

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