La gran amnesia vasca
La memoria de una sociedad no desaparece de golpe. No se esfuma en una sola generación ni se borra con una ley, un discurso o un cambio político. La memoria se erosiona lentamente. Primero llegan el cansancio y el silencio. Después, la incomodidad. Finalmente, el olvido. Y eso es exactamente lo que lleva años ocurriendo en el País Vasco con el terrorismo de ETA.
Durante décadas, España vivió bajo la sombra de una organización nacionalista, socialista y criminal que asesinó, secuestró, extorsionó y sembró el miedo como herramienta política. ETA no fue una abstracción histórica ni un fenómeno lejano. Fue una maquinaria de terror que condicionó elecciones, silenció voces, expulsó moralmente a miles de ciudadanos de sus propios pueblos y convirtió la discrepancia en un riesgo físico. Hubo casi un millar de asesinados, profesores que callaron, periodistas que miraban bajo el coche antes de arrancar el vehículo. Niños que aprendieron demasiado pronto que había profesiones que era mejor no mencionar en clase.
Y, sin embargo, apenas quince años después del último asesinato de ETA, miles de jóvenes vascos apenas saben qué fue aquello.
No es un detalle menor. Es una alarma democrática.
El reciente estudio Terrorismo y educación. Un reto pendiente en España pone cifras concretas a una sensación que llevaba años creciendo discretamente: el recuerdo del terrorismo se está desvaneciendo de las aulas. Y lo hace de la peor manera posible: no mediante una memoria madura y superada, sino a través del desconocimiento, la simplificación y, en algunos casos, la justificación moral de la violencia.
Que uno de cada cinco futuros profesores vascos justifique a ETA debería provocar una conmoción nacional. No porque el País Vasco sea una sociedad gravemente enferma, que lo es, sino porque revela hasta qué punto la batalla cultural y moral sobre el relato del terrorismo sigue abierta.
Hay quien creyó que el simple final operativo de ETA resolvería automáticamente el problema. Que bastaba con el abandono de las armas para cerrar la herida histórica. Pero la violencia no termina del todo cuando desaparecen las pistolas. Sus relatos permanecen. Sus mitologías sobreviven. Sus silencios continúan actuando bajo tierra durante generaciones.
El gran fracaso español no ha sido únicamente judicial o político. Ha sido educativo.
Durante demasiados años, con el consentimiento del dúo PSOE-PP, y mientras independentistas, golpistas y proetarras aplaudían con las orejas, el terrorismo fue tratado en muchas aulas con miedo, superficialidad o directamente ausencia. Se estudió con más detalle el nazismo alemán que el terror que ocurrió a pocos kilómetros de casa. Muchos jóvenes conocen Auschwitz, pero apenas saben quién fue Miguel Ángel Blanco. Identifican a Hitler, pero no a Herri Batasuna. Han aprendido la Guerra Fría, pero no los años de plomo terrorista que marcaron el País Vasco y España.
Y cuando una democracia deja vacíos en su memoria, otros los llenan. Lo preocupante no es solo el olvido. Lo verdaderamente peligroso es la neutralización moral del pasado. La transformación del terrorismo en una especie de “conflicto” ambiguo donde víctimas y verdugos aparecen diluidos en un relato cómodo, desideologizado y sentimentalmente anestesiado.
No. No hubo equidistancia posible entre quien colocaba una bomba y quien la sufría. La democracia tiene derecho —y obligación— de defender una memoria ética clara. Eso no significa adoctrinamiento. Significa honestidad histórica. Significa enseñar que ninguna causa política legitima el asesinato, el chantaje o el terror. Significa recordar que hubo personas que murieron simplemente por defender ideas democráticas, llevar un uniforme o negarse a callar ante el totalitarismo nacionalsocialista.
Por eso resulta tan importante la presencia de víctimas en las aulas. Porque frente a la abstracción ideológica, aparece el rostro humano del dolor. Porque una víctima no habla de teoría política: habla de un padre asesinado, de una infancia destruida, de una vida quebrada para siempre.
A pesar del liderazgo de inútiles morales como Imanol Pradales, el País Vasco tiene hoy una oportunidad histórica. La de construir una memoria democrática madura, serena y rigurosa. Pero para hacerlo necesita valentía política, claridad moral y una decisión firme de no entregar el relato del pasado ni al sectarismo ni al olvido.
Porque las sociedades no repiten necesariamente su historia cuando la recuerdan. A veces la repiten precisamente cuando dejan de entenderla.
La memoria de una sociedad no desaparece de golpe. No se esfuma en una sola generación ni se borra con una ley, un discurso o un cambio político. La memoria se erosiona lentamente. Primero llegan el cansancio y el silencio. Después, la incomodidad. Finalmente, el olvido. Y eso es exactamente lo que lleva años ocurriendo en el País Vasco con el terrorismo de ETA.
Durante décadas, España vivió bajo la sombra de una organización nacionalista, socialista y criminal que asesinó, secuestró, extorsionó y sembró el miedo como herramienta política. ETA no fue una abstracción histórica ni un fenómeno lejano. Fue una maquinaria de terror que condicionó elecciones, silenció voces, expulsó moralmente a miles de ciudadanos de sus propios pueblos y convirtió la discrepancia en un riesgo físico. Hubo casi un millar de asesinados, profesores que callaron, periodistas que miraban bajo el coche antes de arrancar el vehículo. Niños que aprendieron demasiado pronto que había profesiones que era mejor no mencionar en clase.
Y, sin embargo, apenas quince años después del último asesinato de ETA, miles de jóvenes vascos apenas saben qué fue aquello.
No es un detalle menor. Es una alarma democrática.
El reciente estudio Terrorismo y educación. Un reto pendiente en España pone cifras concretas a una sensación que llevaba años creciendo discretamente: el recuerdo del terrorismo se está desvaneciendo de las aulas. Y lo hace de la peor manera posible: no mediante una memoria madura y superada, sino a través del desconocimiento, la simplificación y, en algunos casos, la justificación moral de la violencia.
Que uno de cada cinco futuros profesores vascos justifique a ETA debería provocar una conmoción nacional. No porque el País Vasco sea una sociedad gravemente enferma, que lo es, sino porque revela hasta qué punto la batalla cultural y moral sobre el relato del terrorismo sigue abierta.
Hay quien creyó que el simple final operativo de ETA resolvería automáticamente el problema. Que bastaba con el abandono de las armas para cerrar la herida histórica. Pero la violencia no termina del todo cuando desaparecen las pistolas. Sus relatos permanecen. Sus mitologías sobreviven. Sus silencios continúan actuando bajo tierra durante generaciones.
El gran fracaso español no ha sido únicamente judicial o político. Ha sido educativo.
Durante demasiados años, con el consentimiento del dúo PSOE-PP, y mientras independentistas, golpistas y proetarras aplaudían con las orejas, el terrorismo fue tratado en muchas aulas con miedo, superficialidad o directamente ausencia. Se estudió con más detalle el nazismo alemán que el terror que ocurrió a pocos kilómetros de casa. Muchos jóvenes conocen Auschwitz, pero apenas saben quién fue Miguel Ángel Blanco. Identifican a Hitler, pero no a Herri Batasuna. Han aprendido la Guerra Fría, pero no los años de plomo terrorista que marcaron el País Vasco y España.
Y cuando una democracia deja vacíos en su memoria, otros los llenan. Lo preocupante no es solo el olvido. Lo verdaderamente peligroso es la neutralización moral del pasado. La transformación del terrorismo en una especie de “conflicto” ambiguo donde víctimas y verdugos aparecen diluidos en un relato cómodo, desideologizado y sentimentalmente anestesiado.
No. No hubo equidistancia posible entre quien colocaba una bomba y quien la sufría. La democracia tiene derecho —y obligación— de defender una memoria ética clara. Eso no significa adoctrinamiento. Significa honestidad histórica. Significa enseñar que ninguna causa política legitima el asesinato, el chantaje o el terror. Significa recordar que hubo personas que murieron simplemente por defender ideas democráticas, llevar un uniforme o negarse a callar ante el totalitarismo nacionalsocialista.
Por eso resulta tan importante la presencia de víctimas en las aulas. Porque frente a la abstracción ideológica, aparece el rostro humano del dolor. Porque una víctima no habla de teoría política: habla de un padre asesinado, de una infancia destruida, de una vida quebrada para siempre.
A pesar del liderazgo de inútiles morales como Imanol Pradales, el País Vasco tiene hoy una oportunidad histórica. La de construir una memoria democrática madura, serena y rigurosa. Pero para hacerlo necesita valentía política, claridad moral y una decisión firme de no entregar el relato del pasado ni al sectarismo ni al olvido.
Porque las sociedades no repiten necesariamente su historia cuando la recuerdan. A veces la repiten precisamente cuando dejan de entenderla.

















