El Chiyardegui español o por qué nunca hubo un pueblo vasco
Con lo que fue José Luis Álvarez Emparanza, alias Txillardegi, y su mensaje tóxico y profundamente polarizador sobre el eusquera en el País Vasco, según el cual el eusquera sin Estado propio no podría sobrevivir y solo teniendo un Estado propio podría intentarlo (convirtiendo al eusquera en una suerte de animal en peligro de extinción y al hipotético Estado vasco en una especie de ICONA lingüístico), resulta que tenía un hermano, nacido unos años después que él, o sea algo más joven (José Luis era nacido en 1929), llamado Juan María, nacido en 1933, que escribió esto que sigue el 15 de junio de 1978 en El Correo, al producirse un año justo de las primeras elecciones democráticas, las del 15 de junio de 1977, las que dieron lugar a las Cortes Constituyentes que elaboraron la Constitución de 1978.
Juan María Álvarez Emparanza hablaba entonces en nombre del partido Alianza Popular, del que era uno de sus más destacados representantes en Guipúzcoa, y hacía un balance del primer año de democracia bajo este titular: “No encontramos satisfactorio en ningún sentido el balance del año”.
Recordemos que entre el 15 de junio de 1977 y el 15 de junio de 1978 ETA, la misma ETA a la que su hermano José Luis le puso el nombre, asesinó a catorce personas, entre ellas Augusto Unceta-Barrenechea, presidente de la Diputación de Vizcaya, Javier Ybarra y Bergé, empresario, financiero y exalcalde de Bilbao, o José María Portell, periodista, director de la Hoja del Lunes de Bilbao.
El artículo de Juan María Álvarez Emparanza, del que ya hemos dado el título, contenía este texto:
“El balance en el País Vasco durante un año desde las pasadas elecciones generales no responde a los anhelos y esperanzas que habíamos puesto con los nuevos planteamientos, pues confiábamos que la nueva proyección política en nuestra región sería causa de un renacimiento del respeto mutuo, la concordia y la paz.
No ha sido así. Lejos de ello, se ha creado un clima de incertidumbre, desconfianza, miedo e intolerancia. La libertad que conlleva toda democracia, brilla por su ausencia. Y no decimos, como lo hacen los partidos totalitarios y radicalizados que creen que la democracia y la libertad son sinónimos de anarquía y libertinaje, o de totalitarismo absoluto pero anteponiendo a sus acciones meras palabras que hacen referencia a la democracia sino por todo lo contrario. Pero la democracia no es ni debe ser nunca un simple juego de palabras sin ningún contenido, como está sucediendo en el País Vasco. Nosotros entendemos que sin respeto mutuo y trato civilizado entre los que tienen una ideología política distinta, la democracia no pasa de ser más que jun puro eufemismo, palabras y más palabras, pero la realidad es muy distinta.
En un año, el País Vasco ha ido empobreciéndose de manera alarmante; no se crea nueva riqueza ni se amplían –salvo excepciones– industrias; el paro aumenta; la construcción, remite; el sector pesquero pasa por una crisis gravísima; los ciudadanos pacíficos se ven atropellados por los violentos que, no contentos con los cauces de expresión establecidos como en todos los países civilizados, se empeñan en adueñarse violentamente de nuestras calles con uno u otro pretexto; la economía del País Vasco camina hacia la quiebra porque no hay confianza de nada y en nada; el empresario es el saco de todos los golpes y nadie le defiende en su justa medida; los partidos totalitarios y radicalizados se empeñan en no respetar las proporciones y los resultados del pasado 15 de junio, e insisten en promover o amparar a los que utilizan la violencia como arma política.
El Consejo General Vasco se ha distinguido por su inoperancia y parcialidad cuando ha tenido que adoptar posiciones claras en asuntos claves, como en el caso de la central de Lemóniz, o en cuestiones de orden público, o su definición como ente preautonómico dentro de España.
Su posición política en asuntos trascendentes sigue siendo una nebulosa, no hace falta tener un poder ejecutivo para definir públicamente sus posiciones.
No encontramos satisfactorio en ningún sentido el balance de un año porque algunos se empeñan en ahogar por todos los medios coercitivos de pura raíz antidemocrática la expresión y actividad de los que no piensan como ellos.”
¿A que su lectura resulta tremendamente actual?
Esto lo decía el bueno de Juan María el 15 de junio de 1978. Hace ahora casi cincuenta años. Y seguimos igual o peor. Con un régimen asentado entre PNV y PSE que no tiene alternativa civilizada posible ya que la única alternativa real es un partido en alza, fundado por gente partidaria de la violencia en la época de Juan María y que han convencido ahora a mucha más gente de que esta vez van por la paz. O sea, por las buenas. Para conseguir lo que antes querían conseguir por las malas.
Pero, si son las mismas personas que le amargaban la vida a Juan María entonces, o sus sucesores políticos, por qué les vamos a creer ahora si siguen manifestando los mismos tics autoritarios y totalitarios de entonces. Para estas personas, manifestar una opinión distinta a la suya (por ejemplo, que el País Vasco es parte de España) ya es una provocación. Dónde vas con gente así, que todo lo que ven u oyen que no les parece bien ya lo ven como una provocación.
En el libro de Gabriel Rodrigo Apuntes para la historia del Partido Popular vasco, disponible en Red, se cuenta la historia política de Juan María Álvarez Emparanza desde sus inicios en el partido foral Guipúzcoa Unida, del cual fue uno de sus principales dirigentes. El lema que eligieron para presentarse a las primeras elecciones democráticas de 15 de junio de 1977 fue: “Guipúzcoa Unida, libertad y progreso en orden. España, lo único importante”.
El partido no sacó escaño porque la derecha se presentó dividida en tres partidos. Estos fueron los resultados de aquellas elecciones en Guipúzcoa:
![[Img #30715]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/06_2026/2528_elaboracion-autor.jpg)
La derecha foral guipuzcoana podría haber conseguido perfectamente un escaño de haber ido unidos los partidos Guipúzcoa Unida, Democracia Cristiana Vasca y Demócratas Independientes Vascos-Unión Foral para la Autonomía. Porque ya sabemos que en política dos y dos casi nunca son cuatro, pero al menos dos más dos tres sí daría, con un poco de buena voluntad. La suma de los tres partidos de derecha no nacionalista fue entonces de 27.040 + 16.627 + 15.505 = 59.180. Con bastante menos, 31.208, Euskadiko Ezkerra consiguió un escaño entonces.
Por su parte, en 1958 Txillardegi participó en primerísima fila en la fundación de ETA, hasta el punto de que él fue quien propuso el nombre de la banda armada, la misma que entre el 15 de junio de 1977 y el 15 de junio de 1978 había matado a catorce personas y se disponía, en los años siguientes, a convertir el País Vasco en un infierno. Y en 1978 este Txillardegi también estuvo en la fundación de Herri Batasuna. Y fue senador por ese partido en la legislatura de 1989.
Juan María, en cambio, solo fue concejal en el Ayuntamiento de San Sebastián por Guipúzcoa Unida, y solo en el periodo de los ayuntamientos provisionales, entre 1978 y 1979, justo antes de celebrarse las primeras elecciones municipales de la democracia, en 1979.
Que dos hermanos se sitúen ideológicamente en los polos opuestos de la política vasca para mí significa que no existe eso que algunos llaman “pueblo vasco”. Quiero decir que con esto se demuestra que eso del “pueblo vasco” no es una condición consustancial a ser vasco durante toda la historia que conocemos desde tiempos inmemoriales sino que es un producto relativamente reciente de la ideología, según el cual algunos vascos se suman a esa idea y otros no.
Esto me reafirma en la idea de que el pueblo vasco nunca existió como sujeto político hasta la aparición del nacionalismo. Que fue el nacionalismo el que dio lugar al pueblo vasco, no al revés. Porque, si no, cómo se explica que ese supuesto pueblo vasco no haya protagonizado como tal ningún episodio digno de recuerdo en todo el tiempo que existió eso que se llama España. Ningún episodio, me refiero, que haya sido narrado antes de que existieran autores nacionalistas, es decir, a partir del surgimiento de esta ideología a finales del siglo XIX. Pues por la sencilla razón de que nunca existió tal cosa.
En la historia vasca los protagonistas fueron los reyes castellanos y sus enemigos, porque el País Vasco, lo que hoy entendemos por País Vasco (nombre que no existía antes del siglo XIX) siempre estuvo en la órbita política de los reyes castellanos y en algún caso, muy menor respecto del anterior, en la órbita de los reyes navarros.
El pueblo vasco surge con el nacionalismo bajo el supuesto de que hay una raza vasca. Cuando resulta que el concepto de raza se empezó a emplear en política, y en general en ciencias sociales, solo a partir del último tercio del siglo XIX. Ya hemos visto en esta serie de “El balle del ziruelo” cómo dirigentes nacionalistas refugiados en el País Vasco francés seguían empleando el concepto de raza vasca a finales de los años treinta y hasta la invasión del ejército nazi de Francia en el verano de 1940. Me remito a mi artículo titulado “El censo de la raza vasca”.
El pueblo vasco, por tanto, no es un ente real sino un producto de la ideología, concretamente de la ideología nacionalista. La prueba está en que los hermanos Álvarez Emparanza, siendo hermanos, pensaban completamente distinto al respecto. José Luis creía en un pueblo vasco que estaba agonizando y que estaba a punto de perder su idioma originario y por eso había que salvarlo, incluso practicando la violencia contra España, que era la máxima culpable de que eso estuviera sucediendo, mientras que su hermano Juan María, cuatro años más joven que él, pensaba que el País Vasco era parte consustancial de España, puesto que España era lo único importante a nivel político para él. ¿Cabe mayor demostración de que el pueblo vasco es una ideología y de que la existencia de España, como nación, es algo que preexiste a los hermanos Álvarez Emparanza, y que explica sus distintos comportamientos políticos?
España llevaba siglos existiendo cuando los hermanos Álvarez Emparanza empezaron a tomar conciencia de su propia realidad histórica. Uno de ellos, el mayor, José Luis, decidió ir a la contra porque España era la culpable de la opresión del pueblo vasco. El otro, decidió que España era lo único importante, pero ambos tuvieron que posicionarse respecto de España, no respecto del pueblo vasco. Juan María no tuvo que hacer renuncia del pueblo vasco. Lo que hizo fue tomar partido por España, que se veía desafiada por una realidad surgida en su contra. Y José Luis tuvo que poner las bases de lo que se entendía por pueblo vasco desde el punto de vista lingüístico, porque nadie se había ocupado de eso hasta entonces.
Otra prueba de que el pueblo vasco nunca existió es la de que sus partidarios dicen que eso es así porque España lo mantuvo oprimido durante toda o la mayor parte de su historia. Ante este argumento solo podemos contestar una cosa: no puede ser que esa opresión fuera tan perfecta, tan constante y tan metódica. Para empezar porque supondría que España habría hecho bien algo a lo largo de su historia. Es más, muy bien. Habría logrado anular a un hipotético pueblo de modo que este no dejara ninguna muestra de su actividad autónoma a lo largo de toda su historia, ningún rastro visible, ningún monumento, ninguna gloria, ningún personaje de referencia. Y ahora díganme, ¿habría sido esto posible? A alguien le cabe en la cabeza que existiendo un hipotético pueblo vasco desde tiempos inmemoriales otro pueblo que se lo hubiera propuesto, en este caso el pueblo español, o el Estado español, lo hubiera hecho tan perfecto que no habría consentido que ese denominado pueblo vasco dejara ningún rastro de su presencia en toda la historia. ¿Comprenden que esto no tiene sentido?
La conclusión es clara: el pueblo vasco nunca existió como tal hasta que el nacionalismo vasco se lo inventó, basándolo en un concepto novedoso entonces como era el de la existencia de una raza vasca.
Con lo que fue José Luis Álvarez Emparanza, alias Txillardegi, y su mensaje tóxico y profundamente polarizador sobre el eusquera en el País Vasco, según el cual el eusquera sin Estado propio no podría sobrevivir y solo teniendo un Estado propio podría intentarlo (convirtiendo al eusquera en una suerte de animal en peligro de extinción y al hipotético Estado vasco en una especie de ICONA lingüístico), resulta que tenía un hermano, nacido unos años después que él, o sea algo más joven (José Luis era nacido en 1929), llamado Juan María, nacido en 1933, que escribió esto que sigue el 15 de junio de 1978 en El Correo, al producirse un año justo de las primeras elecciones democráticas, las del 15 de junio de 1977, las que dieron lugar a las Cortes Constituyentes que elaboraron la Constitución de 1978.
Juan María Álvarez Emparanza hablaba entonces en nombre del partido Alianza Popular, del que era uno de sus más destacados representantes en Guipúzcoa, y hacía un balance del primer año de democracia bajo este titular: “No encontramos satisfactorio en ningún sentido el balance del año”.
Recordemos que entre el 15 de junio de 1977 y el 15 de junio de 1978 ETA, la misma ETA a la que su hermano José Luis le puso el nombre, asesinó a catorce personas, entre ellas Augusto Unceta-Barrenechea, presidente de la Diputación de Vizcaya, Javier Ybarra y Bergé, empresario, financiero y exalcalde de Bilbao, o José María Portell, periodista, director de la Hoja del Lunes de Bilbao.
El artículo de Juan María Álvarez Emparanza, del que ya hemos dado el título, contenía este texto:
“El balance en el País Vasco durante un año desde las pasadas elecciones generales no responde a los anhelos y esperanzas que habíamos puesto con los nuevos planteamientos, pues confiábamos que la nueva proyección política en nuestra región sería causa de un renacimiento del respeto mutuo, la concordia y la paz.
No ha sido así. Lejos de ello, se ha creado un clima de incertidumbre, desconfianza, miedo e intolerancia. La libertad que conlleva toda democracia, brilla por su ausencia. Y no decimos, como lo hacen los partidos totalitarios y radicalizados que creen que la democracia y la libertad son sinónimos de anarquía y libertinaje, o de totalitarismo absoluto pero anteponiendo a sus acciones meras palabras que hacen referencia a la democracia sino por todo lo contrario. Pero la democracia no es ni debe ser nunca un simple juego de palabras sin ningún contenido, como está sucediendo en el País Vasco. Nosotros entendemos que sin respeto mutuo y trato civilizado entre los que tienen una ideología política distinta, la democracia no pasa de ser más que jun puro eufemismo, palabras y más palabras, pero la realidad es muy distinta.
En un año, el País Vasco ha ido empobreciéndose de manera alarmante; no se crea nueva riqueza ni se amplían –salvo excepciones– industrias; el paro aumenta; la construcción, remite; el sector pesquero pasa por una crisis gravísima; los ciudadanos pacíficos se ven atropellados por los violentos que, no contentos con los cauces de expresión establecidos como en todos los países civilizados, se empeñan en adueñarse violentamente de nuestras calles con uno u otro pretexto; la economía del País Vasco camina hacia la quiebra porque no hay confianza de nada y en nada; el empresario es el saco de todos los golpes y nadie le defiende en su justa medida; los partidos totalitarios y radicalizados se empeñan en no respetar las proporciones y los resultados del pasado 15 de junio, e insisten en promover o amparar a los que utilizan la violencia como arma política.
El Consejo General Vasco se ha distinguido por su inoperancia y parcialidad cuando ha tenido que adoptar posiciones claras en asuntos claves, como en el caso de la central de Lemóniz, o en cuestiones de orden público, o su definición como ente preautonómico dentro de España.
Su posición política en asuntos trascendentes sigue siendo una nebulosa, no hace falta tener un poder ejecutivo para definir públicamente sus posiciones.
No encontramos satisfactorio en ningún sentido el balance de un año porque algunos se empeñan en ahogar por todos los medios coercitivos de pura raíz antidemocrática la expresión y actividad de los que no piensan como ellos.”
¿A que su lectura resulta tremendamente actual?
Esto lo decía el bueno de Juan María el 15 de junio de 1978. Hace ahora casi cincuenta años. Y seguimos igual o peor. Con un régimen asentado entre PNV y PSE que no tiene alternativa civilizada posible ya que la única alternativa real es un partido en alza, fundado por gente partidaria de la violencia en la época de Juan María y que han convencido ahora a mucha más gente de que esta vez van por la paz. O sea, por las buenas. Para conseguir lo que antes querían conseguir por las malas.
Pero, si son las mismas personas que le amargaban la vida a Juan María entonces, o sus sucesores políticos, por qué les vamos a creer ahora si siguen manifestando los mismos tics autoritarios y totalitarios de entonces. Para estas personas, manifestar una opinión distinta a la suya (por ejemplo, que el País Vasco es parte de España) ya es una provocación. Dónde vas con gente así, que todo lo que ven u oyen que no les parece bien ya lo ven como una provocación.
En el libro de Gabriel Rodrigo Apuntes para la historia del Partido Popular vasco, disponible en Red, se cuenta la historia política de Juan María Álvarez Emparanza desde sus inicios en el partido foral Guipúzcoa Unida, del cual fue uno de sus principales dirigentes. El lema que eligieron para presentarse a las primeras elecciones democráticas de 15 de junio de 1977 fue: “Guipúzcoa Unida, libertad y progreso en orden. España, lo único importante”.
El partido no sacó escaño porque la derecha se presentó dividida en tres partidos. Estos fueron los resultados de aquellas elecciones en Guipúzcoa:
![[Img #30715]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/06_2026/2528_elaboracion-autor.jpg)
La derecha foral guipuzcoana podría haber conseguido perfectamente un escaño de haber ido unidos los partidos Guipúzcoa Unida, Democracia Cristiana Vasca y Demócratas Independientes Vascos-Unión Foral para la Autonomía. Porque ya sabemos que en política dos y dos casi nunca son cuatro, pero al menos dos más dos tres sí daría, con un poco de buena voluntad. La suma de los tres partidos de derecha no nacionalista fue entonces de 27.040 + 16.627 + 15.505 = 59.180. Con bastante menos, 31.208, Euskadiko Ezkerra consiguió un escaño entonces.
Por su parte, en 1958 Txillardegi participó en primerísima fila en la fundación de ETA, hasta el punto de que él fue quien propuso el nombre de la banda armada, la misma que entre el 15 de junio de 1977 y el 15 de junio de 1978 había matado a catorce personas y se disponía, en los años siguientes, a convertir el País Vasco en un infierno. Y en 1978 este Txillardegi también estuvo en la fundación de Herri Batasuna. Y fue senador por ese partido en la legislatura de 1989.
Juan María, en cambio, solo fue concejal en el Ayuntamiento de San Sebastián por Guipúzcoa Unida, y solo en el periodo de los ayuntamientos provisionales, entre 1978 y 1979, justo antes de celebrarse las primeras elecciones municipales de la democracia, en 1979.
Que dos hermanos se sitúen ideológicamente en los polos opuestos de la política vasca para mí significa que no existe eso que algunos llaman “pueblo vasco”. Quiero decir que con esto se demuestra que eso del “pueblo vasco” no es una condición consustancial a ser vasco durante toda la historia que conocemos desde tiempos inmemoriales sino que es un producto relativamente reciente de la ideología, según el cual algunos vascos se suman a esa idea y otros no.
Esto me reafirma en la idea de que el pueblo vasco nunca existió como sujeto político hasta la aparición del nacionalismo. Que fue el nacionalismo el que dio lugar al pueblo vasco, no al revés. Porque, si no, cómo se explica que ese supuesto pueblo vasco no haya protagonizado como tal ningún episodio digno de recuerdo en todo el tiempo que existió eso que se llama España. Ningún episodio, me refiero, que haya sido narrado antes de que existieran autores nacionalistas, es decir, a partir del surgimiento de esta ideología a finales del siglo XIX. Pues por la sencilla razón de que nunca existió tal cosa.
En la historia vasca los protagonistas fueron los reyes castellanos y sus enemigos, porque el País Vasco, lo que hoy entendemos por País Vasco (nombre que no existía antes del siglo XIX) siempre estuvo en la órbita política de los reyes castellanos y en algún caso, muy menor respecto del anterior, en la órbita de los reyes navarros.
El pueblo vasco surge con el nacionalismo bajo el supuesto de que hay una raza vasca. Cuando resulta que el concepto de raza se empezó a emplear en política, y en general en ciencias sociales, solo a partir del último tercio del siglo XIX. Ya hemos visto en esta serie de “El balle del ziruelo” cómo dirigentes nacionalistas refugiados en el País Vasco francés seguían empleando el concepto de raza vasca a finales de los años treinta y hasta la invasión del ejército nazi de Francia en el verano de 1940. Me remito a mi artículo titulado “El censo de la raza vasca”.
El pueblo vasco, por tanto, no es un ente real sino un producto de la ideología, concretamente de la ideología nacionalista. La prueba está en que los hermanos Álvarez Emparanza, siendo hermanos, pensaban completamente distinto al respecto. José Luis creía en un pueblo vasco que estaba agonizando y que estaba a punto de perder su idioma originario y por eso había que salvarlo, incluso practicando la violencia contra España, que era la máxima culpable de que eso estuviera sucediendo, mientras que su hermano Juan María, cuatro años más joven que él, pensaba que el País Vasco era parte consustancial de España, puesto que España era lo único importante a nivel político para él. ¿Cabe mayor demostración de que el pueblo vasco es una ideología y de que la existencia de España, como nación, es algo que preexiste a los hermanos Álvarez Emparanza, y que explica sus distintos comportamientos políticos?
España llevaba siglos existiendo cuando los hermanos Álvarez Emparanza empezaron a tomar conciencia de su propia realidad histórica. Uno de ellos, el mayor, José Luis, decidió ir a la contra porque España era la culpable de la opresión del pueblo vasco. El otro, decidió que España era lo único importante, pero ambos tuvieron que posicionarse respecto de España, no respecto del pueblo vasco. Juan María no tuvo que hacer renuncia del pueblo vasco. Lo que hizo fue tomar partido por España, que se veía desafiada por una realidad surgida en su contra. Y José Luis tuvo que poner las bases de lo que se entendía por pueblo vasco desde el punto de vista lingüístico, porque nadie se había ocupado de eso hasta entonces.
Otra prueba de que el pueblo vasco nunca existió es la de que sus partidarios dicen que eso es así porque España lo mantuvo oprimido durante toda o la mayor parte de su historia. Ante este argumento solo podemos contestar una cosa: no puede ser que esa opresión fuera tan perfecta, tan constante y tan metódica. Para empezar porque supondría que España habría hecho bien algo a lo largo de su historia. Es más, muy bien. Habría logrado anular a un hipotético pueblo de modo que este no dejara ninguna muestra de su actividad autónoma a lo largo de toda su historia, ningún rastro visible, ningún monumento, ninguna gloria, ningún personaje de referencia. Y ahora díganme, ¿habría sido esto posible? A alguien le cabe en la cabeza que existiendo un hipotético pueblo vasco desde tiempos inmemoriales otro pueblo que se lo hubiera propuesto, en este caso el pueblo español, o el Estado español, lo hubiera hecho tan perfecto que no habría consentido que ese denominado pueblo vasco dejara ningún rastro de su presencia en toda la historia. ¿Comprenden que esto no tiene sentido?
La conclusión es clara: el pueblo vasco nunca existió como tal hasta que el nacionalismo vasco se lo inventó, basándolo en un concepto novedoso entonces como era el de la existencia de una raza vasca.

















