Los informes secretos sobre el origen del Covid (II)
Cómo discutía la inteligencia estadounidense el origen del Covid mientras el mundo permanecía confinado
![[Img #30731]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/06_2026/2013_33333333333333333.jpg)
Mientras millones de personas permanecían encerradas en sus casas y las ambulancias recorrían las calles vacías de las grandes ciudades occidentales, otra batalla, completamente invisible para la opinión pública, comenzaba a librarse al otro lado de las puertas blindadas de la comunidad de inteligencia estadounidense. No había cámaras de televisión, ni ruedas de prensa, ni discursos presidenciales. Sólo pantallas de ordenador, servidores protegidos, teléfonos cifrados y un incesante intercambio de correos electrónicos entre científicos, analistas, epidemiólogos, especialistas en armas biológicas y responsables de algunas de las agencias de inteligencia más poderosas del planeta.
Aquellas conversaciones permanecieron ocultas durante más de seis años. Hoy, tras su desclasificación por la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI), permiten reconstruir casi hora por hora cómo fue evolucionando el pensamiento de quienes intentaban responder a una pregunta que todavía divide a la comunidad científica internacional: ¿cómo comenzó realmente la pandemia de Covid-19?
Lo primero que sorprende al leer esos mensajes es su tono. No aparecen funcionarios defendiendo una verdad oficial ni científicos convencidos de poseer todas las respuestas. Ocurre exactamente lo contrario. Dominan la prudencia, la incertidumbre y, sobre todo, el deseo constante de no llegar demasiado deprisa a una conclusión que pudiera resultar falsa. Cada hipótesis es examinada, discutida y sometida a crítica. Los participantes parecen plenamente conscientes de que cualquier error podría tener consecuencias políticas, científicas e históricas incalculables.
Uno de los primeros intercambios relevantes se produce el 20 de marzo de 2020. Un especialista escribe a varios colegas después de haber seguido muy de cerca la literatura científica publicada durante aquellas primeras semanas. Su mensaje resulta especialmente revelador porque muestra una posición mucho más matizada de la que posteriormente dominaría el debate público.
«He seguido esto muy de cerca en la literatura científica», comienza escribiendo. A continuación recomienda establecer «un umbral muy alto» antes de atribuir el origen del SARS-CoV-2 a experimentos de ganancia de función (gain of function). Reconoce que determinados elementos —como el conocido sitio de escisión por furina de la proteína Spike— podían ser compatibles con una modificación experimental, pero añade inmediatamente que también existían explicaciones naturales plausibles basadas en procesos de recombinación entre coronavirus presentes en poblaciones de murciélagos.
Sin embargo, el mismo analista introduce una frase que resume perfectamente el estado de ánimo existente entonces dentro de la comunidad de inteligencia.
«No estoy diciendo que Wuhan no sea culpable de haber creado esta cepa... pero debemos demostrarlo con enorme solidez antes de llegar a esa conclusión.»
Lejos de descartar la hipótesis del laboratorio, insiste precisamente en la necesidad de investigarla con el máximo rigor científico. Incluso añade una reflexión que, leída seis años después, adquiere un significado especial: afirma que le resultaría difícil imaginar que China no estuviera realizando investigaciones de ese tipo sobre coronavirus, aunque considera extraordinariamente grave sostener que uno de esos virus hubiera escapado de un laboratorio de máxima seguridad.
Ese mismo día comienza otra conversación que refleja hasta qué punto las dudas se extendían por distintos departamentos del Gobierno estadounidense. Un funcionario del Departamento de Estado pregunta directamente si alguien dispone de más información acerca de un investigador de MITRE que aseguraba haber elaborado un análisis según el cual el virus habría sido diseñado mediante ingeniería genética. El mensaje resulta significativo porque reconoce abiertamente que algunos responsables políticos ya estaban escuchando ese tipo de argumentos, pero añade inmediatamente una advertencia fundamental: hasta ese momento nadie había presentado un análisis técnico convincente que respaldara semejante afirmación.
Ese equilibrio entre curiosidad científica y escepticismo profesional atraviesa prácticamente toda la correspondencia desclasificada. Ningún analista parece dispuesto a aceptar una hipótesis únicamente porque resulte políticamente conveniente. Pero tampoco aparece nadie dispuesto a descartar una posibilidad simplemente porque pudiera resultar incómoda.
Lo que emerge de estos documentos no es una conspiración perfectamente organizada, sino una comunidad de inteligencia intentando separar los hechos comprobados de las especulaciones en medio de una emergencia sanitaria sin precedentes.
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Mientras millones de personas permanecían encerradas en sus casas y las ambulancias recorrían las calles vacías de las grandes ciudades occidentales, otra batalla, completamente invisible para la opinión pública, comenzaba a librarse al otro lado de las puertas blindadas de la comunidad de inteligencia estadounidense. No había cámaras de televisión, ni ruedas de prensa, ni discursos presidenciales. Sólo pantallas de ordenador, servidores protegidos, teléfonos cifrados y un incesante intercambio de correos electrónicos entre científicos, analistas, epidemiólogos, especialistas en armas biológicas y responsables de algunas de las agencias de inteligencia más poderosas del planeta.
Aquellas conversaciones permanecieron ocultas durante más de seis años. Hoy, tras su desclasificación por la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI), permiten reconstruir casi hora por hora cómo fue evolucionando el pensamiento de quienes intentaban responder a una pregunta que todavía divide a la comunidad científica internacional: ¿cómo comenzó realmente la pandemia de Covid-19?
Lo primero que sorprende al leer esos mensajes es su tono. No aparecen funcionarios defendiendo una verdad oficial ni científicos convencidos de poseer todas las respuestas. Ocurre exactamente lo contrario. Dominan la prudencia, la incertidumbre y, sobre todo, el deseo constante de no llegar demasiado deprisa a una conclusión que pudiera resultar falsa. Cada hipótesis es examinada, discutida y sometida a crítica. Los participantes parecen plenamente conscientes de que cualquier error podría tener consecuencias políticas, científicas e históricas incalculables.
Uno de los primeros intercambios relevantes se produce el 20 de marzo de 2020. Un especialista escribe a varios colegas después de haber seguido muy de cerca la literatura científica publicada durante aquellas primeras semanas. Su mensaje resulta especialmente revelador porque muestra una posición mucho más matizada de la que posteriormente dominaría el debate público.
«He seguido esto muy de cerca en la literatura científica», comienza escribiendo. A continuación recomienda establecer «un umbral muy alto» antes de atribuir el origen del SARS-CoV-2 a experimentos de ganancia de función (gain of function). Reconoce que determinados elementos —como el conocido sitio de escisión por furina de la proteína Spike— podían ser compatibles con una modificación experimental, pero añade inmediatamente que también existían explicaciones naturales plausibles basadas en procesos de recombinación entre coronavirus presentes en poblaciones de murciélagos.
Sin embargo, el mismo analista introduce una frase que resume perfectamente el estado de ánimo existente entonces dentro de la comunidad de inteligencia.
«No estoy diciendo que Wuhan no sea culpable de haber creado esta cepa... pero debemos demostrarlo con enorme solidez antes de llegar a esa conclusión.»
Lejos de descartar la hipótesis del laboratorio, insiste precisamente en la necesidad de investigarla con el máximo rigor científico. Incluso añade una reflexión que, leída seis años después, adquiere un significado especial: afirma que le resultaría difícil imaginar que China no estuviera realizando investigaciones de ese tipo sobre coronavirus, aunque considera extraordinariamente grave sostener que uno de esos virus hubiera escapado de un laboratorio de máxima seguridad.
Ese mismo día comienza otra conversación que refleja hasta qué punto las dudas se extendían por distintos departamentos del Gobierno estadounidense. Un funcionario del Departamento de Estado pregunta directamente si alguien dispone de más información acerca de un investigador de MITRE que aseguraba haber elaborado un análisis según el cual el virus habría sido diseñado mediante ingeniería genética. El mensaje resulta significativo porque reconoce abiertamente que algunos responsables políticos ya estaban escuchando ese tipo de argumentos, pero añade inmediatamente una advertencia fundamental: hasta ese momento nadie había presentado un análisis técnico convincente que respaldara semejante afirmación.
Ese equilibrio entre curiosidad científica y escepticismo profesional atraviesa prácticamente toda la correspondencia desclasificada. Ningún analista parece dispuesto a aceptar una hipótesis únicamente porque resulte políticamente conveniente. Pero tampoco aparece nadie dispuesto a descartar una posibilidad simplemente porque pudiera resultar incómoda.
Lo que emerge de estos documentos no es una conspiración perfectamente organizada, sino una comunidad de inteligencia intentando separar los hechos comprobados de las especulaciones en medio de una emergencia sanitaria sin precedentes.




















