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Domingo, 19 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:
Discurso íntegro

Marco Rubio: "El terrorismo de extrema izquierda es la rebelión de los débiles y los cobardes contra los fuertes y los buenos"

Intervención de Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos. 
Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político de Extrema Izquierda.
(Washington, 16 de julio de 2026)

 

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Muchas gracias. Gracias a todos. Gracias a todos por acompañarnos hoy aquí.

 

Me siento muy honrado de que este distinguido grupo de personas haya viajado desde distintos lugares del mundo para participar en esta importante conversación. Les estamos profundamente agradecidos.

 

También quiero dar las gracias a los miembros del equipo y del Gabinete del presidente que se encuentran hoy aquí: nuestro director del FBI, Kash Patel. Gracias por acompañarnos. También se ha unido a nosotros nuestra secretaria de Educación, Linda McMahon. Dentro de poco escucharán a Stephen Miller, subjefe de Gabinete del presidente y uno de sus principales asesores en materia de seguridad interior. Y, por supuesto, también está aquí nuestro secretario del Tesoro, Scott Bessent.

 

Pero, nuevamente, quiero agradecerles su presencia a todos ustedes. Asimismo, quiero dar las gracias a todo el equipo del Departamento de Estado por haber organizado este encuentro. Se trata realmente de un acontecimiento sin precedentes; debería decir, de un momento sin precedentes en nuestra historia.

 

La obligación sagrada de proteger

 

Permítanme comenzar afirmando que el deber más esencial del Estado, la primera responsabilidad, francamente, de cualquier Gobierno, sea del tipo que sea, consiste en proteger a su pueblo. Consiste en proteger a su país.

 

Esta es una obligación sagrada que debería estar por encima de todas las divisiones políticas e ideológicas. Por eso, por ejemplo, tenemos fuerzas armadas. Por eso tenemos servicios de inteligencia. Por eso existen las oficinas de lucha contra el terrorismo y las fuerzas policiales.

 

Mantener a salvo a nuestros pueblos es la razón por la que todos los países aquí representados disponen de estas instituciones.

 

La lucha contra el extremismo islamista radical

 

A estas alturas, todos estamos muy familiarizados con lo que se ha descrito como las amenazas terroristas tradicionales. Durante veinticinco años, el término «lucha contra el terrorismo», al menos en Occidente, ha significado, ante todo, la lucha contra el extremismo islamista radical. Y existe una razón muy dolorosa para ello.

 

El 11 de septiembre de 2001, diecinueve hombres asesinaron a 3.000 personas aquí, en mi país. Después, ese mismo enemigo golpeó Europa y asesinó a casi 200 viajeros en los trenes de Madrid en 2004, y a otras 52 personas en los autobuses y el metro de Londres al año siguiente.

 

Toda la arquitectura occidental de lucha contra el terrorismo fue reconstruida desde sus cimientos a partir de aquellos acontecimientos traumáticos.

 

En aquel momento tenía sentido. Nuestra misión era mantener a salvo a nuestros ciudadanos y, en el terreno del terrorismo, el espectro de la yihad global constituía la principal amenaza para su seguridad.

 

Por eso nos pusimos manos a la obra. Formamos una coalición mundial, trabajando con muchos de los amigos que hoy están representados en esta sala, y destruimos el califato del ISIS.

 

Matamos a Al Bagdadi, a Al Zawahiri y a Bin Laden, y construimos sistemas policiales y de inteligencia capaces de anticiparse a los atentados y detenerlos antes incluso de que la opinión pública llegara a conocer su existencia.

 

Todos los países representados hoy aquí han desarticulado en algún momento una amenaza terrorista procedente de este ámbito.

 

Los atentados y las conspiraciones yihadistas en Estados Unidos han disminuido en dos tercios desde el momento de mayor expansión del ISIS. El número de personas asesinadas por el terrorismo yihadista en Europa descendió aproximadamente un 97 % entre 2015 y 2024.

 

En otras palabras, en gran medida, nuestra estrategia antiterrorista ha funcionado.

 

La amenaza no ha desaparecido, por supuesto. Continuará existiendo, especialmente mientras toleremos sistemas migratorios que importan directamente estas amenazas al interior de nuestros respectivos países. Pero esa amenaza se ha reducido considerablemente. Gracias a ello, el mundo actual es muy diferente.

 

El punto ciego: el extremismo de extrema izquierda

 

Sin embargo, durante demasiado tiempo nuestra doctrina antiterrorista ha tenido un punto ciego: un punto ciego respecto a la violencia extremista procedente de la izquierda política.

 

Incluso hoy, la mera idea de que el terrorismo de extrema izquierda pueda constituir una amenaza seria es tratada como una fantasía febril de la derecha o, peor aún, como una peligrosa conspiración fascista.

 

Así lo presentan muchos medios de comunicación, muchas personas pertenecientes al mundo académico y a nuestras universidades, y muchas de nuestras instituciones tradicionales.

 

Sin duda veremos cómo este dogma vuelve a manifestarse en la cobertura informativa de esta misma conferencia, pese a la realidad clara e innegable, pese a las cifras y estadísticas objetivas, y pese al hecho de que en esta sala se encuentran hoy representantes de todo el espectro político.

 

Oiremos cómo esta clase de violencia organizada y de terrorismo es despreciada y descartada como una ficción partidista.

 

En nuestros países surgió toda una industria dedicada al estudio del extremismo. Tenemos centros de análisis, programas de investigación, revistas y consultorías que comparten entre sí un entendimiento tácito: que solamente una determinada clase de violencia política constituye una verdadera amenaza para el sistema.

 

Una bomba colocada por un grupo neonazi es un acto criminal, homicida y malvado. Y efectivamente lo es.

 

Pero una bomba colocada por un revolucionario marxista es considerada, sencillamente, un exceso trágico del idealismo. Quizá sus métodos fueran equivocados o excesivamente entusiastas, pero sus objetivos eran virtuosos y justos. Eso es lo que se da a entender por la manera en que se trata esta violencia.

 

Durante años, este extraordinario prejuicio ideológico estuvo incorporado a la forma en que hablábamos de la violencia política y del extremismo. Se repitió una y otra vez hasta ser aceptado como el punto de partida neutral y objetivo.

 

Llegó a estar tan profundamente arraigado en la opinión convencional dominante que acabó considerándose un hecho apolítico.

 

Esa es la razón por la que, aquí, en mi país, tantas personas situadas en posiciones de poder han presentado reiteradamente actos violentos, e incluso actos terroristas, como formas legítimas de expresión política, siempre que estuvieran al servicio de una causa de izquierdas.

 

Esa es la razón por la que, durante los llamados disturbios de George Floyd del verano de 2020, mientras delincuentes y extremistas incendiaban y saqueaban las grandes ciudades estadounidenses y estuvieron a punto de poner de rodillas al país, Gobiernos municipales de todo Estados Unidos se negaron sencillamente a procesar a quienes perpetraban aquellos actos de violencia y terror.

 

Esa es también la explicación de aquella imagen, ahora tristemente famosa —quizá todos ustedes la recuerden—, en la que un presentador de una importante cadena informaba desde un barrio devorado por las llamas, mientras el rótulo situado en la parte inferior de la pantalla afirmaba que las protestas eran «mayoritariamente pacíficas».

 

Esto era algo peor que un doble rasero.

 

La violencia de izquierdas no solamente era disculpada. Era tratada como algo sacrosanto, como una categoría protegida en sí misma.

 

Esa época tiene que terminar.

 

Por qué estamos aquí

 

La coalición reunida hoy en esta sala incluye a dirigentes políticos, expertos y responsables policiales de más de 60 países de todo el mundo.

 

Ustedes proceden de una gran variedad de Gobiernos, partidos políticos y corrientes ideológicas. Algunos de sus Gobiernos y el nuestro mantienen desacuerdos públicos. En ocasiones discrepamos profundamente sobre el comercio, la energía o la inmigración.

 

No han venido hoy aquí porque se hayan dejado convencer por todos y cada uno de los aspectos de la visión estadounidense del mundo.

 

Están aquí porque, hace dos semanas, una mujer de 72 años sufrió quemaduras en más del 80 % de su cuerpo dentro de su propia casa, en Grecia, y murió, ejecutada mediante una bomba incendiaria porque su hija se había atrevido a presentarse a unas elecciones.

 

Están aquí porque, durante cinco días de este invierno, las luces se apagaron en Berlín. Fue el apagón más prolongado sufrido por la ciudad desde la Segunda Guerra Mundial, provocado por un ataque que dejó sin electricidad a decenas de miles de hogares en medio de un frío glacial y que causó la muerte de una mujer de 83 años.

 

Están aquí porque, un mes después de aquel apagón berlinés, un joven francés de 23 años murió a causa de lesiones cerebrales traumáticas, después de ser golpeado hasta la muerte en las calles de Lyon por un grupo de matones militantes de extrema izquierda.

 

Están aquí porque sus dirigentes políticos están siendo atacados, apuñalados y tiroteados en sus calles; porque sus empresas han sufrido atentados con bombas; porque sus ferrocarriles han sido saboteados, y porque sus agentes de policía han sido golpeados y quemados.

 

Están aquí porque esto es real, porque está empeorando, porque ya no puede negarse y porque ya no puede seguir siendo ignorado.

 

Están aquí porque ha llegado el momento de aplastar este mal para siempre.

 

La historia del terrorismo de extrema izquierda

 

El hecho es muy sencillo: nada de lo que acabo de describir es nuevo.

 

El terrorismo político de extrema izquierda no es una novedad reciente ni moderna. Tampoco es una ficción fabricada por políticos conservadores.

 

Durante la mayor parte de la era moderna fue, de hecho, la forma dominante de violencia política.

 

Todos nuestros amigos aquí presentes procedentes de las naciones del hemisferio occidental recuerdan las décadas de secuestros, atentados con bombas, asesinatos y ejecuciones; el terror violento de los Tupamaros, los Montoneros, las FARC y el ELN.

 

Recuerdan la barbarie inhumana de Sendero Luminoso en Perú: aquellos fanáticos maoístas que masacraban aldeas campesinas peruanas y mataban con hachas y machetes a mujeres embarazadas y niños recién nacidos.

 

Recuerdan a las decenas de miles de guerrilleros marxistas entrenados para matar en los campos terroristas de Castro.

 

Todos los que han venido desde Europa lo recuerdan.

 

Recuerdan las matanzas con ametralladoras de las Brigadas Rojas italianas, que mantuvieron cautivo durante 55 días a quien había sido cinco veces primer ministro, antes de someterlo a un supuesto «juicio popular» revolucionario y ejecutarlo en 1978.

 

Recuerdan la campaña de atentados, secuestros y asesinatos desarrollada durante casi tres décadas en Alemania por la Fracción del Ejército Rojo, que mató a decenas de personas e hirió a cientos más.

 

Recuerdan a la organización 17 de Noviembre en Grecia, los extremistas marxistas que aterrorizaron Atenas durante más de un cuarto de siglo y que, por cierto, asesinaron a tiros al jefe de la oficina de la CIA de mi país delante de su domicilio y en presencia de su esposa, cuando ambos regresaban a casa después de una fiesta de Navidad.

 

Y aquí, en Estados Unidos, también lo recordamos.

 

Recordamos aquel mismo reinado de terror mortal, justificado mediante las mismas consignas y motivado por las mismas ideas perversas.

 

Recordamos a Weather Underground, que colocó bombas en el Pentágono, en el Departamento de Estado y en el Capitolio.

 

Recordamos al Ejército Negro de Liberación, que cometió robos a mano armada y ejecutó a agentes de policía con disparos a quemarropa.

 

Recordamos al Ejército Simbionés de Liberación, que asesinó a tiros al superintendente de un sistema de escuelas públicas utilizando balas de punta hueca rellenas de cianuro.

 

En un periodo de dieciocho meses, entre 1971 y 1972, el FBI contabilizó alrededor de 2.500 atentados con bombas en territorio estadounidense. Esto equivale a casi cinco atentados diarios.

 

La inmensa mayoría de aquella violencia procedía de extremistas de izquierdas.

 

Entre 1970 y 1980, el 93% de los atentados terroristas cometidos en Occidente procedieron de la extrema izquierda.

 

Son cifras que hoy sorprenderían a la mayoría de los estadounidenses, porque nos han enseñado a creer que esta clase de violencia política sencillamente no existe o que está siendo exagerada.

 

Pero existe. Y, en realidad, la estamos subestimando.

 

Las cicatrices que llevan nuestros países así lo demuestran.

 

Una nueva oleada de un antiguo mal

 

En la actualidad nos enfrentamos a una nueva oleada de este antiguo mal.

 

Aquí, en Estados Unidos, la proporción de atentados y conspiraciones terroristas de izquierdas ha aumentado hasta alcanzar niveles que no se veían desde hacía décadas.

 

En Alemania, la violencia de extrema izquierda ha crecido más de un 40% tan solo durante el último año.

 

En Grecia, más del 80% de la violencia radical está actualmente impulsada por agentes de extrema izquierda y anarquistas.

 

No son estadísticas abstractas. Los estadounidenses han visto lo que significan esas cifras.

 

Un ataque total contra nuestros agentes de inmigración. Ataques de francotiradores. Explosivos. Emboscadas armadas.

 

Un tirador transgénero que abrió fuego contra alumnos de una escuela primaria católica mientras rezaban, y cuya arma llevaba escritas consignas como: «¿Dónde está ahora vuestro Dios?».

 

Un ejecutivo del sector sanitario ejecutado a sangre fría en plena calle.

 

Múltiples intentos de asesinato contra un presidente en ejercicio.

 

Y el asesinato del mayor activista conservador de una generación, un hombre que, además, era marido y padre de dos niños pequeños, abatido a tiros mientras hablaba ante un grupo de estudiantes.

 

La naturaleza de este mal

 

Este es un mal particular y singular.

 

Siempre ha estado impulsado, por encima de cualquier otra cosa, por el odio: por el odio hacia la propia civilización.

 

Es la rebelión de los peores contra los mejores. La rebelión de los débiles y los cobardes contra los fuertes y los buenos.

 

Es perpetrada por quienes no pueden construir, no pueden crear y no pueden alcanzar grandes logros, y que se vengan del mundo por su propia insuficiencia tratando de destruir a quienes sí pueden hacerlo.

 

Eso es el izquierdismo radical.

 

Puede revestirse de distintas consignas e ideologías dependiendo del lugar y del momento. Sus partidarios pueden llamarse anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas, pero su carácter fundamental es siempre el mismo.

 

Es un resentimiento venenoso envuelto en el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación.

 

Es una necesidad arrolladora de derribar lo que hombres más grandes construyeron; de destrozar lo que es hermoso y lo que es justo, en nombre de personas llenas únicamente de fealdad y que no tienen nada más que ofrecer al mundo.

 

Mediante la violencia y el terror, pretenden imponer nuevamente su fealdad a todos nosotros.

 

El antiguo dogma estaba equivocado

 

El antiguo dogma estaba equivocado. El antiguo dogma estaba equivocado.

 

Nada de esto está impulsado por el idealismo. No es utópico. En realidad, es exactamente lo contrario.

 

Una de las críticas que se hacen en ocasiones al comunismo, por ejemplo, es que parece bueno en teoría, pero nunca funciona en la práctica.

 

Eso, en realidad, no es cierto.

 

El comunismo no parece bueno en teoría.

 

El mundo que imagina para todos nosotros es pequeño, plano y gris; un mundo nivelado, despojado de todo lo excepcional y privado de todo lo que existe de bueno y noble en el alma humana.

 

El mundo que imagina es un mundo sin valor, sin creatividad y sin ambición. Un mundo sin héroes, sin gloria y sin grandes causas por las que luchar.

 

Un mundo sin milagros, sin mitos y sin hombres capaces de elevarse por encima del resto para realizar cosas increíbles y extraordinarias.

 

Y el mundo que imagina el comunismo es un mundo sin Dios.

 

Para estos arquitectos de la violencia revolucionaria, los grandes logros de nuestra civilización constituyen una humillación insoportable, un recordatorio de lo que ellos no pueden hacer y de aquello que nunca podrán llegar a ser.

 

Por eso eligen destruir.

 

Atacan los oleoductos. Atacan los ferrocarriles. Atacan las redes eléctricas y los laboratorios: los símbolos físicos y tangibles del poder, de la invención y del progreso.

 

Esta es la naturaleza del terrorismo al que nos enfrentamos actualmente.

 

Desprecian a Occidente porque Occidente es grande.

 

Esta es una conferencia internacional porque nos enfrentamos a una amenaza internacional.

 

Nos enfrentamos a una amenaza transnacional.

 

No se trata de células diferentes y aisladas. Son redes interconectadas.

 

No reconocen nuestras fronteras. De hecho, ni siquiera creen en el propio Estado nación.

 

Construir una coalición mundial contra el terrorismo de extrema izquierda

 

Se coordinan. Se comunican. Viajan. Se entrenan y actúan conjuntamente.

 

Comparten las mismas infraestructuras, los mismos enemigos y la misma misión.

 

Militantes de Antifa y sus camaradas viajan desde distintos puntos de Europa hacia otros países europeos y hacia América para participar en los ataques de los demás.

 

Distribuyen propaganda, materiales de entrenamiento e información sobre objetivos a través de canales cifrados compartidos.

 

Se desplazan mediante redes clandestinas de refugios seguros y financiación, y sostienen sus operaciones con fondos transnacionales.

 

También colaboran con Estados extranjeros hostiles que comparten su misión, como las redes iraníes de grupos interpuestos en Irak, cada vez más estrechamente vinculadas a organizaciones militantes de izquierda de todo el mundo.

 

La extensa red ideológica y de inteligencia del régimen cubano contribuyó a construir la extrema izquierda en nuestro país y en nuestro hemisferio, y continúa estando inseparablemente vinculada a grupos y movimientos de extrema izquierda tanto dentro como fuera de Occidente.

 

Los terroristas de extrema izquierda actuales pueden recaudar dinero en un país, alojar sus comunicaciones en un segundo país, recibir entrenamiento en un tercero, reclutar militantes en un cuarto y, posteriormente, atacar juntos un objetivo situado en un quinto país.

 

Por tanto, no tenemos más remedio que enfrentarnos juntos a esta amenaza.

 

O cooperamos a través de nuestras fronteras, o los terroristas continuarán aprovechando las brechas existentes entre ellas.

 

La estrategia de la Administración Trump

 

Bajo la presidencia de Donald Trump, Estados Unidos está construyendo por primera vez las infraestructuras, las alianzas y la estrategia necesarias para derrotar la lacra del terrorismo de extrema izquierda.

 

El presidente firmó el Memorando Presidencial de Seguridad Nacional número 7, que establece una estrategia integral para investigar y desarticular las redes terroristas de Antifa y de sus aliados.

 

El pasado mes de noviembre, el Departamento de Estado designó a cuatro grupos extremistas violentos de extrema izquierda como organizaciones terroristas extranjeras. Próximamente habrá nuevas designaciones.

 

En diciembre anunciamos recompensas, a través del programa Recompensas por la Justicia, de hasta diez millones de dólares a cambio de información que permita interrumpir la financiación de estos grupos.

 

En mayo organizamos el primer taller policial de lucha contra el terrorismo, en el que reunimos a responsables policiales estadounidenses con sus homólogos de nuestros países socios para identificar estas redes y desarrollar estrategias destinadas a desmantelarlas.

 

El próximo taller será organizado conjuntamente con nuestros socios de Alemania.

 

La coalición que estamos construyendo ya está dando frutos. Y hoy estamos aquí para avanzar sobre el trabajo realizado.

 

Un llamamiento a la unidad

 

Podemos y debemos identificar y cartografiar esta amenaza, y reconstruir nuestra arquitectura antiterrorista para derrotarla, como ya hicimos juntos en el pasado.

 

Ahora debemos volver a hacerlo juntos.

 

Mediante el intercambio de información y de inteligencia, mediante estrategias policiales coordinadas y mediante la identificación y la interrupción de sus fuentes de financiación, desmantelaremos estas redes ladrillo a ladrillo.

 

Ha llegado el momento de que los pueblos del mundo civilizado nos defendamos, de que permanezcamos unidos frente a esta oscuridad que avanza y de que luchemos por aquello que nos pertenece.

 

Destruir grandes cosas es fácil. Crearlas resulta mucho más difícil.

 

Los enemigos de la civilización solamente son capaces de hacer lo primero. Solamente son capaces de destruir grandes cosas. Lo único que conocen es la destrucción.

 

Pero nosotros hemos construido juntos grandes cosas.

 

Lo hemos hecho una y otra vez.

 

Sabemos lo que debemos hacer.

 

Y ahora debemos hacerlo.

 

Gracias a todos por venir hoy.

 

Presentación de Stephen Miller

 

Y ahora quiero presentarles a una persona con la que trabajo muy estrechamente y que ha sido uno de los líderes en este terreno.

 

Es subjefe de Gabinete y uno de los principales asesores del presidente Trump. También dirige todas nuestras iniciativas de seguridad interior y probablemente conoce esta cuestión tan bien como cualquier otra persona dentro del Gobierno de Estados Unidos: Stephen Miller.

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